Capítulo 4 – Lo que empieza a moverse #2
—No la miren. —Consuelo interceptó la dirección de sus ojos—. Es comunitaria.
—Eso significa que te la apropiaste. —Rocío se cruzó de brazos.
Belén ya daba instrucciones a dos chicos de primero respecto a unas cajas. Antonia avanzó unos pasos más adentro, recorriendo el espacio con la vista. El escenario vacío siempre le había parecido intimidante.
Desde el costado opuesto vio a Santiago.
Estaba junto a una de las puertas interiores, sosteniendo un soporte de metal mientras otro alumno ajustaba la base.
Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y una concentración tranquila, midiendo la distancia exacta entre él y todo lo demás.
Tenía las facciones rectas, ordenadas, casi demasiado perfectas para el caos de cables que tenía alrededor.
Consuelo, que en los últimos días había pasado bastante tiempo cerca de él en los ensayos de música y teatro, se inclinó hacia Antonia y le susurró al oído:
—Ayer se quedó dos horas extras solo para sacarle un armónico a la guitarra. Es terco, pero obsesivo con los detalles. Justo el tipo de misterio que te gusta.
Antonia apartó la vista de inmediato.
—No estaba preguntando.
—No dije que estuvieras preguntando.
—Consuelo.
—¿Qué? Tengo ojos.
Rocío, al lado, guardó silencio. Pero Antonia la conocía lo suficiente para saber que había registrado el intercambio completo y lo archivaría en alguna carpeta mental para uso futuro.
En eso, Santiago levantó la cabeza, quizás por simple casualidad o porque sintió la fijeza de los ojos ajenos. Su mirada encontró a Antonia. Esta vez no sonrió enseguida. Sostuvo el contacto un segundo, ubicándola dentro del mapa todavía incompleto del colegio.
Había algo extraño en eso. La mayoría de la gente miraba y seguía adelante. Santiago parecía detenerse de verdad en las personas. Después hizo un gesto corto con la cabeza, un saludo silencioso.
Antonia respondió de la misma forma y se volvió hacia Consuelo antes de darle más vueltas.
—¿Andan cortos de personal que lo reclutaron a él?
—Mano de obra. —Valeria apareció a su lado con esa habilidad suya de materializarse sin hacer ruido—. Y porque, a diferencia de otros, cuando le pides algo no convierte una tarea simple en una experiencia espiritual.
Consuelo chasqueó la lengua.
—Estás muy insolente hoy.
—Estoy eficiente. Que a ustedes les duela es otra cosa.
Valeria tenía una capacidad tremenda para lanzar verdades pesadas con total indiferencia. Belén bajó del escenario con un rollo de cinta en la mano.
—Antonia, ya que te secuestraron, ayúdame un segundo.
—Eso no sonó a pregunta.
—Porque no lo era.
La siguió hasta una de las escaleras laterales.
—Sujeta aquí —Belén le entregó la punta de una tela negra—... mientras veo si alcanza hasta la vara del costado. Si no, voy a tener que coser otra pieza y honestamente no tengo tiempo ni ganas.
Antonia obedeció. Desde ahí, más cerca del escenario, el movimiento se veía entero: Consuelo discutiendo con una chica del elenco sobre una entrada; Rocío sentada en una butaca, observando el caos como si estudiara una especie animal extraña; Valeria revisando notas con dos alumnos mayores; Santiago llevando una caja hacia bambalinas.
—Ahí —indicó Belén con urgencia—. Sujeta un poco más arriba.
Antonia levantó los brazos.
—¿Así?
—Sí. Perfecto.
Mientras sostenía el peso de la tela, Antonia desvió la mirada hacia la puerta trasera del bambalinas.
Santiago venía entrando con un soporte de micrófono, pero se detuvo al ver a un niño de primero medio —reconocible por el chaleco institucional que le quedaba ridículamente grande— batallando solo con una pesada caja de atriles metálicos que amenazaba con desarmarse en el suelo.
El chico tenía los ojos abiertos por el pánico de estar estorbando.
Cualquier estudiante de segundo o tercero habría pasado de largo o le habría gritado que se apurara, pero Santiago dejó su soporte en una silla sin pensarlo dos veces y se agachó al lado de él.
Le dijo algo breve que Antonia no alcanzó a escuchar, pero vio que el chico se relajó de inmediato.
Con total tranquilidad, Santiago tomó el lado más pesado de la caja, cargándolo con esa simpleza suya que no buscaba llamar la atención de los inspectores ni de los profesores.
Le sostuvo la puerta lateral con el pie y esperó a que pasara primero antes de seguirlo hacia la bodega de música.
El gesto tenía una limpieza extraña; no parecía el intento de un alumno nuevo por quedar bien, sino pura nobleza natural, de esa que no necesita público para existir. Antonia se quedó mirando la puerta vacía un segundo más de la cuenta, hasta que, desde abajo del escenario llegó una voz masculina:
—Belén, ¿dónde dejo esto?
Antonia giró la cabeza. Era Claudio. Venía con un paquete de maderas angostas al hombro, acompañado de otro chico. Se veía cómodo allí, moviéndose por el anfiteatro y hablando con la gente de montaje con la soltura de quien ya pertenece al lugar.
Belén respondió sin vacilar.
—Al fondo, junto a los paneles. Pero no las apoyes sobre la pintura seca, por favor, que, si este año se arruina otra vez, colapso.
Claudio soltó una risa y obedeció. Al pasar, saludó a Antonia con la mano libre.
—Hola.
—Hola. —Alcanzó a decir ella.
Fue un gesto breve. Belén bajó la tela y revisó el conjunto con distancia crítica.
—Sirve. Milagrosamente, sirve.
—Siempre es bueno haber contribuido a una victoria textil. —Sonrió Antonia mientras se frotaba las palmas para limpiarse el rastro de polvo.
—No te agrandes.
Antonia sonrió y se apartó, frotándose las palmas de las manos. Rocío se había movido una fila más cerca.
—Ya cumpliste tu servicio comunitario. ¿Podemos irnos antes de que Consuelo nos asigne personajes secundarios por obligación moral?
—Tarde —gritó Consuelo desde el escenario—. Ya estaba pensando que Antonia podría hacer una aparición mínima, pero significativa.
—No.
—Tu negativa carece de visión.
Valeria levantó la vista de sus apuntes.
—Y de talento escénico, probablemente.
Consuelo se escandalizó.
—No puedes saber eso.
—Puedo intuirlo. Es un don.
Antonia negó con la cabeza. Había demasiado ruido: voces cruzadas, bromas, la luz oblicua entrando por un costado del anfiteatro. Todo eso la sobrepasó un poco. Y ahora, además, la atención se centraba en ella.
—Nos vamos —anunció Rocío poniéndose de pie.
—Traidoras —acusó Consuelo.
—Supervivientes —corrigió la otra.
Empezaron a salir por el pasillo lateral.
Antonia se giró una última vez antes de cruzar la puerta.
Belén seguía discutiendo una medida con Claudio.
Valeria hablaba con la profesora de música sin perder esa compostura impecable.
Consuelo, sobre el escenario, gesticulaba defendiendo una entrada bien marcada.
Y Santiago, un poco más atrás, observaba la escena completa con una atención serena, descifrando el lugar en el que había caído.
Cuando él volvió la cabeza, Antonia ya estaba mirando.
Esta vez ninguno sonrió. Fue un segundo de reconocimiento, suspendido entre el ruido del anfiteatro y la tarde que se apagaba afuera. Después Rocío la llamó desde la puerta y el momento se cerró solo, sin hacer escándalo.
Salieron al aire frío del patio. El cielo tenía ese color indeciso entre azul y gris que duraba poco antes de la noche.
—Tienes mejor cara —dijo Rocío mientras empezaban a bajar hacia los dormitorios.
Antonia se demoró en responder.
—¿Sí?
—Sí. Estás más presente.
El comentario la obligó a girar la cabeza bruscamente hacia ella. Rocío rara vez decía cosas así de frente.
—El entrenamiento ayudó.
—No solo eso.
Siguieron andando unos metros en silencio. Desde atrás todavía llegaban las voces del anfiteatro, apagadas por la distancia.
—Rocío —Antonia soltó el hilo de voz al fin—, ¿no te da rabia pensar que todo siga normal, aunque a ti se te haya roto algo?
Rocío tardó un poco en contestar.
—Sí.
La respuesta sonó seca. Sin embargo, por el tono, Antonia supo que su amiga no estaba pensando en el mismo desastre que ella. Un destello de incomodidad, casi un reflejo de huida, cruzó la mirada de Rocío antes de volver a clavar la vista en el suelo.
Consuelo apareció corriendo escaleras abajo, tan agitada que Antonia lo supo antes de oírla.
—¡Esperen! Se me olvidó decirles algo importantísimo.
Rocío cerró los ojos.
—No.
—Sí. Demasiado sí.
Consuelo llegó hasta ellas, sin aire, pero triunfal.
—Mañana nos toca ordenar el rincón de lectura antiguo porque la bibliotecaria dice que parece guarida de mapaches cultos.
Antonia parpadeó.
—¿Eso era lo urgentísimo?
—No era eso. —Consuelo esbozó una sonrisa misteriosa—. Lo urgentísimo es que encontré otra frase escrita dentro de un libro.
El aire pareció cambiar de temperatura. Rocío fue la primera en reaccionar.
—¿Otra?
Consuelo asintió, encantada con el efecto conseguido.
—Otra.
Antonia la miró fijo, mientras su mano buscaba instintivamente el bolsillo exterior de su chaleco donde guardaba el amuleto de la primera nota, queriendo asegurarse de que seguía ahí.
—¿Dónde?
Consuelo se llevó una mano al pecho, ofendida por la prisa.
—En la biblioteca, evidentemente. En una de las estanterías antiguas. Encontré el rastro, pero solo alcancé a leer la palabra “sentir” en el margen inferior antes de que Belén me arrastrara de vuelta al anfiteatro.
Rocío cruzó los brazos.
—Eso suena a mentira incompleta.
—Suena a destino —corrigió Consuelo.
Antonia sintió una mezcla de curiosidad y algo más difícil de nombrar.
—Vamos mañana.
Consuelo sonrió, ganadora de una apuesta invisible.
—Sabía que dirías eso.
Rocío las observó a ambas y negó con la cabeza, aunque una sombra de sonrisa le cruzó la boca.
Las tres reanudaron el camino hacia los dormitorios mientras la noche terminaba de caer sobre el internado, lenta, azulosa, llena de luces que se encendían una por una detrás de las ventanas.