Capítulo 3 – Santa Camelia tiene memoria
A la semana, el internado ya había recuperado su ritmo.
Los primeros días se habían ido en esa torpeza ordenada de siempre: cuadernos olvidados y profesores repitiendo las mismas instrucciones.
Pero para el jueves, Santa Camelia y sus habitantes ya se habían encajado en su sitio.
Antonia lo notó esa tarde, cuando salió de clases con el cansancio del entrenamiento de vóleibol del día anterior, que la había dejado exhausta, drenándole la poca energía que le quedaba para sostener las semanas.
Desde la mañana arrastraba una inquietud rara, una necesidad de alejarse un poco del ruido y de sí misma al mismo tiempo.
La biblioteca era una buena opción, o al menos un lugar suficientemente silencioso.
No tenía una razón demasiado clara para ir.
Había terminado sus tareas del día, Consuelo estaba metida en el ensayo de teatro, Rocío asistía a la reunión del comité de medio ambiente y el resto del curso se había desparramado entre el comedor, los dormitorios, el anfiteatro y el gimnasio.
El edificio era de los más viejos del internado. Tenía ventanales altos con marcos de madera oscura y una puerta pesada que protestaba con un crujido cada vez que alguien la empujaba. Adentro, el olor a papel viejo y encierro la recibieron como un abrazo conocido.
La señora Inés levantó la vista desde su escritorio y le dedicó una sonrisa corta.
—Antonia. Volviste entera, veo.
—Más o menos —respondió ella sosteniendo el gesto apenas un segundo.
—Con eso basta para este año.
Antonia avanzó entre las estanterías sin ir a ninguna parte.
Le gustaba caminar así por el lugar, dejando que los títulos la alcanzaran solos.
Pasó la mano por un estante de literatura chilena, luego por otro de clásicos extranjeros, hasta llegar a la sección más antigua del fondo.
Ahí las repisas eran más altas y la luz de la tarde entraba de lado, oblicua, por una ventana lateral, iluminando un rincón especialmente desgastado y polvoriento que nadie parecía haber tocado en años.
Había estado en ese rincón otras veces, pero ese día el espacio se sentía distinto, más apartado, desconectado del resto de la biblioteca.
Se detuvo frente a una hilera de libros gastados y ladeó la cabeza.
Entre dos tomos gruesos de esa sección, sobresalía un papel doblado, atrapado en el lomo de una edición de tapas azules deslavadas.
Miró por encima del hombro para asegurarse de que nadie la observaba. Sacó el libro y, al abrirlo, el papel cayó directo al suelo. Era un trozo arrancado de un cuaderno cuadriculado, doblado cuatro veces. La tinta estaba un poco corrida por el tiempo.
Lo desdobló con cuidado para no romperlo. Había solo una frase manuscrita:
“A veces una cree que si se queda quieta el miedo no la va a encontrar”.
Antonia leyó la hoja dos veces. No había firma ni fecha.
La volvió a doblar por puro instinto, pero no la guardó; se quedó con el papel entre los dedos.
Durante un segundo, esa hoja pareció más pesada que el libro entero.
En lugar de devolverlo, un impulso nostálgico e irracional la obligó a deslizarlo al fondo del bolsillo de su chaleco institucional, guardándolo como un pequeño amuleto secreto.
—¿Vas a leer eso o a adoptarlo?
Antonia dio un salto por el susto. Rocío estaba al otro lado de la estantería, mirándola con esa ironía seca de siempre. Llevaba el cuaderno bajo el brazo y un lápiz afirmado entre los dedos. Debía de haber llegado hacía poco, porque todavía tenía una hebra de pasto pegada al borde del calcetín.
Antonia soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Desde cuándo estás ahí? —Trató de que la voz no le traicionara el pulso.
—Lo suficiente para ver tu cara de “acabo de encontrar algo raro y no sé si debería estar tocándolo”.
Antonia se llevó la mano al bolsillo exterior, presionando la nota oculta.
—Estaba metida dentro de este libro azul del rincón antiguo. Mira el sector, parece que nadie viene aquí.
Rocío dio la vuelta a la estantería y se acercó. Antonia le pasó el papel sin agregar nada. Rocío lo leyó una vez, sin cambiar demasiado la expresión, aunque algo muy leve se le endureció en la mirada.
—¿Y?
—No sé. Solo estaba ahí.
Rocío le devolvió el papel con un gesto seco. Antonia volvió a guardarlo en su bolsillo.
—Santa Camelia está lleno de cosas que “solo estaban ahí”. He escuchado historias de alumnas de hace años que dejaban papeles escondidos en la biblioteca, en los libros y a veces detrás del anfiteatro también. Una tradición de esas que se agrandan con cada generación.
Antonia sintió un cosquilleo breve en la nuca.
—¿Y nunca me habías dicho?
—Nunca me lo preguntaste.
—A veces eres profundamente irritante, Rocío.
—Gracias.
Antonia entrecerró los ojos.
—Estás escondiendo algo.
—No.
—Rocío.
Rocío sostuvo la mirada apenas un segundo antes de rendirse.
—Está bien. También está la otra versión... —Soltó un suspiro corto, resignado.
—Cuando estábamos en segundo básico, una niña de cuarto encontró una carta escondida detrás de un diccionario y juró que era de una exalumna muerta.
Antonia parpadeó.
—¿Una exalumna muerta?
—Se había cambiado de colegio en realidad. Pero durante dos semanas todas actuaron como si la biblioteca estuviera encantada.
Antonia apretó el pliegue del papel dentro de su bolsillo. El hallazgo había cambiado el aire del lugar.
—¿A ti no te da curiosidad?
Rocío observó el estante en silencio unos segundos.
—Sí. En su momento notamos que varias de esas notas viejas aparecían sospechosamente en los mismos tres libros de este sector lateral. Pero hay cosas que están guardadas por algo.
La forma en que Rocío oscureció la mirada y después apartó los ojos le hizo pensar a Antonia que esa frase calzaba con ella más de lo que quería admitir.
Rocío se incorporó, rompiendo el momento.
—Vine a buscarte porque Consuelo te anda rastreando. Dice que Belén la dejó sola con “una crisis de utilería” y que si no apareces en diez minutos va a asumir que renunciaste a su amistad.
Antonia sonrió a medias.
—Eso suena exactamente a ella.
—Siempre.
Salieron juntas del fondo de la biblioteca y avanzaron entre las mesas hacia la puerta. Al pasar junto al escritorio principal, la señora Inés levantó la vista desde el libro que estaba registrando.
—¿Encontraron lo que buscaban?
Antonia dudó un instante.
—Creo que sí.
La señora Inés sonrió de un modo extraño.
—Entonces la biblioteca hizo bien su trabajo.
Y volvió a bajar la vista al libro antes de que Antonia alcanzara a preguntarle qué quería decir exactamente.
Afuera, la tarde se había enfriado un poco.
El cielo seguía claro, pero el sol ya estaba más bajo y el internado parecía haberse recogido sobre sí mismo.
Algunas alumnas cruzaban el patio central hacia el comedor.
Desde el gimnasio llegaban ecos de un silbato.
Más allá, cerca del edificio del anfiteatro, se oía una voz elevándose por encima de las otras, con la energía exacta de una discusión de Belén.
—Tu amiga está viva y peleando. —Rocío indicó el anfiteatro con la cabeza.
Antonia miró hacia allá. Belén gesticulaba en la entrada con una carpeta contra el pecho, mientras Consuelo, a su lado, intentaba hablar al mismo tiempo y con más convicción que sentido.
Valeria estaba apoyada en una de las columnas, observando la escena con expresión impenetrable, dejándolas chocar de frente contra la realidad del montaje.
—No entiendo cómo se desordenan tanto en tan poco tiempo —murmuró Rocío.
—Porque viven con intensidad.
—Eso es una forma poética de decir que ya nadie las regula.
Antonia soltó una risa suave. Cruzaron el patio hacia ellas. A medio camino, Eduardo apareció desde el lado contrario con una botella de bebida en la mano y cara de haber estado evitando responsabilidades con relativo éxito.
—Las estaba buscando. Bueno, no a ti —aclaró mirando a Rocío—. A ti nunca te busco si puedo evitarlo.
—El sentimiento es mutuo —contestó ella sin frenar el paso.
Eduardo se volvió hacia Antonia y al ver que todavía llevaba esa seriedad rara en la cara —no tanto como para llamarlo tristeza—, inclinó un poco la cabeza.
—¿Todo bien?
Antonia asintió.
—Sí. Biblioteca.
—Una respuesta que pretende ser misteriosa.
—Te gusta esa palabra porque suena importante. —Le lanzó Antonia.
—Y porque casi siempre tengo razón y hay algo escondido.
Siguieron caminando juntos. Antonia volvió la vista una vez hacia la biblioteca. Desde el patio, con la luz de la tarde pegando de lado en los ventanales, el edificio parecía mirarlas de vuelta. Al acercarse al anfiteatro, Belén los vio y levantó ambos brazos al cielo.
—¡Por fin! Necesito que alguien le explique a Consuelo que una cortina no puede sostenerse por fe.
—Tienes una visión muy limitada del arte —protestó Consuelo de inmediato.
Valeria giró la cabeza al ver llegar a Antonia.
—Bien. Otra persona funcional.
—Gracias, Valeria.
—No te acostumbres. Aún no te he evaluado este semestre.
Eduardo se llevó una mano al pecho.
—Es hermoso ver cómo expresas afecto.
—Y yo admiro tu compromiso con la inutilidad —replicó Valeria.
Consuelo tomó a Antonia de la muñeca antes de que pudiera responder.
—Ven. Necesito apoyo emocional y probablemente físico.
—¿Qué rompiste?
—Nada. Todavía.
Belén hizo un sonido que claramente significaba “eso está por verse”.
Antonia se dejó arrastrar hacia el interior del anfiteatro.
Detrás de ella, Rocío y Eduardo seguían discutiendo sobre si Belén realmente merecía el título de persona más estresada del curso o si ese honor debía reservarse para eventos especiales.
Valeria observaba el escenario con los brazos cruzados.
Consuelo hablaba demasiado rápido. Belén amenazaba con renunciar a la organización aunque nadie le creyera.
Veinte minutos después, Consuelo se acercó a Antonia y Rocío, que se habían sentado en las butacas de la mitad del anfiteatro. Se paró frente a ellas con las manos en las caderas.
—¿Qué les pasa? Traen caras de haber visto un fantasma.
Antonia miró a Rocío. Ella asintió apenas.
—Encontramos algo —soltó Antonia acercándose al oído de Consuelo—. Una nota. En la biblioteca.
Consuelo se olvidó de la cortina y del teatro en un segundo.
—¿Una nota de amor?
—No —dijo Antonia en voz baja—. Decía que si te quedas quieta el miedo no te encuentra.
Consuelo perdió un poco el color en las mejillas y miró hacia el edificio viejo de la biblioteca, que ahora, con la luz de la tarde cayendo, parecía un gigante dormido.
—Eso no suena a nota de amor. —Frunció el ceño—. Suena raro. ¿Quién escribe algo así?
—¿Van a trabajar o se van a quedar ahí murmurando como si estuvieran en un convento?
El ensayo no se hace solo. —Valeria se acercó, interrumpiendo el momento con su voz cortante.
Se levantaron y tomaron sus lugares, tratando de concentrarse para terminar lo más pronto posible.
No hablaron más de la frase escondida dentro del libro.
Esa noche, Antonia llevó sus pensamientos nuevamente al papel que había guardado en su chaleco.
A su lado, Consuelo dormía torcida hacia el borde de la cama, abrazada a la almohada en una lucha muda contra un sueño demasiado intenso.
Al otro lado del cuarto, Rocío todavía no se acostaba.
Estaba sentada en su cama con una lámpara pequeña encendida, leyendo algo con la espalda apoyada en la pared.
Antonia miró el techo a oscuras. “ A veces una cree que si se queda quieta el miedo no la va a encontrar”. La frase volvió una y otra vez, sin dejarla tranquila.
Se giró hacia la ventana. Santa Camelia ya no era solo el lugar donde dormía y estudiaba. Era un lugar donde otras habían sentido miedo antes que ella. Y habían intentado esconderlo.