Otavia: La mansión y los buitres 20
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Matías desayunó muy temprano, en su habitación.

La inminente llegada de sus amigos lo tenía muy motivado.

Había mucho que hacer antes de que Pedro y Susana llegaran.

La noche anterior había leído el manual de Luis por completo.

No era muy extenso, tan solo diez páginas en las que se trataban temas como las funciones y responsabilidades de un mayordomo, la forma de vestir y comportarse, y un código de ética.

Nada complicado, por lo que parecía. Matías había señalado en el manual los puntos que,  en su opinión, Luis debía mejorar.

La mayoría de ellos tenían que ver con cuestiones de gestión, liderazgo e imagen, ya que por lo demás, el mayordomo cumplía con la mayoría de los requisitos.

Era un tipo educado, leal, confiable y respetuoso, discreto, siempre dispuesto a ayudar a los demás, y muy pendiente de las necesidades de Matías.

Tal como ponía el manual. Había anotado algunas observaciones y recomendaciones, nada complicado, y se disponía a compartirlas con Luis.

Antes de bajar para hablar con el mayordomo, decidió llamar a Pedro. El otro asunto también era muy importante. Quería confirmar que todo estaba en orden. Se sentó frente a su escritorio, abrió el ordenador e inició la videollamada. El rostro sonriente de Pedro le dio los buenos días.

—¡Qué pasa, chaval! Tan temprano y ya estás molestando a los amigos —bromeó.

—Hola, Pedro, ¿todo preparado para vuestra aventura otaviana?

—¡Todo listo! Bueno, lo mío, porque Susana todavía está viendo qué lleva, ya sabes, si vestidos o faldas, si vaqueros o shorts, esas cosas. ¿Y vosotros qué, ya lo tenéis todo listo para recibirnos con honores de estado?

Matías lo miró, malicioso, y sonrió.

—Pues sí, nunca mejor dicho. Os tengo una novedad.

—¿Ah sí? ¿Y cómo es eso? —quiso saber Pedro.

—Pues resulta que Fernando Serrano nos va a ayudar a preparar el plan de negocios. ¿Qué te parece?

—Oye, qué buena idea. Un problema menos, ¿no?

—Pues sí, la verdad. Ahora solo me quedan dos asuntos por resolver: el socio capitalista y el socio con experiencia.

—Lo resolverás —dijo Pedro, entusiasmado—. Todo a su tiempo.

Matías cambió de asunto.

—¿Tuviste algún problema con las carpetas?

—Ninguno, ya las tengo todas en mi maleta. Estaban donde me dijiste, y como llevaban etiquetas, pues muy sencillo. Oye, ¿para qué las quieres? Son muy viejas.

—Es que he tenido algunas ideas para el proyecto del hotel, y necesito confirmar algunos datos. Ya lo comentaremos cuando estés aquí.

—Vale. Pues hasta la tarde entonces —se despidió Pedro.

—Hasta ahora. Y buen viaje —le dijo Matías. Finalizó la llamada, cerró el ordenador, cogió su móvil y bajó  a la biblioteca. Paula y Luis ya lo estaban esperando.

Aprovechando que tenía la mañana libre, Acosta decidió reunirse con su contacto en el ayuntamiento. Quería saber lo que Matías había averiguado. Tal vez obtuviese alguna información que le permitiese actuar y obstaculizar el avance del proyecto.

—Te repito lo que te adelanté por teléfono, Adrián —le decía el funcionario—: Estuvieron aquí, y hablaron con uno de los compañeros.

Una vez revisada la ficha del catálogo, el colega les dijo que sí que era posible convertir la mansión en un hotel, pero que es necesario que nos presenten un expediente técnico.

Les hemos enviado por correo electrónico los documentos que deben preparar, y los requisitos.

—¿Y eso es todo? ¿Así de sencillo?

—No, no tiene nada de sencillo —explicó el funcionario—: para elaborar el expediente, primero deben contratar a un arquitecto, y a algunos especialistas más, dependiendo de las modificaciones que necesite la finca.

Estamos hablando de fontaneros, electricistas, expertos en seguridad, etc.

Nosotros hacemos una valoración técnica muy completa, así que el expediente debe satisfacer todos nuestros requisitos.

Acosta también creía, como Ramiro, que Serrano los ayudaría con el expediente, así que esa parte no sería para Matías un problema. Tenía que intentar por otro lado.

—¿Y no hay manera de rechazar el expediente, o de dilatar su aprobación? —tanteó Acosta, aunque sin mucha convicción.

El funcionario se puso muy serio, y levantó su mano derecha, haciendo un gesto de negación con ella.

—No te equivoques, Adrián.  Una cosa es que yo haya apoyado tu idea desde el principio, y otra que esté dispuesto a hacer algo ilegal —dijo, tajante—. Si el expediente cumple con todos los requisitos, lo aprobaremos, y asunto terminado. ¿Lo tienes claro?

Adrián también levantó ambas manos, fingiendo sorpresa.

—¡Pero qué dices! No me malinterpretes, hombre. Lo que quería saber es qué errores tendrían que cometer, o qué tendrían que omitir. Eso me daría más tiempo para actuar, ¿entiendes?

—Entiendo, mejor de lo que supones —respondió el funcionario, de mala gana—.

Pero no sé qué más decirte, porque el expediente es amplio y los requisitos son muchos.

Puedo enviarte la información, la misma que les hemos enviado a ellos, si te parece.

Es lo único que puedo hacer por ti, Adrián. Nada más.

En la biblioteca, Matías, Paula y el mayordomo se sentaron a la mesa de juego. Luis estaba muy ansioso, así que Matías fue al grano, cogió el manual del mayordomo y buscó las páginas en las que había hecho anotaciones.

—En cuanto a aspectos técnicos, no tengo nada que decir.

Cubres al cien por cien todos los puntos del manual —empezó Matías—.

En cuanto a características personales, lo mismo.

Eres un tío formal, leal, confiable, respetuoso, discreto,  preocupado por los demás, siempre atento a mis necesidades, y muy educado. Tus modales son impecables.

Luis sonrió, algo más aliviado.

—Gracias, señor.

—Pero debes mejorar en liderazgo, gestión e imagen —puntualizó Matías—.

Me explico: debes construir una imagen que vaya de acuerdo a tu puesto, el de mayordomo y jefe del personal.

Además, debes involucrarte más en las gestiones cotidianas de la mansión, esas que te corresponden a ti pero que, en la práctica, es Fátima quien las realiza.

Debes mejorar tu expresión facial. ¿Me entiendes?

Luis palideció de nuevo, y abrió los ojos, sin comprender.

—Mi expresión…

—Tu cara, Luis. Pones cara de asustado. Eres un mayordomo con mucha experiencia, no lo olvides. Tu rostro debe reflejar seguridad y confianza. ¿Entiendes?

—Claro, señor, tiene usted razón.

—La segunda observación es que miras mucho a Fátima, de reojo, como si le pidieras aprobación. Se supone que eres el jefe de todo el personal de la mansión. Tú estás a cargo, no necesitas la aprobación de tus subordinados.

Luis asintió. Paula aprovechó para intervenir.

—Es la fuerza de la costumbre, papá. Siempre ha sido mamá quien toma las decisiones, pero ahora eso debe cambiar. Poco a poco, por supuesto.

—Eso es —confirmó Matías.

—Si te involucras más en los asuntos de la casa, lo demás vendrá solo. ¿Lo pillas, papá? Los demás te verán con otros ojos, y tú irás ganando confianza en ti mismo.

—Ya, pero tu madre…

Matías intuyó lo que el mayordomo estaba a punto de decir, así que lo interrumpió.

—Por Fátima no te preocupes, Luis. Ayer hablé con ella, y contamos con su total colaboración.

Luis se animó un poco más. Ya no estaba pálido.

—¿En serio? Se lo agradezco mucho, señor.

—Bueno, yo creo que por el momento hemos avanzado bastante. Ya solo nos queda ultimar los detalles y recibir a Pedro y Susana como corresponde —dijo Matías, dando por concluida la sesión de coaching. Luego se dirigió a Paula—: ¿Te quedas a comer, verdad?

—¡Por supuesto!

—Muy bien, porque hay varias cosas que quería comentarte, sobre el proyecto, digo. ¿Te apetece un café?

Paula asintió. Matías le devolvió el manual a Luis, que le dio las gracias de nuevo y se retiró, en busca de los cafés.

Dos tazas humeantes descansaban sobre la mesa de juegos, mientras Matías ponía a Paula al tanto de las ideas que rondaban su cabeza.

—¿Sabes? He pensado que en realidad sí que cuento con algunos recursos económicos que podría aportar al proyecto.

Paula levantó una ceja, intrigada.

—¿En serio?

—Sí. El piso de Madrid, que era de mi madre y ahora es mío. La hipoteca se terminó de pagar hace ya varios años. He pensado que podría ofrecerlo en garantía, o venderlo y aportar ese dinero como parte de la inversión, o como capital de trabajo. ¿Qué opinas?

Paula le dedicó una mirada apreciativa.

—Vaya, me sorprendes. ¡Qué rápido hemos pasado del pánico absoluto al entusiasmo inversor!

Matías sonrió, y dio un sorbo a su taza de café.

—Pues sí, qué quieres que te diga. Si voy a ayudar a tu padre a superar sus inseguridades, más me vale empezar por casa, ¿no?

—Claro, chico, si me parece estupendo. Pero, ¿estás seguro?

—Seguro de hacer uso del piso de Madrid, sí.

Pero aún tengo que decidir de qué forma.

Por eso le pedí a Pedro que fuese a casa a buscar unas carpetas con documentación del piso, de la herencia, de la hipoteca, en fin, de varias cosas relacionadas con el asunto.

Voy a revisar la información, a ver qué se puede hacer.

—Constantino te puede ayudar con eso —dijo Paula. Dio el último sorbo a su café, y añadió—: Y Fernando también, si te parece.

—Pues sí, es verdad. El fin de semana vamos a estar ocupados con los visitantes, pero la semana próxima me pondré con los documentos y hablaré con Esparza y con Fernando.

—Yo también le he estado dando vueltas al asunto. Tengo una idea, aunque no sé si estarías de acuerdo —tanteó Paula el terreno.

—Bueno, la única forma de saberlo es que me digas qué idea es esa.

Paula había decidido que Matías era una persona en quien podía confiar.

Lo conocía muy poco, pero había algo en él, en su forma de relacionarse con los demás, en su mirada, en sus gestos, que le inspiraba confianza.

Lo que no sabía era cómo podría reaccionar ante su idea.

No quería hacerlo sentir incómodo, pero quería ayudarlo. Decidió continuar.

—Yo también soy dueña de un piso, como ya sabes, el que me regaló Armando. Y estoy a punto de recibir un legado de cuatrocientos mil euros, menos impuestos, claro. ¿Recuerdas?

Matías levantó ambas manos, como atajando un camión que se le venía encima.

—De ninguna manera, Paula. Jamás permitiría que pusieras en riesgo tu patrimonio por mí. Te lo agradezco muchísimo, es un gesto digno de alguien como tú, pero no podría aceptarlo.

Paula esperaba esa reacción, pero tenía su argumentación preparada, y bien ensayada.

—Sabía que dirías eso, Matías Aguirre. Pero no lo hago solo por ti, sino por mis padres, por el resto del personal, y por la memoria de Armando.

Él no hubiera permitido que su casa pasara a manos de comerciantes inmobiliarios, como Acosta.

Por eso, entre otras razones, te legó la casa a ti.

Invertir en el proyecto sería una forma de devolver algo de lo mucho que Armando me dio.

¿Lo comprendes? Además, ¿de quién fue la idea del hotel? —dijo, retadora.

Matías no estaba del todo de acuerdo. Entendía que Paula quería ayudar, pero significaba arriesgar todo lo que tenía. No era justo para ella, aunque debía reconocer que sus argumentos eran contundentes. En el fondo, llevaba razón.

—Bien defendido —concedió al fin—. Sigo pensando que no deberías, pero todo lo que has dicho es verdad. Tal vez podríamos llegar a un acuerdo: una parte la pones tú y la otra yo, algo así. ¿Qué te parece?

Paula había considerado también la posibilidad de negociar, así que sonrió. Era mejor que una negativa, sin duda.

—Me parece muy bien. ¡Seremos socios entonces!

—Eso es. Seremos socios —confirmó Matías, entusiasmado.

Paula prosiguió.

—También he estado pensando en el asunto del socio hotelero.

—Sí, eso también es un problema —dijo Matías.

—Creo conocer a algunas personas que podrían ayudarnos con eso, pero quería pedirte autorización para escribirles y comentarles sobre el proyecto. ¿Qué te parece?

—Como quieras, socia. Confío en ti al cien por cien. ¿Quiénes son?

—Contactos de mi época de estudiante —dijo ella—, aunque prefiero no decirte nada más hasta que no lo tenga resuelto. Podría ser que quede en nada, ¿entiendes?

—Por supuesto. Ya me contarás.

Sebastián miró su reloj. Faltaban diez minutos para las seis de la tarde.

De traje negro, camisa blanca y corbata verde, ingresó a la biblioteca donde Matías y Paula conversaban.

En una de las manos llevaba una pequeña pizarra de acrílico blanco, que ponía «Pedro Lago».

Matías sonrió, recordando el día que llegó a la estación de tren.

—Disculpe, señor Matías, quería avisarle que me dirijo al aeropuerto a buscar a sus invitados.

—Gracias, Sebastián. ¿Todo en orden?

—Todo en orden, señor. Con su permiso —confirmó el chófer, y se retiró.

Paula, que había observado la escena con curiosidad, comentó:

—¡Qué formal! Si parece un chófer de esos de las películas americanas.

Matías sonrió.

—Pues sí que lo parece.

—¿Damos una última mirada, a ver si está todo listo? —propuso Paula.