Otavia: La mansión y los buitres 27
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Paula y Fátima llegaron al hospital a las doce y treinta, justo al inicio del horario de visitas. Mientras Fátima se dirigía a la habitación de Sebastián, Paula se encaminó hacia la de Matías, unos metros más adelante.

Al entrar, lo encontró despierto, con buen semblante, revisando su móvil.

—Buenos días. Ya veo que te encuentras mejor —dijo, y se sentó en una silla al costado de la cama—. Todos en la mansión te mandan recuerdos. Mi madre está con Sebastián, pero en cualquier momento se pasará por aquí.

—Hola —dijo Matías, acomodándose mejor en la cama—.

Me siento bastante mejor, sí. Todavía me duele un poco la cabeza, pero el doctor me ha dicho que es normal, que se debe al monóxido de carbono que aspiré, que por suerte no fue mucho.

Dice que Sebastián está bien, que tampoco aspiró mucho humo, y que solo tiene una ligera contusión por un golpe que recibió en la cabeza.

Nos mantendrán en observación hasta mañana, por si aparece algún síntoma tardío.

Acabo de hablar con Pedro. Estaba muy preocupado el pobre.

—Fernando también estaba preocupado. Hablé con él antes de venir hacia aquí. Habéis tenido mucha suerte. En ese momento me pareció una imprudencia, pero si no hubieras entrado a sacar a Sebastián, quizás la cosa hubiera sido distinta. Por suerte, estabais muy cerca de la entrada.

—Sí, y los bomberos llegaron justo a tiempo. No me arrepiento en absoluto de haber entrado, la verdad.

Matías temía preguntar, pero tenía que saber.

—¿La casa, sufrió muchos daños?

Paula colocó una mano sobre la de Matías, tranquilizándolo.

—No, no te preocupes. En eso también hemos tenido mucha suerte: los bomberos lograron apagar el fuego que había invadido la chimenea, el conducto hacia el exterior, y la zona más próxima.

El incendio no llegó a propagarse hacia los otros ambientes de la casa, así que solo habrá que ocuparse de la biblioteca.

Se han quemado algunos  libros, tu sillón, la mesa, la lámpara, y parte de las estanterías, las que estaban más cerca de la chimenea.

Nada que no se pueda reparar o reemplazar.

Matías asintió, más tranquilo.

—Qué bueno. Temía que nuestro proyecto se hubiera hecho humo, literalmente. ¿Ignacio está bien? Tenía un aspecto horrible cuando salió de la casa.

Paula iba a responder, pero en ese instante Fátima entró en la habitación. Su rostro reflejaba preocupación.

—Señor Matías, me alegra ver que está bien —dijo, a modo de saludo.

—Gracias, Fátima. Ya me siento mejor, y con ganas de irme a casa.

—Luis y María le envían saludos. Estuvimos muy preocupados por usted y por Sebastián.

—Dales las gracias de mi parte, Fátima, y diles que mañana nos darán el alta y volveremos a casa.

Fátima se recostó en el borde de la ventana, miró a Paula y a Matías, y luego soltó lo que le preocupaba.

—Señor Matías, Paula: ha ocurrido algo muy serio que deben saber: Sebastián ha dicho que el incendio fue provocado.

—¿Provocado, por quién? —preguntó Paula, incrédula.

—Por Ignacio. Sebastián ha contado que cuando entró a la biblioteca para ayudarlo a controlar el fuego, vio que Ignacio avivaba el fuego en vez de tratar de extinguirlo.

Dice que estaba arrojando leños y libros a la chimenea, embadurnados con una sustancia oscura.

Sebastián trató de detenerlo, pero parece que Ignacio lo golpeó con algo contundente.

Por eso perdió el conocimiento. Luego el muy cobarde salió corriendo, y al salir contó lo que todos escuchamos. Ignacio nos ha mentido.

—No lo entiendo —atinó a decir Matías—. No tiene sentido. ¿Por qué haría algo así?

—Por eso desapareció —intervino Paula—. Te iba a contar que no lo hemos vuelto a ver desde anoche. Debe de haber huido aprovechando la confusión y la llegada de los bomberos. Hemos intentado comunicarnos con él  varias veces, pero no coge las llamadas.

—Ya han avisado a la policía. Seguramente vendrán a tomarles declaración a usted y a Sebastián —dijo Fátima—. El hecho es que parece que la intención de Ignacio era provocar un incendio que destruyese la mansión.

Matías no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Es absurdo. ¿Qué ganaría Ignacio con eso? Es su fuente de trabajo, el lugar donde vive hace años, y no creo que tenga algo contra mí. No tiene lógica.

—La policía lo investigará, no te preocupes.

Lo importante es que nadie salió herido y la mansión está a salvo —razonó Paula—.

Además, como solía decir Armando, si un hecho parece no tener lógica, entonces hay que buscársela en otro lado, bajo una perspectiva distinta. Alguna explicación tiene que haber.

—Es verdad —terció Fátima—, y lo importante es que mañana Sebastián y usted volverán a casa y nos olvidaremos todos de este lamentable asunto.

—De acuerdo. Dejaremos que la policía haga su trabajo, y nos concentraremos en reparar los daños. No veo las horas de volver a casa —dijo Matías.

—Una cosa más —añadió Fátima—: la policía ha pedido que no comentemos con nadie los detalles del incendio, sobre todo aquellos  relacionados con la aparente participación de Ignacio. Han dicho que es muy importante que no digamos nada hasta que ellos vengan e inicien la investigación.

Escondido en un refugio para indigentes, Ignacio lamentaba su mala suerte.

Todo había salido mal, por culpa del chófer entrometido.

Si Sebastián no hubiese intervenido, el plan habría funcionado, y nadie hubiera salido lastimado.

Al oír las sirenas de los bomberos, el guardés se había apartado del grupo y se había escondido en una de las esquinas de la plaza aledaña.

Agazapado, había visto cómo los bomberos llegaban, rescataban a Matías y Sebastián, los atendían en una ambulancia, y apagaban rápidamente el fuego.

«Sebastián ya debe de haber contado lo que ha ocurrido, y la policía me estará buscando», pensó.

Podría comprar un móvil prepago y llamar a Serrano-Meier. Él tenía que ayudarlo a desaparecer, a salir del país. Previsor, Ignacio había tenido la buena idea de grabar todas sus conversaciones con Ramiro, utilizando su móvil. A ninguno de los dos convenía que lo detuviesen.

«No. Ese hijo de puta no me ayudará. Me tiene en sus manos», pensó. Amenazarlo con entregar las grabaciones a la policía no serviría de nada. Ramiro se reiría de él, y le recordaría que podía tomar medidas drásticas en contra de la única persona que le importaba en el mundo: su hijo.

Dos años antes, el hijo de Ignacio había sido condenado a varios años de prisión, por  haber participado en un robo a un conocido banco de Madrid.

El caso fue muy publicitado, por la violencia empleada: los delincuentes —cuatro, incluyendo al hijo del guardés— iban armados y tomaron rehenes; luego de varias horas, la policía logró reducirlos y rescatar a los rehenes.

Aprovechando la circunstancia, Ramiro buscó a Ignacio y le «propuso» que fuera su informante, dentro de la mansión. No le había dado la opción de negarse:

—Lo harás —había sentenciado—, o tu hijo sufrirá las consecuencias. Recuerda que está preso aquí, en Otavia, y para mí sería muy sencillo organizar un «lamentable incidente». Ocurre con frecuencia, ¿sabes?

«Solo me queda una alternativa», concluyó el guardés, luego de varios minutos.