Otavia: La mansión y los buitres 23
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El lunes por la mañana, Matías reunió a todos en el salón, para hacer los comentarios de la visita de Pedro y Susana.

—Antes de empezar, quiero daros las gracias. Habéis dado lo mejor de vosotros en esta visita. Os lo agradezco de verdad.

Todos asintieron, pero solo Luis respondió.

—Gracias, señor.

—Nuestros amigos han quedado muy impresionados con la casa, que estaba impecable, como siempre —continuó Matías—. El detalle de ir a buscarlos al aeropuerto les agradó mucho, sobre todo las explicaciones de Sebastián, durante el trayecto hasta aquí.

Sebastián asintió, satisfecho.

—En cuanto a los desayunos y las cenas, pues no me queda mucho por añadir. Ya Pedro y Susana han dado su veredicto: Exquisito.

Fátima y María también sonrieron, orgullosas. Matías dirigió la mirada al guardés.

—Ignacio, la terraza estaba impecable, y nuestro enorme jardín también. Buen trabajo.

—Gracias, señor —respondió el guardés, lacónico como siempre.

Por último, Matías se dirigió al mayordomo.

—Lo has coordinado todo muy bien, Luis. Don Armando estaría muy complacido, y tu padre, muy orgulloso.

Esta vez, Luis enrojeció, emocionado.

—Muchas gracias, señor Matías.

La reunión de fin de mes de los delegados regionales de DCM en la sede central de Madrid llegaba a su fin.

Como siempre, la sesión la dirigía el g eneral partner de la empresa, Rafael Sanz.

En la cuarentena, alto y apuesto, con el cabello muy negro y brillante, peinado hacia atrás, y los ojos muy verdes, Sanz parecía un torero de esos de antes, pero con traje de diseñador.

Cada delegado había hecho una breve presentación, dividida en tres temas: evolución de resultados, previsiones y nuevos proyectos.

Todo había transcurrido según lo planeado, mejor inclusive en algunos casos, como la reciente venta de un antiguo inmueble, adquirido por DCM para convertirlo en pisos turísticos, y que el ayuntamiento había decidido comprar —para preservar el carácter social de un inmueble histórico muy importante para la ciudad—, al triple del precio que la empresa pagó por él.

La ganancia había sido de cuatro millones de euros, una rentabilidad extraordinaria en tan solo dos años.

Acosta, sin embargo, había puesto la nota discordante.

Aunque los resultados de la región eran buenos —o, más bien dicho, los esperados—, y las previsiones para el resto del año también, su proyecto estrella estaba en peligro.

Sanz dio por concluida la reunión e indicó a Acosta que lo acompañara a su despacho.

El negocio le había parecido muy bueno, al principio.

Una parcela de tres mil metros cuadrados en pleno centro de Otavia, en esquina, donde gracias a una buena idea de Acosta, podrían construir un complejo de pisos turísticos.

Pero la cosa no había resultado tan sencilla como parecía.

El propietario de la finca era un viejo testarudo y huraño que no quería vender, y cuando este enfermó gravemente, firmaron un contrato con el sobrino, el futuro heredero.

El chico no le cayó bien desde el principio.

Le parecía uno de esos hijitos de papá que creen que tienen derecho a todo, pero no saben hacer nada.

Además, le irritaba su actitud, arrogante y despreciativa.

Y para colmo, la cosa se había complicado mucho luego de la muerte del tío.

Sanz se ubicó en su escritorio e invitó a Acosta a sentarse frente a él.

—No me gusta este asunto, Adrián. No me gusta en absoluto. Nos retiramos, no va más —sentenció.

Acosta tragó saliva. El proyecto era muy importante para mejorar su posición en la empresa. Y había un dinero de por medio.

—Dame algo más de tiempo, Rafael, por favor. Como te he explicado, estoy presionando a Ramiro para que busque una solución, algún punto débil en el proyecto de Aguirre —dijo, casi implorando.

—No —dijo Sanz, tajante—. No me gusta el cariz que han tomado las cosas, y me gusta todavía menos tu amigo Ramiro.

Es un inepto y un inestable, una peligrosa combinación.

Nosotros somos inversores, Adrián. Especulamos, negociamos, aprovechamos las oportunidades, nos arriesgamos, presionamos cuando hace falta, pero jamás perdemos el control ni hacemos nada fuera de la legalidad. Lo sabes muy bien.

—Claro que sí, pero…

Sanz no quería oír nada más del proyecto.

—Sin peros, Adrián. A saber las tonterías que puede hacer ese muchacho, arrastrándonos con él. El proyecto queda cancelado. Tú solo encárgate de recuperar el adelanto que le dimos.

Acosta comprendió que no había forma de convencer a su jefe.

—Como tú dispongas, Rafael. Pero… ¿y la penalidad?

—La penalidad no me interesa. No quiero tener más relación con ese muchacho, ¿entiendes? Que te devuelva los doscientos mil y ya. ¿Vale? Tú a buscar otro proyecto sin tantas complicaciones.

Sanz se levantó. Acosta entendió que ya estaba todo dicho, así que se despidió y estaba por atravesar la puerta del despacho cuando Sanz le advirtió:

—No presiones al chico, Adrián. No quiero líos. ¿Está claro?

Acosta asintió y salió.

Después de la comida, Matías se encerró en la biblioteca para revisar las carpetas que Pedro le había traído.

Primero abrió una que llevaba el título «Compra piso calle del Águila».

Dentro de la carpeta encontró copias de la escritura, de la ficha registral, de documentos del propietario anterior, y del pago de tasas, impuestos y honorarios diversos.

Tal como su madre le había contado, sus padres adquirieron el piso dando una fuerte entrada —gracias al dinero que recibió Magdalena como herencia a la muerte de una tía lejana, que vivía en Otavia—, y tomando un crédito hipotecario por la diferencia, que no era mucha.

Como su madre había terminado de pagar la hipoteca en el 2014, la única carga que ahora figuraba en la ficha registral actual era la de servidumbres, como es usual.

Ya que Matías había pasado a ser el único titular del inmueble, y este no tenía cargas, podía disponer del mismo, para venderlo o darlo en garantía.

Cerró la carpeta de la compra del piso de Madrid y cogió otra carpeta muy voluminosa que ponía «Hipoteca piso calle del Águila».

Su madre era muy ordenada con los documentos, verificó Matías.

Todo estaba muy bien clasificado y etiquetado.

La carpeta contenía copias de los justificantes de todos los pagos que su madre había hecho durante veinte años.

También figuraba el certificado del banco donde se daba la deuda por cancelada. Todo en orden por ese lado.

Había una tercera carpeta que Pedro había encontrado junto a las otras dos, y que había llevado también, luego de consultar con Matías.

La carpeta tenía una etiqueta que ponía «Herencia Tía Guada».

Matías ni siquiera sabía el nombre de la tía que le había dejado en herencia a su madre el dinero que utilizó para dar la entrada del piso de La Latina.

Curioso, decidió mirar el contenido. Tan solo había una copia del testamento y una carta dirigida a Magdalena.

El testamento era de los comunes, abierto, y había sido otorgado y registrado en una notaría de Otavia cuyo nombre no le pareció conocido.

Lo que sí llamó su atención fue que uno de los testigos era Constantino Esparza.

No podía tratarse del abogado, pues sería un niño en esa época.

Sería tal vez su padre, o algún tío, supuso.

El testamento tan solo indicaba que Guadalupe Pardo Rozal —la tía Guada—, instituía a su sobrina Magdalena como heredera universal de sus bienes. Nada más.

Según lo poco que su madre le había contado sobre la herencia, a ella le sorprendió mucho que su tía, a quien no veía desde hacía mucho tiempo, tuviese algún dinero.

La anciana vivía en una residencia, ya que no tenía familia ni propiedades.

Más interesado que al principio, Matías cogió la carta.

Para su sorpresa, llevaba el membrete del despacho y la firma de Constantino Esparza.

Era una carta muy breve, en la que solo informaba a su madre sobre la herencia y le indicaba los pasos que debía seguir para tomar posesión de la misma.

Intrigado por las coincidencias, decidió llamar a Esparza.

El abogado cogió la llamada, muy cordial como siempre.

—Hola, Matías, buenas tardes.

—Hola, Constantino. ¿Puedes hablar, no interrumpo nada?

—En absoluto. Dime qué puedo hacer por ti.

—Pues verás, he estado revisando algunos documentos de mi madre, de hace como treinta años, y me he dado con la sorpresa de ver tu nombre en dos de ellos.

—Imposible —dijo el abogado—, debe de tratarse de mi padre. Llevamos el mismo nombre, una tradición familiar, tú sabes.

—Eso mismo estaba pensando, Constantino —dijo Matías, que confirmaba sus sospechas—. Pero hay algo más: me parece mucha coincidencia que dos personas, mi madre y yo, recibamos una información similar, del mismo despacho, con treinta años de diferencia.

—¿Cómo es eso? ¿De qué información estamos hablando?

Matías le explicó entonces lo de la herencia de su tía Guada, el testamento y la carta. Esparza no tenía idea, pero tampoco le pareció tan extraño.

—Otavia es una ciudad pequeña y hace treinta años había menos despachos de abogados en la ciudad —razonó Esparza—. Lo que sí que parece raro es que una anciana sin mayores recursos recurriese a mi padre para redactar un testamento.

—Y que tuviese dinero para darlo en herencia, ¿no?

—Sí, eso también.

—¿Sería mucho pedirte que averiguaras qué fue lo que pasó exactamente? Imagino que alguien quedará de esa época en tu despacho —tanteó Matías al abogado.

—Por supuesto. No queda nadie de esa época, pero sí los archivos. Voy a encargar a alguien que se ponga con ello ahora mismo, pero antes necesito que me envíes un mensaje con los datos. Nombres y apellidos de la tía de tu madre, fecha de la carta y nombre de la notaría.

—Ahora mismo te envío todo —dijo Matías—, y muchas gracias.

—De nada. A ver qué encontramos. Un saludo —se despidió Esparza.

Matías acababa de enviar el mensaje al abogado, cuando Luis e Ignacio se presentaron en la biblioteca.

Tal como le habían indicado, Luis había hablado con Ignacio sobre la chimenea, quien le había confirmado que hacía unos años que no le daban mantenimiento.

Armando Serrano solía coordinar con Fátima, y ella le daba las indicaciones al guardés, pero, según este, los trabajos de mantenimiento no eran muy frecuentes; le tomaban entre dos y tres días, no porque fuesen complicadas, sino porque tenía también otras labores que realizar.

—Muy bien —dijo Matías a ambos, mientras recogía sus documentos para marcharse—.

Luis, coordina todo con Ignacio, y luego me avisas qué día empieza el mantenimiento.

Mientras Ignacio esté con lo de la chimenea yo utilizaré el despacho.

Así podrás trabajar tranquilo —dijo mirando al guardés, que asintió.

Matías salió de la biblioteca, donde mayordomo y guardés se quedaron comentando entre ellos y observando la chimenea, y entró al despacho. Quería dar una nueva mirada a los archivos del ordenador.