Otavia: La mansión y los buitres 28
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Ramiro Serrano-Meier estaba desesperado.

Había estado en su habitación toda la mañana, esperando noticias de Ignacio, sin éxito.

El guardés no le había llamado para informarle sobre el incendio, y tampoco cogía las llamadas.

Sabía, por lo que le había comentado su padre el día anterior, que su plan no había salido como  esperaba: la mansión no había sufrido daños, salvo la biblioteca; los bomberos habían apagado el fuego, sin mucha dificultad; y tanto el madrileño como el chófer habían sido afectados levemente por el humo, pero ya les habían dado el alta.

Nadie había hecho ningún comentario sobre el guardés.

En ese momento, su teléfono móvil empezó a timbrar. Era Ignacio.

—Ya era hora —gruñó Ramiro—. ¿Por qué no contestas las llamadas? ¿Dónde te has metido?

—Lo siento, señor. Tuve algunos problemas durante el incendio, el humo me afectó, y recién ahora me he sentido mejor. Estoy en un refugio.

—¿Problemas con el incendio, dices? —dijo Serrano-Meier, irónico—. Problemas son los que vas a tener conmigo. ¡Has hecho todo mal!

—Lo siento, señor —se disculpó el guardés—. Puedo explicarle todo, pero mejor en persona.

Ramiro respiró hondo varias veces, antes de contestar.

—En el lugar de siempre, a las diez de la noche —ordenó, y colgó.

Luego de la comida, Paula y Matías se trasladaron a la terraza para disfrutar de un café. La biblioteca había quedado muy dañada por el incendio; además, la policía la había cerrado y precintado, mientras realizaban las pesquisas del caso.

—¿Cómo te sientes? —quiso saber Paula, que lo había estado observando desde que llegó a la mansión por la mañana.

—Estoy bien —respondió, luego de dar un sorbo a su taza de café—. Ha sido todo muy extraño, como una película, pero me siento bien. Aliviado, muy aliviado, porque nadie salió lastimado, y la casa está casi intacta.

Paula cogió su bolso y sacó un documento y un pequeño relicario.

—Qué bueno, porque hay algo que debes saber, y creo que este es el momento más adecuado —le dijo, muy seria, a la vez que le alcanzaba el documento y el relicario.

Matías la miró, extrañado, mientras cogía  lo que le estaba entregando. Miraba a Paula como pidiendo una explicación. Ella sonrió.

—Es un secreto, pero es mejor que sea el mismo Armando quien te lo cuente —le dijo, señalando el documento—. Es una carta para ti.

Intrigado y nervioso, Matías empezó a leer:

Querido Matías,

Si estás leyendo esta segunda carta, es porque Paula considera que has tomado las decisiones correctas respecto a tu patrimonio, a la mansión Serrano, y a tu nueva vida en Otavia.

Confío plenamente en su criterio y buen juicio, así que ha llegado la hora de contarte el resto de nuestra historia familiar.

Como te dije en mi carta anterior, tu madre y yo nos vimos en algunas ocasiones, luego de nuestra lamentable separación.

Magdalena continuaba muy resentida por lo que había ocurrido, pero ambos seguíamos sintiendo lo mismo el uno por el otro.

Yo ya estaba casado, y le tenía mucho cariño a mi mujer, que era una magnífica persona, pero no la amaba.

Tu madre, a quien cortejaban varios madrileños —Tomás entre ellos—, no se decidía a dar el siguiente paso.

Estando así las cosas, nos volvimos a encontrar aquí, en Otavia, y…

bueno… ocurrió lo que tenía que ocurrir.

Magdalena, por supuesto, no me dijo que se había quedado embarazada.

Unos meses después, me enteré de que se había casado con Tomás.

Y nueve meses después de nuestro encuentro, naciste tú, Matías, nuestro hijo.

Por supuesto, Tomás lo sabía, pero amaba mucho a tu madre, y aceptó asumir el rol de padre.

Cuando supe de tu nacimiento, no me fue difícil atar cabos y hacer las cuentas.

Hablé con Magdalena, por supuesto, y le ofrecí darte mi apellido.

Ella se negó, y me prohibió que me acercara a nadie de su familia.

El resto ya lo sabes. He tenido que recurrir a terceras personas para mantenerme al tanto de tu vida, y he tratado de ayudarte, aunque debo reconocer que sin mayor éxito.

Supongo que ahora entenderás mucho mejor las cosas que han pasado.

Eras el heredero natural de todos mis bienes, así que tomé mis precauciones para que así fuera.

Por supuesto, cabía la posibilidad de que tú no quisieras saber nada sobre el legado, pero, en tal caso, mi querida Paula te sustituiría.

Y yo sería feliz, también, de que ello ocurriera.

Una solución «ganar-ganar», como dicen por ahí.

Una vez más, me he extendido demasiado. Solo me resta decirte, mi querido hijo Matías, que estoy muy orgulloso de ti. Estoy seguro de que saldrás adelante, y tu madre y yo te estaremos observando, desde algún lugar del camino.

¡Ah!, Me olvidaba: Paula te entregará un pequeño relicario. Contiene un mechón de mis cabellos, suficiente para realizar una prueba de ADN. Si lo consideras conveniente, puedes solicitar el reconocimiento de paternidad al que tienes derecho. Constantino se puede hacer cargo del trámite.

Un abrazo, hijo. ¡Hasta siempre!

Tu padre

Con los ojos llenos de lágrimas, Matías dobló la carta, y guardó silencio, mientras acariciaba con sus dedos el relicario, sin abrirlo.

Paula, muy emocionada también, puso sus manos sobre las de él, rozando a su vez el relicario.

Ambos, de alguna manera, se estaban despidiendo de Armando Serrano, juntos.

Serrano-Meier llegó al parque pasadas las diez.

Como siempre a esa hora, no había casi nadie, unas cuantas parejas, algunas personas con ropa deportiva, corriendo por los senderos, y poco más.

Era el lugar adecuado para sus breves reuniones con Ignacio: alejado y discreto.

Avanzó hasta la zona central, y divisó al guardés, sentado en uno de los bancos.

Se aseguró de que no hubiera nadie en los alrededores, y se acercó, muy enfadado.

—¡Eres un incompetente, un estúpido! —le dijo. Sus ojos azules parecían arder en llamas—. Lo único que tenías que hacer era prenderle fuego a la chimenea. ¿Es que no tienes cerebro?

—Señor Ramiro, déjeme que le explique —trató de calmarlo el guardés—. Sebastián tuvo la culpa.

Ramiro abrió mucho los ojos.

—¿Sebastián? ¿Qué tiene que ver Sebastián en el asunto?

Ignacio temblaba de miedo, pero debía continuar.

—Es que… Verá, señor: Yo estaba haciendo todo según lo que usted me indicó; incluso conseguí creosota, como usted me sugirió,  para acelerar la combustión, pero de pronto apareció Sebastián y me vio.

Tuve que golpearlo, porque trató de detenerme, y entonces tuve miedo y salí corriendo. Lo siento mucho, señor.

Ramiro no podía creer lo que estaba oyendo.

—¿Y lo dejaste ahí? ¿Es que no te das cuenta de lo que has hecho? ¡Ahora todos saben que tú provocaste el incendio!

—Pero, señor Ramiro, ¿qué más podía hacer?

—¡Eliminarlo, Ignacio, eliminarlo, y terminar el trabajo! —gritaba Serrano-Meier, fuera de sí—. A estas alturas Sebastián debe de haber alertado a la policía. Te detendrán. ¿No te das cuenta?

—Por eso quería hablar con usted, señor —suplicaba el guardés—. Necesito salir del país. Tiene que ayudarme, señor.

—No —replicó Ramiro, endureciendo la mirada—. No podrás escapar, la policía te atrapará de un momento a otro. Y yo no quiero tener nada que ver contigo. Tendrás que asumir la culpa tú solo.

Era lo que Ignacio esperaba oír. Sin embargo, continuó insistiendo.

—Pero señor Ramiro, si todo lo he hecho por orden suya. No es justo.

—Sí, pero nadie lo sabe. Excepto tú, por supuesto, pero no hablarás, porque si lo haces, tu hijo pagará las consecuencias. ¿O es que lo has olvidado? Además —añadió, haciendo un gesto vago con la mano—, nadie te creerá: será tu palabra contra la mía.

—No es correcto, señor Serrano-Meier —dijo una voz grave, a sus espaldas.

Ramiro se volvió, sorprendido, y se encontró con un hombre alto y fuerte, con ropa de deporte, que le apuntaba con una pistola. Otras personas habían surgido de la penumbra, rodeándolo. El hombre de la pistola lo sacó de su error:

—Tenemos también las grabaciones de todas sus conversaciones con Ignacio, incluyendo ésta.

Ramiro palideció, y miró al guardés, que se abrió la camisa para mostrar el dispositivo de grabación que llevaba oculto. El oficial continuó:

—Soy el Inspector Jefe Naranjo, Policía Nacional.

Queda usted detenido bajo sospecha de  provocar un incendio en la mansión Serrano, y de cometer los delitos de coacción y amenaza en la persona del señor Ignacio Ramos.

Le sugiero que no oponga resistencia. El subinspector Mayo le informará sobre sus derechos.