Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 4 – Lo que empieza a moverse
18%

Capítulo 4 – Lo que empieza a moverse

El gimnasio olía a lo de siempre: barniz, polvo y pelotas recién infladas.

Antonia se detuvo en la entrada con el bolso colgando de un hombro y el pelo todavía medio húmedo por la ducha rápida de después de clases.

El eco de las zapatillas contra el piso de madera despertó algo familiar; un ruido que extrañaba sin saberlo.

El cansancio físico de la semana se acumulaba, pero la necesidad de quemar la tensión de su casa era mayor.

Al fondo, la entrenadora Herrera revisaba una planilla con el silbato colgando del cuello. Su expresión era leyenda en Santa Camelia: detectaba una mala actitud a veinte metros.

—Céspedes. Pensé que aparecerías mañana.

—No, profesora. Ya estoy aquí.

—Bien. No me hagas arrepentirme.

Antonia dejó el bolso junto a la pared y avanzó hacia la red.

Belén ya ocupaba la cancha, con las rodilleras puestas y una energía eléctrica, dándole instrucciones a una niña de primero que parecía al borde del llanto.

Valeria, en cambio, permanecía apoyada en el poste de la red, ajustándose las zapatillas con una parsimonia desesperante.

—Llegas tarde, Antonia. —Valeria ni siquiera levantó la vista—. Herrera ya estaba armando la rotación sin ti.

—Cinco minutos no es tarde, Valeria. —Belén intervino con los ojos fijos en el balón—. Pero muévete, Antonia, que, si perdemos el ritmo por tu culpa, la profe nos mata a todas.

Antonia se integró al circuito. Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza: trote, estiramiento, movilidad.

El problema fue el resto. En cada pausa, la mente la traicionaba trayendo de vuelta la llamada de su padre el domingo, la voz seca de su madre en la cocina, las cajas apiladas junto a la puerta del departamento.

—¡Antonia! —El grito de Herrera restalló en el techo metálico.

La pelota le golpeó los antebrazos. La recepción salió limpia, precisa. Belén, en funciones de armadora esa tarde, le puso un balón perfecto a Valeria, que remachó con una rabia que hizo retumbar la madera.

—Eso. —Herrera soltó el único elogio de la jornada.

Moverse ayudaba, como había dicho Consuelo. No porque arreglara el desastre de su casa, sino porque el cuerpo exigía una atención absoluta. Pero entre remache y remache, Antonia percibía la mirada de Valeria sobre ella, una evaluación silenciosa que pesaba más que el mismo entrenamiento.

Después de veinte minutos, la puerta lateral se abrió para dar paso a Rocío. No venía a entrenar; vestía el uniforme y apretaba una carpeta contra el pecho. Se quedó junto a la pared, observando con esa cara neutra con la que miraba las tormentas.

—¿Qué hace ella aquí? —murmuró Belén en plena rotación—. Rocío odia el gimnasio.

—Viene a buscarme. —Antonia intentó recuperar el aire.

—A ver si dejas de regalarle puntos al rival en la siguiente pasada. —Valeria le rozó el hombro al cruzar con un desdén que ya resultaba familiar.

El entrenamiento continuó con ejercicios de defensa. Antonia falló dos pelotas por llegar tarde, acertó una diagonal difícil y se ganó una reprimenda por no pedir el balón a gritos. Cuando Herrera pitó el final, las piernas le temblaban y el aire se sentía espeso.

—No estás mal. —Herrera pasó por su lado—. Pero andas tarde en las reacciones. Vuelve al centro rápido, Céspedes.

Antonia se echó agua en la nuca y caminó hacia la pared donde estaba Rocío.

—¿Viniste a espiarme o a reírte de mí decadencia física?

—Las dos cosas. —Rocío se apartó de la pared—. Pero también vine a decirte que Consuelo lleva media hora buscándote. Según ella, necesita una opinión urgente que va a cambiar el destino del arte en este país.

Antonia cerró los ojos un segundo. El sudor, la mirada de Valeria y la intensidad de Consuelo se mezclaron en su cabeza como un ruido blanco.

—¿Qué pasó ahora? —preguntó Antonia, recuperando el aire.

Rocío apretó la carpeta contra sí.

—Nada, Antonia. Simplemente en este internado nadie te deja descansar.

—Te juro que un día la voy a encerrar en un armario.

—No lo harás. Llorarías tres horas y le escribirías una carta de disculpas —replicó Rocío.

—Creo que eso es ofensivamente exacto.

Enfilaron juntas hacia la salida. Afuera, la tarde perdía luz con rapidez.

Al llegar al anfiteatro, se les cruzó otra chica de segundo con dos hojas entre los dientes y una cinta adhesiva colgándole de la muñeca.

Detrás de ella, Consuelo hablaba sin respirar, moviendo las manos en una apasionada defensa.

—Eso parece una tragedia griega con presupuesto escolar —murmuró Antonia.

—Es peor. Es organización de festival.

Se acomodaron a un costado justo cuando Consuelo exclamaba:

—¡No estoy diciendo que quememos nada real! Estoy diciendo que la luz debe proyectar la sensación de un incendio emocional.

Belén, que venía pisándoles los talones, se interpuso entre Consuelo y Eduardo, quienes se disputaban el control de un foco.

—No existe el incendio emocional en la planilla técnica, Consuelo.

Consuelo se sobó la frente, buscando apoyo en el techo.

—Porque la planilla técnica no tiene alma.

—Y tú no tienes noción del tiempo.

Valeria apareció detrás.

—La noción del tiempo la perdieron las dos hace al menos cuarenta minutos. —Revisó su libreta de apuntes—. Belén, la gente de música te espera desde hace diez. Consuelo, si vuelves a usar la palabra “atmósfera” como argumento para pedir otro foco, voy a empezar a cobrarte por metáfora.

Consuelo se plantó con las manos en las caderas.

—Tienes una hostilidad tremenda con las artes.

—Lo tuyo es una falta de respeto total por la electricidad —replicó Valeria.

—Por fin. —Consuelo se iluminó al ver a sus amigas—. Necesito que me digan cuál de estas dos opciones transmite mejor una devastación contenida.

Le extendió a Rocío dos hojas llenas de garabatos, flechas, anotaciones y lo que parecía, en un rincón, un intento de dibujar una cortina o un fantasma.

—Eso parece el cuaderno de alguien después de una noche de fiebre.

—Gracias por tu sensibilidad, Rocío.

Belén se pasó una mano por el pelo.

—Solo dile cualquiera para que nos deje hacer el trabajo en paz.

Antonia tomó las hojas. No entendió casi nada, salvo que una opción implicaba una entrada desde el costado izquierdo del escenario y la otra, una salida colectiva con música en vivo.

—La segunda. —Eligió deteniendo los ojos en las líneas cruzadas —. Tiene más espacio para que pase algo inesperado.

Lo dijo casi sin pensar. La idea de que algo pudiera desviarse del plan, romper el recorrido esperado, le resultó extrañamente reconfortante.

Consuelo abrió mucho los ojos.

—¿Viste? ¡Eso mismo le decía!

Valeria inclinó la cabeza.

—No. Tú estabas diciendo que “el escenario necesita respirar”. No es lo mismo.

—Es casi lo mismo.

—En tu cabeza, quizás.

Belén ya anotaba encima de su carpeta.

—Perfecto. Segunda opción. Se acabó la discusión. Gracias, Antonia, te debo la vida, o al menos quince minutos de mi tarde.

—Te los cobraré caros.

—Haz fila. —Valeria dio media vuelta.

Antonia guardó silencio. Rocío lo registró de inmediato; se le tensó la mandíbula, aunque prefirió callar.

—¿Y tú por qué andas tan silenciosa? —Consuelo achicó los ojos hacia Rocío—. Eso nunca es buena señal.

—Estoy ahorrando energía para cuando colapses y tenga que cargarte al dormitorio.

—Me parece que das una fea imagen de mí.

—Una imagen precisa.

Belén soltó una risa cansada, de esas que se escapan sin permiso. Por un segundo pareció más joven, menos apretada por todo lo que llevaba encima. Desde las escaleras del anfiteatro llegó un llamado:

—¡Belén!

Era un chico de tercero con una caja de cables en brazos. Belén cerró los ojos, asumiendo el impacto.

—Ya voy.

—No, ya ibas hace cinco minutos —corrigió Valeria.

Belén la fulminó con la mirada, sopesando la idea de empujarla hacia un arbusto.

—A veces pienso que, si desaparecieras dos días seguidos, mi vida mejoraría muchísimo.

Valeria sonrió.

—Y aun así no podrías organizar la mesa técnica sin mí.

Belén apretó la carpeta.

—Eso no significa que me agrades.

—No estoy trabajando por tu afecto.

Consuelo extendió los brazos en un gesto dramático de mediación.

—Basta. El arte no puede nacer en este clima de odio.

—El arte escolar nace precisamente de este clima de odio — sentenció Rocío.

Antonia soltó una risa, esta vez de verdad. Pequeña, pero real. Consuelo captó el gesto al vuelo y sonrió también, más tranquila, reconociendo ese quiebre en la seriedad de su amiga.

—Bien. Ya que estás viva, te vienes con nosotras un rato.

—No.

—Sí.

—No tengo ninguna razón para estar aquí.

—Yo tengo muchas y te las presto.

Antonia se acomodó el bolso al hombro.

—Salí recién de entrenamiento, me quiero bañar y comer algo que no sepa a castigo presidiario.

—Cinco minutos —insistió Consuelo—. Solo cinco. Después te libero al mundo.

—Nunca liberas a nadie. Solo lo dices.

—Por favor.

Antonia iba a negarse otra vez, pero Rocío habló antes.

—Vamos. —Ante la sorpresa de las otras dos, se encogió de hombros—. Prefiero estar ahí que en el dormitorio escuchándolas discutir sobre intensidad lumínica como si estuvieran negociando un tratado de paz.

Consuelo torció la boca, fingiéndose profundamente ofendida por el desprecio a su arte, y avanzó arrastrando los pies hacia el interior.

A esa hora, el lugar mostraba una actividad extraña, partida entre la rutina y la anticipación. Había alumnos moviendo sillas, una profesora de música revisando partituras con cara de martirio y dos chicos lidiando con una escalera que claramente no sabían usar.

Santa Camelia, pensó Antonia, siempre tenía dos corazones: uno disciplinado, de horarios, campanas y reglamentos; y otro subterráneo, hecho de ensayos, secretos, pasillos en penumbra y conversaciones que parecían pequeñas hasta que dejaban de serlo.

Sobre el escenario, un grupo de estudiantes discutía marcas de posición con cinta blanca. En una de las primeras filas había botellas de agua, una bufanda abandonada y una bolsa de galletas abierta que seguramente pertenecía a Consuelo, aunque nadie se atreviera a demostrarlo científicamente.