26
Los invitados a la cena ya se encontraban en el salón cuando Matías llegó, unos minutos pasadas las nueve de la noche.
Había pedido un taxi, no quería molestar a Sebastián justo a la hora de la cena y no sabía hasta qué hora se prolongaría la velada.
Paula conversaba con una pareja mayor, mientras que el anfitrión hacía lo propio con otra pareja algo más joven.
Serrano se adelantó para recibir a Matías, y luego hizo las presentaciones.
Al rato apareció Ramiro, saludó a los invitados, y se unió a la conversación.
Parecía otra persona: sonreía, se mostraba tranquilo y el gesto despreciativo había desaparecido de su rostro pálido y alargado.
Aprovechando que los amigos de su padre habían empezado a hablar de negocios, se acercó a Matías y Paula.
—Tengo entendido que vuestro proyecto hotelero va por buen camino —dijo, dirigiéndose a ambos.
Matías, sorprendido por la extraña y nueva actitud de su interlocutor, respondió con cautela.
—En realidad aún no hemos empezado el camino. Por el momento es solo una idea.
Ramiro simuló una sonrisa, e hizo un gesto vago con la mano, como negando.
—¡Qué va! Si lo que mi padre me ha contado es cierto, es más que una buena idea. Yo creo que será todo un éxito. Es una pena que no se me haya ocurrido hacer algo como eso. —Se detuvo unos instantes, y continuó—: Un hotel exclusivo en una elegante mansión… Brillante.
Paula observaba en silencio, desconfiada. Conocía demasiado al personaje, y no lo había visto en esa postura jamás.
—La verdad es que la idea fue de Paula —dijo Matías.
—Lo sé. Y con la ayuda de mi padre, no tengo dudas de que obtendréis los recursos necesarios para hacerla realidad.
—Es una gran ayuda, por supuesto —confirmó Matías. Ramiro seguía sonriendo. Parecía complacido con la situación y con el proyecto.
—Os deseo lo mejor, de verdad. Os ruego que disculpéis si en algún momento he perdido los papeles y he sido grosero.
Lo que ocurre es que yo tenía otros planes para la mansión, y la frustración me hizo actuar de ese modo.
A veces no logro controlar mi mal carácter, ¿sabéis?
Pero ahora veo que está en buenas manos.
—No hay nada que disculpar —respondió Matías. Paula seguía observando, en silencio.
Ramiro sonrió nuevamente.
—Espero que vuestros sueños se hagan realidad —dijo, y luego agregó—, y que no ocurra como otros, que se desvanecen, como el humo.
—¡Humo, hay olor a humo! —dijo María, levantándose de la mesa donde cenaba el personal de la mansión.
Los demás hicieron el ademán de levantarse también, pero Ignacio dijo que debía de ser algo en la chimenea que estaba limpiando, y que él iría a ver qué pasaba.
Unos minutos después, el guardés volvió al comedor pequeño, con cara de preocupación.
—¡Salid todos a la calle! —ordenó—. ¡La chimenea se ha incendiado!
Todos se levantaron y salieron de prisa, excepto Luis, que se acercó a Ignacio.
—¿Ignacio, tu no vienes con nosotros?
—No. Salid vosotros, yo sé cómo funciona esa vieja chimenea. Trataré de controlar el fuego para que no se extienda. No creo que sea grave, pero es mejor que salgan a la calle, por si acaso.
—Yo te ayudo —se ofreció Luis.
—No es necesario. Ya te digo que yo conozco mejor que nadie esa chimenea. Solo me estorbarías. Gracias de todos modos.
—Llamaré a los bomberos, entonces.
—No, no es necesario. Si la cosa empeora, yo salgo y llamamos. Ahora ve con los demás y no te preocupes.
Luis salió a la calle, donde aguardaban los demás. Fátima se adelantó.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está Ignacio?
—Está tratando de apagar el fuego de la chimenea —explicó Luis—, dice que él sabe cómo hacerlo, que esperemos aquí y no nos preocupemos.
Fátima, muy seria, puso los brazos en jarra y fulminó a su marido con la mirada.
—¡No me parece, deberíamos llamar a los bomberos!
—Es que me ha dicho que por el momento no es necesario —trató de explicarse Luis—, que él saldrá y nos avisará si no puede con el fuego.
Sebastián intervino, tratando de tranquilizar a Fátima, que seguía muy alterada.
—Yo también conozco bastante de chimeneas. Entraré a ayudar a Ignacio, no os preocupéis. Si no salimos en diez minutos, o veis algo raro, llamad a los bomberos —dijo, poniendo una mano en el hombro de Fátima. Luego ingresó a la casa. Fátima empezó a teclear en su teléfono móvil.
Los invitados se disponían a sentarse a la mesa para dar inicio a la cena, cuando el móvil de Paula empezó a vibrar; permaneció en el salón unos segundos mientras leía el mensaje, que era de su madre.
Pálida, hizo una seña a Matías para que se acercara.
El mensaje por WhatsApp ponía: «Fuego en la biblioteca. Venid de inmediato».
Matías y Paula, alarmados, llamaron a Fernando a un costado del salón para ponerlo al tanto de la situación sin que los demás invitados se enterasen. De inmediato, su anfitrión les dio las llaves de su coche para que llegaran más rápido a la mansión.
—Llevaos mi coche, y mantenedme al tanto —les dijo, mientras los acompañaba hacia la puerta del piso.
Matías y Paula llegaban a la mansión, justo en el momento en el que se escuchaba un fuerte ruido, y empezaban a salir llamaradas por la parte exterior de la chimenea.
Todos se sobresaltaron con el ruido, que se parecía al rugido que hacen los motores de los aviones.
Fátima cogió su móvil y llamó a los bomberos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Matías a Luis, que estaba más blanco que una hoja de papel.
El mayordomo les explicó lo que sabían, que era la chimenea en la que estaba trabajando Ignacio, y que Sebastián había entrado a la casa para tratar de ayudar.
En ese momento, el guardés apareció por la puerta, con los ojos enrojecidos, tosiendo.
La ropa y el rostro estaban manchados de hollín.
Fátima se acercó a él, y lo cogió por los hombros.
—¡¿Ignacio, qué ha pasado, dónde está Sebastián?!
El guardés parecía a punto de desmayarse.
—El fuego… Está fuera de control… Hay mucho humo… Sebastián… ha intentado…Se ha desmayado… No he podido…
Matías comprendió, y sin pensarlo dos veces, ingresó a la casa para rescatar a Sebastián. Paula y Fátima trataron de impedirlo, pero fue inútil.
Cubriéndose el rostro con su chaqueta, Matías logró atravesar el vestíbulo, que a esa hora empezaba a llenarse de humo, y entró a la biblioteca.
El espectáculo era impresionante: grandes llamaradas salían de la chimenea, la alfombra había empezado a incendiarse, y el chófer yacía en el suelo, inconsciente.
Matías cogió y levantó a Sebastián por las axilas.
Con el movimiento, este empezó a recobrar el conocimiento, y Matías logró sacarlo a rastras de la biblioteca.
Pero el humo ya había invadido por completo el vestíbulo.
No se lograba distinguir casi nada, y ambos tropezaban y caían al suelo cada dos o tres pasos.
Además, Matías llevaba casi todo el peso de Sebastián a cuestas.
Las fuerzas empezaron a fallarle, la vista se le nubló, cayó nuevamente al suelo, y de pronto todo se oscureció.
A través de la humareda, creyó distinguir una luz.