Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 1 – De regreso #2
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Capítulo 1 – De regreso #2

Antonia volvió la vista hacia su lado del cuarto.

Las camas estaban en sus lugares habituales.

El escritorio compartido seguía pegado a la pared del fondo.

Sobre la repisa ya había libros, una planta pequeña que parecía estar luchando por su vida y un vaso lleno de lápices desordenados que solo podía pertenecer a Consuelo.

Encima de la cama de Antonia, perfectamente doblada, estaba la manta azul que había dejado ahí en diciembre.

Sintió algo parecido al alivio.

—Gracias —dijo en voz baja.

Consuelo se encogió de hombros, pero en sus ojos había esa calidez inmediata que siempre la hacía parecer más luminosa que el resto.

—No hay de qué.

Mientras empezaban a ordenar las cosas, la conversación fue cayendo en el cauce conocido de siempre: quién había escrito en enero, quién se había demorado más en responder en febrero, qué profesora seguía en el colegio, si el uniforme nuevo era aún más feo que el anterior, la misa obligatoria los domingos por la mañana, si de verdad iban a mantener la nueva regla del comedor…

Todo eso, pequeño y cotidiano, comenzó a llenar la habitación de normalidad.

Antonia desdobló ropa, guardó libros, acomodó su cepillo de dientes en el baño compartido y respondió lo necesario. Todo empezaba a sentirse mejor, hasta que Consuelo, parada junto a su clóset, soltó con total naturalidad:

—¿Y cómo estuvo tu verano?

Antonia se quedó quieta antes de guardar una polera en el clóset.

Esa pregunta, que llevaba tiempo pensando en cómo responder, la dejó helada.

Rocío también se detuvo, un solo segundo, pero Antonia lo notó.

Consuelo parpadeó un par de veces, poco a poco cayendo en cuenta de lo que acababa de preguntar.

—Perdón —dijo enseguida—. Perdón, yo...

—No, está bien —respondió Antonia demasiado rápido.

Pero no lo estaba. No quería hacer un resumen de su verano empezando con que su papá se había ido de la casa. Sentía que, si lo decía, se volvería real y no habría vuelta atrás.

—Fue raro —dijo al final—. Eso. Raro.

Hubo un silencio breve. Consuelo bajó la mirada con culpabilidad.

—Mi mamá me contó algo... pero no sabía si...

—Sí —dijo Antonia, todavía de espaldas—. Se separaron.

Cuando se dio vuelta, vio que Consuelo tenía los ojos algo vidriosos. Rocío seguía quieta, apoyada en el borde del escritorio, mirándola con una atención tan fija que Antonia sintió muchas ganas de apartar la vista.

—No tienes que hablar de eso ahora —dijo Rocío.

Antonia tragó saliva.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba. Le pasaban demasiadas cosas, todo el tiempo. Consuelo dio un paso hacia ella.

—Si quieres, no hablamos. O hablamos después, o mucho, o nada. Lo que tú quieras.

La torpeza sincera de la oferta le apretó el pecho con una ternura dolorosa. Antonia sonrió.

—Gracias.

Consuelo retomó el orden de la habitación con una energía demasiado repentina.

Empezó a contarles que había pasado parte de la mañana buscando una bufanda que juraba haber dejado en el dormitorio el año anterior y que, según ella, alguien debía de haber robado por motivos personales.

Era evidente que estaba intentando apartar la conversación del verano de Antonia, pero ella agradeció que lo hiciera.

Rocío no comentó nada. Se dirigió a una de las maletas abiertas, tomó los libros de Antonia y empezó a colocarlos en el estante con una eficiencia casi brusca.

—Voy a encontrarla —anunció Consuelo, señalando la puerta con una determinación absurda—. Y cuando lo haga, quiero disculpas formales de todas las sospechosas.

Salió de la habitación antes de que alguna pudiera responder. Rocío esperó a que sus pasos se perdieran en el pasillo antes de hablar.

—Dormiste mal —declaró.

No era una pregunta. Antonia, que estaba sentada en su cama acomodando un cuaderno dentro del velador, levantó la vista.

—¿Se nota tanto?

Rocío no se movió de su sitio. Se limitó a observar a Antonia con esa fijeza que a veces resultaba incómoda, como si estuviera contando cuántas veces pestañeaba por minuto.

—Se te nota en los ojos —dijo al final sin suavizar el tono—. Estás pesadísima, Antonia. Tienes las ojeras oscuras y te mueves como si te pesara el uniforme. ¿Sigues soñando?

Antonia bajó la mirada a sus manos.

—A veces.

No le contó que en su sueño las imágenes se sentían demasiado vívidas.

Que no había gritos, solo el sonido insoportable de la cinta adhesiva cerrando cajas de cartón.

Un chillido plástico que le rayaba los oídos mientras ella, desde lo alto de la escalera, veía cómo su mundo se reducía mientras su padre se iba sin mirar atrás.

El mismo sonido que hoy la perseguía cada vez que recordaba el único y escueto mensaje de texto que él le había mandado desde que llegó al internado: “Que tengas un buen año, Anto. Avísame si te falta algo”.

Sin preguntas, sin llamadas reales. Había guardado el teléfono antes de que alguna inspectora la viera con él fuera del horario permitido.

En Santa Camelia podían conservar los celulares durante la semana, pero solo les autorizaban usarlos los fines de semana durante un par de horas por la tarde.

—Antonia.

Alzó la vista. Rocío seguía ahí, igual que siempre, pero en sus ojos había una preocupación que no intentaba disimular.

—No tienes que estar bien ahora.

La frase fue tan simple que a Antonia se le apretó el pecho.

—Ya sé.

Pero no lo sabía del todo. Se había pasado el verano tratando de no mostrar en casa lo herida que estaba.

Rocío se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas.

—Solo no te pierdas.

Antonia sintió una opresión justo bajo las costillas. Lo único que consiguió decir fue:

—No prometo nada.

Después de que salió de su boca, Antonia tuvo miedo de que eso fuera verdad. Rocío la observó un segundo más y, contra todo pronóstico, sonrió.

—Eso es más honesto.

En ese momento volvió Consuelo, empujando la puerta con la cadera y sosteniendo la bufanda como si regresara de una expedición.

—Buenas noticias —anunció—. Ya vi a tres personas con el uniforme mal puesto, así que este año sigue existiendo la esperanza.

Rocío soltó una risa breve. Antonia la imitó.

Esa noche, después de la cena y del primer recorrido obligatorio por horarios, reglamentos y recordatorios de siempre, Antonia regresó al dormitorio unos minutos antes que las otras.

La habitación estaba en penumbra. Se sentó en su cama sin encender la lámpara. Desde la ventana se veía una parte del jardín y, más allá, la silueta oscura de la biblioteca.

Antonia apoyó las manos sobre el cubrecama y cerró los ojos un segundo.

Había vuelto. Estaba ahí. Rocío y Consuelo estaban a unos metros. El internado seguía en pie. El año recién empezaba. Todo eso era verdad.

Sin embargo, no lograba quitarse esa sensación del pecho, esa que le decía que estaba en una versión de su vida, pero algo corrida hacia la izquierda.

Había vuelto. Santa Camelia seguía intacta. Pero algo se había movido.