Capítulo 2 – Nosotras otra vez
La primera mañana en Santa Camelia siempre tenía algo de representación mal ensayada.
Los estudiantes caminaban más rápido que de costumbre intentando disimular que todavía estaban rearmando el mapa del colegio en sus cabezas.
Algunos parecían perfectamente instalados desde la noche anterior.
Otros llevaban el uniforme impecable de quien intenta convencerse de que el orden exterior basta para domesticar el caos interior.
Los pasillos olían a shampoo, colonia barata, cuadernos nuevos y tostadas tibias que empezaban a enfriarse en el comedor.
Antonia salió del dormitorio todavía con el pelo medio húmedo, ajustándose una manga del chaleco con una mano y sosteniendo el horario doblado con la otra.
Consuelo hablaba desde hacía al menos tres minutos sobre la posibilidad de que ese año por fin les tocaran turnos de comedor “humanamente razonables”.
Rocío iba más callada, con el bolso cruzado y la mirada ya puesta en las escaleras del edificio principal con decisión, seguramente dos escenas más adelante que los demás.
—No estoy pidiendo privilegios —decía Consuelo—. Solo pido dignidad. Nadie rinde bien a las siete y media de la mañana con pan frío.
—Tú no rindes bien a ninguna hora sin drama previo —apuntó Rocío.
—Eso es mentira.
—¿No recuerdas lo que pasó en el campamento de octavo básico? —intervino Antonia.
Consuelo se llevó una mano al pecho.
—Seguimos hablando de eso dos años después.
—Porque incendiaste una sopa instantánea —recordó Rocío.
—Técnicamente se incendió sola.
Antonia sonrió sin querer.
El patio central ya bullía con el ruido típico de marzo. Grupos de estudiantes se amontonaban bajo el sol, pero Antonia avanzaba protegida por sus amigas.
A su derecha, Rocío caminaba con la espalda perfectamente recta y los brazos cruzados sobre el pecho, una rigidez que siempre la hacía parecer más alta que el resto.
Su pelo oscuro y enrulado, enorme y rebelde como siempre, se agitaba con el viento de la mañana y caía sobre el cuello de su camisa, impecable como siempre.
Al otro lado, Consuelo marcaba un contraste absoluto.
La melena corta y de un rubio natural brillante le enmarcaba la cara, haciendo que sus ojos celestes resaltaran fijos en el pabellón principal.
Llevaba el chaleco institucional abierto y, en lugar de usar el lazo de raso verde musgo en el pelo, se lo había amarrado apurada en la muñeca izquierda, ocultándolo a medias con la manga para que los inspectores no se lo quitaran antes de la primera campana.
Santa Camelia, pensó Antonia, siempre lograba eso. Tomar a cientos de estudiantes distintos y hacer que, en un par de horas, todos parecieran parte de lo mismo, aunque por dentro cada cual siguiera en su propio enredo.
No todos, pensó después.
Cerca de la escalera lateral reconoció a Claudio.
Estaba apoyado contra una columna con un libro abierto entre las manos, ajeno al ruido del patio.
Llevaba el uniforme algo más desordenado que el resto, el pelo castaño y ondulado cayéndole sobre la frente.
No parecía incómodo ni particularmente interesado en mezclarse aún.
Simplemente estaba ahí, como si observar desde cierta distancia fuera suficiente.
Consuelo se acomodó la correa del bolso sobre el hombro, lo que devolvió la atención de Antonia al grupo.
—¿Y Pablo?
La pregunta hizo que Antonia levantara apenas la vista. Hasta donde sabía, Pablo había sido el único pololo que cualquiera de ellas le conocía a Rocío y ellos seguían juntos. Consuelo pareció pensar exactamente lo mismo.
Rocío siguió caminando.
—¿Qué pasa con Pablo?
—Nada. Pregunto.
La respuesta tardó apenas un instante más de lo normal.
—No estamos juntos.
Antonia giró la cabeza.
—¿Qué?
Rocío se encogió de hombros.
—Desde antes de que terminaran las vacaciones.
El silencio que siguió fue breve, pero extraño. Consuelo bajó la vista hacia el suelo. Antonia abrió la boca para preguntar algo más. Rocío la vio venir.
—Y no quiero hablar de eso.
No sonó molesta, sonó cansada. Antonia asintió enseguida.
—Está bien.
Rocío hizo un leve movimiento de cabeza, agradeciendo que no insistiera.
—Perfecto. Porque bastante tengo con sobrevivir al primer día. Además, se graduó el año pasado, así que no lo veré más.
Consuelo recuperó la sonrisa.
—Supongo que eso vuelve más fácil fingir que no existe.
—Así es.
Al doblar hacia la escalera principal, una voz masculina las alcanzó desde el otro lado del patio.
—Consuelo, te apuesto cinco lucas a que llegas tarde al primer bloque.
Consuelo se dio vuelta con tal indignación que casi se le cayó el horario.
—Eduardo, no llevo ni veinticuatro horas acá y ya estás faltándome el respeto.
Eduardo cruzó el patio hacia ellas con las manos en los bolsillos y esa sonrisa irritante que, después de años, una aprendía a tolerar.
Venía con la corbata mal hecha, el cuello torcido y su melena todavía más desordenada que el día anterior.
Al verlo, Antonia sintió esa clase de alivio extraño que dan algunas personas que una no abraza demasiado, pero igual asocia con lo conocido.
Su amigo llevaba en Santa Camelia casi el mismo tiempo que ella.
Habían compartido cursos, profesores insoportables, castigos absurdos y suficientes años como para que su presencia se hubiera vuelto parte del paisaje.
Era de esas amistades que nunca necesitaban demasiadas explicaciones para seguir existiendo.
—No es falta de respeto si es estadística. —Eduardo se detuvo frente a ellas—. Hola, Antonia.
—Hola.
Él la miró un segundo de más, lo suficiente para que ella notara que estaba evaluando algo.
—Te ves menos muerta que ayer.
—Agradezco tu consideración con las personas frágiles.
—Hago mi aporte a la comunidad.
Consuelo le pegó con el horario enrollado en el brazo.
—Y para tu información, este año pienso llegar temprano a todo.
Eduardo miró a Rocío, que se había quedado observando la escena con la misma expresión de quien está viendo una obra que ya conoce de memoria.
—¿Le crees?
—No especialmente.
—Traidora —murmuró Consuelo.
Antonia volvió a reírse. Era raro lo fácil que a veces se colaba la risa en medio del cansancio, como si su cuerpo todavía supiera regresar solo a ciertos lugares.
Eduardo reparó en eso y por un instante su gesto cambió.
Menos broma, más atención real. Antonia sostuvo su mirada un segundo.
Eduardo tenía esa cualidad que a veces la descolocaba: debajo de la ironía casi permanente, había momentos en que miraba de frente, sin maquillaje, y resultaba imposible esquivarlo del todo.
—¿Dormiste algo? —preguntó en un tono más bajo.
—Más o menos.
Él asintió, como si hubiera confirmado una sospecha. No alcanzó a decir nada más porque desde la escalinata principal apareció Belén, apurada como siempre, con una carpeta bajo el brazo y el moño del uniforme a medio hacer. Se detuvo al verlos reunidos y levantó una mano.
—¡Los estaba buscando! Bueno, a algunas más que a otros —aclaró mirando a Consuelo—.
La inspectora está preguntando por la lista del montaje del Festival de Otoño y juro que, si alguien pierde la lista de nuevo, me tiro por la ventana.
Pero por una del primer piso, para que me duela, pero no me mate.
—Al menos conservaste tu optimismo este principio de año. —Rocío levantó una ceja.
Belén llegó hasta ellas recuperando el aire.
Era de esas personas que parecían vivir siempre en el borde entre la eficiencia y el colapso.
Tenía los ojos grandes, la voz rápida y una forma de caminar urgente, aunque al final terminara resolviéndolo todo.
Antonia siempre había sentido cierta simpatía por ella, incluso cuando su ansiedad organizativa contagiaba al resto.
—No estoy siendo pesimista —dijo Belén—. Estoy siendo preventiva. Hay una diferencia.
—¿Tú la entiendes? —le preguntó Consuelo a Antonia.
—No, pero me da miedo llevarle la contra.
Belén le apuntó con la carpeta como si eso cerrara la discusión.
—Bien hecho.
Detrás de ella, bajando los escalones con la tranquilidad insolente, apareció Valeria.
Incluso cuando iba tarde, caminaba como si el retraso fuera un problema ajeno. Su uniforme estaba impecable, el pelo perfectamente liso y la expresión exacta de alguien que ya había evaluado el día y no esperaba demasiado de él.
—La lista está en la oficina del anfiteatro —dijo antes siquiera de llegar al grupo—. La dejaste ahí ayer, debajo de la planilla de luces.
Belén se giró hacia ella con un gesto que osciló entre el alivio y las ganas de pelear.
—¿Y por qué no me avisaste?
Valeria se encogió de hombros.
—Iba a hacerlo. Pero pensé que en algún momento ibas a notar que no podías organizar un festival entero desde el pánico.
Consuelo abrió la boca en señal de inminente desastre.
—Valeria —dijo Belén, más tensa ahora.
—Belén —respondió ella impecable.
La forma en que ambas dijeron sus nombres hizo que Consuelo se enderezara. Antonia notó el brillo inmediato en sus ojos y tuvo que contener una sonrisa. Algunas cosas no cambiaban nunca.
Valeria se detuvo finalmente junto al grupo y miró a Antonia de arriba a abajo, no con desdén, sino con esa precisión cortante que parecía traer incorporada desde nacimiento.
—Bienvenida de vuelta.
—Gracias.
—Espero que este año estés menos dispersa con los horarios.
Antonia parpadeó.
—Yo también te extrañé.
Eduardo soltó una risa.
Valeria alzó una ceja, dando por cerrada su intervención. Belén, en cambio, parecía a medio segundo de tirarle la carpeta a alguien.
—Bueno. —Respiró hondo—. Ya que estamos todos actuando como una familia funcional, ¿podemos movernos antes de que nos reten en el primer día?
—Eso jamás pasó en este colegio… —murmuró Rocío.
Pero ya estaban todos girando hacia el edificio principal, arrastrados por la lógica inevitable de Santa Camelia: en algún momento incluso las conversaciones más importantes tenían que cederle paso a una campana.
—Corbatas bien puestas, por favor.