11
Matías dedicó la mañana del sábado a conocer un centro comercial que Paula le había recomendado, a las afueras de la ciudad.
Ya que su estadía en Otavia iba a ser larga, decidió comprar algunas cosas: vaqueros, pantalones casuales, camisas, zapatillas, unos mocasines, una chaqueta, un traje y algunas corbatas, por si acaso.
Sebastián se encargó, muy solícito, de los paquetes.
En el trayecto de regreso a la mansión, Matías le informó de los planes para esa noche.
—Esta noche iré a casa de Fernando a cenar, Sebastián. Antes pasaremos a buscar a Paula a su casa. Luego la llevaremos de vuelta, por supuesto. La cena es a las nueve.
—Muy bien, señor —asintió el chófer, sin quitar la vista de la carretera—. Conozco las direcciones de ambos, así que sin problema.
Esa noche, a las nueve en punto, Fernando Serrano recibía a sus invitados en su piso del centro de la ciudad, y los conducía al salón.
Matías admiró la amplitud de la casa, y sobre todo lo moderno del diseño; el contraste con el estilo del resto del edificio, clásico y muy elegante, era notorio.
Los tres se sentaron alrededor de la mesa de centro.
Fernando reparó en el gesto de Matías, sonrió, y le dijo:
—Veo que te gusta mi casa. No es lujosa, pero sí muy cómoda.
—Pues sí —reconoció—, me gusta mucho el estilo. ¿La has reformado recientemente?
—Hace un par de años. La compré a muy buen precio, estaba muy maltratada y el edificio tiene más de sesenta años. Nunca le habían hecho una reforma integral, si mal no recuerdo.
—Y decidiste hacer algo más moderno —intervino Paula.
—Y más funcional —dijo Serrano—. Yo priorizo lo práctico sobre cualquier otra consideración. El lujo y la ostentación no son para mí. Prefiero el perfil bajo, tú lo sabes.
—¿Y vives tú solo en este piso? Es grande para una sola persona —comentó Matías.
—Ramiro vive conmigo. Todavía está soltero. Y tenemos una asistenta que nos ayuda con las cosas de la casa. No necesitamos más. Cuando Ramiro se case, le dejaré este piso a él, y yo me buscaré otro más pequeño, siempre en el centro de la ciudad. Lo compré con esa idea —explicó.
En ese momento, entró al salón la asistenta para avisarles de que podían pasar al comedor. Matías supuso que Ramiro se les uniría. Fernando lo sacó del error.
—Esta noche seremos solo nosotros tres. Ramiro se ha disculpado, tiene una cena, con amigos, creo.
Durante la cena no hablaron de los asuntos que preocupaban a Matías. Paula y Fernando relataron algunas anécdotas familiares; se notaba una buena química entre ambos. Luego de cenar, volvieron al salón, donde la asistenta sirvió café para todos. Fernando se dirigió a Matías.
—Imagino que tienes algunas preguntas para mí —dijo—. Cuando quieras.
Matías se sentía muy cómodo. A diferencia del hijo, el padre transmitía tranquilidad y buenas vibraciones.
—Muchas, la verdad —dijo, y se detuvo un instante para ordenar las ideas—. A ver —continuó—, creo que para empezar me gustaría saber algo más sobre la familia Serrano, sobre la historia familiar quiero decir, y su relación con la mansión.
—Bueno —empezó a relatar Serrano, luego de dar un buen sorbo a su café—, la historia es más o menos así: mi padre, Arturo Serrano, era de Pamplona, y vino a Otavia en los años cuarenta, muy joven.
Empezó trabajando como supervisor en una pequeña fábrica textil, pero era muy hábil, así que luego de unos pocos años terminó siendo propietario de la empresa.
Algo de suerte hubo, por supuesto; el dueño no tenía descendientes que se ocuparan del negocio, y mi padre era su mano derecha.
Le legó la fábrica. —Serrano dio un último sorbo a su café, y continuó:
»Luego una cosa llevó a la otra y al cabo de unos años había construido un conglomerado de empresas, todas muy exitosas y relacionadas entre ellas. Era muy bueno para los negocios. Se casó con mi madre en 1950, y luego nacimos nosotros, Armando en el cincuenta y cuatro, y yo tres años después.
—¿Entonces, la casa no la mandó construir tu padre? —quiso saber Matías, recordando los datos que ya conocía.
—Claro que no —confirmó Serrano—, se la compró a un amigo empresario que estaba en dificultades económicas.
Necesitaba el dinero y la casa le quedaba muy grande.
Mi padre aún estaba soltero, y pensaba tener muchos hijos, así que le pareció adecuada.
La mansión estaba en muy buenas condiciones, y lo sigue estando como ya habrás comprobado.
—Entiendo —dijo Matías.
Paula intervino entonces.
—Aunque la familia no creció como don Arturo había previsto, continuaron viviendo en la casa hasta que Armando le compró su parte a Fernando. Eso fue justo después del fallecimiento de don Arturo.
—Así es, en efecto —corroboró Serrano—. Ninguno de los dos vivíamos ya en la mansión, y a mí nunca me interesó mucho, la verdad.
En cambio Armando le tenía un cariño especial, así que accedí a venderle mi parte, y él se trasladó con mi cuñada a vivir nuevamente en ella.
Mi madre también siguió viviendo allí, hasta su muerte.
»En cuanto a la empresa, Armando sucedió a mi padre en la presidencia durante cinco años, del ochenta y cinco al noventa.
Mi padre falleció ese año, y Armando se retiró, me vendió todas sus acciones y me dejó la presidencia de la empresa.
No le gustaban los negocios, ¿sabes? Mi padre lo obligó a trabajar en la empresa, y como hijo mayor, a reemplazarlo en la dirección.
Pero él odiaba todo eso, y se retiró apenas tuvo la oportunidad.
—En cambio, a ti te encanta —dijo Paula, sonriente.
—Para qué lo voy a negar. La empresa es mi vida, me siento muy cómodo en la presidencia, y espero tener fuerzas y salud para continuar al mando. Además, ahora tengo un nuevo reto: llevar Bodegas Abea al siguiente nivel. Tiene futuro.
Matías aprovechó el momento para tocar uno de los temas que le preocupaban.
—Y me imagino que Ramiro ya estará preparándose para tomar las riendas cuando llegue el momento —dijo, y observó la reacción de Serrano.
—En eso estamos. Aunque… La verdad es que todavía no está listo —contestó, sin mucho entusiasmo, y mirando de reojo a Paula.
Entonces Matías decidió hablar del asunto más importante.
—Fernando, ¿conocías a mi madre? Se llamaba Magdalena López y tengo entendido que trabajó en la empresa.
Serrano sonrió, se acomodó mejor en el sillón, y respondió.
—Por supuesto que la conocí, empezamos a trabajar en la empresa el mismo año, en el setenta y ocho.
Yo acababa de terminar mis estudios en la universidad.
Teníamos varias asistentas que nos ayudaban con las llamadas, las citas, las agendas, ese tipo de cosas.
Tu madre era una de ellas. Era muy eficiente, organizada y responsable.
—¿Sabes por qué se fue de la empresa? Porque a mí nunca me contó nada sobre la familia Serrano, o sus empresas.
Fernando miró a Matías a los ojos, dudó un instante, y respondió.
—Sí, y te lo contaré porque, antes de morir, Armando me autorizó a hacerlo, si tú me lo preguntabas.
Además, todos los involucrados han muerto, así que es hora de que conozcas la historia.
Tu madre y mi hermano se enamoraron, y mantuvieron su romance en secreto durante algún tiempo.
Eran otras épocas, y aún en España ciertas familias decidían con quién debían casarse sus hijos, en especial tratándose de los primogénitos.
Solo yo sabía de su relación, o al menos eso pensábamos.
De alguna forma mi madre se enteró, y armó un escándalo.
Mi padre miraba por sus ojos, así que hizo lo que ella dispuso.
Matías escuchaba el relato con atención, aunque ya sospechaba algo así. La que no parecía sorprendida era Paula, que escuchaba la historia como lo había hecho con las anteriores. Fernando continuó.
—Armando trató de hacerlos entrar en razón, pero fue inútil. Mis padres lo amenazaron: le dijeron que tu madre sufriría las consecuencias si él no hacía lo que le estaban ordenando.
—Pero fue ella quien renunció, por lo que me han comentado —interrumpió Matías.
—La obligaron a hacerlo, Matías. Mis padres le dijeron que debía renunciar e irse de la ciudad para no perjudicar el futuro de Armando.
Además, le entregaron una carta firmada por él, en la que le decía que la relación había terminado y que lo mejor para todos era que renunciara y se marchara.
Mis padres le dictaron la carta y le obligaron a firmarla, por supuesto.
Le dieron a tu madre una cantidad de dinero como indemnización, y le hicieron firmar un pagaré por la misma cantidad, que harían efectivo si ella no cumplía su parte del trato.
—Serrano hizo una pausa, respiró hondo, y continuó—: Todos se portaron muy mal con tu madre, Matías. Lo lamento mucho.
Matías guardó silencio mientras procesaba lo que acababa de oír. Su madre nunca se quejaba, siempre resolvía, pasaba página y miraba hacia adelante. Era lo que había hecho también en aquella situación.
—Gracias por contármelo, Fernando. Tenía una vaga idea, pero no imaginé un drama como ese.
—No tienes nada que agradecer, Matías. La verdad es que me siento mejor luego de habértelo contado. Espero que todo esto te ayude a entender mejor las cosas que han ocurrido, y a tomar mejores decisiones. Supongo que aún estás pensando qué hacer con el legado que has recibido.
Aunque no tenía muy clara la razón, Matías se sentía muy cómodo conversando con Fernando y Paula. Le inspiraban confianza. Decidió compartir sus pensamientos y preocupaciones con ellos.
—Os confieso que mi intención al venir a Otavia era ver qué me había tocado en herencia, venderlo y seguir con mi vida en Madrid.
Sin embargo ahora, a pesar de que solo han pasado seis días desde que llegué, estoy empezando a ver las cosas de un modo muy distinto.
No sé si me estoy explicando bien —dijo, mirando alternativamente a Paula y a Serrano.
—Continúa —lo animó Paula.
—Por un lado me he sentido acogido y arropado por un grupo de personas que no me conocen de nada.
Vosotros, Constantino, el personal de la mansión, todos han sido muy amables conmigo desde el principio.
Por otro lado, desde que me trasladé a la mansión me siento como en casa, ¿entendéis?
Es algo extraño, pero me gusta mucho pasar el tiempo en la biblioteca y en el despacho.
Y ver cómo tu madre regaña a tu padre también —bromeó mirando a Paula, que rió con la ocurrencia—.
Es como estar en familia, y tener… no sé…
nuevos retos, nuevos objetivos. Además, mi vida en Madrid es algo vacía, ¿sabéis?
, sobre todo desde que murió mi madre. Para colmo, hace muy poco perdí mi trabajo, y si no fuera por dos buenos amigos que conservo, estaría completamente solo.
—Te entiendo, Matías —dijo Fernando—, y me alegro. Por la casa no te preocupes, tienes un año para decidir qué hacer con ella, y confío en que harás lo más conveniente para todos.
—Ahora que lo mencionas, Ramiro estuvo hace dos días en la mansión, y me ofreció comprarla. Me dijo que a vosotros os gustaría que siga perteneciendo a la familia Serrano.
Fernando no ocultó su sorpresa.
—¿Ramiro? No lo sabía, no me ha comentado nada —dijo, muy serio—. Es un disparate, por supuesto. Ni estamos interesados en comprarla, ni tendría mi hijo el dinero para hacerlo. Tenemos su patrimonio bien atado, te lo aseguro.
El malestar de Fernando era sincero. Estaba claro que Ramiro había mentido.
—No tiene importancia, Fernando. Aún no sé lo que haré con la mansión Serrano, pero no la pienso vender.
Finalizadas las historias, los tres siguieron conversando un rato más. Matías les contó sobre lo que había conocido de la ciudad, que era muy poco, y Paula le recordó que organizaría un nuevo tour para él, esta vez por el centro y el casco viejo.
Cerca de las once, los invitados abandonaban la casa de su anfitrión y ponían rumbo a casa de Paula. Sebastián conducía, muy atento y cordial. Matías hizo la pregunta que le rondaba la cabeza desde hacía rato.
—¿Lo sabías, la historia de tu padrino y mi madre?
—Me enteré hace poco —dijo Paula, y observó con satisfacción la cara de confundido de Matías—. La carta de Armando, ¿recuerdas?
—Sí, claro.
—Pues eso. En esa carta me ha compartido algunas confidencias. Esa historia es una de ellas —sonrió Paula.