Otavia: La mansión y los buitres 18
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Dos días después, Matías y Paula acudieron a la cita que el abogado les había concertado con un gestor de banca comercial. Julián Castillo los recibió en su despacho. Ambos le explicaron los principales puntos del proyecto.

—Lo que necesitamos es el financiamiento para hacer realidad todo lo que te hemos contado —dijo Matías—.

Como creo que te ha explicado Constantino, por el momento no puedo disponer de recursos económicos de mi patrimonio personal, así que él me recomendó conversar contigo para ver qué opciones de financiamiento me ofrece el banco, y bajo qué condiciones.

Castillo se reclinó en su asiento, miró a ambos y luego empezó con las preguntas.

—A ver si he entendido bien —dijo, mirando sus notas—: vosotros tenéis la idea de convertir una mansión de lujo en un hotel exclusivo, pero no contáis con el dinero para hacerlo, ¿cierto?

—Cierto —respondieron ambos al unísono.

—Vale, y ¿de cuánto dinero estamos hablando?

Matías y Paula se miraron, y luego Matías respondió.

—Pues la verdad es que aún no lo sabemos. Recién estamos dando forma a la idea.

El gestor tomó nota, y prosiguió.

—Entonces por el momento no hay un proyecto como tal, sino una idea —dijo, aunque no era una pregunta—. ¿Alguno de vosotros trabaja o tiene experiencia en el negocio hotelero?

Una vez más, Matías y Paula cruzaron miradas, y esta vez fue Paula la que respondió.

—Yo trabajo en turismo, pero no tengo experiencia en hoteles. Matías tampoco, es profesor y escritor.

—Entiendo —dijo Castillo. Volvió a hacer unas anotaciones en su libreta y luego continuó—: Nuestro banco tiene líneas de crédito disponibles para este tipo de casos, por supuesto, pero para poder estudiar una propuesta primero hay que satisfacer algunos requisitos que, por lo que me habéis dicho, aún no estáis en condiciones de cumplir.

Creo que en esta primera reunión os ayudaría mucho conocer cuáles son esos requisitos. ¿Estáis de acuerdo?

Ambos asintieron.

—Lo primero que tienes que hacer —dijo el gestor, mirando a Matías— es preparar un plan de negocios muy completo y detallado. ¿Sabes a qué me refiero?

Matías negó con la cabeza.

—Verás, se trata de un estudio en el que se describe la naturaleza del proyecto, es decir, de qué se trata y dónde tiene lugar el negocio que se piensa emprender.

Suele incluir la visión, misión, objetivos y estrategias; un análisis del sector y la competencia; la forma en que se desarrollará el proyecto y las fases hasta su finalización; un presupuesto de ingresos y egresos proyectado a cinco o diez años, y un estimado de la rentabilidad esperada; las necesidades de inversión, de capital y de financiamiento;  y algo fundamental: la presentación de los promotores.

En resumen, le dice al posible inversor cómo y en qué se invertirá su dinero, qué rendimiento obtendrá al final del proyecto y qué probabilidad de éxito tiene el negocio.

Es lo mínimo que cualquier persona o entidad desearía saber antes de decidir si invertir o no su dinero, ¿cierto?

—Pues sí —dijo—. Tienes razón. Y nosotros no tenemos todavía nada de lo que has mencionado. Solo es una idea.

Castillo observó la expresión de frustración en el rostro de Matías.

—No te equivoques. La idea es el inicio de todo buen negocio.

Ahora es el momento de darle forma, de ponerle cifras y plazos.

¡Ah!, y en tu caso hay otro requisito imprescindible.

Debes conseguir un socio con reconocida y exitosa experiencia en la gestión hotelera.

Nadie invertiría en un barco si el futuro piloto no sabe cómo navegar, ¿verdad?

Matías y Paula sonrieron. El gestor continuó.

—Una cosa más. Como se trata de un inmueble catalogado, os aconsejo que preguntéis en el ayuntamiento. Patrimonio debe aprobar el proyecto, y esa aprobación se debe incluir en el plan de negocios.

—Por supuesto —dijo Paula—, saliendo de aquí iremos al ayuntamiento.

—Muy bien. Y aunque yo represento al banco, también debo deciros que hay otras formas de conseguir financiamiento para vuestro proyecto. Podéis buscar inversores particulares, financiamiento del gobierno, y otras fuentes de recursos parecidas. Eso sí, todos os pedirán ver el plan de negocios.

Matías y Paula se despidieron del gestor, quien se comprometió a enviarles por correo electrónico todos los requisitos e información sobre el financiamiento de proyectos hoteleros en el banco. Luego se dirigieron a las oficinas del ayuntamiento.

¡Uf! —exclamó Matías mientras caminaban—, el asunto es mucho más complejo de lo que pensaba. No sé si estamos haciendo lo correcto, la verdad. Como idea lo del hotel boutique suena muy bien, pero llevarla a cabo es otra cosa.

Paula se detuvo, puso los brazos en jarra y miró a Matías, muy seria.

—A ver, Matías Aguirre —le dijo—, ¿te vas a echar atrás ante el primer obstáculo?

Matías la miró, sorprendido, pero no dijo nada.

—Porque si es así, no necesitas de mi ayuda. Lo dejamos aquí, le vendes la finca a ese agente, o a quien quieras, y todos contentos. No perdamos el tiempo si no estás dispuesto a pelear por tus objetivos.

La mirada intensa de Paula le recordó a Matías la de su madre cuando se enojaba. Ella tenía razón, no se trataba de soñar con una bonita idea, sino de lograr un objetivo. Y eso nunca era fácil.

—Perdóname, Paula —le dijo, al tiempo que la cogía del brazo—, tienes razón.

Es solo que a veces siento que no soy capaz de vencer los obstáculos.

Pero esta vez no solo se trata de mí, hay muchas personas involucradas, y creo que el esfuerzo merece la pena.

Y sin tu ayuda creo que no podría lograrlo. Además, es tu idea, ¿cierto?

Más relajada, Paula sonrió.

—Vale, pero si vuelves a reaccionar como una gallina temerosa, te juro que me marcho y me olvido del asunto para siempre.

En el ayuntamiento, un funcionario muy amable analizó las condiciones de protección del inmueble.

—En principio —les dijo— no hay inconveniente, siempre que se respeten las normas de protección.

Dentro de los usos compatibles permitidos figura, en efecto, el de hotel en régimen de edificio exclusivo.

También se permiten obras de reforma y reestructuración parcial, entre otras, siempre que la fachada se conserve.

Y, por supuesto, hay ayudas disponibles, tratándose de un inmueble catalogado.

—Qué bien —dijo Matías.

—Pero no es tan sencillo —puntualizó el funcionario—.

Para aprobar cualquier cambio de uso, cualquier intervención en el inmueble y cualquier ayuda, es necesario presentar una solicitud acompañada del proyecto técnico correspondiente.

Nuestros especialistas lo analizarán y, si todo está conforme, emitirán un informe favorable, o harán observaciones que ustedes tendrán que subsanar.

El informe favorable de Patrimonio es requisito para que les otorguen la licencia.

Si lo desean, les enviaré toda la información que necesitan para iniciar el proceso.

Matías y Paula agradecieron al funcionario, le dejaron sus datos de contacto y se marcharon.

Matías había invitado a su compañera a comer en la mansión, como disculpa por el momento de pánico y como agradecimiento por todo el apoyo, así que volvieron caminando hasta la finca.

Ya estaban cerca, cuando el móvil de Matías empezó a timbrar.

En la pantalla apareció el nombre de Fernando Serrano.

—Hola Fernando, buenos días —dijo Matías al responder la llamada.

—Hola Matías, buenos días, ¿interrumpo algo importante?

—En absoluto, Paula y yo vamos camino a casa.

—En realidad solo quería saber cómo te estaba yendo, si necesitabas ayuda en algo, en fin, saber cómo estás.

Matías no dejó pasar la oportunidad.

—Bien, muy bien la verdad. Estamos volviendo de hacer unas averiguaciones en el banco y el ayuntamiento. Es una idea que Paula ha tenido para la mansión.

—¿En serio? ¿Y de qué se trata?

—¿Por qué no te pasas por casa y te lo contamos todo con detalle? ¿Te apetece un café después de comer?

—¡Por supuesto! —dijo Serrano—. Déjame ver… Tengo una reunión justo después de comer, pero puedo pasarme por la mansión a eso de las cinco. ¿Te viene bien?

—¡Perfecto! Te esperamos —se despidió Matías.

Paula le dedicó una mirada de aprobación.

—Muy bien, señor Aguirre. Ha hecho usted una jugada precisa. Fernando nos podría ayudar y orientar.

Matías sonrió.

—Pues sí. Hasta yo estoy sorprendido de mi reacción. Ha sido instintivo.

Luego de la comida, mientras Paula y su madre se ponían al día en la cocina, Matías subió a su habitación a buscar su ordenador. Tenía la intención de trabajar en el despacho, poniendo en orden sus ideas y los datos que habían logrado recabar durante la mañana. Su móvil volvió a timbrar. Era Pedro.

—Pedro, chaval, ¿qué pasa? —lo saludó.

—¡Hola! ¿Puedes hablar?

—Sí, hombre, sí. ¿Qué novedades por Madrid?

—Pues ninguna, la verdad, todo tranquilo. Mucho calor, eso sí —dijo Pedro—. Oye, te llamo porque ya hemos comprado los billetes para Otavia. Llegamos el viernes y nos volvemos el domingo.

—¿Este viernes? ¿En serio? ¡Fantástico! —exclamó Matías—. Os quedáis aquí, por supuesto. Tendremos todo listo para recibiros. Mándame los datos, le diré a Sebastián que os vaya a buscar. Supongo que venís en avión o en tren.

—Vamos en avión. Menos lío, ya sabes. En seguida te envío el dato. Oye, que vamos a visitarte, ¿eh?, no a complicarte los planes. No es necesario que prepares nada. La idea es conversar, ponernos al tanto, tomarnos unas cervezas, y conocer a tu nueva amiga, por supuesto.

—Claro, claro. Me lo imagino. Pero de todos modos pensaremos en algo para el fin de semana. Será divertido.

—Vale, pues hasta el viernes entonces. Saludos de Susana.

—Igual. Hasta el viernes —se despidió Matías, y colgó. Luego bajó y se dirigió a la cocina, donde Paula y Fátima aún seguían conversando.