Otavia: La mansión y los buitres 16 #2
58%

16 #2

—Con tu patrimonio —corrigió Paula—. Es verdad, pero podrías planteárselo, a ver qué dice.

O podrías pedir un préstamo al banco, o buscar un socio, o ambas cosas.

Como ya te he dicho, lo único importante es saber si te gusta la idea, si te hace sentir bien.

Lo demás se puede solucionar. Siempre se puede.

Matías le dedicó una mirada cargada de admiración.

Paula era entusiasmo y energía pura, sin perder la objetividad.

Le recordaba a su madre, siempre positiva y dispuesta a llevarse el mundo por delante con tal de lograr sus metas.

«Yo no tengo sueños en la vida, solo tengo objetivos», pensó, recordando una de las frases que su madre repetía con frecuencia.

Levantó entonces su copa, Paula hizo lo mismo y ambos volvieron a brindar.

—Por ti, por tu apoyo y por la extraordinaria idea que has tenido —dijo Matías.

—Por nuestro proyecto —respondió Paula, chocando su copa con la de Matías—, por el nuevo hotel boutique de Otavia.

Matías invitó a Paula a comer en la mansión.

Durante la comida, en el comedor pequeño, ambos comentaron con los demás los eventos de la mañana, incluyendo la visita a Casa Otavia y la idea de Paula.

Como siempre, Sebastián e Ignacio permanecieron callados, pero Luis, Fátima y María reaccionaron con alegría.

La idea les pareció genial, sobre todo por la perspectiva de continuar viviendo y trabajando en la mansión, a las órdenes de Matías.

Terminada la comida y la sobremesa, Paula se marchó a su casa y Matías subió a su habitación y llamó al abogado. Luego decidió poner al tanto de las novedades a Pedro. Abrió el ordenador portátil e inició la videollamada. Al instante, el rostro de su amigo apareció en pantalla.

—¡Hombre, Matías, ya era hora! —dijo Pedro a manera de saludo—. ¿Cómo andan las cosas por el norte?

—Hola, Pedro. Movidas, las cosas andan algo movidas.

—¡Cuenta!

Matías se reclinó en la silla, y empezó a relatar los acontecimientos que habían ocurrido en los últimos días, incluyendo la visita de Acosta y la idea de Paula sobre convertir la mansión en un hotel exclusivo.

Susana, que estaba dando vueltas alrededor de Pedro, se sentó también a escuchar las novedades.

—Oye, tremenda sabandija había resultado el sobrino Ramiro, ¿no? —dijo Susana.

—Ya te digo —dijo Matías—. Al parecer ha habido algún tipo de arreglo entre él y Acosta. Tal vez le pensaba pagar una comisión, o algo así. Solo estaban esperando que don Armando falleciera, y que Ramiro y su padre heredaran todo, para cerrar el trato.

—Como los buitres —intervino Pedro.

—Eso mismo. Pero aparecí yo y les malogré el plan. Ahora intentan que venda la casa, para poder seguir adelante con el negocio.

—Ni se imaginan que ya tienes un mejor plan para la finca —dijo Susana—. Cuando se enteren va a arder Troya.

Matías sonrió.

—Más bien va a arder Ramiro, yo creo. Cada vez que algo le sale mal, se enciende como una antorcha. Tendríais que ver cómo le cambia el rostro. Es muy divertido.

—Oye, qué buena idea la del hotel exclusivo —dijo Pedro—. ¿Qué vas a hacer al respecto?

—Por el momento, he quedado con el abogado para discutir el proyecto. Nos reuniremos en su despacho el lunes por la mañana. Le pediré a Paula que me acompañe, ya que ha sido idea suya y además ella sabe mucho sobre turismo y hotelería.

Susana intervino, curiosa.

—Te llevas muy bien con ella, ¿no?

—La verdad es que sí, hemos congeniado bastante. Es muy sencilla, práctica, dinámica. Siempre está de buen humor y dispuesta a ayudarme. A veces tiene cosas que me recuerdan a mi madre.

—Ajá —dijeron Pedro y Susana al unísono.

Matías se apresuró a aclarar el asunto.

—No es lo que estáis pensando. Solo la veo como una amiga, que me está ayudando porque es muy buena persona, y además le tiene un cariño muy especial a la mansión. Nada más.

—Por supuesto, claro —dijo Pedro, entre risas—. Oye, que nadie ha dicho lo contrario. ¿Verdad, Susana?

—Solo amigos. Me ha quedado muy claro —coincidió ella, también sonriendo—. Oye, Matías, que tal vez te hacemos una visita de fin de semana. No nos importaría pasar un par de días conociendo Otavia. Y de paso, conocemos a Paula.

—Cuando queráis, mal pensados. Aquí hay habitaciones de sobra, tendríais chófer a vuestra disposición, recorrido gratuito por la ciudad, etcétera, así que me avisáis y lo organizamos —dijo Matías—.

Incluso sería una buena oportunidad para estrenar el comedor principal. Hasta ahora no lo he utilizado.

—Hecho. Ya te avisamos. Tal vez el próximo fin de semana —dijo Pedro.

—Un abrazo para ambos —se despidió Matías, y finalizó la videollamada.

Esa misma noche, dos personas hablaban por teléfono.

—¿Estás seguro de que has oído bien? —dijo uno de ellos, alterado.

—Sí, señor. Un hotel exclusivo. «Butic», creo que dijeron —respondió el otro.

—¡Qué disparate! —gruñó el primero—. ¿Y qué más?

—Eh… Solo eso, señor. ¡Ah!, creo que va a hablar con el abogado Esparza para pedirle el dinero para montar el hotel.

—¿En serio? Muy bien. Mantente alerta y trata de averiguar todo lo que puedas. Y mucho cuidado con que te descubran. Ya sabes lo que te puede pasar si no haces las cosas como te he ordenado.

—Sí, señor —contestó el otro, entre sumiso y molesto.