Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 5 – La guarida de los mapaches
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Capítulo 5 – La guarida de los mapaches

En la biblioteca se respiraba una quietud espesa. El aire ahí adentro se estancaba, ajeno al tránsito de los dormitorios, las salas de clases o el anfiteatro. Las voces, apenas cruzaban la puerta, disminuían el volumen por un respeto instintivo a algo que permanecía oculto.

Antonia lo experimentó al cruzar el umbral la tarde siguiente. A su lado, Rocío soltó una pila de tomos sobre la primera mesa de roble.

—No puedo creer que me hayan hecho venir con la mentira de “solo ordenar un rincón”. —Rocío se cruzó de brazos con un bufido fastidiado—. Esto ya parece castigo medieval.

Consuelo se acomodó la falda con un gesto ofendido.

—Vamos a ordenar, sí. Pero sumamos un elemento de intriga, que es mucho mejor.

—A eso me refiero. —Rocío arqueó una ceja, inflexible en su escepticismo.

La señora Inés les había señalado, con una mezcla de resignación y esperanza, una sección lateral del salón principal.

Allí, varias estanterías antiguas acumulaban polvo a la espera de una limpieza urgente.

Su última advertencia antes de perderse entre los pasillos aún resonaba: “Si encuentran algo vivo, me avisan”.

Consuelo se tomó la frase como una provocación directa.

—Yo sigo diciendo que eso de “mapaches cultos” era una descripción precisa. —Apartó unos cuadernos viejos con la punta del plumero—. Mira esto. Hay vida.

Antonia sonrió mientras se arremangaba el chaleco.

Se puso de rodillas sobre la alfombra raída, lo que provocó que su uniforme se llenara de polvo grisáceo.

Consuelo, a su lado, movía cajas con una energía nerviosa que hacía bailar a las motas de polvo con violencia bajo el haz de luz que entra por el ventanal alto.

—Aquí fue. —Consuelo bajó la voz y señaló un estante que cojeaba—. Buscaba algo de poesía para el montaje, moví unos libros y saltó.

Rocío estaba unos metros más atrás, apoyada en una mesa de roble, vigilando el pasillo principal. La señora Inés no se veía por ninguna parte, pero el silencio de la biblioteca se sentía vigilante.

—Hagamos esto rápido. —Rocío tamborileó los dedos sobre la madera—. Encontramos el volumen, lo revisamos, confirmamos que el supuesto “destino” que Consuelo juró haber visto es otra de sus exageraciones, y volvemos al dormitorio antes de que nos arrastren a otra crisis artística.

Consuelo suspendió un plumero en el aire.

—Tu fe en la poesía del mundo es conmovedora.

—Mi fe en tu capacidad para distorsionar la realidad lo es aún más.

Antonia sacó la nota del bolsillo y la dejó sobre la mesa. Miró la letra otra vez antes de volver a recorrer los estantes.

—¿Cuál era?

Consuelo torció la boca.

—Ese es un detalle menor.

Rocío levantó la cabeza despacio. Su mirada se endureció.

—Consuelo.

—No recuerdo el color exacto —admitió encogiéndose de hombros—. Era azul. O verde oscuro. O un café muy triste.

—Voy a asesinarla. —Rocío mantuvo el tono lineal, plano.

—Pero estaba acá —insistió Consuelo, golpeando la repisa superior—. En este sector. Cerca de los libros que nadie saca nunca.

Antonia soltó aire por la nariz, dividida entre la risa y la resignación.

—Entonces busquemos.

Afuera, la tarde se iba apagando con suavidad contra los ventanales altos.

La luz entraba oblicua, dorando el polvo suspendido en el aire.

De vez en cuando se escuchaban pasos lejanos o el golpe apagado de una puerta, pero en ese rincón la sensación de aislamiento era total; estaban fuera del tiempo.

—Encontré una declaración de odio a las matemáticas firmada en 2009 —anunció Rocío desde su pasillo—. Al menos alguien tuvo el valor de ponerlo por escrito.

Consuelo exhibió un trébol seco que sobresalía de un manual.

—Yo encontré la prueba de un crimen romántico.

—Eso no califica.

—Todo califica aquí.

Antonia abrió una recopilación de poemas de tapa desteñida.

Las páginas estaban limpias. Probó con una novela de aventuras que tenía el lomo despegado; nada.

Luego tomó un volumen más grueso, encuadernado en tela azul grisácea, sin prestar atención al título.

Las esquinas lucían deshechas. Cuando lo abrió, algo llamó su atención de inmediato.

No era una frase en el centro de la página. Era una marca pequeña, escrita a lápiz muy suave en el margen inferior, casi escondida entre la sombra de la encuadernación y la textura amarillenta del papel.

Acercó el libro a la luz.

No dejes que te convenzan de que sentir demasiado es un problema.

Antonia acercó el volumen a la luz. Los remates de las letras, la barra de las ‘t’ y la inclinación confirmaron su sospecha: el patrón caligráfico era idéntico al de la nota de su bolsillo.

Guardó silencio. Repasó las letras una segunda vez, con lentitud, mientras una capa fina de sudor le humedecía las palmas de las manos. Notó algo incómodo en su pecho. Durante semanas había intentado sentir menos cosas, pero ninguna estrategia había funcionado.

—¿Qué encontraste? —Rocío detectó su inmovilidad.

Antonia alzó la vista.

—Está aquí. —Antonia fijó el dedo índice sobre la hoja, conteniendo la respiración.

Consuelo soltó el texto que hojeaba y apareció a su lado en dos zancadas.

—¡Lo sabía! Lee.

Antonia les mostró la página. Las tres se inclinaron sobre el libro. Por un instante quedaron tan cerca unas de otras que el resto de la biblioteca desapareció. Consuelo fue la primera en reaccionar.

—Eso es más profundo que el de la otra vez.

—No sabemos si es de la misma persona de la otra vez. —Rocío redujo el volumen de la voz con cautela—. Puede ser solo alguien rayando un libro.

—Nadie raya así porque sí —rebatió Consuelo.

Antonia negó despacio.

—No puedo asegurarlo... pero la letra es la misma. Los remates, la inclinación... hasta la forma de cruzar las “t”. Es demasiado parecida.

Rocío frunció el ceño.

—Sigue sin demostrar quién lo escribió.

Antonia volvió la vista al margen. No había sido consciente de la necesidad de leer esas palabras hasta que las tuvo delante.

—¿Qué libro es? —Rocío estiró el cuello, intrigada.

Antonia revisó la cubierta.

—Una antología de cartas y diarios personales.

Consuelo abrió mucho los ojos.

—Sospechosamente perfecto.

—Es una coincidencia. —Rocío dio un golpe suave en la mesa, tajante.

—Eso, en literatura, jamás es coincidencia.

Rocío la miró de lado, cortante.

—No estamos en literatura. Estamos sacando polvo.

Consuelo ignoró el dardo y tomó el libro azul grisáceo con las dos manos.

—A ver si hay algo más.

Revisaron las páginas siguientes con una concentración casi religiosa. No encontraron otra frase, pero sí una inicial escrita en una de las hojas en blanco del final, muy pequeña, casi borrada por el tiempo: una M, o quizá una N. Era imposible asegurarlo.

—Qué rabia —murmuró Consuelo—. Podría ser cualquiera del internado.

—O nadie. —Rocío se encogió de hombros con escepticismo—. ¿Por qué siempre tienes que convertir todo en informe policial?

—Porque alguna de nosotras tiene que saber vivir en el mundo real.

Antonia pasó el pulgar por el borde de la página sin tocar directamente la frase.

—Igual no parece escrito para presumir —comentó, pensando en voz alta.

Rocío la observó un segundo antes de responder.

—No.

Fue una sola sílaba, pero Antonia sintió que ahí había algo de reconocimiento. Consuelo se sentó sobre el borde de una silla, incapaz de estarse quieta.

—Entonces existe. De verdad existe. Alguien dejaba cosas escondidas aquí.

—O varias personas —corrigió Antonia.

—Mejor todavía.

—No necesariamente. —Rocío interrumpió el entusiasmo, apoyando una mano sobre el bloque de libros ya limpios mientras miraba hacia el ventanal.

Afuera, el cielo se hundía en un azul frío—.

Porque a veces una esconde cosas para que nadie las encuentre.

Y después igual da miedo pensar quién puede encontrarlas.

El silencio se instaló en el pasillo. Rocío pareció arrepentirse de inmediato de la confesión; endureció la mandíbula y recuperó su postura distante.

—Lo que digo es que no todo lo escondido quiere ser descubierto.

Consuelo, contra todo pronóstico, no bromeó enseguida. Bajó la mirada al libro y asintió despacio.

—Puede ser.

La señora Inés reapareció al fondo del pasillo cargando una caja de cartón.

—¿Siguen vivas o ya respiraron suficiente polvo por hoy?

—Continuamos inhalando —respondió Consuelo.

—Estoy... ¿sorprendida? —La bibliotecaria depositó la carga sobre la mesa—. Encontré más papeles viejos del archivo de préstamo. Si terminan ahí, pueden echarles un ojo antes de irse. Y no me mezclen las fichas por año, por favor. El caos tiene un límite.

—No prometemos nada.

—Tú menos que nadie, Consuelo. —La bibliotecaria dio media vuelta y volvió a alejarse.

Antonia cerró con cuidado el libro azul y lo dejó aparte, como si ya no perteneciera del todo al estante.

—¿Se lo mostramos?

Rocío se opuso de inmediato.

—No.

—¿Por qué? —Consuelo frunció el ceño.

—Porque después lo van a guardar, a registrar, a comentar con media biblioteca, y esto va a dejar de sentirse como ahora.

—¿Y cómo se siente ahora? —Antonia buscó sus ojos.

Rocío guardó silencio un instante.

—Como si todavía fuera de alguien.

El silencio que siguió fue delicado. Antonia miró a su amiga con una atención nueva.

Rocío tenía los brazos cruzados, la mandíbula firme, el uniforme impecable pese a la hora, pero en los ojos había una sombra más cansada que de costumbre.

Algo alerta, como siempre. Algo triste, también, aunque ella hiciera todo por esconderlo.

Consuelo se incorporó con lentitud.

—Entonces no lo mostramos.

—No lo mostramos —confirmó Antonia.

Guardaron el libro aparte mientras seguían ordenando. Consuelo encontró después una flor prensada entre las páginas de una novela histórica.

Antonia soltó una risa antes incluso de escucharla.

—No empieces otra vez...

—¿Qué? Esta sí tiene una historia trágica.

Antonia movió levemente la cabeza de lado a lado, divertida.