Otavia: La mansión y los buitres 14
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Luis recibió al visitante y lo guió hasta el despacho.

Su rostro rubicundo y barbudo le resultaba familiar, pero no recordaba la razón.

Matías lo saludó con un apretón de manos y lo invitó a sentarse frente al escritorio.

Adrián Acosta sonreía. Parecía una de esas personas que van felices por la vida, que tienen éxito y disfrutan su trabajo.

Le entregó una tarjeta de visita a Matías, y se sentó.

—Gracias por recibirme, señor Aguirre —dijo Acosta, muy cordial. Hizo una pausa, miró alrededor del despacho y luego comentó—: Vaya que es preciosa la casa. Había visto algunas fotos antiguas, pero la realidad supera las imágenes.

—Es preciosa, sí —coincidió Matías, y esperó que Acosta continuara.

El agente sacó un plano de su maletín, lo desdobló y empezó su explicación.

—Iré al grano. Mi empresa ha desarrollado un proyecto inmobiliario en parte del solar.

Como puede ver, el proyecto consiste en levantar un edificio de viviendas en lo que ahora es el jardín.

Tendría frente hacia ambas calles. Para ello, se dividiría la parcela en dos.

La casa quedaría independiente, con una parte del jardín.

El edificio se construiría en la otra parte, que sería de unos dos mil metros cuadrados.

Es decir, dos tercios de la actual finca.

Matías observó y escuchó, pero no entendió.

—Disculpe, pero no comprendo. ¿Su proyecto consiste en dividir la finca en dos y construir un edificio en una de las dos partes? Es imposible, es un inmueble catalogado. No se puede.

Acosta sonrió condescendiente, y le explicó.

—Todo se puede, señor Aguirre. Es solo cuestión de hacer las propuestas correctas a las personas correctas.

La operación que propongo es muy sencilla: donamos la mansión al ayuntamiento, y a cambio ellos autorizan la partición y liberan suelo edificable, que en el centro de Otavia es muy escaso. ¿Comprende?

Matías entendió, y frunció el ceño. No le estaba gustando nada el tono de Acosta.

—Y esto ya lo ha confirmado con el ayuntamiento, supongo.

—Por supuesto. No desarrollamos un proyecto como este sin haber verificado antes su viabilidad. Somos una empresa muy seria, señor Aguirre.

—Ya. Pero ustedes no pueden donar la mansión, porque es mía. ¿Qué es lo que tiene pensado?

—Muy sencillo: usted nos vende la finca, y nosotros nos encargamos del resto —dijo Acosta, y le entregó a Matías un documento—.

Esta es nuestra oferta. Son cuatro millones de euros.

La mansión no vale tanto, pero a nosotros solo nos interesa el suelo, qué sí que vale, sobre todo en esta zona de la ciudad.

—Ya veo —dijo Matías, sin detenerse mucho en mirar el documento. Ya había decidido que no quería hacer ningún trato con el agente inmobiliario. Pedro estaba en lo cierto: demasiada casualidad.

—Por supuesto, firmaremos un contrato de arras, como habrá leído en la oferta.

Usted recibirá el diez por ciento del valor total al firmarlo, y nosotros nos comprometemos a comprar la finca en el plazo de un año.

Si no cumplimos, usted se queda con el dinero.

Si usted no cumple, nos devuelve el doble de dicha cantidad. Es lo usual. ¿Qué me dice?

Matías dejó el documento sobre el escritorio.

—Veo que lo tiene todo previsto, señor Acosta.

—Es mi trabajo, señor Aguirre, y procuro hacerlo bien, sin dejar cabos sueltos.

—Como debe ser —dijo Matías—. Seré sincero con usted, señor Acosta. No quisiera hacerle perder el tiempo con falsas expectativas. La oferta es muy tentadora, pero por el momento no tengo pensado vender la mansión. Me  gusta mucho ¿sabe?, y me siento muy cómodo viviendo en ella. Lo siento.

Acosta sonrió, aunque su lenguaje corporal expresaba otra cosa. Guardó el plano en su maletín, mientras pensaba cómo terminar la conversación, y dijo:

—Le ruego que lo piense, señor Aguirre. Es un excelente proyecto, que amplía la oferta de viviendas de alquiler en Otavia, garantiza la conservación de la mansión y representa una buena suma de dinero para usted. Todos ganan, como dicen los americanos.

—No lo dudo —dijo Matías—, pero como le digo, por el momento no pienso vender la mansión.

Acosta se levantó, sin perder la sonrisa, y se despidió de Matías, que en ese momento llamaba a Luis.

—No le quito más tiempo. Espero de verdad que estudie nuestra oferta.

Casi podría asegurarle que nadie le hará una oferta como la nuestra.

Este tipo de finca es muy difícil de vender.

Por ahora no tenemos prisa, pero en cualquier momento se nos puede presentar otra oportunidad de inversión, nunca se sabe.

Que tenga un buen día —dijo, y salió del despacho acompañado por Luis.

Matías volvió a su sillón, guardó el documento con la oferta —quería mostrárselo a Paula—, y respiró aliviado. A la larga, Acosta había resultado otro indeseable tratando de utilizarlo en uno de sus negocios.

«Igual que Ramiro», pensó mientras abría su ordenador. En ese momento, Luis asomó por la puerta. Matías le hizo una seña para que entrara.

—Disculpe, señor, pero tenía curiosidad por confirmar una cosa —dijo.

—Claro, Luis, lo que quieras.

—El señor que se acaba de ir,  ¿sigue interesado en la colección de armas?

Matías lo miró, desconcertado.

—¿En la colección de armas? No, Luis, ese señor es un agente inmobiliario. Estaba interesado en comprar la mansión. ¿Por qué lo dices?

Luis palideció.

—Es que… Es la misma persona que vino el año pasado acompañada por el joven Ramiro; le pidió permiso a su tío para mostrarle la colección de armas a su amigo, dijo que era un anticuario y que estaba muy interesado en comprarla.

Don Armando le dijo que se la mostrara si quería, pero que no estaba en venta.

Matías no lo podía creer.

—¿Con Ramiro? ¿Estás seguro, Luis?

—Sí, señor. Quizá no sea el mejor mayordomo de Otavia, pero recuerdo muy bien los rostros de las personas que vienen a visitar la mansión. Es el mismo, y no fue el único. El joven Ramiro trajo a dos personas más, para enseñarles la colección de armas.

—Claro, Luis, por supuesto. Gracias por el dato.

El mayordomo se retiró, y Matías se quedó pensando en lo que había oído. En todo.

«Joder —pensó—. Paula no lo va a creer cuando se lo cuente».