Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 5 – La guarida de los mapaches #2
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Capítulo 5 – La guarida de los mapaches #2

Luego, Rocío halló una ficha de préstamo de hacía once años con un apellido repetido tres veces en el mismo mes y afirmó que eso sí sería un patrón útil, si tuvieran una letra similar a la de las notas.

Antonia se sorprendió riéndose otra vez, bajito, mientras el cielo terminaba de oscurecer tras los vidrios.

Cuando la señora Inés anunció que cerraría en diez minutos, las tres ya tenían las manos ennegrecidas y una pila ordenada de libros rescatados del abandono.

—Misión cumplida. —Consuelo se sacudió la falda—. Ordenamos, descubrimos una red secreta de mensajes y sobrevivimos a la inhalación de siglos.

—No exageres. —Rocío la empujó suavemente con el hombro—. A lo sumo inhalamos dos décadas.

Antonia aferró el libro azul antes de que alguien más pudiera moverlo.

—¿Lo dejamos?

Consuelo se inclinó hacia ella, conspirativa.

—Yo digo que no.

Rocío intervino con una mirada de advertencia.

—No podemos robarnos un libro de la biblioteca.

—No es robo si es investigación.

—Ese argumento no tiene ningún valor legal.

Antonia dudó. Miró la portada, luego la estantería, luego las caras de sus amigas.

—Lo dejamos en el dormitorio y lo traemos mañana.

Rocío miró hacia el escritorio de la señora Inés y después hacia el libro.

—Esto es una pésima idea.

—Sí —admitió Antonia—. Pero si lo dejamos aquí ahora, voy a pasar la noche pensando en él igual.

Rocío exhaló, como quien ya sabía que iba a perder esa discusión.

—Eso sigue siendo llevárselo.

—Técnicamente, sí. —Consuelo sonrió.

—Las odio un poco.

—No es verdad. —Antonia sonrió también.

Rocío cedió y esbozó una mueca que terminó en sonrisa.

—No. No es verdad.

Cruzaron el umbral con el libro oculto bajo el chaleco de Antonia, protegiéndolo con la cautela de una reliquia frágil. Bajaron los escalones con calma.

—Tenemos que ponerle nombre a esto —propuso Consuelo.

—No. —Rocío apuró el paso.

—Sí. Toda investigación necesita nombre.

—Esto no es una investigación.

—Una operación, entonces.

—Peor.

Antonia apretó el libro contra el pecho, sintiendo el peso discreto bajo la lana.

—No necesita nombre todavía.

Consuelo soltó un suspiro de frustración.

—Qué poca visión tienen ambas.

El aire frío de la tarde les enrojeció las manos mientras avanzaban. Al doblar la esquina del patio central, vieron movimiento junto al anfiteatro.

Belén estaba sentada en uno de los escalones exteriores con una carpeta abierta sobre las piernas y cara de haber dejado de distinguir entre cansancio y existencia. A su lado descansaba una botella de agua vacía, un desorden de apuntes y un rollo de cinta negra desgastado.

—No tiene buena cara. —Antonia detuvo el paso.

Consuelo ya cambiaba de rumbo.

—Voy a ver.

Belén levantó la cabeza al sentirlas venir y tardó un segundo en enfocar.

—Si vienen a pedirme algo, les aviso desde ya que no tengo horas, manos ni paciencia.

—Qué tierno saludito —murmuró Rocío.

Consuelo ocupó el espacio a su lado en el peldaño sin pedir permiso.

—No venimos a pedir. Venimos a evaluar tu evidente colapso.

Belén resopló, demasiado agotada para fingir molestia.

—Estoy bien.

—Esa frase nunca ha sido verdad en la historia de la humanidad. —Rocío se apoyó en la baranda.

Antonia señaló las hojas sueltas.

—¿Qué pasó ahora?

Belén dejó caer la nuca contra el muro de piedra con los ojos cerrados.

—Pasó que la profesora de música quiere cambiar el orden de dos presentaciones, la gente de tercero jura que necesita más tiempo de prueba de sonido, se perdió una extensión eléctrica, alguien anotó mal un ensayo y mañana tengo que rehacer toda la planilla del anfiteatro porque nadie entiende que si cambian una cosa cambian quince más.

—Valeria lo entiende. —Consuelo soltó la frase antes de filtrarla.

Belén abrió un ojo, fija en ella.

—Sí. Valeria lo entiende.

La brevedad del comentario provocó un cruce de miradas entre las tres amigas.

—¿Y entonces? —Antonia tanteó el terreno.

Belén torció el gesto.

—Y entonces nada. Entiende demasiado, pero su forma de resolver las cosas no es la más amable del universo.

Hoy me corrigió frente a todo el equipo dos veces seguidas.

Luego reorganizó una sección del montaje sin avisarme porque “era más eficiente”.

Al final me solucionó tres problemas graves, así que ni siquiera puedo mandarla al demonio con tranquilidad.

Consuelo emitió un silbido compasivo.

—La peor clase de persona competente.

—Exacto.

Antonia se quedó observando a Belén. Hasta entonces la había visto principalmente en movimiento, tensa, apurada y respondiendo a diez cosas a la vez. Así, sentada y desordenada, parecía más cercana, y extrañamente más adolescente.

—¿Quieres que te ayudemos?

Belén enderezó la espalda.

—¿Es en serio?

—En serio.

Rocío suspiró, resignada.

—No sé por qué pregunto, si ya sé la respuesta, pero... ¿qué necesitas?

Belén revisó sus papeles.

—Necesito pasar esto en limpio y verificar horarios. Nada creativo. Nada emocional. Solo mirar y decirme si me salté algo.

—Pásame la planilla. —Rocío estiró la mano.

Belén la observó como si acabara de recibir una bendición administrativa.

—Te amo un poco.

—No exageres.

Consuelo se inclinó sobre el papel.

—Yo me encargo de las entradas del elenco.

—Tú vas a arruinar la secuencia si se te ocurre mencionar la palabra “atmósfera” una sola vez.

—Qué poca fe.

Antonia se sentó en el peldaño inferior.

—Me ofrezco como soporte moral, entonces.

—Soporte inútil, pero se agradece. —Belén le pasó un fajo de hojas para que los sostuviera.

Pasaron los siguientes minutos entre horarios, tachaduras, cambios y pequeñas discusiones.

Rocío revisaba la planilla con una precisión impresionante, mientras detectaba errores de secuencia que a Antonia jamás se le habrían ocurrido.

Consuelo se quejaba cada tres minutos, pero aun así lograba recordar quién del elenco no podía ensayar los jueves y qué escena necesitaba más tiempo.

Antonia ordenaba hojas, sostenía lápices, alcanzaba cinta, leía nombres cuando se lo pedían.

Por un rato, el trabajo las absorbió. El ambiente se volvió casi agradable, hasta que una voz interrumpió desde lo alto de la escalinata.

—Claro. Ahora entiendo por qué nadie te encontraba.

Valeria.

Estaba de pie bajo la luz exterior del anfiteatro con la libreta negra apretada contra el pecho y una expresión tan compuesta como siempre.

Belén cerró los ojos.

—Cinco minutos sin pelear. Todo un récord.

Valeria descendió un peldaño.

—No vengo a pelear.

Rocío no despegó los ojos del papel.

—Eso suena exactamente a algo que dice alguien antes de pelear.

Valeria ignoró el comentario, concentrada en Belén.

—La profesora de música confirmó el cambio. Necesita mañana el escenario libre de cuatro a cinco veinte.

Belén soltó el bolígrafo sobre la carpeta.

—¿Mañana?

—Eso fue lo que dije.

—Me avisó hace dos horas que lo estaba pensando, no que lo había decidido.

—Bueno, ahora lo decidió.

Consuelo arrugó la nariz, indignada.

—No puede seguir cambiando cosas así.

Valeria arqueó una ceja.

—Puede. Y lo hizo.

Belén apretó los labios con fuerza.

Antonia sintió el cambio de aire antes de entenderlo del todo. Valeria no estaba levantando la voz, pero había algo en su forma de entregar la información, en esa precisión fría, que convertía cada problema en una corrección ajena.

—Entrégame la planilla.

Belén retuvo la carpeta contra sus rodillas.

—La estamos corrigiendo.

—Por eso mismo.

—Por eso mismo puedo terminarla yo.

Valeria le sostuvo la mirada un segundo largo.

—Belén, si mañana dejas el escenario bloqueado en ese horario, la profesora va a ir directo con la inspectora. Y si va con la inspectora, todo esto se te va a devolver multiplicado. No estoy tratando de molestarte. Estoy tratando de evitarte otro problema.

Antonia miró a Rocío. Rocío ya tenía esa cara suya, la de cuando algo no le gustaba, aunque todavía no decidiera decirlo. Belén bajó la vista a la carpeta.

—Ya lo sé.

Valeria moderó el tono, perdiendo un milímetro de distancia.

—Déjame revisarlo entonces.

Esta vez Belén sí soltó la planilla. Valeria la revisó en silencio, pasó una página, corrigió dos marcas con su propio lápiz y señaló una línea.

—Aquí. Si reubicas el ensayo de segundo básico...

—Segundo medio —corrigió Rocío en un murmullo.

Valeria parpadeó, mientras asimilaba la interrupción.

—Segundo medio. Si adelantas veinte minutos la prueba de luces de ese bloque, el horario calza. Pero debes notificar a la gente de teatro hoy mismo, no mañana.

Consuelo protestó.

—Eso nos mata.

—Los incomoda —precisó Valeria—. Son conceptos diferentes.

—Para ti todo parece más fácil porque no eres tú la que da las explicaciones después.

Valeria cerró la planilla con un golpe seco pero controlado.

—Tampoco es fácil para mí, Consuelo. Solo no me sirve desordenarme cada vez que algo cambia.

Por un instante muy mínimo, Valeria dejó de sonar como alguien hecha de puro control. Belén lo percibió y relajó las facciones.

—Bueno. Igual gracias.

Valeria desvió la mirada, incómoda casi al segundo siguiente de recibir algo parecido a gratitud.

—No es por ti. Es por el festival.

—Mentira —canturreó Consuelo.

—Consuelo.

—Está bien, está bien, ya me callo.

Antonia rompió la pausa antes de que la tensión regresara.

—Nosotras podemos ayudar con los avisos. —Las cabezas giraron hacia ella, que extendió los brazos—. Digo, para que no quede todo encima de Belén. Nosotras podemos decirles a los de teatro. Y si hay alguien más que ubicar, vemos.

Belén parecía a punto de llorar de alivio o dormirse sentada.

—Te juro que voy a empezar a apreciarte demasiado.

—Tu estima es un problema. —Rocío le devolvió los papeles a Valeria.

Valeria guardó su lápiz.

—Si se dividen los cursos, el esquema funciona.

Antonia asintió. Entonces notó algo: Valeria la estaba mirando. No le gustó. O quizás sí, pero de la manera equivocada.

—Bien. —Valeria rompió el contacto—. Yo me encargo de confirmar con la profesora y el equipo de música.

—Faltaba más. —Rocío no bajó la voz.

Valeria la encaró.

—¿Tienes un problema conmigo, Rocío?

Rocío alzó la barbilla despacio.

—Todavía no.