9
Ramiro Serrano-Meier llegó a la mansión a la hora convenida.
Siguiendo las indicaciones de Matías, el mayordomo lo recibió y lo guió hasta el despacho.
Parecía tranquilo, sonreía con el rostro, aunque su mirada, penetrante y desconfiada, era la misma del día de la lectura del testamento.
Saludó a Matías con un apretón de manos, y tomó asiento frente al escritorio.
Iba de traje negro, camisa blanca y corbata celeste.
En los puños de la camisa, que sobresalían ligeramente, lucía unos gemelos redondos, negros, con una estrellita blanca en el centro.
Era muy alto, algo más que Matías, que ya rozaba el metro ochenta.
—Gracias por recibirme. No quería que te formaras una idea equivocada de mí. Entiendo que mi reacción del otro día te haya incomodado, estuvo mal y me disculpo por ello —dijo, de un tirón.
—No te preocupes —respondió Matías, e hizo un gesto con la mano, quitando importancia al asunto.
Ramiro paseó la mirada por la habitación, y comentó:
—Hace tiempo que no venía. Está todo muy bien cuidado, como de costumbre.
Esta casa ha sido siempre un lugar muy especial para mí, ¿sabes?
Desde que era niño, mis padres y yo veníamos de visita con frecuencia, y yo disfrutaba mucho recorriendo la casa, lo pasaba muy bien.
Le tengo mucho cariño a esta vieja mansión.
—Lo imagino —dijo Matías.
—¿Has tenido tiempo de conocer ya toda la finca?
—Pues sí, gracias a la ayuda de Paula. Ayer hicimos un recorrido completo.
Un breve gesto de incomodidad surcó el rostro de Ramiro.
—Paula, claro —sonrió—. Una chica muy capaz, sin duda. De niños, jugábamos mucho, ¿sabes? A mí no me importaba que fuera la hija de los criados, nos llevábamos genial. Ahora nos vemos poco, pero tengo muy buenos recuerdos de aquellas épocas.
Matías asentía y escuchaba en silencio, dejando la iniciativa de la conversación a Ramiro.
—Entonces, ¿qué te ha parecido la mansión? Enorme, ¿a que sí?
—Mucho, sí, y muy bella también.
—Y, si no es indiscreción, ¿has pensado conservarla?
—Aún lo estoy evaluando —respondió Matías.
—Por supuesto. No es una decisión sencilla, evidentemente. Cualquiera optaría por venderla, claro, pero no creo que haya mucha gente interesada en comprarla. Se trata de un inmueble catalogado. No sé si estás al tanto del término.
—Estoy al tanto de todo, sí.
—También podrías rechazarla —se aventuró a plantear Ramiro—.
¿Lo has pensado? A fin de cuentas, vas a recibir un patrimonio muy importante.
Para ti la mansión Serrano no significa nada, mientras que para nosotros representa la casa familiar de tres generaciones.
A mi padre y a mí nos gustaría conservarla.
«No lo sabe», dedujo Matías. Calculó bien su respuesta y disparó.
—La verdad es que sí que lo pensé, pero al final sería lo mismo. Si rechazara algo de la herencia, Paula sería la destinataria final. Pensé que lo sabías.
Ramiro se tensó. Su rostro, enrojecido, dejó de sonreír, y un breve destello de ira surcó su fría mirada. Luego trató de disimular, y se recompuso.
—¿Paula? ¿En serio? No… tenía… idea.
Matías saboreó el momento.
—Pues sí. Ahora que recuerdo, me parece que ya no estabas cuando la notaria leyó las últimas cláusulas del testamento.
Ramiro estaba furioso, pero mantuvo la calma. Volviendo a sonreír, intentó la segunda estrategia.
—Sin duda fue así —coincidió—. Sin embargo, me parece que Paula tampoco estaría en condiciones de llevar adelante una mansión como ésta, ¿cierto? Solo tiene valor real para alguien que, además de apreciarla, quiera vivir en ella y tenga la capacidad económica para mantenerla.
Ramiro hizo una pausa, esperando alguna reacción, pero Matías siguió observándolo, sin decir nada. Entonces lanzó la idea:
—Yo, por ejemplo, podría comprártela. A un precio razonable, claro. Así seguiría perteneciendo a la familia Serrano, y tú te librarías de un dolor de cabeza. No me importaría en absoluto esperar un año. ¿Qué opinas?
Matías demoró su respuesta, haciendo como que valoraba la propuesta. En otro momento hubiera aceptado de inmediato, pero ahora empezaba a ver las cosas de manera distinta. Imitando el gesto de Ramiro de observar alrededor de la habitación, respondió:
—No lo sé. La verdad es que a mí también me gusta mucho. Tal vez me quede a vivir aquí. —Hizo una pausa, sonrió, y continuó—. De todas formas, gracias por la oferta.
Ramiro se levantó, contrariado, al tiempo que miraba su reloj, y se despidió con un apretón de manos.
—Me retiro, se me ha hecho tarde y tengo una reunión dentro de poco. Piensa en mi propuesta, nada me complacería más que conservar la casa Serrano.
Matías también se levantó, y devolvió el apretón mientras le decía:
—¿No te olvidas de algo? ¿No querías ver tu colección de armas? Podemos ir ahora mismo, está donde siempre.
—La colección… ¡Ah sí, claro! —dijo Ramiro, mientras se dirigía a la puerta del despacho—. Otro día, con más tiempo, si no te importa. No es necesario que me acompañes a la puerta, conozco el camino.
«Joder con el sobrino —pensó Matías al volver a sentarse en el sillón, y se puso a contar los dedos de su mano derecha, a ver si todavía estaban completos—. La última persona con la que haría algún trato».
En su despacho, Ramiro, muy nervioso, hablaba por el móvil.
—En resumen, que se queda con la casa, ¿entiendes? —dijo a su interlocutor—. ¡Tenemos que hacer algo!
—Tranquilízate, Ramiro, así no vas a solucionar nada. A ver, razonemos un poco: el verdadero peligro es que renuncie a la mansión. Eso es lo que hay que evitar. ¿Me sigues?
—Por supuesto, es evidente, pero no sé cómo podríamos evitarlo.
—Es muy simple: ofrécele una suma indecente, imposible de rechazar —dijo, y le mencionó la cifra.
Ramiro se quedó atónito.
—¿Estás loco? Esa casa no vale tanto, por más grande que sea. Nadie ofrecería tanto dinero por ella.
—Exacto, nadie lo haría. Por eso la aceptará. El proyecto que tenemos en mente es muy grande, Ramiro. Perder esta oportunidad de negocio no es una opción. Espera unos días y luego hazle la oferta.
Paula llegó para la comida. Matías la había llamado para invitarla y de paso comentar la visita de Ramiro.
Como siempre, Ignacio y Sebastián se retiraron apenas terminaron de comer, y María preparó café para Matías, Paula, Luis y Fátima.
Matías compartió con ellos la extraña conversación que había sostenido con Ramiro.
—Es más falso que Judas. Te lo advertí. Así que nos llevábamos de maravilla, ¿eh? Es un cretino —sentenció Paula, enfadada.
—Pues sí —dijo Matías—. Parece que tiene un comprador para la mansión. Esparza me comentó que el año pasado había estado insistiendo a don Armando para que la vendiese. Debe de haber una buena comisión para él.
Luis se había puesto pálido, pero se atrevió a preguntar:
—Disculpe, señor, pero… ¿Piensa vender la mansión?
Fátima lo miró, muy seria.
—Eso es asunto del señor Matías, Luis. No seas indiscreto.
Matías levantó la mano derecha.
—Al contrario, Fátima, es un asunto que nos concierne a todos.
Luis tiene razón en preocuparse, porque vosotros trabajáis aquí, y si no me equivoco, habéis sido como una segunda familia para don Armando.
Cualquier decisión que tome respecto a esta casa, la tomaré pensando en el bienestar de todos, no solo en el mío.
—Bien dicho —intervino María, que había escuchado todo desde la cocina. Fátima y Paula intercambiaron miradas de aprobación.
—Si no hubiera sido por la carta que don Armando me escribió y por los comentarios de Constantino y Paula, tal vez Ramiro me habría sorprendido, y convencido. Es una joya el sobrinito.
—Ya te digo —dijo Paula—. Es un cretino.
Fátima se puso seria, miró a Matías y le dijo:
—Yo conozco a ese joven casi desde que nació, señor Matías. Manténgase alejado de él todo lo que pueda, suele ser muy cruel y violento cuando le llevan la contraria.