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En la tranquilidad del despacho, Matías ocupaba la mañana en trabajar en su nueva novela, sin éxito.
Luego de una hora y dos tazas de café, lo único que había conseguido era volver al bloqueo que le había acompañado durante meses en Madrid.
Finalmente, se dio cuenta de que había cometido el mismo error de su primera novela: había creado y desarrollado unos personajes, había imaginado un escenario y una época, pero no había definido bien ni el tema ni la historia que quería contar.
Por ello, ahora no sabía cómo continuar.
Era una lástima, porque había invertido mucho tiempo y esfuerzo en esta nueva idea.
Inclusive había seguido un curso online , de esos gratuitos, sobre narrativa creativa.
Tal vez Serrano tenía razón y la escritura no era lo suyo.
O tal vez necesitaba leer muchas novelas más, como decían en el curso. Ahora tenía tiempo.
«Y una enorme biblioteca», pensó. Más animado, cerró la tapa del ordenador, se levantó y salió del despacho. Antes de entrar en la biblioteca, llamó a Luis para avisarle.
Matías empezó a recorrer con la mirada las altas estanterías de «su biblioteca». No podía calcular cuántos volúmenes habría, pero probablemente no le alcanzaría el resto de su vida para leerlos todos.
Una de las estanterías contenía libros históricos, de diferentes períodos.
Había libros de historia universal, de historia de España y también de historia de Otavia.
Éstos últimos llamaron mucho su atención; podría encontrar algún dato que le ayudase a entender lo que había ocurrido.
Claro que su familia materna no aparecería jamás en un libro de historia, eran de origen muy humilde, pero los Serrano sí que eran personas importantes.
Otra estantería guardaba libros de turismo, de muchos lugares del mundo. Había una dedicada a libros de arte: pintura, escultura, arquitectura, poesía, literatura clásica, etc. También tenían su estantería gruesos volúmenes sobre leyes, administración de negocios, economía e ingeniería.
Al final de la sala, Matías encontró la estantería que estaba buscando, la de las novelas.
Había muchísimos ejemplares. Reconoció unas cuantas decenas de ellos.
Estaban colocados en orden alfabético, por autor.
Instintivamente, buscó en la letra «A», pero no encontró su novela.
No le sorprendió. Los autores más reconocidos estaban representados en esa estantería, y él no era ni mucho menos uno de ellos.
Siguió recorriendo la estancia, pero no encontró nada más de su interés. Había una estantería más angosta y pequeña que las demás, que contenía muchos manuales técnicos y de instrucciones, y algunos archivadores con planos de la finca.
Terminada la primera inspección, decidió leer algo en el rincón preferido de Serrano.
Se acomodó en el cómodo sillón de cuero, y cogió uno de los libros que estaban sobre la mesa baja.
Era una novela de misterio, que Matías reconoció; había estado en los primeros lugares de venta durante los primeros meses del año, hasta la primavera.
Un marcapáginas indicaba hasta dónde había avanzado el lector, y como estaba encima de los demás libros, dedujo que era el que estaba leyendo Serrano antes de morir.
«Pues empecemos por este», pensó. Y llamó a Luis para pedirle el tercer café de la mañana.
Un poco antes de las dos de la tarde, Matías había leído ya una cuarta parte de la novela.
Lo había hecho con avidez, sin parar. La narración era muy ágil, los personajes hablaban poco y hacían mucho, y la historia avanzaba a un ritmo muy dinámico, atrapando al lector.
Entonces entró Luis a la biblioteca, para avisarle de que la comida estaría lista en unos minutos.
Matías cerró el libro y fue a colocarlo sobre la mesa, pero hizo un mal movimiento y todos los ejemplares cayeron al suelo.
Al acercarse a recogerlos, vio con sorpresa que uno de ellos era el suyo, su novela fallida.
Lo cogió, y lo hojeó. Sus páginas estaban llenas de anotaciones, y algunas frases estaban marcadas.
Se volvió hacia Luis, que lo miraba hacer, pálido, y le dijo:
—¿Sabías que este libro lo escribí yo? Es mi primera novela —y se corrigió—, bueno, la única en verdad. Y no fue muy exitosa, por cierto.
Luis abrió mucho los ojos, luego tomó el libro que Matías le tendía, y miró la portada.
—¡Es usted escritor! No lo sabía, señor. Lo felicito.
—Gracias, Luis, pero no te emociones, soy de los malos.
Luis seguía mirando la portada del libro. Dudó un instante y luego dijo:
—El nombre de la editorial y el logotipo me suenan de algo, señor. Y el título también.
—¿Quieres leerlo? No es muy bueno ¿sabes?, pero tal vez tu le encuentres el lado interesante.
Luis se emocionó.
—Por supuesto, señor, será un honor —respondió ceremonioso, como siempre.
Luego de la comida, Matías se dirigió al despacho.
El hallazgo de su novela, y sobre todo de las anotaciones que había logrado ver, habían despertado nuevamente su curiosidad.
Serrano no solo había leído su libro, sino que se había tomado su tiempo para hacer una revisión y colocar comentarios.
Decidió hurgar un poco en las carpetas de su benefactor.
Total, él mismo le había sugerido que lo hiciera, así que no estaba haciendo nada incorrecto.
Al tratar de abrir la carpeta raíz apareció un mensaje solicitando una contraseña.
Matías utilizó la misma que Serrano le había dado para desbloquear el ordenador, y funcionó.
Dentro había muchas carpetas. Una de ellas tenía el nombre de Magdalena, y otra el suyo.
Matías trató de abrir la carpeta que llevaba su nombre.
Al instante apareció otro mensaje pidiendo la contraseña.
Tecleó una vez más la que había utilizado antes, pero no funcionó.
Intrigado, se quedó pensando unos instantes.
No tenía sentido motivarlo a curiosear y luego bloquearle el acceso.
Entonces una frase de Paula le vino a la memoria: « Le gustaba retarte, debatir, ponerte a prueba».
«Claro —pensó—, no me lo quiere poner fácil». Entonces reparó en la contraseña que le había dado. Estaba formada por el nombre de su madre, el símbolo «@» y su año de nacimiento.
—A ver —dijo para sí mismo, al tiempo que tecleaba la contraseña «Matias@1994».
La carpeta se desbloqueó.
Estaba dividida en varias subcarpetas, todas ordenadas y etiquetadas por temas y fechas. Una de ellas ponía «Novela Matías 2020».
Matías la abrió, y empezó a mirar el contenido. En ese momento, su móvil empezó a timbrar.
—Hola, Matías, soy Fernando Serrano —dijo una voz cordial y alegre—. Espero no interrumpir nada importante.
—Hola, Fernando. Por supuesto que no.
—Seré breve. Si no tienes ningún compromiso, quisiera invitaros a ti y a Paula a cenar en mi casa, mañana, a las nueve. Ya he hablado con ella y está libre. Imagino que tienes muchas dudas, y me encantaría aclarar algunas de ellas si puedo. ¿Te apetece?
«Pues claro que tengo dudas, y ahora más que antes», pensó Matías.
—Por supuesto, Fernando. Ahí estaré, muchas gracias.
—Genial —se despidió Fernando—, te espero a las nueve. Te enviaré la dirección a tu móvil.
Algo cansado, Matías decidió dejar para otro día la exploración de la carpeta con su nombre.