Otavia: La mansión y los buitres 21
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—Bienvenidos a la mansión Serrano —dijo, muy solemne—. Soy Luis, el mayordomo, y ella es Fátima, el ama de llaves. Espero que hayan tenido un viaje agradable.

Pedro y Susana no sabían bien cómo responder. Nunca los habían recibido de ese modo. Susana atinó a decir:

—Muchas gracias, Luis. Todo muy bien, la verdad.

—Encantado, Luis —complementó Pedro. Matías los observaba, divertido.

—Por favor, si son tan amables de seguirme —les dijo Luis, señalando la puerta de acceso a la mansión. Luego se volvió hacia donde Sebastián esperaba, con las maletas.

—Sebastián, puedes llevar el equipaje de los señores a su habitación.

Todos ingresaron a la mansión y se dirigieron al vestíbulo, mientras el chófer subía a la segunda planta llevando el equipaje, tan solo dos maletas pequeñas.

Luis condujo a los huéspedes a través del salón, el comedor principal, el salón pequeño y la biblioteca.

Mientras los guiaba, les iba explicando algunos detalles que Matías ni siquiera conocía: los autores de algunos cuadros, la antigüedad de ciertos muebles, y otros datos parecidos.

Pedro y Susana estaban impresionados con lo que veían, y le hacían algunas preguntas al mayordomo, que las iba respondiendo con gran soltura.

Matías y Paula también estaban asombrados, pero por la actitud de Luis. Parecía otra persona.

Al terminar el breve recorrido, Luis pidió a los invitados que subieran con él a la segunda planta, donde los llevaría hasta su habitación para que pudieran descansar y acomodar sus pertenencias.

—Cuando estéis listos me avisas, Pedro —dijo Matías, señalando su móvil—. Paula y yo estaremos en la biblioteca. Podríamos tomar un aperitivo antes de la cena.

Susana intervino, divertida.

—Que será a las nueve, ¿cierto? Tal como nos ha dicho Luis.

—Eso es —confirmó Matías—. Así que no hay prisa. Tomaos vuestro tiempo, descansad un poco y luego nos avisáis.

Una hora más tarde, los cuatro se reunían en el salón pequeño. Luis les había llevado una bandeja con varios tipos de jamón, queso y frutos secos. También vermut para todos.

—Por el reencuentro —brindó Matías.

—Y por el extraordinario recibimiento —replicó Pedro.

Susana empezó a relatar la experiencia desde la llegada al aeropuerto.

—Ha sido alucinante. Nada más salir al hall del aeropuerto, vimos al chófer.

Tieso como un soldado, como el día del funeral, ¿recuerdas?

—dijo, mirando a Matías, que asintió—. Bueno, llevaba una pizarra con el nombre de Pedro, así que nos acercamos.

Se cuadró, se presentó, y nos dio la bienvenida.

Muy formal. Luego fuimos con él hasta el aparcamiento. ¡Vaya coche!

Pedro tomó la posta.

—Bueno, ya sabíamos lo del Audi, pero otra cosa es vivirlo, ¿entiendes? Con un chófer que te lleva las maletas, te abre y cierra las puertas, ya sabes.

—Y en el trayecto nos ha ido explicando algunas cosas sobre Otavia —dijo Susana—: Que si es muy antigua, que si los romanos, que si los celtas, como un guía turístico. Muy serio, pero muy agradable. Como en las películas, vamos.

Matías y Paula escuchaban, satisfechos.

Pedro continuó.

—Y la habitación, Matías, es que no tengo palabras. Como te dije cuando te viniste a vivir aquí: parece un hotel de lujo. Pequeñito, pero muy impresionante.

—Qué bueno que os ha gustado la bienvenida, y la casa —dijo Paula—. Y eso es solo el principio. Os tengo preparado un recorrido turístico por el centro de la ciudad que espero os guste.

—Paula es licenciada en Turismo, ha sido guía turística de estudiante, y trabaja en una agencia de viajes, así que no podéis estar en mejores manos —intervino Matías.

Paula hizo un ademán con las manos, tratando de restar importancia al palmarés. Luego siguió con el programa.

—También he reservado para comer en Casa Faustino. Es uno de los mejores restaurantes de Otavia, y mi preferido. Está por la zona,  podemos hacer todo andando.

—Estamos en el centro de la ciudad, así que todo nos queda más o menos cerca —dijo Matías—. Ciudad de quince minutos, ya sabéis.

Susana puso cara de no entender. Pedro se lo aclaró.

—Le llaman así a las ciudades de cierto tamaño y configuración que permite a sus habitantes llegar en máximo quince minutos, a pie o en bicicleta, a la mayoría de lugares importantes. Madrid no es una de ellas, por supuesto.

—Vaya —dijo Susana—, no había escuchado nunca el término. Muy interesante.

En ese momento, Luis entró al salón para anunciar que la cena estaba preparada, y que podían pasar al comedor.

Fátima se lució con la cena, que aunque sencilla, estaba deliciosa, según los comensales.

Como entrante, se sirvió una tarta de verduras; el plato principal consistió en un filete de ternera en salsa de almendras, acompañado de verduras salteadas; y una deliciosa tarta de mazapán como postre.

Luis había escogido uno de los mejores vinos de la bodega, un tinto riojano gran reserva, que fue del agrado de todos.

Él y María se encargaron de atender a los comensales.

Al final, Susana insistió en que llamaran a Fátima para darle las gracias.

—La cena estuvo exquisita, Fátima —le dijo—, riquísima, de verdad. Te felicito.

Fátima, poco acostumbrada a los elogios, se sonrojó, emocionada.

—Muchas gracias, señorita Susana, qué bueno que les ha gustado.

—Digna del mejor restaurante —añadió Pedro.

—O del mejor hotel exclusivo —guiñó Paula un ojo.

—Lo has bordado —intervino Matías, que luego hizo un gesto con una mano, como abarcando a sus tres empleados—, lo habéis bordado los tres.

—Muchas gracias, señor —respondió Luis, sonriente.

Luego de la cena, pasaron los cuatro al salón pequeño, donde bebieron café los caballeros e infusiones las damas. Mientras Matías y Pedro conversaban, Susana aprovechó para hablar un poco con Paula. Mirando de reojo a Matías, hizo algunos comentarios a su nueva amiga.

—Qué cambiado lo veo. A Matías, me refiero. Es como si fuera otra persona, ¿sabes? Lo conozco desde que Pedro y yo empezamos a salir, hace mucho tiempo, y te digo que lo noto animado, entusiasmado, y como muy seguro de lo que está haciendo. No sé si me explico.

Paula asintió, y una sonrisa se dibujó en todo su rostro.

—Sí, claro. Yo también lo he notado. Cuando recién llegó a Otavia parecía muy tímido, indeciso, algo apagado, y sin saber mucho dónde poner las manos, ¿lo pillas?

—Exacto, eso es. Parece que le hubieras inyectado una fuerte dosis de adrenalina —bromeó Susana—. Te lo agradezco mucho. Es mi mejor amigo y me encanta verlo así. De verdad.

—Pero si yo no he hecho nada —se defendió Paula, medio en broma y medio en serio—. Solo he tratado de ayudarlo, de que se sienta bien en una ciudad donde no conocía a nadie, y de darle algunas ideas. Nada más.

Susana puso su mano izquierda sobre la derecha de Paula.

—A eso me refiero. Tú y todo este asunto de la herencia han dado un nuevo sentido a su vida. Creo que por primera vez está haciendo algo que le gusta, tomando decisiones, haciéndose cargo de una casa como ésta, pensando en un proyecto, tú me entiendes.

Paula se volvió a mirar a Matías, que seguía conversando con Pedro.

Susana estaba en lo cierto, aunque había algo más.

La simpatía y cercanía hacia Matías habían sido casi instantáneas, y estaba segura de que él había experimentado lo mismo.

Era como si se conocieran de antes. Susana la observaba, curiosa.

—Sí claro —dijo, algo sonrojada—. A veces ocurren cosas inesperadas, que lo cambian todo, y eso es lo que ha pasado con Matías.

—Eso es. Y me alegro mucho por él, que es un tío muy majo y se merece lo mejor.

Por su lado, Matías y Pedro hablaban sobre el proyecto.

—Aún no te he dado las carpetas que me pediste. ¿Quieres que te las traiga ahora mismo?

Matías negó con las manos.

—No, no. Mañana por la mañana me las das, no hay prisa. Igual no las veré sino hasta el lunes.

—Oye, y ¿qué es lo que interesa de tanto documento viejo?

Matías le explicó que para llevar adelante el proyecto hacía falta que él se hiciera cargo de una parte de la inversión, y que también se necesitaba dar alguna garantía. Pedro entendió.

—Entonces estás pensando dar tu piso de Madrid en garantía. ¿Es eso?

—Aún no lo sé. Darlo en garantía, venderlo y asumir una parte importante de la inversión, algo así. Lo que pasa es que, mientras no sepa cuánto dinero se necesita, no puedo tomar ninguna decisión, ¿entiendes? Y para eso primero tenemos que hacer el estudio. El plan de negocios que pide el banco.

—Y de tu patrimonio no puedes tocar nada, ¿no?

—No hasta dentro de cinco años, como te comenté.

—Bueno, hay tiempo suficiente. Igual tienes que vivir un año en esta casa antes de hacer algo con ella.

—Exacto —dijo Matías—. Y como Fernando Serrano nos ha ofrecido su ayuda con lo del plan de negocios, tengo bastantes y buenas expectativas.

Pedro miró de reojo hacia los sillones donde Paula y Susana conversaban, muy animadas.

—Oye, parece que han congeniado bastante, ¿no? Si hasta parecen colegas.

Matías también las observó. Susurraban, como dos viejas amigas.

—Pues sí. A saber lo que estarán diciendo. A lo mejor están hablando de nosotros.

—Os habéis acercado mucho, ¿no?

Matías fingió que se ponía muy serio, aunque no lo consiguió.

—Nada de lo que estás pensando, Lago. Amigos, cercanos sí, pero amigos.

Pedro sonrió. Le hizo gracia la reacción.

—Por supuesto, tío, por supuesto. Lo que quiero decir es que veo mucha sintonía, mucha conexión. Y me parece muy bien, ¿eh? Ya era hora de que superaras ese pesimismo que tenías en Madrid.

Pedro puso una mano afectuosa en el hombro de su amigo.

—Me alegro de verte así, chaval, de verdad.

Matías iba a contestar, pero en ese momento Paula y Susana se levantaron y se acercaron.

—Pedro, ¿subimos ya?, estoy rendida y mañana tenemos faena con nuestra guía turística —dijo mientras guiñaba un ojo a Paula.

—Vamos —se incorporó Pedro como un resorte, e hizo una gran reverencia a Matías y Paula—. Queridos anfitriones, muchas gracias por una velada perfecta.

—Eres un payaso —rio Matías—. Descansad, y ya sabéis: si necesitáis algo no dudéis en pedírselo a Luis.

—Ha sido un gusto conoceros —se despidió Paula.

Los visitantes se retiraron a su habitación. Paula y Matías se quedaron un rato más en el salón pequeño, compartiendo sus impresiones.

—He pensado que sería bueno hacer una valoración de la visita —dijo Matías—, con todo el personal, cuando Pedro y Susana se hayan marchado. ¿Qué opinas?

—Buena idea —dijo Paula—. Aunque creo que sería mejor que yo no participe. Por mis padres, ¿entiendes? No se sentirían cómodos siendo evaluados en mi presencia, y yo tampoco.

—Por supuesto.