Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 6 – Lo que cambia de tono #2
33%

Capítulo 6 – Lo que cambia de tono #2

Consuelo le sacó la lengua, pero no alcanzó a responder porque del otro lado del patio llegó un rasgueo de guitarra. Fue un sonido breve, pero bastó para hacer girar varias cabezas a la vez. Antonia miró hacia la galería cubierta que conectaba con el anfiteatro.

Santiago estaba sentado en uno de los bancos laterales con una guitarra apoyada sobre una pierna y una hoja doblada encima del estuche abierto a sus pies. No estaba dando espectáculo a nadie. Más bien parecía estar probando algo para sí mismo, concentrado tranquilamente.

A su lado, un estudiante de tercero decía algo mientras revisaba unos papeles. Santiago asintió sin apuro y volvió a tocar, esta vez un fragmento más largo, suave. Consuelo siguió la dirección de la mirada de Antonia y sonrió de inmediato, demasiado enterada de cosas que nadie había dicho

—Qué talentoso, ¿no crees?

Antonia le dio un codazo pequeño.

—No empieces.

—No he dicho nada malo.

Rocío miró de reojo hacia la galería.

—Está ensayando algo del festival.

Al sentir la mirada de Antonia, Santiago levantó la vista. No sonrió de inmediato. Sostuvo el contacto con una mirada larga, extrañamente familiar.

Santiago bajó la cabeza otra vez. Dejó la guitarra apoyada a un costado, sacó un cuaderno pequeño del estuche y escribió unas líneas con rapidez, como si la melodía hubiera dejado una idea a medio atrapar. Releyó lo que acababa de anotar y recién entonces volvió a guardar el cuaderno.

Antonia se dio cuenta de ello y le incomodó no poder dejar de mirar.

Sin que pudiera evitarlo, la frase de la nota volvió a aparecer en su cabeza. Quizás se refería a otros inicios, a misterios más antiguos del colegio, y no a la forma en que la luz de la mañana le daba a Santiago en los hombros. O quizás era exactamente eso sobre lo que querían advertirle.

Consuelo esperó exactamente dos segundos.

—Bien, entonces ahora toca guitarra.

—Bueno, eso se suma a que ya sabíamos que respiraba —ironizó Rocío.

—No te hagas la seca, Rocío. Eso suma información al expediente.

—Qué frase más preocupante.

Antonia guardó silencio. El eco lejano de la guitarra se disolvió cuando la campana anunció el fin del bloque libre, obligándolas a apurar el paso.

A la salida de la última clase de la tarde, aprovechando que Belén se había enfrascado en una discusión técnica en el anfiteatro y el patio se vaciaba rápido, Consuelo tiró de las chaquetas de sus amigas con urgencia misteriosa.

—Vengan. Conseguí provisiones para antes de que nos encerremos en la biblioteca. —Consuelo exhibió con orgullo un pote plástico con helado de vainilla y tres cucharas de metal que había logrado extraer del comedor a mediodía burlando la guardia del inspector de pasillo.

Se refugiaron en la antigua escalera de piedra que descendía hacia el patio de los naranjos, un rincón protegido de la llovizna por el alero del edificio viejo. Se sentaron juntas en el tercer peldaño, apretadas en una hilera estrecha.

Antonia hundió la cuchara en el hielo amarillo.

El frío dulce de la vainilla le despejó de golpe la pesadez que arrastraba desde la mañana, dándole un respiro al siseo mental que solía traer el recuerdo de su casa.

Miró de reojo a Rocío, que aceptó el pote y tomó una porción mínima.

Su habitual rigidez de espaldas cedió al apoyarse contra el sillar gastado, permitiendo que un rizo oscuro le cayera sobre el cuello de la camisa.

Aquel instante fue un verdadero descanso. Se sentía como en los viejos tiempos, previo a los quiebres del verano. Antes de que las habitaciones cerradas sin portazos llenaran su casa de silencios delicados.

—¿Se acuerdan del festival de octavo básico? —Antonia esbozó una sonrisa auténtica, libre de las precauciones de los últimos meses—. Consuelo pasó tres días jurando que una cortina de baño colgada del cuello era fundamental para la construcción de su personaje.

—Fue un accidente puramente estético. —Consuelo se defendió con la cuchara en alto—. El arte requiere riesgos corporales.

—El arte requería que no incendiaras los sacos de dormir con la sopa instantánea.

—Rocío arrugó la nariz, pero el brillo de sus ojos delataba la risa contenida.

Estiró la pierna, rozando el zapato de Antonia en un gesto de compañía silenciosa—.

Fue un milagro que no nos enviaran de vuelta a Santiago esa misma noche.

—Pero nos quedamos —añadió Antonia, percibiendo el alivio tibio que le recorría el cuerpo—. Nos quedamos comiendo galletas húmedas escondidas detrás de los baños, riéndonos de la cara del director.

Rocío la observó con fijeza, despojada de su habitual distancia forense. Era la mirada de siempre, la que medía su cansancio con pura preocupación protectora.

—Estás volviendo a estar aquí, Anto. —Rocío le rozó el codo con el suyo, una presión constante que operaba como una red de seguridad—. Te mueves menos como si el uniforme te pesara una tonelada.

—Es el azúcar. —Antonia fijó la vista en el patio húmedo para esquivar el análisis, pero no apartó el brazo.

El calor de su amiga la tranquilizó. El quiebre del verano no había destruido los cimientos; su historia compartida seguía ahí, firme, ofreciéndole un refugio real antes de que tuvieran que abrir la puerta de la biblioteca.

Consuelo se terminó el último trozo de helado y se puso de pie, sacudiéndose la falda.

—Ya, se acabó el recreo noble. Hora de volver al misterio.

Con un suspiro compartido, Antonia, Rocío y Consuelo tomaron el camino de la biblioteca.

El edificio estaba más silencioso que el día anterior. La señora Inés las reconoció de inmediato y las miró por encima de los lentes con desconfianza preventiva.

—No me digan que vienen por voluntad propia, porque me preocuparía.

—Venimos a devolver un libro —aclaró Rocío, sosteniendo el volumen antes de que Consuelo pudiera inventar otra cosa.

La bibliotecaria alzó una ceja.

—Me parece correcto.

—Y a revisar un par de fichas del rincón antiguo —añadió Consuelo con demasiada rapidez.

—Eso ya suena menos inocente.

Pero las dejó pasar igual.

Volvieron al sector lateral de los estantes viejos con una mezcla de determinación y cuidado que el día anterior no habían tenido.

Antonia sacó el libro azul del bolso y lo abrió sobre la mesa. Rocío tomó el papel de advertencia y lo volvió a extender bajo la luz.

—La tinta está más oscura.

—¿Eso qué significa? —Quiso saber Consuelo.

—Que no parece tan antigua como la otra. O al menos no me da esa impresión.

—Gran trabajo forense —murmuró Consuelo.

Rocío la ignoró y acercó los dedos al borde doblado, sin tocarlo.

—Además, esto estaba mejor guardado. Como si quisiera ser encontrado, pero no por cualquiera.

Antonia revisó nuevamente las hojas del final. La pequeña inicial, quizá M, quizá N, seguía apenas visible.

—¿Y si buscamos en más libros del mismo estante? No frases. Cualquier cosa parecida. Iniciales, papeles, marcas.

Consuelo asintió al instante.

—Eso sí es una idea inteligente y dramática al mismo tiempo. Te felicito.

Se repartieron la fila de libros más cercana. Esta vez no buscaban al azar.

La tensión inicial fue bajando a medida que el silencio de la biblioteca las envolvía otra vez. Afuera empezaba a llover, una llovizna fina que dejaba marcas brillantes sobre los ventanales.

Fue Consuelo quien encontró la primera pista nueva.

—Chicas.

No levantó la voz, pero las dos acudieron igual.

Tenía en las manos una novela antigua con tapas de cartón verde. En una de las primeras páginas, abajo y a un costado, había una fecha escrita con lápiz:

abril de 2018

Debajo, casi borrado, alguien había dibujado una pequeña hoja caída.

—Eso puede no ser nada. —Rocío se inclinó más cerca de todos modos.

—Sí, puede —aceptó Consuelo—. Pero está en el mismo sector y tiene el mismo aire de persona intensa con necesidad de dejar marcas.

Antonia observó el dibujo mínimo de la hoja.

—¿2018 no es hace mucho?

—Depende de para quién —zanjó Rocío.

Siguieron buscando. No apareció otra frase completa, pero sí dos cosas más: en un libro de historia del arte una esquina doblada de manera demasiado precisa en una página sobre estaciones y símbolos; y en una antología escolar, otra hoja dibujada en el margen, casi idéntica a la anterior.

Consuelo dejó escapar un suspiro triunfal.

—Hay sistema.

—Todavía no —objetó Rocío—. Hay coincidencias.

Pero incluso ella sonó menos segura esta vez. Antonia apoyó una mano sobre el borde de la mesa y miró la hilera de libros envejecidos. Por primera vez la idea de una tradición dispersa y antigua le pareció posible en serio.

—Entonces no era solo una frase bonita ni una advertencia suelta —murmuró.

Rocío la miró.

—No.

El eco de esa respuesta quedó suspendido entre ellas.

La señora Inés apareció entonces al fondo del pasillo con una caja de fichas de préstamo.

—Les aviso que en veinte minutos cierro. Y que, si alguna rompe algo, lloraré delante de ustedes sin dignidad.

—Gracias por la imagen —dijo Consuelo.

La bibliotecaria dejó la caja sobre una mesa y, antes de irse, añadió:

—Ah. Y si buscan cosas viejas, fíjense mejor en los libros que menos salen. Hay algunos que llevan años moviéndose de lugar sin que figuren en sistema. Nunca he entendido por qué.

Las tres se quedaron quietas hasta que se fue. Consuelo fue la primera en hablar.

—¿Escucharon eso?

—Sí —confirmó Rocío—. Y no me gustó tampoco.

Antonia sintió una punzada breve, mezcla de curiosidad y aprensión.

—¿Moviéndose de lugar?

La pregunta quedó sin respuesta inmediata. Porque de pronto ya no hablaban solo de antiguas anotaciones escondidas. Hablaban de libros que alguien seguía tocando.

Consuelo se inclinó sobre la caja de fichas con una solemnidad casi cómica.

—Bueno. Entonces claramente el universo quiere que sigamos.

Rocío la observó con cansancio.

—O claramente alguien sigue metiendo mano aquí.

—Eso también.