Otavia: La mansión y los buitres 18 #2
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—Tengo novedades —les dijo a ambas, con una enorme sonrisa en la cara—. Pedro y Susana vienen de visita. Llegan el viernes y se quedan hasta el domingo. Tenemos que organizar todo para recibirlos. Tienen muchas ganas de conocerte, Paula.

Ella sonrió, pero Fátima puso cara de no entender nada. Tal como había hecho su hija por la mañana, puso los brazos en jarra, y preguntó, mirando a Matías:

—¿Y se puede saber quiénes son Pedro y Susana?

—Tranquila, mamá —intervino Paula, al ver la expresión de susto del madrileño—: Pedro es el mejor amigo de Matías, y Susana es su novia.

—¡Ah! Pues haber empezado por ahí —refunfuñó Fátima—. Muy bien, señor, me encargaré de que todo esté preparado. Necesito saber si cenarán o comerán aquí, y qué días, para planear el menú. De lo demás yo me encargo.

Paula volvió a intervenir.

—No te preocupes, madre. Matías y yo organizaremos la agenda y te avisaremos.

—Hoy es miércoles —les recordó Fátima—. Necesito la información mañana a primera hora.

Una hora después, Fernando Serrano llegó a la mansión.

En la biblioteca, Matías y Paula lo pusieron al tanto del proyecto, y de lo que habían averiguado en el banco y en el ayuntamiento.

Matías había impreso parte de la información que el gestor le había enviado, los requisitos y los términos de referencia del plan de negocios.

También imprimió los requisitos del ayuntamiento.

Fernando los escuchó muy atento, hizo algunas preguntas y luego revisó los documentos con detenimiento.

Luis entró a la biblioteca llevando una bandeja con tres tazas de café y un plato con galletas, dejó todo sobre la mesa y se retiró.

Fernando Serrano dio un sorbo a su taza de café, antes de dar su opinión.

—La idea me parece buena —dijo, dirigiéndose a ambos.

Luego hizo un gesto con el índice de la mano derecha, como trazando un círculo que abarcase toda la casa—, y sin duda la mansión se presta perfectamente para el caso.

Habría que hacer un estudio de mercado, por supuesto, pero en principio me parece que sería un éxito.

Matías y Paula sonrieron, satisfechos. Fernando dio un nuevo sorbo  a su taza y continuó.

—En cuanto a los requisitos, no veo nada fuera de lo común, la verdad.

Es lógico que el banco quiera conocer los detalles de la propuesta, sobre todo quién es el promotor, qué garantías ofrece y cuán rentable sería el negocio.

Cualquier inversor os pedirá lo mismo. Lo del ayuntamiento es parecido, solo que orientado a garantizar que el inmueble se conserve según las reglas de protección que tiene.

Lo que toca ahora es pasar de la idea, que es lo único que tenéis en este momento, a la propuesta formal.

Nada que no se pueda hacer, si sabes cómo.

—El problema es que no sabemos cómo —intervino Matías—. No he hecho nada parecido jamás. No sabría ni por dónde empezar.

—Yo tampoco —dijo Paula—, aunque estoy segura de que podemos contratar a alguien que prepare la propuesta para nosotros, ¿cierto?

Serrano cogió una galleta, le dio un buen mordisco, y respondió.

—Por supuesto, aunque tendrán que intervenir varios especialistas.

Necesitamos gente experta en gestión hotelera, alguien que haga el estudio de mercado, otra persona que vea los aspectos económicos y financieros, un arquitecto que diseñe la adaptación y elabore el expediente que el ayuntamiento exige, alguien que haga el análisis de impacto. Todo un equipo, vamos.

Matías y Paula abrieron mucho los ojos. No estaban seguros de haber entendido el sentido de las palabras de Serrano. Este sonrió.

—Sí, he dicho necesitamos porque, si estáis ambos de acuerdo, yo os ofrezco ayudaros con el proyecto.

En la empresa tengo gente experta que prepara este tipo de propuestas con alguna frecuencia, y la verdad es que la idea de que mi antigua casa familiar se convierta en un hotel exclusivo me parece fantástica.

Además, gestionado por vosotros, con lo cual seguiría en manos de la familia. Y no os costaría nada. ¿Qué me decís?

—Claro que sí, Fernando. Muchas gracias, de verdad, no esperaba algo así. Muchas gracias de nuevo —dijo Matías, estrechando la mano de Serrano. Paula se enjugó una lágrima, y también intervino.

—Eres una gran persona, Fernando, muchas gracias.

—No tenéis nada que agradecer. Y mucho por trabajar.

Lo del plan de negocios ya no debería de ser un problema, pero todavía quedan otras cuestiones fundamentales por resolver.

La primera es conseguir un socio con experiencia hotelera, la segunda es reunir dinero porque el banco no te prestará todo lo que necesitas.

La tercera, consecuencia de la segunda, es buscar un socio inversor.

Y la última, y no menos importante, es decidir qué vas a ofrecer como garantía del préstamo.

Si vosotros os presentáis como los únicos promotores del proyecto, sin capital ni experiencia, y sin garantías, nadie lo aprobará.

Como veis, tenéis mucho por hacer. Yo solo os estoy aliviando parte de la carga.

—De una parte muy importante, Fernando. Gracias de nuevo —insistió Matías.

—Lo bueno es que tenemos tiempo —intervino Paula—. Un año completo. El año que Matías debe permanecer viviendo en la casa.

—Exacto —dijo Serrano—. Más que suficiente para desarrollar el proyecto y empezar a tocar puertas.

—Creo que esto merece un brindis —dijo Matías. Luego llamó a Luis para decirle que llevara una botella de cava y tres copas a la biblioteca. Mientras el mayordomo se ocupaba de las bebidas, Matías y Paula comentaron con Serrano sobre la inminente visita de los amigos madrileños.

—Me alegro —dijo Fernando—. Es bueno que recibas a tus amigos, que conozcan el que ahora es tu nuevo hogar, que se pongan al día. Se quedarán aquí, por supuesto.

—Por supuesto —dijo Matías—. Paula y yo vamos a preparar un pequeño programa para el fin de semana.

—Hace mucho tiempo que esta vieja casa no recibe alojados —recordó Serrano, sonriendo—. Será todo un evento.

—Exacto —coincidió Paula—, y muy divertido.

En ese momento Luis hizo su aparición, llevando una bandeja con las copas y la botella de cava. Colocó la bandeja sobre la mesa, descorchó la botella y sirvió las tres copas.

Paula levantó su copa e hizo el brindis.

—Salud, por el proyecto.

—¡Salud! —exclamaron los otros dos, chocaron sus copas y bebieron un trago. Luego Matías se volvió hacia el mayordomo, que se había quedado a un costado, como esperando indicaciones.

—Luis, aprovecho para decirte que este fin de semana nos visitarán unos amigos de Madrid. Luego te daré los detalles, para que organices todo lo necesario. Fátima ya está enterada.

Luis palideció.

—Por supuesto, señor Matías —dijo el mayordomo, no muy convencido—. Pero… ¿Qué es lo que debo organizar?

—Las actividades dentro de la casa, Luis —dijo Matías, entusiasmado—: dejarlo todo muy limpio y ordenado, preparar la bienvenida, la habitación, ese tipo de cosas.

Paula y yo haremos un pequeño programa y lo discutiremos mañana por la mañana.

Como mayordomo de la mansión, tú coordinarás a todo el personal.

—Y yo organizaré un recorrido por la ciudad —añadió Paula.

—Pero… Yo nunca he…

—Venga, Luis —dijo Serrano—, tienes muchos años trabajando de mayordomo en esta casa, y tu padre te habrá enseñado muy bien el oficio. Era muy eficiente, según recuerdo.

—No te preocupes, papá —trató Paula de tranquilizarlo—. Es solo una visita.

Luis se retiró, cabizbajo y pensativo.

—Pobre papá, está aterrado. Será mejor que vaya con él y lo anime un poco. Luego vuelvo para que preparemos el programa para tus amigos —le dijo Paula a Matías. Se despidió de Fernando Serrano y salió de la biblioteca. El empresario aprovechó para despedirse también.