Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 2 – Nosotras otra vez #2
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Capítulo 2 – Nosotras otra vez #2

La inspectora Fuentes apareció desde el extremo del pasillo con la misma precisión de un radar.

—Y si vuelvo a ver una camisa afuera antes del almuerzo, empezaré a repartir anotaciones.

Consuelo esperó a que se alejara.

—Cada año se vuelve más rápida.

Caminaron juntos hasta la entrada, mezclándose con el resto del flujo de estudiantes.

Antonia quedó un poco más atrás, entre Rocío y Eduardo.

Consuelo se adelantó con Belén, tratando de averiguar si este año el grupo de teatro tendría más horas de ensayo en el anfiteatro.

Valeria subía los escalones sin mirar a nadie, aunque Antonia sospechaba que no se le escapaba nada de lo que ocurría a su alrededor.

Por un momento, mientras los veía moverse dentro de esa corriente conocida, sintió algo parecido a una punzada de ternura.

No eran solo sus amigas, era también esto.

Eduardo apareciendo siempre en el momento exacto para arruinar una conversación seria.

Belén sobreviviendo a punta de listas, carpetas y nervios.

Valeria fingiendo que nada le importaba mientras parecía darse cuenta de todo.

Rocío caminando siempre medio paso por delante del resto.

Consuelo convirtiendo cualquier situación cotidiana en un espectáculo.

Había pasado gran parte del verano convencida de que todo lo importante se había roto. Pero mientras los veía avanzar por las escaleras, mezclándose con el resto de los estudiantes, tuvo una sensación inesperada. Tal vez algunas cosas seguían ahí, esperándola.

Cuando llegaron al hall principal, la inspectora las ordenó en filas con la misma energía marcial de todos los marzos anteriores.

Hubo saludos formales, recordatorios sobre disciplina, la amenaza preventiva contra el uso de esmalte de colores y una mención solemne a los “estudiantes de último año como ejemplo para las generaciones menores” que hizo que Consuelo murmurara algo parecido a “qué miedo” sin mover los labios.

Antonia miró hacia un lado justo cuando la fila de los varones se posicionó al lado de ellas. Había un chico nuevo que parecía flotar en una burbuja de calma ajena al resto, como si el ritmo de Santa Camelia aún no lo hubiera contagiado.

Cuando él levantó la cabeza, Antonia sintió que el ruido de la mañana se corría un poco hacia atrás.

Se miraron más tiempo del razonable. Él no sonrió enseguida; la observó con una seriedad extraña, como si intentara reconocer algo en ella.

Después le dedicó una media sonrisa breve, casi mínima.

Había algo extraño en eso. La mayoría de la gente sonreía por cortesía cuando la descubría mirando.

Él parecía estar intentando entender algo.

Antonia apartó la vista primero, sintiendo una sacudida rara en el estómago.

No vio que Eduardo sí había alcanzado a notar el intercambio, tensando la mandíbula de inmediato.

Tampoco vio que Rocío, parada detrás de ella, siguió la dirección de su mirada y luego volvió a observarla a ella con un gesto ilegible.

La reunión duró demasiado para ser el primer día.

Cuando por fin las liberaron, el curso se desarmó otra vez en grupos dispersos rumbo a las salas del primer bloque. Afuera, la mañana ya había tomado cuerpo con el sol cayendo con más fuerza sobre el patio.

—Necesito desayunar de nuevo —declaró Consuelo mientras bajaban la escalera—. Esa charla me quemó calorías.

—No creo que funcione así —contestó Belén.

—Entonces inventemos una ciencia que sí.

Valeria, que iba delante de ellas, giró la cabeza.

—El que quieras inventar una nueva disciplina solo para tener razón explicaría mucho de tu relación con la realidad.

—Valeria, juro que un día te voy a lanzar al estanque ornamental.

—No hay estanque ornamental.

—Por eso digo “un día”. Primero lo construyo.

Eduardo se acomodó al lado de Antonia.

—¿Ves? Unas horas de clases y ya todo volvió a la normalidad.

Antonia dejó escapar una risa breve.

—Tienes un concepto extraño de normalidad.

—Llevo años trabajando con lo que hay. —Se encogió de hombros.

La ligereza de sus compañeros la sostuvo un par de minutos más.

Alcanzó incluso a sentir, de forma fugaz, que tal vez el día iba a ser llevadero.

Que quizás bastaba con no mirar demasiado hacia adentro.

Con seguir el horario, caminar a la sala, reírse cuando tocara y dejar que Santa Camelia hiciera lo suyo.

Pero en la sala de literatura, mientras buscaban asiento entre el ruido de sillas arrastrándose y cuadernos golpeando los pupitres, algo se desacomodó otra vez.

La profesora pidió que se ordenaran por afinidad para una actividad breve de inicio. “Nada formal”, dijo, “solo para pensar el año”.

—Antes de que se junten, recuerden que este año sumamos a alumnos de otras secciones para los talleres comunes, y a un estudiante nuevo —anunció la profesora desde el pizarrón—. Por favor, que alguien le haga un espacio en la fila del fondo a Claudio Arias y a Santiago Cruz.

Consuelo cayó enseguida junto a Belén, arrastrada por una discusión sobre una obra que una había leído y la otra no. Eduardo quedó con un grupo de compañeros al fondo. Valeria tomó asiento cerca de la ventana, sola al principio, como si el simple acto de esperar compañía le resultara innecesario.

Antonia se quedó de pie un segundo con el cuaderno apretado contra el pecho.

Era esa pequeña vacilación social que dura menos de diez segundos y que en cualquier otro momento no habría significado nada.

Pero algo en la sensación de quedarse suspendida, sin saber exactamente dónde caer, le apretó el cuerpo demasiado rápido.

Rocío, que ya se había sentado dos filas más allá, la miró de inmediato.

—Acá —dijo corriendo la silla de al lado con el pie.

El alivio fue tan instantáneo que a Antonia le dio rabia consigo misma.

Se sentó junto a ella sin decir nada. La profesora empezó a explicar la actividad: una palabra para definir qué esperaba cada una del año. Después tendrían que compartirla con la persona de al lado.

Antonia bajó la vista al cuaderno. Una palabra. A su alrededor empezaron a escucharse respuestas rápidas, casi divertidas:

—Libertad.