12
Matías pasó un domingo tranquilo, leyendo en la biblioteca y reflexionando sobre las historias que Fernando había compartido con él.
El distanciamiento y la actitud de su madre hacia Armando Serrano habían cobrado sentido, aunque aún no la decisión de este de dejarle la mayor parte de sus bienes.
Tal vez era simplemente cargo de conciencia, una forma de reparar el daño.
Al día siguiente, muy temprano, recibió un mensaje de Ramiro.
Le decía que pasaría durante la mañana para conversar sobre la propuesta, y para llevarse la colección de armas.
A las once Serrano-Meier llegó a la mansión, y Luis le indicó que Matías lo esperaba en el despacho.
Al entrar, observó una caja, de esas que se usan en las mudanzas, cerrada y colocada sobre la mesa redonda.
Alguien había escrito en una de las caras «Ramiro» con grandes letras.
Saludó a Matías y se sentó frente al escritorio.
Vestía como de costumbre, de negro y muy elegante, y llevaba una carpeta en la mano izquierda.
—Tú dirás —le dijo Matías.
Ramiro abrió la carpeta, cogió uno de los documentos que contenía, y se lo alcanzó.
—Como te ofrecí el otro día, te entrego mi propuesta formal para comprar la finca. Como podrás ver, es una suma generosa, por encima del valor de mercado. Te aseguro que si la pusieras en venta, no recibirías nunca una oferta como la mía, eso si es que te hicieran alguna, que lo dudo.
Matías no hizo ningún comentario. Sin mirar el documento que tenía sobre el escritorio, siguió mirando fijamente a Ramiro.
—Y como podrás ver si revisas los detalles, la propuesta contempla un adelanto, como garantía de compra, y el resto dentro de un año, cuando estés en condiciones de vender la propiedad —concluyó.
Matías cogió entonces el documento, leyó la cifra —que era, en efecto, muy alta—, y se lo devolvió.
—Te lo agradezco mucho, pero no me interesa. Creo que voy a conservar la mansión. Lo siento.
Ramiro enrojeció. Apretó tanto los puños, que arrugó la hoja que sostenía en la mano derecha. Luego trató de disimular, guardó la oferta en la carpeta, y se levantó, dispuesto a marcharse.
—Te arrepentirás —dijo, muy enfadado—. Estás desperdiciando una oportunidad de oro.
Matías también se levantó.
—Es posible —dijo, cortante. Luego señaló la caja que había sobre la mesa redonda—. Esta vez no te olvides de tu colección de armas, está toda en esa caja. Puedes llevártela. Creo que no tenemos nada más que hablar.
Ramiro enrojeció aún más, dio una mirada despectiva a la caja, y respondió, antes de salir del despacho.
—Quédatelas, no me interesan. Es solo un montón de armas viejas.
Más tarde, en su despacho, Ramiro informaba por teléfono el resultado de la visita.
—En otras palabras, me dio a entender que no volviera por allí. Ni siquiera leyó todo el documento, solo se fijó en la cifra, y me lo devolvió.
—Mmm… Hueso duro de roer el madrileño —comentó el otro.
—Tú me dijiste que aceptaría. ¿Ahora qué vamos a hacer? —preguntó, alterado.
—Tranquilo, Ramiro, tranquilo. Algunas negociaciones demoran más que otras. ¿No eres empresario? Deberías saberlo. —Hizo una pausa y luego continuó—: Yo mismo me ocuparé del asunto, tú mantente al margen a partir de ahora. No vuelvas a buscarlo ni a hablarle del tema. ¿Entendido?
Ramiro no estaba acostumbrado a que usaran ese tono con él, pero no tenía opción.
—Entendido —confirmó, y finalizó la llamada.
Adrián Acosta estaba bastante decepcionado e incómodo con el desempeño de Ramiro en el asunto de la mansión Serrano.
El muchacho había resultado un fiasco, no era capaz de pensar por sí mismo, y perdía los papeles cada vez que se encontraba con algo imprevisto.
Tal vez había sido un error acudir a él para tratar de llegar al viejo, pero en ese momento no había tenido opción.
Serrano no le había respondido los mensajes y correos que le había enviado.
Y eso que le había insinuado que estaba dispuesto a pagar una cifra muy atractiva por la finca.
El proyecto que su empresa, Inmobiliaria Acosta, había desarrollado para ese lugar, era muy importante, no solo para Adrián, sino sobre todo para la casa matriz en Madrid.
Dos años atrás, a raíz de una conversación con un funcionario del ayuntamiento, Acosta había tenido una idea genial.
Había antecedentes, así que era factible.
Se trataba de adquirir toda la finca y luego donar la mansión al ayuntamiento.
A cambio, este liberaría el resto de la parcela, unos dos mil metros cuadrados, para que la inmobiliaria construyera un complejo de viviendas turísticas.
En el centro de la ciudad casi no había suelo edificable disponible, y se trataba de una parcela en esquina, en una zona muy exclusiva.
Un negocio muy prometedor, que no podían dejar escapar.
Además, como le había dicho su jefe, el momento era propicio.
Las medidas que el gobierno de turno había tomado respecto a los alquileres —restricciones en los contratos, topes a los precios, leyes que solo protegen a los inquilinos morosos y a los llamados «okupas», etc.
— solo habían conseguido que los propietarios se asustaran.
Temerosos de ver sus rentas en peligro, muchos de ellos habían optado por retirar sus viviendas del mercado de alquiler, reduciendo la oferta.
Otros estaban poniendo sus viviendas vacías en venta.
Total, que los precios del alquiler seguían subiendo.
Era el momento de invertir en pisos turísticos. La demanda estaba garantizada.
Cuando se enteró de la enfermedad terminal del viejo, Acosta pensó que el asunto estaba solucionado.
Ya no era necesario insistir, solo había que esperar.
Ramiro y su padre heredarían la finca, y podría cerrar el negocio con ellos.
El joven le había asegurado que ni a él ni a su padre les interesaba conservar la mansión.
Y entonces, ocurrió lo del madrileño.
«Pues muy bien —pensó Acosta—. Si Aguirre quiere jugar, jugaremos. Vamos a ver si es tan bueno en ajedrez como yo».