Otavia: La mansión y los buitres 16
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El centro de Otavia estaba lleno de gente esa mañana de verano.

Además de los otavianos que hacían sus gestiones o sus compras, había una gran cantidad de turistas paseando por las calles y plazas, muchos de ellos organizados en grupos conducidos por guías turísticos que portaban vistosos y coloridos paraguas.

Lo más concurrido era el centro histórico, en el que se encontraban los edificios y monumentos más antiguos de la ciudad.

Paula fue mostrando y explicando a Matías, que miraba sorprendido hacia un lado y a otro, los principales lugares de interés.

El casco viejo de la ciudad era toda una joya de la arquitectura medieval.

—Eres una magnífica guía turística —le dijo Matías, mientras se dirigían hacia el centro moderno de la ciudad.

—Pues sí, no te lo voy a negar. Ya sabes que hice este trabajo mientras estudiaba, así que se me da bien, y me divierte mucho. Veo que te ha gustado el centro histórico.

—Mucho, la verdad. No es que conozca muchas ciudades; solo he visitado unas cuantas aparte de Madrid, pero ésta me gusta cada día más, y su casco viejo es precioso. Muy bonito.

Paula sonrió, satisfecha. Era importante que Matías empezara a desarrollar vínculos emocionales con Otavia, que se sintiera atraído por la ciudad, si quería que su idea tuviese éxito.

De regreso en el centro moderno, recorrieron unas cuantas calles hasta llegar a la Plaza del Reloj. En una de las esquinas se elevaba un bello edificio clásico estilo francés. Paula se detuvo para mostrárselo.

—Mira, en la segunda y tercera planta de ese palacete hay un hotel. ¿Ves el nombre?

Matías observó el edificio. En la segunda planta, en efecto, había un letrero con letras doradas que ponía «Hotel Plaza».

—Lo veo. Pero… ¿Ocupa solo dos plantas?

—Sí, es muy pequeño. Creo que tienen solo 10 habitaciones y siempre está al completo Es un hotel boutique , muy elegante ¿lo pillas?

—Pues no —dijo Matías, encogiendo los hombros—, no he estado nunca en un hotel boutique . Creo que son hoteles que tienen una boutique dentro, donde venden recuerdos o cosas caras, ¿cierto?

Paula negó con la cabeza, sonriendo.

—Falso. No tiene relación con tiendas ni con nada parecido. Mucha gente se confunde porque asociamos el término boutique con tiendas de moda o de artículos exclusivos, pero en este caso es diferente.

—¡Ah, vaya! —dijo Matías, algo avergonzado—. ¿Y entonces, de qué se trata?

—Es muy simple. Se trata de hoteles pequeños, elegantes y muy exclusivos.

Suelen tener pocas habitaciones, lo que les permite atender a sus huéspedes de forma personalizada.

La idea es que se sientan como en casa. Cuidan mucho la intimidad de los clientes, les ofrecen servicios que los hoteles convencionales no suelen ofrecer, algunos hasta cuentan con mayordomos asignados a las habitaciones.

—¡Guau! —dijo Matías, sorprendido—. Como en algunos cruceros de lujo. Tampoco he estado nunca en uno, ¿eh? Lo he visto por la tele.

—Pues eso, un servicio exclusivo. Esa es la idea. Un hotel de lujo, en miniatura —dijo, mirando a Matías mientras sonreía, pícara—. Lo dijiste ayer, ¿recuerdas?

Matías también sonrió.

—Sí, claro. Lo dije porque la mansión lo parece. ¿Esa es la idea de la que me querías hablar?

—Sí, pero antes me gustaría mostrarte un hotel boutique por dentro. ¿Te apetece?

—Vale —dijo Matías, entusiasmado—. ¿Conoces a alguien en este de aquí?

—En este no, pero he quedado con un amigo que administra otro del mismo estilo, muy cerca de la casa de Fernando. Nos está esperando para mostrarnos el hotel y explicarnos cómo trabajan.

Quince minutos después, Paula y Matías llegaban al hotel Casa Otavia, ubicado en una calle peatonal, muy cerca del bulevar.

Como en el hotel de la plaza, este se encontraba en un palacete de estilo clásico.

El ingreso era independiente del portal del edificio, y ocupaba parte de la planta baja y las primeras dos plantas. En la recepción los esperaba Francisco.

—Hola, bienvenidos a Casa Otavia —dijo—. Saludó a Paula con dos besos y estrechó la mano de Matías con cordialidad.

—Matías, Francisco y yo fuimos juntos a la universidad —dijo Paula—. Ayer le comenté que tenías mucho interés en conocer un hotel boutique , así que me ha hecho el favor de prepararnos un pequeño recorrido. Es el administrador del hotel.

—Te lo agradezco de veras —dijo Matías, mirando a Francisco—. Es que he oído tantas veces el término que tenía muchas ganas de visitar uno.

—Por supuesto —respondió Francisco—, faltaba más. Siempre es muy grato para mi enseñar a los visitantes nuestro precioso hotel, y siendo amigo de Paula, pues más aún.

A diferencia del exterior, el interior del hotel era moderno, elegante, pero sobrio.

Las paredes estaban adornadas con cuadros de estilos diversos que Matías no supo identificar, aunque al lado de cada uno había un pequeño letrero con el título y el autor, como en los museos.

En la primera planta se encontraban la recepción; el salón, con amplios sillones y una gran chimenea; el comedor, con varias mesas para seis personas cada una, muy elegante, y con una pequeña zona elevada donde en ese momento un joven interpretaba una melodía sentado al piano; el bar inglés, pequeño y acogedor; y otras áreas de servicio y administrativas.

Paula comentó el hecho de que en el comedor solo hubiera una mesa ocupada, mientras que en el bar sí había más gente.

—Es por la hora —dijo Francisco—, es temprano aún y algunos huéspedes se encuentran recorriendo la ciudad o descansando en sus habitaciones.

Y tenemos huéspedes que prefieren comer en su habitación, así que el mayordomo les sirve la comida ahí mismo.

Las personas que veis ahora en el bar no son huéspedes, sino gente del centro, a quienes les encanta venir aquí a tomarse unos tragos.

Tanto el restaurante como el bar son abiertos al público, previa reserva.

Las dos plantas superiores daban cabida a diez habitaciones, cinco en cada planta.

Cada habitación tenía un nombre y una decoración particular.

Siguiendo el estilo de la planta baja, las habitaciones eran elegantes y  lujosas, pero modernas.

Contaban con una terraza con vistas a la ciudad, escritorio, un pequeño salón, baño con todas las comodidades y amplios armarios.

«Un hotel de lujo, pero en miniatura», pensó Matías mientras recorría la única habitación libre esa mañana.

Francisco les explicó que el hotel estaba orientado a turistas y visitantes de alto poder adquisitivo, que deseaban un lugar pequeño y discreto donde pudiesen alojarse con tranquilidad e intimidad, pero con el mejor servicio posible.

Por ello, estaban dispuestos a pagar los altos precios que el establecimiento cobraba.

—Nos visitan empresarios, escritores, cantantes, actores, personas así —explicó Francisco—. Hace unos meses vino una famosa actriz americana, estuvo en la ciudad cuatro días, y nadie se dio cuenta. Si no hubiera salido luego la noticia en la prensa, la gente no se habría enterado.

»Nuestro negocio es ofrecer comodidad, lujo, atención personalizada, privacidad  e intimidad —dijo Francisco, dando término a la visita—. Espero que os haya gustado el pequeño recorrido, y que lo comentéis si conocierais a alguien interesado en quedarse unos días en Casa Otavia.

Paula y Matías le dieron las gracias, se despidieron y se marcharon. Paula propuso cerrar el tour con una copa de vino en su bar favorito del centro de la ciudad.

El bar estaba lleno de gente, pero Paula había avisado antes al dueño, así que un camarero los ubicó en una pequeña mesa al fondo del salón. Ambos pidieron una copa de vino y el camarero les puso unas tapas de cortesía.

—Bueno, ¿qué opinas, te atrae la idea de convertir la mansión en algo así? —dijo Paula, levantando su copa para brindar.

Matías respondió al brindis, bebió un sorbo de vino, y respondió.

—Ha sido revelador, y muy interesante —dijo, entusiasmado—.

No tenía ni idea de cómo era este tipo de hotel, la verdad.

Creo que es la mejor alternativa para conservar la mansión, y que genere ingresos al mismo tiempo.

Pero no sé si yo podría hacerme cargo de un negocio tan especializado como ese.

No sé nada de gestión, ni de hoteles, ni de negocios.

Paula bebió otro trago de su copa, mientras meditaba su respuesta.

—Matías, lo importante es que la idea te guste, que te sientas cómodo imaginándote como alguien que comparte su preciosa casa con otras personas, quienes además le pagan mucho dinero por ello.

Es cuestión de tener vocación de servicio, de atención al huésped.

En las empresas y negocios en general, los conocimientos se adquieren, o se contratan.

—Pues sí, es verdad. Y además, estoy pensando que tal vez podría conservar a todo el personal que ahora depende de mí. Un hotel de ese tipo necesita una gobernanta, uno o más mayordomos, chófer, personal de cocina, jardinería, etcétera.

Paula sonrió. Veía en la mirada de su compañero un brillo que no había observado antes.

—Pues es verdad, no lo había pensado. Ellos conocen la casa mejor que nadie. Podrían complementarse con personal cualificado, del sector hotelero, pero ya llevan mucho camino recorrido y lo harían muy bien. Estoy segura.

Matías guardó silencio, y en su rostro apareció una sombra de duda. Paula se dio cuenta.

—Algo te preocupa, ¿no?

—Es que sigo viendo obstáculos que no se cómo podría superar.

Por ejemplo, la inversión necesaria. Debe de costar una fortuna convertir la mansión en un hotel exclusivo, y yo no tengo dinero.

Bueno, al menos hasta dentro de cinco años.

Es mucho tiempo, y nadie sabe qué puede ocurrir mientras tanto.

Tal vez podría convencer a Esparza para invertir en el proyecto, pero no sé si aceptará.

Es muy cuidadoso con el patrimonio de don Armando.