Otavia: La mansión y los buitres 19
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Al día siguiente, a media mañana, Matías y Paula se reunieron con Luis y Fátima en el comedor pequeño.

La noche anterior, los dos primeros habían dedicado un par de horas a elaborar un programa para el fin de semana, que incluía comidas, cenas, y un recorrido turístico por el centro y el casco viejo de la ciudad.

Habían dejado espacio también para que los amigos se pusieran al tanto y conversaran de sus cosas.

Se trataba de que pasaran un fin de semana tranquilo, sin agobios ni presiones de tiempo, había observado Paula.

Matías explicó los detalles, reiteró que Luis se haría cargo de las coordinaciones, y luego preguntó si alguien tenía alguna duda.

Fátima fue la primera en intervenir.

—Señor Matías, no veo ningún detalle sobre los platos. ¿Qué debo servir en las cenas?

—No es necesario detallar nada, Fátima, tú decides lo que se servirá en los desayunos y las cenas. Nosotros no podríamos hacerlo mejor que tú —dijo, guiñándole un ojo a Paula.

—Muy bien, muy bien —respondió, mientras sonreía y alzaba la mano derecha—, tampoco hace falta que me hagan la pelota. Ya me encargaré de pensar en algo apropiado. Ninguno tendrá alergias, ¿no?

—No que yo sepa, no —dijo Matías, encogiéndose de hombros—. Luego, se volvió hacia su mayordomo, que estaba más pálido que nunca.

—Luis, he pensado que podríamos utilizar la terraza, para los desayunos. Por favor, coordina con Ignacio para que la ponga en condiciones. Que se encargue de que las sillas, las mesas y el resto de cosas estén impecables.

—Por supuesto, señor Matías.

—¿Está todo claro? ¿Tienes alguna duda? —le preguntó, al ver su cara de preocupación.

—Eh… Bueno… Señor Matías, yo… Es que no sé por dónde empezar. No suelo coordinar mucho en la casa. No sé si me entiende —dijo al fin, apenado, mirando de reojo a su mujer.

Matías asintió. Era mejor hablar con el mayordomo en privado.

—Claro que sí, Luis. Acompáñame al despacho, por favor, allí conversaremos más tranquilos —dijo, dando por terminada la reunión.

Paula se despidió y se marchó, mientras Fátima volvía a sus tareas. Matías y Luis se dirigieron al despacho. Al entrar, Matías se instaló en el sillón de su escritorio, y le indicó a Luis que cerrara la puerta y ocupara el asiento frente a él.

—A ver, Luis —empezó, utilizando el mismo tono comprensivo que solía emplear con sus antiguos estudiantes—,  cuéntame qué es lo que te preocupa.

Luis parecía dudar, pero al fin se animó.

—Es que… La verdad, señor Matías, es que yo no me siento capaz de asumir la responsabilidad de coordinar la visita.

Durante todos los años que llevo trabajando en esta casa, nunca he tenido mucho que coordinar, la verdad.

Don Armando no solía recibir invitados, y cuando lo hacía, lo coordinaba todo con Fátima —dijo.

Luego dejó pasar unos segundos, como decidiendo si debía expresar en voz alta lo que pensaba—.

No sé si lo ha notado, señor Matías, pero en realidad quien dirige casi todo en esta casa es mi mujer.

Yo apenas dispongo algunas tareas menores para Ignacio y Sebastián, cosas de rutina, ya sabe.

Cuando don Armando vivía, me ocupaba sobre todo de atenderlo.

Esa ha sido mi función real en esta casa, como un asistente personal, ¿sabe?

—Ya veo. Pero tu padre fue el mayordomo antes que tú, ¿cierto? ¿No te preparó para reemplazarlo?

—Lo intentó, señor. Conozco la teoría, por supuesto.

Incluso tengo un manual que conseguí hace un tiempo, en inglés, y que mi hija me hizo el favor de traducir.

Pero no tengo práctica. Cuando reemplacé a mi padre, la actividad en esta casa era ya muy escasa, así que no he tenido oportunidad de aplicar lo que mi padre me enseñó, ni lo que he estudiado por mi cuenta.

Matías entrelazó las manos por detrás de la nuca, pensando en la mejor respuesta para su atribulado mayordomo.

—Te contaré algo, Luis —empezó, colocando los codos sobre el escritorio y entrelazando las manos—: Yo siento algo parecido con cierta frecuencia.

Antes de venir a Otavia me ocurría casi todo el tiempo, aunque la verdad es que ahora me sucede solo algunas veces.

Siento que no estoy a la altura de lo que se espera de mí, ¿sabes?

Que estoy ocupando un lugar que no merezco, que realizo una labor para la que no estoy preparado. ¿Entiendes lo que te digo?

Luis asintió, sorprendido. Matías continuó.

—Síndrome del impostor.

—¿Perdone?

Matías sonrió.

—Es como lo llaman, Luis: síndrome del impostor.

Es muy común, sobre todo en personas inseguras, o perfeccionistas, o muy inteligentes.

Suelen llegar a una cierta posición y luego sienten que no deberían estar ahí, que son impostores.

Piensan que son otras personas las que deberían ocupar sus lugares.

Yo creo que tengo ese síndrome. Por inseguro, claro, no por inteligente ni perfeccionista.

Y te digo más: ayer tuve otro episodio, saliendo del banco.

Sentí que no era capaz de llevar adelante un proyecto como el del hotel, que yo era un impostor, un fraude, hablando con gestores bancarios como si fuese un empresario. Tuve un ataque de pánico, Luis.

—Pero… Usted perdone, señor, pero parece muy seguro de lo que está haciendo.

—Tal vez, pero en el fondo soy muy inseguro. Lo que pasa es que últimamente me siento diferente, como más… motivado, eso es. Y todos vosotros tenéis mucho que ver. Sobre todo Paula, que es la que me anima, me da fuerzas, y también buenos coscorrones cuando me ve flaquear.

Luis también sonrió.

—Es que mi hija es muy fuerte y muy segura de sí misma. Salió a su madre, claro.

—Salió a ambos, Luis. Ambos sois muy buenas personas, y la habéis criado en un ambiente de cariño y confianza. Y don Armando, si no me equivoco, también puso lo suyo. Debes estar muy orgulloso.

—Lo estoy, señor.

—Pues ya es hora de que te sientas orgulloso de ti mismo también. Todos pasamos por momentos de duda, ya lo ves, pero lo importante es sobreponerse, salir adelante. Si te parece, yo te ayudaré. Soy profesor, ¿recuerdas? Entre los dos completaremos tu entrenamiento.

—Se lo agradezco mucho, señor —respondió Luis, muy emocionado.

—¡Genial! —dijo Matías, satisfecho, mientras se frotaba las manos—. Te diré lo que vamos a hacer: me prestarás ese manual tuyo, para echarle una ojeada, y mañana por la mañana volveremos a hablar del asunto.

—Por supuesto, señor, ahora mismo lo traigo —dijo el mayordomo. Se levantó y antes de salir del despacho se volvió mirando a Matías—. Y gracias de nuevo, señor Matías. Es usted un buen hombre, si me permite decirlo.

—Así que han estado muy activos los últimos días —dijo Acosta.

Serrano-Meier lo había llamado para informarle sobre lo que su padre le había comentado.

—Sí. Han estado en el banco y en el ayuntamiento.

—¿Y qué resultados han obtenido?

—En el banco, les han dicho que tienen que presentar un plan de negocios. También deben conseguir capital y un socio con experiencia —dijo Ramiro.

—Bueno, eso lo tienen muy complicado, ¿no?

—Lo del socio sí, pero mi padre los va a ayudar a preparar el plan de negocios.

Acosta pensó unos instantes, luego continuó:

—¿Y el ayuntamiento?

—Mi padre me dijo que habían hablado con un funcionario, y que les había dicho que no había problema con la licencia, pero que antes tenían que presentar un proyecto. En eso también van a tener la ayuda de mi padre, creo.

—Parece que tu padre confía más en esos dos que en su propio hijo —se burló Acosta.

Ramiro hizo caso omiso del comentario.

—¿Qué vamos a hacer, Adrián? —preguntó, preocupado.

—Tranquilo —dijo Acosta. Su rostro no reflejaba preocupación alguna—.

Por más ayuda que reciban de tu padre, hay dos cosas muy difíciles de conseguir para ellos: el capital y el socio experimentado.

Esos son sus puntos débiles. Voy a llamar a mi contacto en el ayuntamiento, a ver si puedo sacar algo por ese lado.

Tú mantente alerta. Usa a tu informante,  necesito estar al tanto de los pasos que da el madrileño.

Por la tarde, Matías salió al jardín. Llevaba en la mano el Manual del mayordomo , y también el ejemplar de su novela, el que le había prestado a Luis.

Al parecer, la historia le había gustado mucho, ya que la había terminado en unos pocos días.

Al salir, vio a Ignacio trabajando en la terraza.

Había retirado todos los muebles y estaba limpiando y acondicionando la zona.

Matías decidió acercarse a hablar con él.

No habían cruzado más de una veintena de frases desde que lo conoció.

Al ver que se acercaba a la terraza, el guardés se incorporó y dejó lo que estaba haciendo.

—Veo que ya te pusiste manos a la obra —dijo Matías a modo de saludo.

—Sí, señor.

—¿Necesitas ayuda? ¿Podrás tener todo listo para mañana?

Ignacio dudó. No sabía cuál de las dos preguntas responder primero.

—Puedo solo, señor Matías. No se preocupe, todo estará listo al final del día.

No estaba siendo fácil entablar una conversación, pensaba Matías. El guardés lo miraba, esperando la siguiente pregunta, pero no parecía dispuesto a bajar la guardia. Matías se acercó a la parrilla, como si la estuviese inspeccionando, y siguió intentando.

—Dime, Ignacio, hace mucho que trabajas aquí, ¿verdad?

—Veintiséis años, señor.

—Toda una vida —dijo Matías—. ¿Y tienes familia?, porque tú vives solo en esta casa.

—Vivo solo, sí señor —respondió Ignacio, y su gesto se endureció más aún—. Soy divorciado y tengo un hijo, pero casi no lo veo. Es mi única familia.

—Vaya, lo siento. No era mi intención molestarte Ignacio, es solo que me interesa conocer un poco más sobre las personas que trabajan aquí, y tú y yo no habíamos conversado antes. Disculpa si he tocado algún tema sensible para ti.

El guardés suavizó su expresión.

—No se preocupe, señor. Es solo que… mi hijo… Bueno, digamos que me salió un poco torcido. No siempre va por el buen camino, ¿sabe usted?

—Entiendo —dijo Matías, lamentando haber tocado el tema—. Bueno, no te interrumpo más, ya nos veremos en la comida. —Se despidieron con un «hasta luego», y Matías volvió a entrar a la casa, mientras el guardés volvía al trabajo.

En la cocina, Fátima le iba diciendo a María lo que servirían en los desayunos y cenas previstas para el fin de semana. La asistente iba tomando notas en el cuaderno de la cocina, pero a cada momento interrumpía a su jefa.

—¡Concéntrate, niña, a ver si te olvidas de algo y la liamos a la hora de hacer la compra!

—Pero, Fátima, si estoy anotando todo lo que me estás diciendo —se defendió María—. Es que tengo mucha curiosidad. ¿Cómo serán los amigos del señor Matías? Deben de ser muy majos, ¿no crees?, así como él. Estoy segura. ¿Tú crees…?

—¡Calla y anota, chiquilla, hablas por los codos! —la interrumpió el ama de llaves—. A ver, ¿qué tienes anotado para la cena del sábado?

—Cena del sábado… A ver… Pollo al vino con patatas asadas.

—¿Solo eso? ¿Y no hay entrante  ni postre?

—¡Ay, Fátima, claro que sí! —respondió, cantarina—: ensaladilla rusa de entrante y tarta de manzana de postre. ¡Ah!, vino blanco y luego infusiones y pastas.

—Eso es. Entonces ya tenemos todo, los dos desayunos y las dos cenas.

—Sí. Qué emocionante, ¿no? ¡Como si fuera un hotel de verdad! Voy a estrenar mi uniforme nuevo. Hay que ir a tono con la ocasión, digo yo.

—Muy emocionante, sí, pero ahora mismo haces la lista de la compra según los platos, y luego vas a buscar a Luis y le avisas de las cenas, para que vaya escogiendo los vinos. Y después te vas con Sebastián al súper a comprar todo lo que haga falta. ¿Oído?

—¡Oído! —respondió María, y salió como un bólido llevando su cuaderno en la mano. Al salir, casi se lleva a Matías por delante.

—Es un torbellino, ¿no?

Fátima asintió, sonriendo.

—Uf, si lo sabré yo. Un huracán. Pero muy buena chica, aprende rápido y siempre está de buen humor.

—Qué bueno. Solo venía a saber si tienes todo lo que necesitas para la visita.

—Todo bajo control, señor. Espero que sus amigos pasen un lindo fin de semana con nosotros.

—Estoy seguro, Fátima.

Matías se sentó en uno de las sillas.

—Hay algo más de lo que quería hablar contigo. Y ya que nos hemos quedado a solas, creo que es el mejor momento.

Fátima también se sentó, mirando a su jefe con curiosidad.

—Por supuesto, señor Matías, dígame.

—Verás, se trata de Luis —empezó a hablar Matías—. Quería comentar contigo lo que hemos hablado esta mañana, en el despacho. No sé si te ha dicho algo, pero quisiera ponerte al tanto de lo principal.

Fátima negó con la cabeza.

—No me ha dicho nada, señor. Pero sí que es verdad que lo he notado menos nervioso.

—Me alegro —sonrió Matías, y puso su mano sobre la de Fátima—. Es un buen hombre, Luis, y creo que sabe en qué consiste su trabajo como mayordomo. Lo que le hace falta es adquirir práctica, y confiar más en sí mismo.

Fátima asintió, sin decir nada.

—Me gustaría que entre todos le diéramos esa oportunidad, y lo ayudásemos, sin que se dé mucha cuenta. No sé si me entiendes.

—Por supuesto, señor, y se lo agradezco mucho. ¿Qué tendríamos que hacer?

—Es muy sencillo, la verdad. Vosotros, y tú en particular, hacéis muchas cosas que Luis debería hacer. Imagino que por costumbre, o quizás porque alguna vez él lo intentó y no le salió bien. ¿Me equivoco?

Fátima sonrió.

—No, señor, no se equivoca. En parte es culpa mía. Mi carácter me puede, ¿sabe?

—Lo sé, y no debes sentirte mal por ello.

Pero, si queremos que Luis mejore su desempeño y se sienta útil, debemos dejarlo hacer su trabajo.

Si se equivoca, estaremos allí para ayudarlo, pero es él quien debe hacerse cargo de las labores de mayordomo.

Es haciendo las cosas, y metiendo la pata de vez en cuando, como aprendemos a hacerlas bien.

—Tiene usted razón, señor.

Matías se levantó, satisfecho.

—¿Cuento con tu ayuda entonces?

Fátima también se levantó. Sus ojos verdes estaban algo más húmedos de lo normal.

—Por supuesto, señor, y gracias de nuevo por lo que está haciendo por mi marido.