Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 1 – De regreso
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Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1)

Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1)

Por Carolina Abril

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Capítulo 1 – De regreso

El auto se detuvo frente al portón de Santa Camelia con un leve tirón, y Antonia sintió que algo dentro de ella también se frenaba.

Por la ventana, el internado aparecía igual que siempre y, al mismo tiempo, no.

El edificio principal seguía ahí, pero los muros claros parecían haber absorbido la humedad de un invierno que todavía no llegaba.

Todo estaba donde debería estar, pero con una precisión que la inquietaba.

Los arbustos recién podados parecían afilados; el jardín, demasiado silencioso.

Santa Camelia no la estaba recibiendo, se la estaba tragando.

—Llegamos. —Su madre apagó el motor.

Antonia asintió, aunque la certeza de estar realmente allí se le escapaba.

Había imaginado el regreso durante las últimas semanas de vacaciones con la idea de que el internado forzaría la normalidad. Pensó que atravesar el portón, volver a ver el patio y reencontrarse con Consuelo y Rocío bastaría para que todo volviera a encajar.

Bajó del auto y el aire tibio de marzo le golpeó la cara, pero no logró despejarle la cabeza. Seguía escuchando ese siseo mental, la señal de que nada en ella se había detenido realmente.

Su madre abrió el maletero y sacó la primera maleta.

—¿Me ayudas? —preguntó por inercia.

—Sí. —Antonia se acercó sin mirarla.

Tomó una de las maletas y se la colgó al hombro. Era más pesada de lo que esperaba, o quizás ella estaba más cansada de lo que quería admitir.

Durante el viaje casi no habían hablado.

No porque hubieran peleado. Esa era la parte extraña: todo entre ellas se había vuelto más suave, más medido.

Desde la separación de sus padres, su casa se había llenado de silencios, de puertas cerradas sin portazos y de platos puestos sobre la mesa con delicadeza, como si cualquier ruido demasiado fuerte pudiera terminar de romper algo que ya estaba quebrado.

Su madre se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y miró el edificio principal.

—Te va a hacer bien volver.

Antonia quiso responder algo simple, quitándole importancia, pero la frase se le quedó atrapada en la garganta.

“Te va a hacer bien volver”. Según su madre, volver parecía haberse convertido en la respuesta para todo. Pero nadie podía cruzar un portón y dejar afuera el resto de su vida.

—Sí —respondió al final sin pensarlo tanto.

Su madre la observó un momento. Había adoptado una expresión cansada que parecía no abandonarla nunca, casi como una barrera para el exterior. No era tristeza. Era como si algo en ella se hubiera agotado.

—Este año va a ser distinto —añadió con una sonrisa—. Trata de darte tiempo.

Antonia bajó la mirada hacia la manilla de su maleta.

La palabra “distinto” siguió ahí entre ellas, un muro transparente instalado para separarlas del todo. Una certeza creada para poder atravesar el portón de Santa Camelia.

Sintió una punzada breve en el estómago.

—Voy a intentarlo. —Se esforzó por sonar convencida.

Su madre asintió y dio un paso hacia ella con intenciones de abrazarla.

Antonia también se movió, pero las dos dudaron un segundo antes de encontrarse.

Fue un abrazo corto, apretado, lleno de cosas que ninguna verbalizó.

Antonia cerró los ojos, percibiendo el olor familiar del perfume de su madre mezclado con algo más seco y limpio.

Se le quedó pegado en el chaleco, un rastro ajeno que Antonia quiso sacudirse al separarse, como si fuera una mancha de aceite.

Quiso decirle que no se preocupara, que iba a estar bien, que no era su culpa. Que todavía la quería igual, aunque ya no supiera cómo ocupar la casa que había quedado después del derrumbe.

No dijo ninguna de esas cosas.

Su madre le acomodó el cuello del chaleco, un gesto tan antiguo que, por un segundo, a Antonia le escocieron los ojos.

—Escríbeme en cuanto te instales —pidió con suavidad.

—Lo haré.

—Y si necesitas algo...

Antonia asintió de nuevo con la esperanza de dejar las cosas ahí. Su madre no terminó la frase. En los últimos meses, todas las frases importantes se quedaban por la mitad.

La vio subir al auto y cerrar la puerta. Encendió el motor. Durante un segundo, el auto se quedó quieto frente al internado, vacilante. Después retrocedió despacio, giró y se perdió por el camino de entrada, detrás de los árboles.

Antonia se quedó mirándola inmóvil, con una maleta a cada lado y la sensación de haber sido dejada atrás.

Alrededor suyo, otros estudiantes llegaban con sus familias. Había saludos, risas, voces que se mezclaban. La escena era conocida, incluso reconfortante, pero insuficiente para arrastrarla de vuelta al ritmo del colegio.

El vacío seguía ahí, quieto. Con un suspiro, tomó las maletas y empezó a caminar hacia la residencia de segundo medio.

El sendero principal estaba bordeado por arbustos recién podados y bancas de madera oscura.

A la izquierda se veía parte del patio central, todavía medio vacío, con estudiantes que se saludaban a medio camino entre el sueño y el entusiasmo.

Más allá, el gimnasio, un recordatorio de que esta semana volvían los entrenamientos obligatorios de vóleibol, una rutina que ahora mismo sentía como una carga en los hombros.

Más al fondo, el anfiteatro donde el silencio parecía flotar de una manera extraña.

Luego, la biblioteca asomaba entre los árboles con su fachada antigua y sus ventanales altos, ajena al paso de las horas.

Marzo, además, tenía en Santa Camelia un pulso propio: junto con el regreso a clases empezaban también los preparativos del Festival de Otoño, esa tradición del internado que convertía el anfiteatro en el centro de todo, aunque todavía faltaran semanas para que ocurriera.

Este año le correspondía a su grupo organizarlo.

Al llegar al edificio de dormitorios escuchó una voz conocida antes de verla.

—Antonia.

Su nombre atravesó el aire y Antonia sintió alivio.

Se giró justo a tiempo para ver a Rocío bajar los escalones de la entrada principal. Venía con el uniforme todavía incompleto, la camisa sin abotonar hasta arriba y el pelo oscuro rizado y algo alborotado. Caminaba rápido, segura y decidida.

Antonia soltó una de las maletas a un lado y sonrió de forma auténtica por primera vez en el día.

Rocío no era una persona particularmente efusiva, pero cuando llegó frente a ella, la abrazó de manera firme, sin titubeos, lo que trajo a Antonia un alivio tan grande que le recorrió todo el cuerpo. Por un segundo, dejó de sentirse obligada a sostenerse sola.

—Te ves pésimo —dijo Rocío al separarse.

Antonia soltó una risa breve, todavía con los ojos algo húmedos.

—Ese es un lindo recibimiento.

—Estoy feliz de verte también —aclaró Rocío esbozando una sonrisa mínima con su habitual tono seco.

Antonia se agachó a tomar de nuevo la maleta.

—Gracias.

Rocío le quitó la otra maleta sin pedir permiso.

—Consuelo está arriba. Lleva veinte minutos diciendo que va a bajar y todavía no termina de decidir qué cinta ponerse en el pelo.

—Eso suena exactamente a ella. —Antonia acomodó la correa de su bolso, resignada.

—También dijo que, si tú llegabas antes que ella, no subiéramos sin avisarle porque quería hacer una entrada.

—Una entrada. —Antonia movió los ojos hacia el techo y exhaló con la paciencia de quien ya conoce de memoria el nivel de drama de su amiga.

—Sus palabras, no las mías.

Antonia volvió a reírse, esta vez de verdad. Al escucharse se sorprendió un poco. Llevaba semanas sintiendo que reír era algo que les ocurría a otras personas.

Subieron juntas las escaleras. Las puertas de las habitaciones estaban abiertas. Desde adentro salían voces, música a bajo volumen, golpes de cajones y saludos que iban de un cuarto a otro.

Rocío avanzaba unos pasos delante de ella, sosteniendo la maleta sin esfuerzo aparente.

Antonia la observó de espaldas un instante.

Había algo en verla ahí, moviéndose por ese pasillo con esa seguridad que la tranquilizaba.

Quiso preguntarle si ella también sentía que todo era raro ahora, pero el nudo en la garganta no la dejó hablar.

Llegaron a la habitación y, antes de que Rocío alcanzara a tocar, la puerta se abrió de golpe.

—¡No entren todavía! —gritó Consuelo desde adentro alzando una mano dramáticamente.

Antonia se quedó congelada en el umbral. Rocío levantó una ceja.

—Ya entramos.

—No, pero no así. No en desorden. Esperen.

Se oyó un ruido de cosas cayéndose, un “ay, no” ahogado y el sonido inequívoco de alguien tropezando con una caja. Rocío suspiró con una paciencia severamente probada. Antonia, en cambio, volvió a reírse.

Un minuto después, la puerta se abrió otra vez, esta vez con toda la solemnidad que Consuelo pudo reunir.

—Ahora sí.

Llevaba una cinta verde atada en el pelo de una forma muy cuidada, y sostenía los brazos abiertos, esperando el encuentro.

Antonia alcanzó a soltar la maleta antes de que Consuelo se le tirara encima.

—Te extrañé demasiado —murmuró Consuelo apretándola fuerte—. Demasiado.

Antonia la abrazó de vuelta con la misma fuerza. Había algo sincero en la forma en que Consuelo la abrazaba. Y ahí sí, por un segundo, el internado volvió a sentirse como hogar.

Consuelo se separó para mirarla bien.

—Te ves linda igual.

—Rocío dijo que me veía pésimo.

—Rocío ve a todo el mundo pésimo en marzo.

—Porque todos se ven pésimo en marzo. —Rocío entró por fin con la maleta. —Tú también.

Consuelo ignoró el comentario, como llevaba años haciendo, y volvió a tomar a Antonia por las manos.

—Mira, dejé tu cama junto a la ventana como siempre. Y menos mal volviste ahora, porque si no ibas a llegar hecha bolsa al primer entrenamiento —agregó Consuelo—. ¿Te mantuvieron los mismos horarios en vóleibol?

—Casi —dijo Antonia—. Empiezo esta semana.

—Perfecto —murmuró Rocío—. Te hace bien tener algo que te obligue a moverte.