Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 2 – Nosotras otra vez #3
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Capítulo 2 – Nosotras otra vez #3

—Caos.

—Sobrevivencia.

—Beca.

—Teatro.

—Descanso, ojalá.

Consuelo, desde más atrás, dijo “gloria” con total convicción y Belén soltó un sonido entre risa y protesta.

La profesora fue pasando entre las filas, satisfecha con el nivel exacto de participación a esa hora de la mañana.

Antonia apoyó el lápiz sobre la hoja en blanco.

No supo qué escribir. Quiso poner algo que no la expusiera.

“Cerrar”. “Cambio”. “Final”. Se decidió por escribir: equilibrio .

Pero cuando terminó de trazar la última letra, sintió una punzada de rechazo.

La palabra se veía falsa, frágil sobre el papel, por lo que tuvo el impulso violento de tomar el lápiz y tacharla hasta rasgar el papel, borrando esa mentira.

—¿Y tú? —preguntó Rocío en voz baja.

Antonia giró el cuaderno para mostrarle la palabra. Rocío la leyó en silencio y luego la miró a los ojos. No hubo burla, solo una seriedad que dolía.

—Ambicioso.

Antonia hizo una mueca.

—Gracias por el apoyo.

—Es que el equilibrio no existe, Antonia. —Rocío soltó una sonrisa mínima, pero sus ojos no se movieron de los de ella—. Yo escribí “claridad”.

Antonia levantó la vista.

—Eso sí que es ambicioso.

Rocío esbozó una sonrisa breve, pero no respondió enseguida. Giró el lápiz entre los dedos una vez, dos veces.

—Capaz este año nos obliga.

Ninguna de las dos dijo nada más.

Antonia quiso preguntarle a qué se refería, pero la profesora ya estaba retomando la actividad.

Más tarde, durante el recreo largo, se reunieron en el patio.

Consuelo llegó hablando del profesor de artes dramáticas, Belén de los horarios del anfiteatro y Eduardo de una discusión absurda con sus compañeros de habitación.

Valeria, en tanto, enumeraba una lista de pendientes que nadie más parecía tomar en serio.

Antonia los escuchaba entrar y salir de la conversación con la extraña sensación de oír su propia vida a través de una puerta entreabierta.

Fue Valeria quien la devolvió a la realidad.

—Este año el festival va a requerir que al menos tres personas de este grupo dejen de improvisar su existencia —sentenció clavando la mirada entre Consuelo y Eduardo.

—Mira qué curioso —contestó Eduardo—. Yo pensaba exactamente lo mismo de ti, pero con la palabra “relajarse”.

Belén soltó una carcajada inesperada y Consuelo se agarró el pecho, fingiendo haber presenciado un duelo histórico. Antonia sonrió. Esta vez la risa permaneció en su rostro.

Cerca de la galería del patio, Claudio conversaba con un grupo de tercero. Saludó a Eduardo con un movimiento de cabeza cuando pasaron por su lado, manteniendo esa soltura de quien se mueve dentro de un mundo que conoce de memoria.

Antonia se detuvo un segundo, observando la forma limpia en que le quedaba el hombro del chaleco azul.

Tenía unas manos grandes, de nudillos firmes, con las que afirmaba un estuche.

Él alzó la vista de golpe, directo hacia ella, como si un hilo invisible le hubiera avisado de su presencia.

Sostuvo la mirada un instante largo y luego apartó los ojos, regresando a su grupo.

—No me digan que ya estás buscando problemas —murmuró Eduardo. Se cruzó en su línea de visión, bloqueando la galería con la espalda como un escudo de lana húmeda.

Antonia le sostuvo el paso con fastidio, pero Eduardo no se rio. Se hundió las manos en los bolsillos con una rigidez extraña en él. La miró de frente, usando esa honestidad cruda que se reservaba para cuando el ruido del resto desaparecía:

—Ya tienes suficiente encima, Anto. No te busques más.

—No sé de qué hablas. —El corazón le dio un vuelco incómodo, acelerado.

—Trágico. Porque yo sí.

Consuelo se giró a medias, intrigada.

—¿De qué me perdí ahora?

—De nada —respondieron Antonia y Eduardo a la vez.

Rocío no hizo ningún comentario, pero Antonia notó que sus hombros se habían quedado demasiado rígidos bajo el uniforme.

La campana de entrada trizó el momento antes de que la tensión escalara.

Mientras retomaban el camino hacia el pabellón de clases, Santa Camelia volvió a cerrarse a su alrededor con su mezcla habitual de rutina y vigilancia. El patio quedó atrás y el eco de las voces se desplazó hacia el encierro de los pasillos.

Consuelo se adelantó con Belén. Eduardo empezó una discusión inútil con Valeria sobre si era humanamente posible sobrevivir a cuatro bloques de clases sin azúcar. Rocío caminó junto a Antonia en silencio.

De pronto, Rocío le rozó el codo con el suyo.

No la miró al hacerlo, pero el contacto no fue fugaz; dejó su brazo firme contra el de Antonia, una presión constante que operaba como una cadena de seguridad.

El calor de su amiga traspasó la tela del uniforme y, por un instante, la cercanía resultó abrumadora.

Era una forma muda de advertirle que no iba a dejar que nadie se acercara más de la cuenta.

—Rocío —murmuró Antonia.

—¿Sí?

—Nada.

Siguieron caminando. A veces, pensó Antonia, la amistad no se parecía tanto a contarlo todo, sino a aprender que los silencios también se pueden compartir.