Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 5 – La guarida de los mapaches #3
28%

Capítulo 5 – La guarida de los mapaches #3

Consuelo se cubrió la cara con las manos.

—Perfecto. Hemos llegado al momento que quería evitar.

Belén se frotó las sienes.

—Por favor no. No me da la vida para más tensión hoy.

Valeria mantuvo los ojos fijos en Rocío.

—Evítalas entonces.

Antonia se dispuso a intervenir, pero su amiga se le adelantó.

—Evita tú dirigirte al resto como si les estuvieras tomando un examen.

Nadie cambió de postura. Valeria demoró en estructurar la respuesta.

—Si se sienten evaluados todo el tiempo, quizá no es culpa mía.

—Ya. —Antonia se interpuso físicamente, firme—. Es suficiente. Belén está agotada, el festival está encima y no vamos a desatar una guerra por una planilla de horarios.

Consuelo la miró aliviada.

—Gracias. Alguien con sentido dramático, pero útil.

Rocío sostuvo la mirada de Valeria un segundo más y después volvió a la carpeta sin decir nada. Valeria hizo lo mismo con su libreta. El aire siguió tenso, pero al menos dejó de avanzar hacia algo peor.

Belén soltó el aire con fuerza.

—Juro que, si sobrevivo a esto, no organizo nada nunca más.

—Mentira. —Consuelo le dio un golpe cariñoso en la espalda—. Vas a volver porque te gusta sufrir con estructura.

Belén, agotada, soltó una risa.

Veinte minutos después, con los horarios corregidos y los avisos repartidos, el grupo se desarmó por pura necesidad física.

Belén subió otra vez al anfiteatro con paso vacilante.

Consuelo fue con ella, recitando en voz alta los nombres de quienes había que encontrar.

Valeria se quedó unos segundos al pie de las escaleras, guardando su lápiz en la libreta.

Antonia recogió el libro envuelto en su chaleco antes de que ella lo viera mejor. Al hacerlo, sus dedos rozaron el relieve de la primera nota que guardaba en el bolsillo; el papel cuadriculado se había transformado en su amuleto secreto, un refugio táctil contra la incertidumbre.

Rocío asintió, todavía tensa por el cruce de palabras.

Caminaron en silencio hacia el pabellón de dormitorios, lado a lado, mientras las luces del patio vibraban sobre la piedra húmeda.

—Me pone de mal humor. —Rocío rompió el silencio tras unos metros.

—¿Valeria?

—Sí.

Antonia clavó la vista en el sendero.

—Es eficiente.

—Eso no justifica su actitud. Tú la viste. La manera en que habla… Hace parecer que está ayudando, pero siempre deja a alguien más abajo.

Antonia pensó en las palabras de Valeria. En la voz perfecta, en la compostura intacta, en esa forma de intervenir que solucionaba cosas y al mismo tiempo marcaba territorio.

—Sí. Tienes razón.

—La gente así me carga. —Rocío apretó la carpeta bajo el brazo.

Antonia sintió otra vez ese roce con algo que no conocía del todo, esa herida antigua que en Rocío asomaba a veces.

—Igual Belén la necesita.

—Quizás.

—Y eso lo vuelve peor.

Rocío volteó a mirarla.

—Exacto.

Siguieron la marcha hasta el jardín interior. Al aproximarse a la galería techada, una voz masculina interrumpió el paso desde las sombras de los talleres.

—Antonia.

Ella giró sobre sus talones. Claudio avanzaba con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y un semblante relajado, simulando un encuentro fortuito a pesar de que su trayectoria delataba que venía siguiéndoles el rastro.

—Hola. —Antonia suavizó el tono.

—Hola. Belén me mandó a buscar una extensión y acabo de descubrir que alguien del internado cree que guardar cables enredados es una opción de vida.

Rocío dejó escapar un bufido.

—Un clásico de Santa Camelia.

Claudio sonrió antes de concentrarse en Antonia.

—¿Tú estabas ayudando con lo del anfiteatro?

—Un poco, sí.

—Se notó. Belén dejó de parecer al borde de un colapso total.

—Un avance moderado, entonces.

Había algo fácil en hablar con Claudio. No parecía empujar nada, y eso, de alguna manera, reconfortaba el pecho de Antonia. Se sentía segura, envuelta en una complicidad pausada y cómoda.

Rocío hizo una pequeña inclinación de cabeza.

—Los dejo admirando extensiones eléctricas.

—Muy considerada de tu parte. —Antonia la despidió con un leve gesto de la mano.

—Soy un ser de luz.

Siguió caminando sola hacia el edificio, dejándolos unos metros detrás bajo la galería. Claudio esperó a que se distanciara antes de volver a mirarla.

—Tu amiga resulta un tanto intimidante.

—A mí me salva la vida con frecuencia, así que se lo perdono.

—Me parece justo.

La pausa que siguió se sintió cómoda. Desde el patio llegaba el rumor lejano del anfiteatro todavía despierto.

—Te vi ayer también. —Claudio rompió el silencio—. Sosteniendo la tela negra en el escenario.

Un vuelco mínimo le agitó el estómago a Antonia.

—¿Ah, sí?

—Sí. Tenías cara de no saber muy bien cómo terminaste metida en esas cosas.

Ella soltó una risa limpia.

—Es que nunca lo sé, en realidad.

—Funciona de todas formas.

Él sonrió, pero no añadió nada más. Antonia agradeció eso. No había apuro en la conversación.

—Bueno. —Claudio levantó el rollo de cables que cargaba—. Si no me presento en el anfiteatro en tres minutos, asume que quedé atrapado en el inventario de la bodega.

—Lo tendré presente.

—Te lo agradezco.

Se despidió con una leve inclinación de cabeza y retomó el rumbo. Antonia lo vio alejarse con una sensación rara, más tenue que la que le provocaba Santiago, pero más cálida.

Al entrar al dormitorio, notó que Consuelo aun no regresaba. Rocío ocupaba su cama, con las piernas cruzadas y un cuaderno de apuntes apoyado en los muslos. Alzó los ojos al escuchar la puerta.

—¿Y?

—¿Y qué?

—No te hagas.

Antonia dejó el chaleco y el libro envuelto sobre la cama.

—Nada. Fue una conversación de dos minutos.

—Ajá.

—Rocío.

—Solo estoy observando patrones del ecosistema.

Antonia sacudió la cabeza, conteniendo una sonrisa involuntaria.

Fue entonces cuando el libro, mal apoyado sobre la colcha, se deslizó un poco y cayó al suelo con un golpe sordo. Las dos se quedaron quietas. Rocío bajó la vista primero.

—Excelente. Damos inicio oficial a la etapa torpe de la operación sin nombre.

Antonia se agachó a recogerlo, pero al levantarlo notó algo. Del borde superior sobresalía un papel. No estaba ahí antes. O al menos ella no lo había visto. Lo sacó con cuidado. Era una hoja pequeña, doblada dos veces, amarillenta en los bordes.

Rocío ya se había incorporado, alerta.

—Antonia.

Ella desdobló el papel. La letra no era igual a la frase del libro ni a la de su amuleto. Aquella era más firme, apretada y decidida, trazada con una presión hostil que delataba un pulso actual.

Solo decía: No todas las historias que empiezan aquí terminan bien.

El dormitorio pareció perder el sonido de fondo. Algo frío se instaló despacio bajo sus costillas. Rocío rompió el silencio con un hilo de voz alterado.

—Esto no me gusta nada.

Antonia releyó las palabras. Esta vez no parecía una frase sin sentido o una confesión escondida. Parecía escrita para ellas.

Afuera, en algún punto del internado, sonó la campana de la tarde.