Otavia: La mansión y los buitres 13
47%

13

Matías entró al salón pequeño, buscando a Luis.

El día anterior, luego de la visita de Ramiro, le había pedido que volviera a colocar las armas antiguas en su estantería.

El mayordomo estaba ahí, terminando de acomodar las piezas en su sitio.

Se había quitado la chaqueta y llevaba los puños arremangados.

A Matías le pareció que lucía más joven.

—Luis, ¿cómo vas con eso? —preguntó.

El mayordomo se sorprendió, y casi se le cae de las manos la pieza que estaba limpiando antes de ponerla en su lugar.

—Perdone, señor, no lo había sentido entrar, disculpe —dijo, atolondrado, mientras volvía a sujetar bien el arma—. Ya casi termino, solo me faltan estas cinco.

Matías se acercó, y le dio una palmada en el hombro. Luis palideció.

—Tranquilo, Luis, no hay prisa. Solo quería saber cómo te estaba yendo con el encargo.

La verdad, a mí tampoco me interesan en absoluto las armas, ni antiguas ni modernas.

En eso por lo menos coincido con Ramiro.

—Se sentó en uno de los sillones a observar el trabajo de Luis.

Dejó pasar unos minutos, y luego preguntó:

—¿Qué te ha parecido mi libro? ¿Has empezado a leerlo ya?

—Oh, sí, señor. Es… entretenido, sí, entretenido. ¡Mucho! —dijo Luis, mientras seguía limpiando y acomodando las piezas.

Matías sonrió.

—Ajá. ¿Y cuánto has avanzado? ¿En qué parte del relato te encuentras?

—Eh… A ver —dudó Luis, luego de colocar una pieza más en su sitio—,  el protagonista ha desaparecido, nadie sabe dónde está. Su novia lo está buscando, y acaba de poner una denuncia en la comisaría.

—Hombre, Luis, si ya vas por la mitad. Me alegra que te guste. Te aseguro que a la mayoría de gente le ha parecido muy simple y aburrida.

Luis colocó la última pieza en la estantería, la cerró y empezó a desdoblar y acomodar los puños de su camisa.

—Al contrario, señor, me gusta la historia —dijo entusiasmado, pero luego su mirada se entristeció—. Claro que yo también soy simple y aburrido. Tal vez sea por eso que me gusta.

Matías se rio con la frase.

—Me olvidaba comentarle, señor —dijo Luis, muy serio—, ¿recuerda que le dije que su libro me parecía conocido?

—Sí, lo recuerdo. Creo que dijiste que te sonaba de algo la editorial, ¿no?

El rostro de Luis se animó. Ya no estaba pálido.

—Sí, señor, y el logotipo y el título de la novela también.

—Y entonces…

—Pues que anoche recordé dónde los había visto, señor.

—Dímelo ya, Luis. Parece un relato de misterio —dijo Matías—. ¿Dónde?

—En el almacén, señor. En el almacén, entre todas las cajas, hay una que lleva el nombre y el logotipo de la editorial impresos. Y tiene una etiqueta con algunos datos. El título de su novela es uno de esos datos.

Matías y Luis bajaron al almacén. En efecto, había una caja cerrada, con las características que el mayordomo había descrito. En la etiqueta ponía que el destinatario era Armando Serrano, y que contenía 160 libros. Matías la abrió. Estaba casi llena.

—Buen trabajo, Luis, eres todo un detective —dijo—. Hazme el favor de cerrarla y llevarla al despacho, cuando puedas. No es urgente ¿Vale?

Luis estaba emocionado.

En ese momento sonó el móvil de Matías.

—Buenos días —dijo una voz grave y pausada—, ¿el señor Matías Aguirre?

—El mismo, buenos días.

—Disculpe la interrupción. ¿Puede atenderme?

—Dígame —respondió Matías. La llamada le recordó la de Esparza, aquella noche en que se enteró de la herencia.

—Mi nombre es Adrián Acosta, de Inmobiliaria Acosta. Le llamo por lo siguiente: hace un tiempo mi empresa desarrolló un proyecto muy interesante para Otavia, y la finca que es ahora de su propiedad es el centro de dicho proyecto.

—No me diga —respondió Matías.

—Pues sí. Le confieso que traté de presentarle el proyecto al señor Serrano, pero no tuve suerte.

Si no es mucha molestia, quisiera que me dé la oportunidad de mostrárselo a usted.

Le aseguro que no se arrepentirá, y no le quitaré mucho tiempo.

¿Qué me dice? Podría acercarme a su casa hoy por la tarde, o mañana si lo prefiere.

«Un proyecto interesante —pensó Matías—. Bueno, al menos no ha hablado de comprar la mansión. No perdemos nada».

—Mejor mañana. ¿Le va bien a las diez?

—Me va perfecto —contestó Acosta—. Ahí estaré. Que tenga un buen día.

—Igual —dijo Matías, y cortó la llamada. Luego se dirigió a Luis, que aguardaba en silencio.

—Mañana vendrá a visitarme un tal Adrián Acosta, a las diez. Cuando llegue, lo haces pasar al despacho, por favor.

Esa misma tarde, en su despacho, Matías reanudó la revisión de los archivos de la carpeta «Novela Matías 2020» que había dejado pendiente.

Tal como sospechaba, había varios correos electrónicos en los que alguien informaba a Serrano sobre las editoriales que habían recibido el manuscrito y lo habían rechazado.

Los correos procedían de una persona que, por el contexto, parecía un investigador privado.

También había varios correos entre Serrano y el editor que aceptó publicar la novela.

Por lo visto, Serrano había pedido al editor que se pusiera en contacto con Matías, le pidiera el manuscrito, y lo publicara.

Inicialmente, el editor había puesto algunas pegas, pero al final había cedido: Serrano financiaría la publicación de una pequeña tirada.

Por la noche, luego de la cena, Matías llamó a Pedro y lo puso al tanto de las novedades.

—O sea que el principal comprador de tu novela fue el mismo Armando Serrano —dijo Pedro—. Qué fuerte, tío.

—Pues sí. Y como el propietario del material era él, le devolvieron todos los ejemplares que no se pudieron colocar en las librerías. A mí solo me dieron los treinta ejemplares que me habían ofrecido. Lo que no se vendió está aquí, en el almacén.

—Muy interesante la historia —dijo Pedro—. Oye, hablando de otra cosa, ¿cómo es eso de que hay una empresa interesada en la mansión? ¿No se supone que es una finca muy difícil de vender? No tiene sentido, dos interesados en tan corto tiempo.

—Ya, pero el sujeto me ha hablado de un proyecto, no de una venta. Al menos eso es lo que le he entendido. En todo caso, mañana saldremos de dudas. Ya te contaré.

—Más te vale. Esto de la aventura otaviana está resultando muy emocionante.