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Paula llegó a la mansión vistiendo su antiguo uniforme de guía turística: vaqueros, camiseta y zapatillas.
Primero recorrieron la primera planta, obviando detenerse en los ambientes que Matías ya conocía.
A la derecha del vestíbulo se encontraban el despacho y la biblioteca, ambos con grandes ventanas que daban a la avenida Los Nogales.
El despacho no era muy grande; a la izquierda de la puerta se encontraba el escritorio, un sillón de cuero y dos estantes libreros, uno a cada lado.
A la derecha había una pequeña mesa redonda con cuatro sillas, y otro estante librero empotrado en la pared.
Como en el resto de la casa, el techo tenía decoraciones de escayola, y el mobiliario se veía muy fino y elegante.
A diferencia del despacho, la biblioteca era un espacio de forma rectangular, muy grande, cuyas paredes estaban ocupadas por estanterías de suelo a techo, llenas de libros.
Había una mesa de juego con seis sillas, y otra mesa más pequeña, con tablero ajedrezado y dos sillas.
A un lado de una de las paredes había una de esas escaleras que se usan en las bibliotecas para acceder a los volúmenes de los niveles más altos de las estanterías.
En un rincón, frente a una chimenea de leña, había un sillón de cuero, una lámpara de lectura y una mesa baja, sobre la que reposaban algunos libros.
—Este era el rincón de lectura de Armando, su segundo refugio después del despacho —dijo Paula—. Aquí tomaba su café con galletas luego de la comida, hacía la siesta, y leía el resto de la tarde hasta la hora de la cena. Era muy metódico, hacía lo mismo todos los días, y a la misma hora —recordó.
Matías escuchó en silencio. Los ojos de Paula se habían humedecido ligeramente.
—Le tenías mucho aprecio, ¿no?
—Mucho. Era mi mentor, ¿sabes? La persona que me demostró más cariño, aparte de mis padres.
Esta biblioteca era el lugar donde nos reuníamos para conversar, donde Armando me relataba historias de su familia, y de Otavia también.
Le gustaba retarte, debatir, ponerte a prueba.
Gracias a él pude tener una buena educación, licenciarme en Turismo en la universidad.
Le debo todo, hasta la casa donde vivo; él me la cedió cuando terminé de estudiar, para que me independizara y aprendiera a vivir sola.
—Vaya. Ahora entiendo lo de la sustitución en el testamento.
Paula no dijo nada. Salieron en silencio de la biblioteca y subieron a la segunda planta.
Aparte de la habitación de Matías, que era el dormitorio principal, había cinco dormitorios más pequeños, del tamaño de habitaciones dobles de hotel, con dos camas cada una.
Algunas de las habitaciones tenían salida a la terraza que rodeaba la segunda planta, con vistas al jardín. Había también tres baños.
Luego subieron a la tercera planta, donde Matías contó otras seis habitaciones, todas de diseño similar a las de la segunda planta: muebles de estilo, armarios empotrados de color blanco, alfombra beis, y paredes claras con muchos cuadros. En este piso también había tres baños.
—¿Doce habitaciones y siete baños? —comentó Matías mientras bajaban a la primera planta.
Paula sonrió, y luego puso su mejor cara de guía turística.
—Es que es una casa muy antigua, de principios del siglo veinte, ¿sabes?
En esa época las familias eran muy grandes, tenían muchos hijos, diez o más, ¿entiendes?
Había que hacer todo muy grande. Ya has visto el tamaño del comedor principal, y del salón, y todavía falta ver todo lo que hay en el sótano.
¡Ah! Y no te he mostrado el salón pequeño, el que está pasando el comedor. ¿Lo has visto?
Lo de «salón pequeño» le sonó a Matías muy gracioso.
—Pues no, pero ya me lo imagino —dijo.
—Vamos, te lo enseño y luego te invito a comer. Conozco un lugar estupendo muy cerca de aquí. Le avisaremos a mi madre al salir.
El café-bar El Rellano se encontraba en una esquina de la Plaza San Genaro, a dos manzanas de la mansión, casi frente a la parroquia del mismo nombre.
Paula y Matías habían ordenado el menú del día, que según ella solía ser muy bueno y contundente, y resultó verdad.
Ahora disfrutaban de una taza de café mientras comentaban el recorrido matutino por la mansión.
—Ya decía yo que lo de «salón pequeño» tenía que ser una broma —sonrió Matías luego de terminar su café—. Además, extraña ubicación, ¿no? Al fondo del comedor, digo.
—Al contrario —respondió Paula—, es la ubicación lógica dentro de la secuencia.
—¿La secuencia?
—La secuencia: salón, comedor, salón pequeño. Recepción, comida, café. ¿Lo pillas?
Matías imaginó la «secuencia» y asintió.
—Pues sí, muy lógico. No se me había ocurrido. —En ese momento, recibió un mensaje en el móvil. Paula lo observaba en silencio.
—Era de Ramiro —dijo, luego de responder el mensaje—. Vendrá a visitarme mañana por la mañana. Dice que quiere ver su colección de armas y conversar conmigo.
—¿En serio? —respondió Paula, levantando una ceja. Luego dio el último sorbo a su taza.
—Pues sí, eso dice. Normal, ¿no? Querrá llevarse la colección, que además queda muy mal en el salón pequeño.
Paula lo miró, escéptica.
—Es que tú no conoces a Ramiro. El interés por la colección de armas es reciente, del año pasado. Lo conozco de toda la vida y nunca antes había mostrado el menor interés por la colección, ni por la mansión, ni por nada o nadie que no sea él mismo. ¿Entiendes?
—Veo que no te cae muy bien —dijo Matías.
—El rechazo es mutuo, ¿sabes? Desde niños.
Las pocas veces que venía a la casa, se portaba como un troglodita, y siempre me recordaba que yo era «la hija de los sirvientes» —recordó, sonriendo—.
Pero yo no me dejaba ¿eh? Lo ponía en su sitio, le daba un buen empujón, y el muy valiente salía corriendo, llorando, a esconderse bajo la falda de la alemana, su madre. Una bruja, por cierto.
Matías se reía, imaginando la escena. Paula continuó.
—También es raro que quiera hablar contigo. Después de lo del testamento, debes de ser la última persona del mundo con quien él tendría una conversación.
De vuelta en la mansión, Paula lo llevó a conocer el sótano.
En realidad se trataba de un semisótano, cuyas ventanas daban tanto a la avenida como al jardín, iluminando los ambientes.
Se accedía por la puerta lateral que Matías había visto cuando llegó a la mansión, al costado izquierdo de la fachada.
Una escalera descendía desde la puerta hasta el nivel del sótano; a partir de allí, un largo pasillo daba acceso a los diferentes ambientes, y a una escalera que subía hacia los pisos superiores.
Una vez abajo, Paula le fue mostrando todas las dependencias.
Al lado derecho del pasillo se encontraban el cuarto de máquinas, la bodega, el cuarto de lavado y planchado, un baño y una amplia estancia repleta de juguetes antiguos; muebles de todo tipo, algunos cubiertos con lona; bicicletas; cajas rotuladas y otros artículos; todo amontonado y desordenado.
—Antes era una sala de juegos para los niños —dijo Paula—, ahora sirve de depósito para guardar lo que no se usa.
Al otro lado del pasillo se encontraba el despacho de Luis y las habitaciones del personal: dos dormitorios de buen tamaño, con un baño común entre ambos, otros tres dormitorios más pequeños, y dos baños.
Una puerta al final del pasillo comunicaba directamente con el jardín. Por ella salieron al exterior.
Paula se detuvo un momento. Matías no había hecho ningún comentario, pero su rostro tenía la misma expresión de confusión y asombro que ella le había visto el día de la lectura del testamento.
—No es un sótano al uso, ¿verdad? —dijo, tanteándolo.
—¡Uf! No, la verdad —resopló—. Nada de lo que he visto hasta ahora lo es. El área de servicio de esta casa es tan grande que cabrían tres pisos como el mío, y sobraría espacio.
—Ya te lo dije en la comida, pertenece a otra época.
Matías siguió a Paula a través del jardín.
Visitaron por fuera la casa del guardés, y luego dieron una larga vuelta mientras Paula le mostraba las antiguas cocheras, los nuevos garajes, el almacén, el taller, la perrera y la terraza.
Luego volvieron a entrar a la casa, y terminaron la visita nuevamente en el despacho.
Matías se derrumbó en el sillón mientras Paula se sentaba en la silla delante del escritorio.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó, mientras estiraba los brazos, desperezándose—. Tienes que calificar el recorrido, y también al guía, por supuesto, ¿eh?
Matías respiró hondo, sonrió, y se acomodó mejor en su sillón.
—El recorrido ha sido impecable, y el guía, formidable, de diez. Te lo agradezco mucho, de verdad. Tu madre tenía razón, fue una buena idea.
—No ha sido nada, Matías. Esta es como mi casa, ¿entiendes? Me ha encantado mostrártela, y hablar un poco sobre ella. Otro día te muestro el centro de Otavia. —Se levantó y cogió su pequeño bolso, dispuesta a retirarse. Matías también se levantó.
—Me despido de mis padres y me marcho para casa. Si te apetece, podemos hablar mañana, así me comentas la visita de Ramiro.
—Por supuesto, te llamaré en cuanto se haya ido —dijo, entusiasmado.
Era bueno tener alguien con quien compartir, y Paula se había mostrado muy abierta y cercana, como si lo conociera de siempre.
Esa noche, a punto de acostarse, Matías repasaba sus opciones.
No podría vivir para siempre en una casa como aquella, concluyó.
Ninguna familia normal podría: era un palacete, muy grande, con unos costes de mantenimiento imposibles.
Podía rechazarla, pero entonces Paula la heredaría, lo que significaría trasladarle el problema a ella.
Venderla era la otra opción, quizá la más lógica, aunque no sería fácil.
Tendría que esperar un año, contratar a la mejor agencia inmobiliaria, y tener mucha paciencia.
Claro que tampoco tendría apuro, y el precio no sería un problema, a él le daba igual.
También pensaba en la visita de Ramiro, y en los comentarios de Paula. Había aceptado la visita, por supuesto, ya que el motivo era la colección de armas. Obviamente, lo de «conversar y conocernos mejor» era solo una fórmula.
«Si el sobrino es como lo pintan, dudo que quiera ser mi amigo. En fin —razonó, antes de meterse a la cama y apagar la luz—, mañana veremos».