22
Tal como ocurrió el día que Paula llevó a Matías a conocer el casco histórico y el centro de la ciudad, estos se encontraban llenos de turistas.
Numerosos grupos — free tours la mayoría— recorrían calles y plazas, precedidos por sendos guías, que les iban explicando lo más característico de cada lugar, su historia y sus particularidades.
Algunas colas se formaban frente a las puertas de museos e iglesias, y delante de la catedral.
Hacía calor, y muchos turistas se sentaban alrededor de las fuentes de agua, o bajo los soportales de las plazas, para beber algo en las terrazas, o simplemente para recuperar el aliento.
Paula fue mostrando a los visitantes los lugares más emblemáticos del casco histórico, tal como había hecho antes con Matías.
Luego se dirigieron hacia el centro moderno, visitando la Plaza del Ayuntamiento, el Parque Central, el bulevar San Germán y las calles aledañas.
El bulevar también estaba lleno de gente.
Habían más locales que turistas, haciendo sus compras de fin de semana o bebiendo algo en las terrazas.
Susana estaba impresionada por la cantidad de tiendas de ropa y accesorios que había en el bulevar, muchas de ellas de marcas exclusivas.
—Como si estuviéramos en Serrano —comentó con Paula.
—Nunca mejor dicho —dijo ésta. Susana dudó un instante, luego comprendió, y ambas rieron por la alusión.
Galardonado con una estrella Michelin, Casa Faustino era regentado por un joven y famoso cocinero otaviano.
En realidad, el restaurante lo había fundado su abuelo, luego su padre se hizo cargo, y se aseguró de que su hijo recibiera la mejor formación, para que lo sucediera llegado el momento.
Faustino —su padre y su abuelo se llamaban igual— había revolucionado la carta y el estilo del restaurante.
Pertenecía a esa generación de cocineros que practicaba la cocina de vanguardia, pero con un toque personal, muchas veces ligado a la región.
Paula, que con frecuencia llevaba clientes a comer al restaurante y conocía muy bien su carta, había escogido con anterioridad un menú «degustación», aunque dejó la elección de las bebidas a los invitados.
Los cuatro disfrutaron de tres deliciosos y diminutos entrantes, tres platos que incluían pescado, carne de ternera y pavo, preparados con técnicas muy difíciles de pronunciar, y dos postres con nombres y aspecto rarísimos.
Todo era «reinterpretado», «deconstruído», cocinado a «alta temperatura» o aplicando «nitrógeno líquido».
Muy de vanguardia, pero manteniendo la idea original del plato, según les explicó Faustino.
Bebieron agua y vino con la comida, y café con los postres.
Al terminar, Matías intentó pedir la cuenta, pero Paula se había adelantado pagando la comida al hacer la reserva, así que solo le dejó pagar las bebidas.
Pedro estaba repleto, y pasando ambas manos sobre su estómago, con una sonrisa de oreja a oreja, comentaba la experiencia.
—Estoy a punto de reventar, de comida, pero también de felicidad —bromeó—. Gracias, Paula, ha estado todo espectacular, el recorrido y la comida. No había estado nunca en un lugar así, la verdad.
—Ni yo —coincidió Susana—. ¡Vaya sitio! Gracias, Paula y Matías.
Matías sonreía también, orgulloso.
—Ya os lo había dicho: Paula es toda una profesional del turismo.
Paula, modesta pero satisfecha, hacía gestos con ambas manos, restando importancia a los elogios.
—Ha sido un placer. Me gusta muchísimo mostrar mi ciudad, y los lindos lugares que tiene.
De vuelta en la mansión, Paula dijo que debía pasar por su casa para ordenar algunas cosas, que ya volvería para la cena, y se marchó. Pedro y Susana se retiraron a su habitación a descansar y dejar reposar la comida. Matías también decidió descansar un rato, y se dirigió a la biblioteca.
Una hora después, Pedro bajó a la primera planta, preguntando por Matías. Luis le dijo que se encontraba en la biblioteca, así que hacia allí se dirigió. Lo encontró sentado en un sillón, al lado de la chimenea. Parecía muy concentrado, leyendo un libro.
—Qué bien se está aquí ¿verdad? —comentó Pedro a modo de saludo—, con chimenea y todo.
Matías cerró su libro y lo dejó sobre otros dos que descansaban sobre la mesilla. Luego se levantó y se acercó hacia donde estaba Pedro, al lado de la mesa de juego.
—Pues sí, la verdad. Aunque la chimenea no la he encendido hasta ahora. Imagino que hace meses que nadie la enciende. ¿Descansasteis? ¿Y Susana?
Pedro se sentó, Matías lo imitó.
—Está en la habitación, viendo una peli que la verdad no me apetece para nada. Una de esas comedias americanas, ya sabes.
—Ya veo. Pues aprovechemos el tiempo libre entonces. ¿Qué novedades por Madrid?
Pedro levantó ambas manos, con las palmas hacia arriba.
—Nada, chaval, nada nuevo. Disfrutando las vacaciones y visitando a los amigos, sobre todo a los nuevos millonarios —bromeó.
—Muy gracioso. Oye, ¿estaba todo en orden en mi casa?
—Todo en orden. ¿Revisaste la correspondencia que te traje junto con las carpetas?
—No, la verdad. Como no hay nada de Hacienda, de los juzgados ni de la policía, lo demás puede esperar hasta el lunes. Todo lo que hay que pagar lo tengo domiciliado, así que no espero nada especial de nadie de Madrid.
—Hablando de Madrid, y del piso —dijo Pedro, más serio—, al parecer ya has tomado una decisión definitiva y te quedarás a vivir en Otavia, ¿cierto?
Matías lo pensó antes de responder. El cambio era drástico, sin duda: abandonaría su carrera como profesor, y también su incipiente faceta de escritor.
Aunque esto último podría llegar a retomarlo.
No necesitaba vivir en Madrid para escribir.
Pero por el momento sus mejores alternativas se encontraban en Otavia. De eso tampoco tenía duda.
—Cierto —dijo, rotundo, como pocas veces en su vida anterior—.
Tanto si el asunto del hotel progresa, como si no.
Claro que podría vivir un año en esta casa, luego venderla al mejor postor, y volver a Madrid con un patrimonio suficiente como para no tener que trabajar nunca más.
Pero la verdad es que la vida que estoy viviendo aquí me gusta mucho.
Mucho más que la que llevaba en Madrid. En Otavia he encontrado muchas cosas de las que ocuparme, incluyendo las personas que viven conmigo en esta casa.
Todo este asunto de la herencia le ha dado un sentido a mi vida. Tú me entiendes.
—Por supuesto. Si ya lo habíamos comentado con Susana. Tienes otra cara, tío. Pareces otro.
Matías sonrió.
—Pues es verdad. Y me agrada esa sensación. Así que por ahora la decisión es hacer mi vida aquí. Además, esta casa me gusta mucho. Tiene algo especial, ¿sabes?
Pedro miró hacia todas direcciones, como abarcando toda la casa con la mirada.
—Es cierto, tiene algo especial. No me importaría vivir en ella, en absoluto —bromeó.
—Además —continuó Matías—, está lo de Serrano.
—¿Lo de Serrano?
—Sí. El factor Serrano: estuvo muy al tanto de mí desde que nací, hizo posible la publicación de mi desastrosa novela, me legó su casa y la mayor parte de su patrimonio, y además me pidió que cuidara de su mansión. Para mí, es un factor decisivo, ¿entiendes?
—Claro que sí. No encuentro una explicación a todo eso que hizo, pero entiendo que te sientas comprometido.
—Al principio, me sentía confundido, luego me sentí comprometido. Pero ahora, con todo lo que ha pasado, creo que involucrado sería la palabra correcta.
—Me alegro —dijo Pedro.
—Tanto lo estoy, que hasta he pensado que podría estudiar algo relacionado con los negocios, o con hotelería, o ambas cosas. ¿Qué opinas?
—Que está muy bien, joder. Que estás haciendo lo correcto —lo animó Pedro. Luego, miró hacia el rincón de la chimenea, olisqueó un par de veces, y se volvió hacia Matías.
—Oye, esa chimenea tiene un olor raro. ¿No lo has notado?
Matías se encogió de hombros.
—No, la verdad. Ya sabes que mi olfato es bastante malo, y de chimeneas sé lo justo: que se ponen leños y se encienden, y el humo se va por el conducto. Poco más.
Pedro se levantó y se acercó a inspeccionar la chimenea. Metió la cabeza para observar el tiro y las paredes interiores, siguió olfateando, y volvió a sentarse.
—Pues yo algo de esto sé —dijo—. En la casa rural que tienen mis padres en La Rioja, aquella de la que te he hablado algunas veces, hay una chimenea parecida a ésta. ¿La has encendido?
Matías también se levantó y se acercó.
—No, qué va, con el calor que hace ni se me ocurriría.
—Ya. ¿Y sabes hace cuánto no la encienden?
Matías se encogió de hombros.
—Ni idea —dijo, mientras marcaba un número en su móvil—. Le preguntaremos a Luis.
El mayordomo entró a la biblioteca a los pocos segundos.
—Luis —preguntó Matías—, ¿sabes hace cuánto que no se enciende la chimenea?
—Sí, señor —respondió, luego de pensarlo un momento—, desde fines de marzo. Desde que don Armando se puso malo, nadie la ha vuelto a encender.
Pedro intervino.
—Dime, Luis, ¿desde cuándo no le hacen mantenimiento?
—¿Mantenimiento, señor?
—Sí, revisión interna, limpieza del conducto, esas cosas.
—¡Ah! Lo ignoro, señor Pedro. Esas cosas las coordinaba don Armando, con Ignacio, creo.
Matías aprovechó la oportunidad.
—Pues ahora las vas a coordinar tú, Luis, como corresponde.
—Por supuesto, señor.
—Vale. Por favor habla con Ignacio y programa para la semana próxima una revisión y limpieza de la chimenea, porque parece que está un poco sucia, huele raro, según Pedro. Además, como estamos en pleno verano, es el momento más adecuado. Yo puedo leer y tomar mi café en el despacho.
Luis asintió y se retiró. Los dos amigos volvieron a sentarse en torno a la mesa de juego. Pedro tenía otra inquietud.
—Oye, ¿y has vuelto a mirar en las carpetas de Serrano, las de su ordenador?
Matías no lo había vuelto a intentar. Sentía curiosidad, por supuesto.
Si en una sola carpeta había descubierto tanto, era muy probable que en las demás encontrara más información sobre los misterios de Armando Serrano.
Pero también tenía reparos, y algo de miedo, también.
Miedo a lo que pudiese descubrir. A veces hay secretos que es mejor que permanezcan así, como secretos, porque develarlos puede traer más penas que satisfacciones.
—No, la verdad. Tengo la mente en otra cosa, ¿sabes? Un día de estos tal vez me anime a seguir investigando.
Esa noche cenaron los cuatro en el comedor principal.
Fátima volvió a exhibir sus dotes culinarias y los agasajó con una ensaladilla rusa de entrante, pollo al vino con patatas asadas como plato principal, y tarta de manzana de postre.
Para acompañar la comida, bebieron vino blanco y agua, y luego de las felicitaciones a la cocinera, pasaron al salón pequeño, para las infusiones.
—Todo lo bueno llega a su fin —se lamentó Pedro, mientras se frotaba el estómago, satisfecho y feliz—. ¡Qué lástima que el fin de semana pase tan rápido!
—Habrá que repetirlo entonces —dijo Matías.
—¡Por supuesto! —intervino Susana—. Lo hemos pasado muy bien. Sois unos magníficos anfitriones. Con un servicio así, el hotel será un éxito.
—Qué bueno que os haya gustado —dijo Paula.
—Muchísimo —confirmó Pedro, mostrando sus manos con los dedos extendidos—. Un fin de semana de diez.
El domingo por la mañana, los cuatro desayunaron en la terraza.
Luego Pedro y Susana subieron a su habitación para terminar de prepararse para el viaje de regreso.
Cerca de las once, Matías y Paula se acercaron a su habitación para avisarles de que Sebastián estaba listo para llevarlos al aeropuerto.
Ya en la entrada, Luis los despidió muy ceremonioso, Fátima estaba a su lado.
—Señor Pedro, señorita Susana, ha sido un placer tenerlos con nosotros. Espero que todo haya sido de su agrado.
Susana se adelantó.
—Gracias, Luis. Todo perfecto. Y gracias también a ti, Fátima. Extrañaremos tus platos.
—Gracias, señorita Susana —dijo el ama de llaves, emocionada.
Los cuatro amigos descendieron las escaleras, y se despidieron con besos y abrazos. Luego Pedro y Susana subieron al coche y Sebastián puso rumbo al aeropuerto.
Matías había dicho a todos que se tomaran el resto del día libre. El lunes por la mañana harían los comentarios correspondientes.
Esa misma noche, Serrano-Meier escuchaba, muy enfadado, el decepcionante resumen de su informante.
—No me has dicho nada interesante —le reclamó—. Necesito más detalles, pero no por teléfono. Te avisaré para vernos, en el lugar de siempre.
—Sí, señor Ramiro —contestó el otro, compungido.