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Matías dedicó el fin de semana a la lectura.
La biblioteca de la mansión disponía de una buena cantidad de libros y guías turísticas de la ciudad, que ahora le interesaba mucho revisar.
El lunes por la mañana, como estaba previsto, Sebastián lo llevó al despacho de Esparza.
Al bajar del coche, se encontró con Paula, que esperaba en el portal del edificio.
Ambos entraron juntos y la recepcionista los condujo a la sala de reuniones.
Unos instantes después apareció el abogado, amable y cordial como siempre.
Matías informó a Esparza de las ofertas de compra de la mansión que había recibido de Ramiro Serrano-Meier y Adrián Acosta, y de sus sospechas sobre un acuerdo previo entre ambos.
Luego él y Paula le hablaron sobre su idea del hotel.
Esparza escuchó muy atento, sin decir ni preguntar nada.
De rato en rato hacía alguna anotación en un cuaderno.
Terminado el relato, Matías llegó al meollo de la cuestión.
—Como es obvio, sería necesario hacer reformas al interior de la finca para adaptarla a su nuevo uso, y disponer también de un cierto capital para empezar a gestionar el negocio —dijo—.
Me gustaría saber qué opinas de la idea, Constantino; si es posible de acuerdo a los términos del testamento, y si podría invertir parte del patrimonio, a través tuyo, por supuesto.
Esparza se tomó un tiempo antes de responder. Revisó sus anotaciones y luego dijo:
—Antes de daros mi opinión me gustaría confirmar lo que a la luz de los acontecimientos me parece obvio. Entiendo que has decidido aceptar tanto el patrimonio como la mansión. ¿Es correcto?
—Sí, es correcto —confirmó Matías.
—Excelente —dijo Esparza—. Muy oportuna además la decisión, porque ayer nos informaron de la protocolización del testamento.
Hoy mismo vamos a solicitar a los legatarios que se acerquen a firmar los documentos para proceder con la ejecución.
Vosotros podéis firmarlos hoy mismo, si queréis, aprovechando que estáis aquí.
Matías y Paula asintieron. Esparza continuó.
—Muy bien. Pasemos entonces al asunto de fondo.
La idea me parece muy buena, pero hay algunos inconvenientes.
En primer lugar, de acuerdo a las condiciones del legado, la mansión será tuya siempre que vivas en ella al menos un año, y durante ese período de tiempo no puedes disponer de ella para nada.
Eso quiere decir que deberás esperar que transcurra el año para llevar a cabo cualquier operación.
¿Lo tienes claro, verdad? —dijo, mirando a Matías.
—Lo tengo claro. Pero había pensado que durante ese tiempo podemos darle forma al proyecto. Además, me gustaría hacer algún curso de formación relacionado con el negocio. Estoy desempleado y me voy a quedar a vivir aquí, así que creo que es una buena forma de aprovechar mi tiempo.
—Bien pensado —dijo Esparza—. Pasemos al asunto del dinero.
Como sabes, mi despacho está a cargo de la administración de tu patrimonio, y lo seguirá estando durante los siguientes cinco años.
Luego de ese plazo, tú recibirás de manera efectiva el patrimonio, y podrás disponer del mismo, sin limitaciones.
»La idea del fideicomiso es preservar el patrimonio —continuó—, por lo que las inversiones que se llevan a cabo son de riesgo medio o bajo.
No podemos, como administradores, invertir en un negocio que, aunque parece bueno, podría fracasar.
No sé si lo sabes, pero en España el 80% de los nuevos negocios fracasa a los tres años.
Lo siento de verdad, pero no es posible disponer de recursos del fideicomiso para el proyecto del hotel.
Matías y Paula intercambiaron una mirada de decepción confirmada.
—Lo suponía —dijo Matías—, pero me pareció que era mejor preguntártelo.
—Sin embargo —continuó el abogado—, podrías preparar el proyecto y luego buscar financiamiento.
No soy un experto en el tema, pero sé que existen líneas de crédito y ayudas especiales para proyectos que buscan poner en valor edificios emblemáticos, y la mansión lo es.
No la habrían catalogado si no lo fuese.
Eso sí, igual tendrías que esperar que se cumpla el año viviendo en la casa para proceder.
No puedes ni siquiera ofrecerla en garantía, ¿me entiendes?
—Sí, me ha quedado claro —dijo Matías. Paula intervino entonces.
—Constantino, yo también he oído algo sobre ayudas a los propietarios que ponen en valor casonas y palacetes. Eso podríamos averiguarlo en el ayuntamiento, ¿cierto?
—En el ayuntamiento, en el gobierno de la comunidad, en los ministerios relacionados con el tema.
Tendríais que hacer una búsqueda en todos, a ver cual ofrece los mejores incentivos —dijo Esparza—.
También es necesario presentar el proyecto al despacho de patrimonio del Ayuntamiento de Otavia, por supuesto.
Ellos lo estudiarán y darán su aprobación si todo está en orden.
—¡Uf! —dijo Matías—. Son muchas gestiones que hacer.
—Y muchos obstáculos que superar —apuntó Paula—. Pero merece la pena.
Esparza los observó, divertido. Parecían realmente decididos a emprender la aventura. Y él estaba más que dispuesto a colaborar.
—Matías, si te parece, puedo hablar con nuestro gestor en el banco y pedirle una cita para hablar del proyecto. Sería una buena oportunidad para que se conozcan, ya que vas a pasar a ser uno de sus buenos clientes.
—Por supuesto, me parece perfecto. Te agradezco tu apoyo.
—Siento no poder ayudarte en lo del dinero, pero haré lo que esté en mis manos para facilitarte un poco las cosas. Y ahora, si os parece, pediré que os traigan los documentos de aceptación de los legados para que los firméis —dijo el abogado.
De regreso a la mansión, Matías pensaba en lo que habían conversado con Esparza, mientras Sebastián conducía. De pronto, su móvil empezó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de Adrián Acosta.
—Dígame —respondió Matías, activando el altavoz y dejando el móvil sobre el asiento.
—Buenos días, señor Aguirre, le habla Adrián Acosta. Espero no interrumpir nada importante.
—No se preocupe —contestó, parco—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Le tengo buenas noticias sobre el proyecto del que le hablé el otro día.
—¿En serio?
—Tan en serio como que hemos analizado alternativas y estamos dispuestos a mejorar nuestra oferta. Me gustaría volver a conversar con usted sobre la propuesta. Si le parece, podríamos …
—Disculpe, señor Acosta —lo interrumpió—, pero como le dije antes, no me interesa. No pienso vender nada, tengo otros planes para la finca y venderla no está en ninguno de ellos.
—Cinco millones de euros, señor Aguirre. Eso es lo que le ofrezco por la finca. Es ahora o nunca.
—Pues va a ser que nunca, señor Acosta. Le ruego que no me vuelva a llamar. Salvo que todavía esté interesado en la colección de armas antiguas, aunque en ese caso mejor llame a su amigo Ramiro, que la ha heredado —dijo, irónico, y finalizó la llamada.
El chófer, que había escuchado toda la conversación, esbozó una sonrisa.
Unos minutos después, el agente inmobiliario entraba al despacho de Ramiro Serrano-Meier, muy enfadado. No se sentó, iba de un extremo de la estancia al otro, refunfuñando.
—Me ha largado el muy imbécil. Ah, y ya sabe que estuve contigo en la mansión para ver la colección de armas antiguas. Este proyecto se está yendo a la mierda, Ramiro. ¡Y todo por tu culpa!
Ramiro enrojeció, y se levantó de su asiento.
—Cuidado con lo que dices, Acosta —le dijo, señalándolo con el dedo—. Te olvidas de con quién estás hablando. Yo no tengo la culpa de nada. Todo es culpa del idiota de mi tío, y de la hija de los criados, que le ha metido en la cabeza la tontería esa del hotel boutique .
Acosta se paró en seco, clavó su mirada en Ramiro, y le dijo en voz muy pausada y baja:
—Más te vale cambiar de actitud, Ramiro. No te olvides del contrato que has firmado. Si el proyecto se cancela, nos tienes que devolver el adelanto más la penalidad. Más respeto.
El rostro de Ramiro pasó del rojo encendido al pálido cadavérico en un segundo.
—No… puedes…
—Puedo, y lo haré si no logramos comprar la finca. Yo soy un hombre de negocios, no se te olvide. Y supuse que tú también lo eras, aunque por lo visto todavía te falta mucho para estar a la altura.
Ramiro iba a contestar, pero Acosta se dirigió a la puerta, la abrió y, antes de salir, le ordenó:
—En vez de hacer numeritos, mejor averigua en qué andan esos dos, qué trámites están haciendo, con quién han hablado. No creo que tengan el dinero suficiente para su hotel, y me parece que tampoco tienen experiencia. Hay que encontrar los puntos débiles, ¿entiendes? Avísame cuando tengas algo.