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La Corporación Serrano ocupaba tres plantas de un edificio clásico del centro, del que solo quedaba de original su fachada.
En la planta superior se ubicaban los despachos de los directivos y varias salas para reuniones.
El despacho de Fernando Serrano iba de acuerdo con su estilo de vida: sencillo, moderno y funcional.
El día anterior había llamado a Matías para invitarlo a conocer la empresa y presentarle al especialista en nuevos proyectos que lo ayudaría con el plan de negocios del futuro hotel. Paula también estaba invitada.
—¿Qué te ha parecido la empresa? —quiso saber Serrano, luego de que los tres hicieran un breve recorrido por las instalaciones.
—Es más grande de lo que pensé —afirmó Matías—. No había estado nunca en un sitio como este. Muy bonito, la verdad.
—Sí que lo es —intervino Paula—. Yo ya estuve antes aquí, pero veo que has hecho algunas reformas.
—Efectivamente —dijo el empresario—. Hay que ir a tono con los nuevos tiempos, con las nuevas tecnologías, esas cosas modernas que vosotros los jóvenes entendéis y utilizáis mejor que nosotros, los antiguos.
Serrano marcó un número en su teléfono.
—Clara, que venga Alfonso, por favor, él ya sabe.
Unos instantes después, el convocado ingresaba al despacho. Serrano hizo las presentaciones.
—Alfonso, estas son las personas de las que te hablé: Matías Aguirre y Paula Alonso.
—Alfonso Arribas —se presentó, cordial—, encantado de conoceros.
Era relativamente joven, tal vez en la cuarentena, de rostro agradable y sonrisa ancha, vestido de manera informal. Serrano le indicó la silla libre frente a su escritorio.
—Alfonso es quien se encarga de los nuevos proyectos —dijo, dirigiéndose a Matías y Paula—. Tiene mucha experiencia en el asunto, así que he pensado en él para ayudaros con lo del plan de negocios. Le he explicado lo del proyecto a grandes rasgos, y también lo encuentra muy interesante.
—Cierto —confirmó el experto—. Se trata de un producto diferenciado, con un público objetivo muy particular y selecto, sin mucha competencia, y creo que no requiere mucha inversión. He estado revisando datos de oferta y demanda, y me parece que será muy atractivo para los posibles inversores.
Matías y Paula sonrieron, complacidos por la opinión favorable del especialista.
—Qué bueno oír eso —dijo Matías.
—Sí —terció Paula—, es un golpe de optimismo viniendo de un experto como tú.
—¡Muy bien! —dijo Serrano—. Alfonso ya tiene vuestros datos, así que no hay más que hablar. Ya se pondrá en contacto con vosotros para empezar a dar forma al plan. ¿Nada del otro mundo, verdad Alfonso?
—En absoluto. Es muy sencillo, es cosa de rellenar espacios vacíos en un formato establecido.
Ya veréis. Lo que sí que hay que trabajar es la parte del diseño y de la organización del hotel —explicó, haciendo un gesto con las manos, como quitando importancia al asunto—, y el expediente para el ayuntamiento, pero para eso también conozco a las personas indicadas, así que sin problema.
Arribas abandonó el despacho. Serrano acompañó a Matías y Paula hasta el portal del edificio. Al despedirse, aprovechó la oportunidad.
—El viernes es mi cumpleaños. Voy a ofrecer una cena en mi casa y me gustaría que me acompañarais. Será un grupo pequeño: dos parejas de amigos, Ramiro y vosotros.
Ambos aceptaron encantados.
—Os espero a las nueve entonces —dijo, y volvió a entrar al edificio.
Ramiro había visto llegar a Matías y Paula.
Y luego Arribas había entrado también al despacho de su padre.
La cosa no pintaba bien. Arribas era uno de los ejecutivos favoritos de Serrano, y quien llevaba adelante las nuevas inversiones.
También era la persona que se había opuesto a la mayoría de los proyectos que él, el hijo del dueño de la empresa, había propuesto.
Un desubicado, sin ninguna duda. Creía que haber hecho un doctorado en Estados Unidos lo ponía por encima de los demás.
«Nada dura para siempre. Cuando todo esto sea mío, te echaré a patadas, como te mereces», pensaba Ramiro mientras, una hora más tarde, fingía un encuentro casual con Arribas, en uno de los pasillos de la tercera planta.
—Alfonso, tiempo sin conversar contigo —le dijo, tratando de parecer amable—. ¿Qué novedades?
Arribas no toleraba a Serrano-Meier. Como muchos en la empresa, lo consideraba un incapaz con aires de suficiencia. Pero era el hijo del dueño, así que se armó de paciencia y respondió.
—Hola, Ramiro. Nada nuevo, viendo nuevos proyectos, como siempre.
—¿Alguno en especial?
—Varios. Nuevas tecnologías para las fábricas, producción limpia, ese tipo de cosas, ya sabes, lo usual.
Ramiro insistió.
—Te he visto en el despacho de mi padre con Paula y otra persona. ¿Vamos a entrar en el negocio de turismo?
Arribas no mordió el anzuelo. Conocía de sobra a Ramiro, y además el proyecto del hotel no tenía relación directa con la corporación. Era como un favor especial, como le había dicho Fernando Serrano cuando le habló de la idea.
—No, qué va —respondió—. Fernando quería confirmar unos datos, y me llamó. Eso es todo.
La expresión de Ramiro cambió. Era evidente que Arribas le estaba mintiendo.
—¿En serio?
—En serio —le dijo, luego miró su reloj—. Si me disculpas, tengo una reunión en diez minutos. Un encargo muy importante de Fernando. Luego hablamos —se despidió y se fue hacia su despacho.
Ramiro decidió llamar a Acosta.
—Mi padre no bromeaba cuando dijo que pensaba ayudarlos con el proyecto.
Ha puesto a su experto en nuevas inversiones a trabajar con ellos.
La cosa se está complicando mucho, Adrián —se lamentaba, mientras ambos tomaban un café en la terraza de un restaurante del centro—.
He pensado que la única solución es quitar del medio a esos dos.
El agente inmobiliario hizo una mueca de fastidio.
Ramiro lo había llamado para citarlo e informarle de los recientes acontecimientos.
Acosta también quería hablar con el joven, aunque en términos muy diferentes.
Rafael Sanz había calado bien al muchacho —debía reconocer Acosta—.
Y las tonterías que acababa de decir no hacían más que confirmar lo evidente.
—Escúchame bien, Ramiro —le dijo—. En primer lugar, no se conseguiría nada eliminándolos. Tienen herederos, ¿recuerdas? Solo empeorarías la situación.
Ramiro iba a replicar, pero Acosta no lo dejó. Levantó la mano derecha, como atajando al joven, y continuó:
—No he terminado. En segundo lugar, eso sería un acto criminal, y nosotros somos empresarios, no delincuentes. Y por último, debes saber que DCM ha decidido cancelar el proyecto. Ya no nos interesa. No va más. Fin del asunto —zanjó el agente.
Ramiro apretó los puños, su rostro se encendió, no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—No puedes hacer esto —reclamó, airado—, no puedes…
—Claro que puedo, Ramiro —dijo el agente. Luego se levantó de la silla y le entregó una tarjeta.
Serrano-Meier también se levantó, contrariado, y cogió la tarjeta.
—Y por la penalidad no te preocupes. Tú devuélvenos el adelanto que te dimos y asunto terminado.
Cuando tengas el dinero llama a esta persona.
Es uno de mis abogados y te dirá cómo y dónde ingresar los doscientos mil.
No me llames ni me envíes mensajes, yo no tengo nada más que tratar contigo —dijo Acosta, y abandonó el lugar.
Esa misma noche, Ramiro se dirigía en tono autoritario a su interlocutor.
—La idea ha sido tuya, así que la vas a ejecutar tú mismo.
El otro trató de razonar.
—Pero, señor Ramiro, yo solo le informé sobre lo que se había conversado durante la visita. No puedo hacerlo. Es un delito, iría preso. Además, es injusto.
Luego de la reunión con Acosta, Ramiro había valorado sus opciones.
No se trataba solo de los doscientos mil euros que debía devolver y no tenía —le pediría a su padre un préstamo, un adelanto o algo así—, sino sobre todo del fracaso del proyecto más importante de su carrera.
Otro fracaso más, y sin ni siquiera haberlo comenzado.
De ninguna manera podía dejar que esos dos advenedizos le estropearan los planes.
En realidad no necesitaba a Acosta. Si lograba hacerse con la mansión, podía proponer el proyecto inmobiliario a otros inversores.
La solución era evidente: había que hacer algo drástico que desanimara a Aguirre, que no le dejase más alternativa que vender la finca.
Y Ramiro se la compraría, por menos de lo que valía, por supuesto.
Aún sin saber qué hacer, había citado a su informante en el parque alejado donde se habían reunido un par de veces.
Ramiro había escuchado el relato de los últimos acontecimientos en la mansión, incluyendo los detalles de la visita de los amigos de Matías.
Un comentario casi trivial llamó su atención, y la idea empezó a tomar forma.
Pero ahora el informante quería echarse para atrás. Ramiro le dirigió una dura mirada.
—No me interesa si es justo o injusto. Harás lo que te ordeno, o pagarás las consecuencias. O alguien más las pagará por ti, tú me entiendes. Además, si haces las cosas como te voy a indicar, parecerá un accidente, y hasta puede que quedes como un héroe. ¿Está claro?
El informante cedió. No tenía alternativa.