25
Agosto llegó, muy soleado y caluroso como siempre.
Las calles del centro histórico de Otavia seguían llenas de turistas, pero en el centro moderno ya se notaba que la gente de la ciudad se había marchado de vacaciones.
A pesar del calor, Constantino Esparza se dirigía a la mansión Serrano vistiendo, como siempre, su uniforme de abogado: traje oscuro, corbata, maletín de cuero.
Al llegar a la finca, Luis lo recibió y lo condujo hasta el despacho, donde Paula y Matías lo esperaban.
La tarde anterior, Esparza había llamado a ambos para decirles que tenía unos documentos que entregarles, relacionados con la herencia. También tenía novedades sobre el legado de la tía de Matías, así que este propuso hacer una sola reunión, en la mansión.
Los tres se sentaron en torno a la mesa redonda que había en el despacho. Esparza sacó varios documentos de su maletín, se ajustó las gafas, y tomó la palabra.
—Empecemos por lo más sencillo. Ramiro ha rechazado formalmente la colección de armas antiguas —informó, y se volvió hacia Paula—. Como recordarás, el testamento indica que tú eres la sustituta si alguno de los legatarios rechaza su parte.
Paula asintió.
—Pues eso —continuó el abogado—. La colección de armas antiguas es tuya. Aquí tienes los documentos que lo acreditan.
Paula recibió los documentos que le entregaba Esparza. Uno era la renuncia al legado, firmada por Serrano-Meier, y el otro la comunicación formal del albacea —Esparza—, informando de la nueva situación.
—No me extraña —intervino Matías—. Ya me lo dijo a mí: la colección de armas no le interesaba en absoluto. Solo era la manera que encontró de traer gente a visitar la casa sin levantar sospechas.
Paula miraba los documentos, mientras decidía qué hacer con el legado.
—Matías, la colección de armas no significa mucho para mí, no entiendo nada de armas. Además, tampoco tengo sitio en mi casa para guardarla. ¿Te importaría mucho si se queda aquí?
Matías negó con la cabeza.
—Claro que no. Yo tampoco sé nada de armas, y menos de armas antiguas, pero creo que sería un buen elemento decorativo para el hotel, ¿no crees?
Podría pedir que un experto las clasifique, y luego colocarlas en un lugar apropiado, más visible.
Total, ahora están en una estantería del salón pequeño, donde nadie las ve. ¿Qué te parece?
—Genial —dijo Paula, satisfecha con la idea, y aliviada por librarse de las dichosas armas—. Asunto resuelto entonces.
Esparza continuó.
—Muy bien. Pasando a otro asunto, ya tenemos todo listo para ingresaros el dinero. Necesito los números de cuenta corriente de vosotros dos, y el de tus padres también —indicó a Paula—. Mi despacho se encargará de gestionar todo, incluyendo el pago de los impuestos, no os preocupéis.
Esparza sabía que el caso de Matías era diferente, así que se apresuró a aclararle la situación.
—En tu caso, Matías, se trata de una suma mensual, como cobrar un salario.
Eso implica algunas pequeñas diferencias en términos fiscales, pero tampoco tendrás que ocuparte de nada —le dijo, y le alcanzó un documento—.
Además de ser el administrador del fideicomiso, yo me ocuparé de gestionar tus rentas y pagar tus impuestos.
Si estás de acuerdo, claro. Solo tienes que firmar este poder.
Matías respiró, aliviado. Luego cogió un bolígrafo y firmó el poder.
—Gracias, Constantino. Ya sabes que confío en ti —le dijo, y le devolvió el documento.
—Excelente —se congratuló el abogado—. Con eso terminamos con los pendientes del legado de don Armando. Ahora me gustaría pasar al asunto de tu tía Guadalupe.
Matías se acomodó mejor en su silla, expectante. Paula, que estaba al tanto de las sospechas de Matías, lo imitó. Esparza sacó varios documentos más de su interminable maletín.
—Como te ofrecí, puse a uno de mis asistentes a hurgar en los archivos de la época, y, en efecto, había una carpeta con el nombre de tu tía. No había muchos documentos, pero los que encontramos son muy interesantes.
Matías y Paula lo seguían mirando, curiosos. Esparza les alcanzó uno de los documentos que tenía delante.
—Uno de ellos lleva la firma de mi padre.
Como podéis ver, contiene instrucciones para formalizar una donación.
La suma de dinero es similar a la entrada que tus padres dieron para la compra del piso de Madrid, algo mayor en realidad.
El donante es don Armando, y la beneficiaria es tu tía, Guadalupe Pardo Rozal, la cual según el documento ya estaba al tanto de la operación.
Al final, si os fijáis, mi padre le indica al asistente que incluya una cláusula que obliga al beneficiario a otorgar un testamento instituyendo a tu madre como heredera universal, como condición para recibir la donación; el dinero sería ingresado en una cuenta especial, a la que nadie tuviera acceso, salvo el despacho mismo.
Todo muy bien atado, como podéis apreciar.
Esparza guardó silencio, mientras esperaba a que Matías y Paula terminaran de leer el documento.
—Así que yo tenía razón. Las casualidades no existen, ¿verdad?
—Así parece —concedió Esparza. Luego les alcanzó otro documento.
—Esta es la copia del acta notarial que deja constancia del otorgamiento del testamento. El resto ya lo sabes.
Esa noche, en la oscuridad de su habitación, una atribulada persona reflexionaba sobre su difícil situación.
Nunca, ni en los momentos más tristes de su vida, se había sentido así.
Acorralado por Serrano-Meier, estaba a punto de cometer un acto terrible, despreciable, delincuencial.
Iba a dañar a varias personas, y en especial al señor Matías, que se había portado tan bien con todos.
Le había dado mil vueltas al asunto, pero no encontraba forma de salir del apuro.
Ramiro lo tenía en sus manos, por ello se había visto obligado a espiar para él, y ahora le ordenaba cometer un delito.
Le había dado instrucciones para que pareciera un accidente, y le había dicho que tuviese todo preparado para actuar al día siguiente, viernes, por la noche.
Serrano-Meier lo llamaría para indicarle el momento exacto.
«Que Dios me perdone. Él sabe por qué lo hago», pensó.