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Paula y Matías se encontraron esa misma tarde en El Rellano para tomar un café y hablar sobre la visita del agente inmobiliario. Matías le había adelantado por teléfono los datos de Acosta, y ella le había ofrecido investigar un poco sobre la empresa inmobiliaria.
—Es una de las inmobiliarias más grandes de Otavia —empezó diciendo Paula—. Además de la gestión de compra, venta y alquiler de viviendas, gestionan pisos turísticos y realizan inversiones en sectores relacionados.
—¿Qué tipo de inversiones?
—Compran o construyen edificios que luego convierten en viviendas turísticas, gestionan residencias universitarias, incluso han adquirido un estudio de arquitectos que diseña y reforma viviendas —respondió Paula.
Dio un sorbo a su taza de café y continuó—: Todos sus negocios están relacionados de alguna forma.
¡Ah!, también cuentan con un equipo de abogados especializados en el sector.
—Ya veo.
—Pero eso no es todo. Lo interesante es quién está detrás de Inmobiliaria Acosta. Eso es lo que he estado averiguando antes de venir.
Matías terminó su café y se acomodó mejor en la silla, interesado.
—Sorpréndeme —la invitó.
Como el estudiante universitario que ha hecho los deberes, Paula se dispuso a exponer:
—Verás: Inmobiliaria Acosta en realidad es propiedad de una empresa mucho más grande, con sede en Madrid: DRAMA Capital Management, o DCM como la conocen en el mercado financiero.
—¿Financiero?
—Financiero —ratificó Paula—. Es un conocido fondo buitre. ¿Sabes de qué hablo?
Matías negó con la cabeza.
—Me suena lo de fondo buitre, pero en realidad no estoy muy enterado.
—Pues es muy sencillo. Un fondo buitre es un fondo de capital de riesgo, de muy alto riesgo en realidad.
Compran deudas de empresas a punto de quebrar, por un pequeño porcentaje de su valor.
Luego, un equipo de abogados expertos se encarga de cobrar las deudas, exigiendo el pago del cien por ciento del valor.
—Pero ¿qué ocurre si no consiguen cobrar la deuda? Perderían todo ¿no? —dijo Matías, todavía sin entender el modelo de negocio.
—Pues sí, pero como compran mucho y muy barato, a la larga terminan ganando una fortuna.
Unas pocas deudas que no consigan cobrar no significan nada frente a la gran mayoría que sí que cobran.
Además, como compran a un valor muy inferior al real, ni siquiera necesitan recuperar todo.
Imagínate que alguien compra un piso con un crédito hipotecario de, digamos, cien mil euros.
Luego de un tiempo ya no puede seguir pagando las cuotas, y le falta pagar noventa mil euros al banco.
Entonces este, por la razón que sea, vende la deuda a un fondo buitre, por nueve mil euros.
Matías abrió mucho los ojos.
—¡Nueve mil euros! Pero la deuda es noventa mil.
Paula asintió, sonriendo.
—Ahí está el negocio. Una vez dueño de la deuda, el fondo buitre empieza a presionar al propietario del piso, exigiéndole los noventa mil euros.
Ante la presión, el deudor se aviene a negociar y paga, por ejemplo, sesenta mil euros.
El fondo buitre invirtió nueve mil y obtuvo sesenta mil. Negocio redondo.
—Impresionante.
—Mucho. Y si no paga, lo echan por la vía judicial, y se quedan con el piso. Mejor negocio todavía.
—De modo que quien quiere comprarme la mansión es esta empresa DCM, un fondo buitre.
—Eso mismo. Tiene sentido, ya que construir y gestionar un bloque de pisos turísticos en el corazón de la ciudad entra dentro de su cartera de negocios. Otavia es una ciudad muy turística, el sector está en auge.
—Ya, pero se trata de un bien catalogado. En teoría no se puede dividir la parcela —observó Matías.
—Bueno, para eso están los abogados expertos, ¿lo pillas?
Ellos hacen que lo imposible sea posible, aunque no suena muy ético.
Si el ayuntamiento lo aprueba, entonces es legal.
Como te dijo Acosta, este tipo de convenios ya se ha hecho antes en Otavia, y en otras ciudades de España.
Son muy pocas las casonas de principios del siglo veinte que permanecen en manos privadas. Es una pena, la verdad.
Matías se quedó en silencio, pensando en lo que Paula le había explicado. Luego hizo una seña al camarero, pidió otros dos cafés, y dijo:
—La verdad es que otro, en mi lugar, vendería. La casa es demasiado grande para que una familia normal viva en ella, y mantenerla en buen estado cuesta una fortuna. Parece un hotel, pero en miniatura. Como dice Acosta, dudo que reciba otra oferta como la suya.
—¿Pero? —dijo Paula, notando la expresión de duda en la cara de Matías.
—Es que no me apetece venderla. Me sabe mal, ¿entiendes?
Es un legado de alguien a quien recién he empezado a conocer, que estuvo muy relacionado con mi madre, y que por lo visto ha estado al tanto de mi vida sin que yo lo supiera.
Armando Serrano quería que yo conservara la mansión; significaba mucho para él, lo decía en su carta, y siento que se lo debo.
Él ha hecho algunas cosas por mí, y conservar su casa es algo que yo podría hacer por él.
Sería lo justo. Además, todo este asunto ha estado lleno de mentiras desde el principio.
Ramiro estaba de acuerdo con Acosta, y ambos me han mentido.
Como te comenté, Acosta se hizo pasar por coleccionista de armas antiguas cuando visitó la mansión el año pasado.
Ahora entiendo por qué hoy ni siquiera se interesó en conocer la finca por la que está ofreciendo tanto dinero: ya la conoce.
Paula lo escuchó con atención, y luego se quedó pensativa unos segundos.
—¿Tienes planes para mañana? —preguntó de pronto.
—Pues… no —dijo Matías, sorprendido por el cambio de tema.
—Vale. Te propongo hacer el recorrido turístico por el centro. Te lo había ofrecido, ¿recuerdas?
—Claro, me encantaría —dijo Matías.
Paula sonrió, su mirada parecía nuevamente la del estudiante aplicado que acaba de descubrir algo importante.
—Es que he tenido una idea para la mansión, pero necesito enseñarte algunos lugares del centro. Para explicarte mejor la idea, ¿entiendes?
—Ah, vale —sonrió Matías—. Pues nada, quedamos para mañana entonces.
De vuelta en su casa, Paula buscó información en su ordenador portátil, y luego llamó a un antiguo compañero de estudio de la universidad.
—Francisco, soy Paula Alonso, ¿cómo estás?
—¡Paula! Cuánto tiempo sin saber de ti. ¿Está todo bien? —respondió Francisco, alegre y cordial como siempre.
—Todo bien, chico. Te llamo porque necesito un pequeño favor.
—Si está en mis manos, lo que quieras. Dime.