Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 6 – Lo que cambia de tono
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Capítulo 6 – Lo que cambia de tono

Unas horas más tarde, la frase siguió ahí incluso después de que Antonia cerrara el papel. Se la habían enseñado a Consuelo en cuanto volvió de los ensayos.

La reacción de su amiga fue sentarse en el borde de la cama, despacio, con una mezcla extraña de fascinación y prudencia, lo que en ella era casi un milagro.

—Bueno —comentó al fin, ladeando la cabeza—. Es menos poética que la anterior.

Rocío seguía de pie con los brazos cruzados y la vista fija en el papel que Antonia aún sostenía entre los dedos.

—No me gusta —repitió.

Antonia levantó la vista.

—Ya dijiste eso.

—Y lo vuelvo a decir.

Había tensión en su mandíbula y seriedad en su expresión.

Se notaba que, de alguna forma, esta frase sí había removido más que la que encontraron en la biblioteca.

La primera vez, incluso, Rocío había dudado, dando espacio para pensar en coincidencias, en antiguas alumnas aburridas, en secretos dejados entre libros como quien deja una flor prensada y se olvida. Esto era otra cosa.

Esto había aparecido en el dormitorio.

Consuelo se mordió el borde de una uña, pensativa.

—A ver. Tenemos tres opciones...

—No —cortó Rocío.

—Sí. Escúchame. Uno: el papel ya estaba dentro del libro y nadie lo vio antes. Dos: alguien lo puso ahí después. Tres: Santa Camelia está embrujada y claramente yo siempre tuve razón.

—Descarto la tres por salud mental —murmuró Rocío.

Antonia volvió a mirar el papel. La letra no se parecía a la del margen del libro. Era más firme, más angulosa. Frunció apenas el ceño. Si ambas notas estaban relacionadas, no lo parecían por la caligrafía.

—Yo no lo vi en la biblioteca.

Rocío negó con la cabeza.

—Yo tampoco.

Consuelo se estiró en su puesto.

—Yo estaba más ocupada descubriendo la dimensión poética del archivo viejo, pero tampoco me acuerdo de haber visto un papel doblado en este libro.

Rocío exhaló por la nariz y caminó hasta la cama de Antonia. Le quitó el papel con cuidado, temiendo que el exceso de fuerza pudiera alterar la evidencia de algo.

—Entonces alguien pudo haberlo puesto después.

—¿Después cuándo? —Quiso saber Antonia.

—No sé. Mientras estabas hablando con Claudio. Mientras bajábamos. Mientras tú lo dejaste sobre la cama y yo estaba mirando otra cosa, qué sé yo, no sé… pero no me gusta.

Consuelo apoyó los codos sobre las rodillas.

—Igual eso significaría que alguien nos vio con el libro.

La idea cayó entre ellas con demasiado peso.

Antonia recordó el camino de vuelta desde la biblioteca, las luces encendidas en el patio, el cruce con Belén, Valeria llegando con la libreta negra, Claudio en la galería, el ruido del anfiteatro detrás de todo.

Habían hablado del libro en voz baja, estaba envuelto, no habían ido gritando por el internado que llevaban un tomo robado de la biblioteca.

Todo era extraño.

—No necesariamente. —Insistió Antonia de forma vaga—. Puede haber estado desde antes.

Rocío dejó el papel sobre la cama y la miró.

—¿Tú de verdad crees eso?

Antonia tardó en responder.

—No sé lo que creo.

Consuelo se levantó de golpe, incapaz de quedarse quieta más tiempo.

—Bueno. Entonces mañana averiguamos.

Rocío levantó una mano antes de que Consuelo siguiera.

—Paremos un segundo. No vamos a empezar a correr por el internado con la actitud de quien sigue un tesoro o algo así.

—No es una búsqueda del tesoro —replicó Consuelo—. Es literalmente más interesante.

—Eso es justamente lo que me preocupa.

Hubo un silencio breve. Antonia se dejó caer sentada en su cama y miró de nuevo el libro envuelto en el chaleco.

Consuelo fue la que bajó un poco el tono primero.

—No estoy diciendo que vayamos a contárselo a medio internado —murmuró—. Solo digo que no podemos fingir que no pasó.

Rocío se pasó una mano por la frente, cansada.

—No quiero fingir que no pasó. Quiero pensar antes de hacer algo estúpido.

Antonia levantó la cabeza. Ahí estaba otra vez esa rigidez rara en la mandíbula, esa intensidad contenida que en Rocío aparecía cada vez más seguido.

—Entonces pensemos —dijo Antonia, con suavidad.

Rocío la miró un segundo y asintió.

—Bien. Pensamos: no se lo mostramos a nadie, no hablamos del papel fuera de aquí y mañana devolvemos el libro a la biblioteca con total normalidad.

Consuelo abrió la boca para protestar, pero Antonia se le adelantó.

—Y antes de devolverlo, lo revisamos bien.

Eso hizo que Consuelo se calmara un poco.

—Acepto esa parte del trato.

Rocío dudó.

—Solo si estamos las tres.

—Ok —dijo Antonia.

El ruido del pasillo llegó amortiguado a través de la puerta. Eso irritó a Antonia, que se preguntó por qué le dio rabia escuchar el pasillo en una calma ajena a su situación, mientras a ella se le seguían corriendo los ejes.

Consuelo fue a cerrar la puerta con pestillo.

—No quiero sonar intensa.

Rocío soltó una risa seca.

—Mentira.

—Pero de verdad creo que alguien sabe algo.

Antonia la miró.

—¿Por las frases?

—Por esto. —Consuelo señaló el papel—. La primera pudo ser vieja, linda. Esto no, esto suena a respuesta o a advertencia. Como si alguien supiera que encontramos lo otro.

Rocío no respondió enseguida. Se sentó en su propia cama y bajó la vista.

—Sí —admitió al final—. Suena a eso.

Antonia sintió un escalofrío breve recorrerle por la espalda por la forma en que esa posibilidad encajaba de pronto con demasiada facilidad. Consuelo se abrazó a sí misma, más por inquietud que por frío.

—Igual eso no significa que sea peligroso de verdad.

Rocío levantó la vista.

—No. Pero tampoco es tan inocente.

Antonia dobló el papel otra vez, con cuidado, y lo guardó entre las páginas del libro azul. Después envolvió ambos dentro del chaleco y los metió al fondo del cajón de su velador.

—Hasta mañana.

Consuelo asintió. Rocío no dijo nada, pero la observó hacerlo como si memorizara cada movimiento.

La noche avanzó más lenta. Consuelo se durmió más tarde de lo habitual, después de lanzar media docena de teorías sobre exestudiantes trágicos, amores secretos, profesoras severas y bibliotecarias con dobles vidas literarias.

Rocío no la siguió en ninguna, pero tampoco la frenó demasiado. Eso, en ella, ya era raro.

Antonia fue la última en apagar la luz de su velador. Cuando cerró los ojos, no vio primero la frase del papel, vio la del margen del libro:

No dejes que te convenzan de que sentir demasiado es un problema.

Y después, casi encima, en una superposición sombría:

No todas las historias que empiezan aquí terminan bien.

Durmió mal.

En el dormitorio, el apuro de la primera campana había dejado un desorden de calcetines y uniformes a medio poner.

Rocío, que ya llevaba el chaleco institucional abotonado de manera impecable, estiró la mano hacia el escritorio compartido, tomó un cepillo de pelo de madera y empezó a desenredarse los rulos con movimientos rápidos y automáticos, la mirada fija y perdida en el ventanal.

Antonia la observó un segundo y tuvo que morderse el labio para no reírse.

—Eh… Rocío.

—¿Qué? —respondió ella sin dejar de cepillarse, metida a fondo en sus pensamientos.

—Ese es mi cepillo de dientes. El del pelo está dos centímetros más a la izquierda.

Rocío se quedó completamente congelada con la mano en el aire. Bajó la vista hacia lo que tenía entre los dedos y, al darse cuenta de la torpeza tan absurda que acababa de cometer por andar con la cabeza en otra parte, un rubor violento le tiñó las mejillas de golpe.

Consuelo, que salía del baño abrochándose la falda, soltó una carcajada limpia.

—No te lo puedo creer. La mente más brillante de segundo medio acaba de intentar peinarse con Oral-B. Juro que voy a vivir de este momento todo el semestre.

—Estaba mal ubicado —murmuró Rocío dejando el objeto en el vaso con una prisa indignada que delató cuánto le había picado el orgullo. Se pasó una mano por la cara y tragó saliva, visiblemente descolocada por haber quedado en evidencia—. Da lo mismo. Apúrense que vamos a llegar tarde por su culpa.

Antonia le sonrió con suavidad mientras tomaba su mochila. Ver a Rocío fallar en algo tan estúpido no la hizo parecer menos firme; solo la volvió, por un instante, un poco más humana.

Un poco más tarde, Santa Camelia les demostró, desde el desayuno, que ya había un nervio distinto en el aire. El Festival de Otoño, que durante las primeras semanas había sido una presencia de fondo, empezaba a tomar volumen real, con finales de abril pisando los talones.

—Te juro que, si hoy alguien me cambia otro horario, muerdo. —Belén movía la pierna, nerviosa, en la fila del desayuno, con dos tostadas en una mano y una carpeta bajo el otro brazo.

—Eso sería nuevo —comentó Valeria a su lado, sirviéndose té con una calma imperturbable.

Belén la fulminó con la mirada.

—No te soporté ayer y hoy voy por el mismo camino.

Valeria ni siquiera pestañeó.

—Ayer sobreviviste gracias a mí.

Eduardo, sentado frente a Antonia y Rocío, apoyó la mejilla sobre la mano.

—A veces pienso que ustedes dos son como un matrimonio espantoso criado por planillas.

—Eso es ofensivo para las planillas —murmuró Consuelo.

Antonia sonrió levemente, aunque el fondo de su cabeza seguía ocupado por el libro guardado en el dormitorio. Pero por ahora, la normalidad exigía actuar con la única preocupación de sobrevivir al semestre.

Al salir al patio central, el aire fresco de la mañana le despejó un poco la frente.

La rutina empezó a arrastrarlas sin piedad: clases, cuadernos, profesores repitiendo fechas importantes, listas de lectura, tareas que parecían querer ocupar desde ya cada rincón de la semana.

Antonia consiguió concentrarse a ratos. Más de una vez pensó que alguien podía estar observándola.

En el segundo recreo, mientras bajaban las escaleras del edificio principal, Consuelo se inclinó hacia ellas.

—Después de clases, biblioteca. Sin discusión.

Rocío resopló.

—Ya dijimos que sí.

—Lo digo de nuevo porque me da seguridad.

—Esa también es una frase nueva en ti —murmuró Antonia.