Otavia: La mansión y los buitres 18 #3
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—Debo marcharme, Matías. Hablaré con algunas personas en la empresa para que os ayuden con el proyecto. Ya te avisaré. Gracias por el café y el cava —le dijo, estrechando su mano.

—Gracias a ti, Fernando. Te acompaño, ya te contaremos cómo nos fue con la visita.

—¡Cuento con ello! —respondió Serrano, mientras ambos se dirigían a la puerta de la mansión.

Luis estaba sentado en la mesa del comedor pequeño, pálido y en silencio. Fátima y Paula entraron al comedor casi al mismo tiempo.

—Luis, ¡espabila, hijo! ¿Qué te ocurre?

—Madre —intervino Paula, sentándose junto a su padre—, mejor te lo explico yo. Es por la visita de los amigos de Matías.

—¿Por las visitas? —preguntó Fátima, aún sin comprender—. ¿Qué pasa con las visitas?

—Tranquila, madre, no pasa nada. Es solo que Matías le ha pedido a papá que se encargue de organizar todo, ¿lo pillas?

Fátima levantó una ceja, desconfiada.

—¿Todo? ¿Qué significa todo?

—Pues eso —le explicó su hija—: Poner a punto la casa, preparar la habitación que utilizarán, recibirlos, coordinar contigo, atender cualquier necesidad que tuvieran, ese tipo de cosas. Nada complicado.

Fátima se relajó, bajó los brazos y miró a su marido, condescendiente.

—Luis, hijo, si eso es lo que hacen los mayordomos todos los días. ¿Cuál es el problema?

—Ya, pero es que muchas de esas cosas las coordinas tú. ¿Qué tal si meto la pata? ¿Qué pensará el señor Matías?

Fátima se acercó a su marido, y le cogió las manos.

—Pues nada, Luis, no pasará nada. Tu hija y yo estaremos aquí para ayudarte. Y si algo conozco a nuestro patrón, estoy  segura de que pensará que has hecho tu mejor esfuerzo.

Durante la cena, Fernando Serrano comentaba con su hijo las novedades de la mansión. Ramiro escuchaba en silencio mientras su padre le informaba sobre los avances del proyecto de Matías y Paula. El asunto estaba yendo más rápido de lo que él había supuesto.

—Así que el proyecto va en serio.

—Muy en serio.

—Me parece una locura, y una pérdida de tiempo —dijo Ramiro, en tono despectivo.

—¿Y eso por qué?

—Me sorprende que no lo veas. ¿Cuántas veces has rechazado proyectos míos, mejores que ese, con el argumento de que no tengo experiencia en el negocio?  Esos dos no han hecho algo así en su vida, no saben nada de hoteles, y menos de proyectos de inversión. ¿Es que no te has dado cuenta?

—Si los negocios que me propusiste hubieran sido buenos, la cosa habría sido diferente, Ramiro. Esta idea es muy buena, tendrá éxito, y yo los voy a ayudar a llevarla a cabo.

Ramiro dejó la taza de café en el plato, enfadado.

—¿Tú los vas a ayudar? ¿Estás loco? Es a mí a quien deberías ayudar, no a un desconocido y a una sirvienta.

Fernando Serrano se levantó, miró a su hijo con gesto duro, y le dijo:

—Tú no necesitas que te ayude, Ramiro. Eres mi único heredero y tienes la vida asegurada.

—Ya, pero ese…

—Matías y Paula son muy buenas personas, y los voy a ayudar, te guste o no. Es más, estoy pensando invitarlos a la cena por mi cumpleaños, así que vete acostumbrando a la idea, y no menosprecies a las personas por su origen —dijo, mientras abandonaba el comedor.

—En ese caso, tal vez yo esté muy ocupado ese día, y no asista a la cena —respondió, con rabia.

Su padre se encogió de hombros y replicó, sin dejar de andar.

—Tú verás, Ramiro.

En su habitación, Ramiro repasaba los últimos acontecimientos.

Las cosas se habían torcido tanto, que no tenía idea de qué hacer.

Dos años atrás, cuando Acosta le habló del proyecto inmobiliario, pensó que era la oportunidad de demostrarle a su padre que estaba preparado, que sabía cómo llevar adelante un negocio exitoso.

El plan era muy sencillo. Solo debía convencer a su tío de vender la mansión, ya que Acosta tenía previsto todo lo demás.

El viejo testarudo se negó a vender, pero luego le diagnosticaron un cáncer terminal y ya era solo cuestión de esperar.

«Pero al estúpido de mi tío se le ocurrió dejarle la casa y todo su patrimonio a un desconocido», recordó Ramiro.

Y el madrileño había resultado tan difícil como Serrano.

Además, estaba la otra, la hija de los criados, que le metía ideas en la cabeza.

Y encima, su propio padre los pensaba ayudar con lo del maldito hotel.

«¿Qué voy a hacer ahora?», se desesperó. Acosta le había dado un adelanto de doscientos mil euros, pero el contrato que habían firmado ponía que, si la venta no se llegaba a efectuar, él tendría que devolver el triple de esa cifra.

«¡Seiscientos mil euros! —pensó Ramiro—. ¿De dónde voy a sacar tanto dinero? Ya ni siquiera tengo los doscientos mil del adelanto».

No podía pedirle el dinero a su padre, y tampoco podía disponer de una cifra como esa en la empresa.

Su padre había dispuesto un límite a los gastos que los ejecutivos podían hacer, una cifra ridícula, y él tenía el mismo trato que los demás.

Tendría que averiguar más sobre los planes y avances de Matías, tal como le había dicho Acosta.

Había que buscar la forma de impedir que ese proyecto siguiera adelante.