Otavia: La mansión y los buitres 7 #2
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Matías seguía al mayordomo mientras bajaban a la primera planta.

Una de las puertas del vestíbulo daba acceso al salón, el cual tenía el mismo estilo elegante y algo recargado del resto de las habitaciones.

El suelo de madera estaba casi todo cubierto por gruesas alfombras, y del techo, decorado también con escayola, pendía una enorme lámpara de cristal.

Había dos mesas de centro y varios sofás y sillones alrededor de cada mesa.

Por la orientación del salón, Matías supuso que la gran ventana que había al fondo tendría vistas al jardín.

En la pared del lado derecho, una amplia puerta corrediza de dos paneles se abría hacia el comedor.

El comedor era enorme, rectangular. Una larga y brillante mesa de madera con sillas para catorce comensales presidía la estancia.

En una de las paredes, bodegones de gran formato cubrían casi toda la superficie.

Al otro lado había una larga mesa auxiliar, delante de una ventana.

En la pared del fondo, opuesta a la de la puerta corrediza, se ubicaba otra puerta del mismo tipo, aunque más pequeña que la anterior.

Solo había un lugar dispuesto para la cena, en uno de los extremos de la mesa.

Haciendo un gesto hacia el lugar, Luis lo invitó a tomar asiento.

Matías se acomodó en la silla, recorrió con la mirada la enorme mesa, las paredes, la decoración, y luego de pensarlo unos instantes, se puso de pie, miró a Luis, y le dijo:

—¿Sabes qué, Luis? Tengo una mejor idea. ¿Dónde cenáis vosotros?

—Eh… El personal cena en el comedor pequeño, el que tenemos al lado de la cocina, señor.

—Muy bien. Entonces cenaremos todos juntos allí —propuso, mientras juntaba las manos y las frotaba, satisfecho por su buena idea. No le apetecía en absoluto comer solo,  en semejante comedor.

—Eh… Por supuesto, señor, como usted… disponga.

Matías observó la duda en el rostro pálido de Luis.

—Si no tienes inconveniente, por supuesto —añadió, y sonrió.

—Por supuesto que no, señor, será un honor que nos acompañe. Avisaré a Fátima el cambio de planes ahora mismo. Regreso enseguida. —Hizo una ligera reverencia, y se retiró.

El comedor «pequeño» tenía una mesa y sillas para diez comensales, y era más grande que el salón y comedor del piso de Matías en La Latina, juntos.

Él ocupaba uno de los extremos de la mesa, como presidiendo la cena.

En el otro extremo se sentaba Luis, a su izquierda estaban ubicadas Fátima y María, mientras que Ignacio y Sebastián ocupaban el lado derecho.

Antes de empezar a cenar, Matías les había dicho que les agradecía por permitirle «invadir» su territorio. Eso relajó un poco los nervios de todos, que sonrieron ante el comentario. Mientras cenaban, María interrogó a Matías sobre casi todo.

—¿Y tiene novia? ¿Vendrá a acompañarlo? —continuó con el interrogatorio, con los ojos muy abiertos.

Matías sonreía, y respondía como mejor podía las preguntas de la chica.

—No, no hay novia por el momento. Es que soy un tipo muy aburrido.

—¡A mí me parece muy divertido! —exclamó María. Fátima la miró, muy seria.

—Ya es suficiente, niña, deja de hacer tantas preguntas y no incomodes al señor Matías —la regañó, aunque en realidad no estaba enfadada, todo lo contrario.

La decisión de Matías, y su actitud durante la cena la habían tomado por sorpresa, ciertamente, pero le había gustado el gesto.

Le empezaba a caer bien el nuevo propietario.

Luis, Sebastián e Ignacio estuvieron callados la mayor parte del tiempo, excepto cuando Matías les hacía alguna pregunta.

El más callado de los tres era Ignacio, que respondía con monosílabos o frases muy cortas a las preguntas del profesor; además de ser algo hosco, parecía muy incómodo.

En cuanto terminaron de cenar, pidió permiso y se retiró, al igual que el chófer.

Fátima ofreció un café a Matías, que se quedó acompañado de Luis, mientras ella y María recogían todo y lo llevaban a la cocina.

—¿Qué le ha parecido la casa? —quiso saber Fátima, mientras observaba a Matías beber su café recién hecho.

Matías bebió un sorbo de su taza de café, aspiró el aroma e hizo un gesto de placer.

—¡Está buenísimo! —exclamó, mirando a Fátima—. Sobre la casa, la verdad es que nunca había estado en un lugar así, tan… lujoso. Parece mucho más grande de lo que pensé, y está muy bien conservada, por lo que veo. Hacéis un excelente trabajo.

—Gracias, señor —dijo Luis, orgulloso—, hacemos lo que podemos.

—He pensado que mañana dedicaré el día a recorrerla, a conocer toda la finca. Es algo que don Armando me pidió antes de morir —les dijo, sin dar más detalles—. Tal vez podrías acompañarme, Luis, si no interfiere con tus obligaciones.

Luis se disponía a responder, pero Fátima se adelantó.

—Señor Matías, nuestra hija Paula es quien mejor conoce cada rincón de esta casa. Ha vivido en ella desde que nació —explicó—, creo que sería la persona indicada, y lo haría con mucho gusto. Antes de terminar la universidad, trabajaba de guía turística, ¿sabe?

—Ya, pero… ¿no trabaja?

—Sí, en una agencia de turismo, pero hoy mismo ha empezado sus vacaciones de verano. Le preguntaré. —Y sin más, cogió el móvil y llamó a Paula para hacerle la propuesta.

—Dice que estará encantada de mostrarle toda la finca. Pasará por aquí a las diez —sonrió satisfecha luego de colgar.

—Vale. Pues… muchas gracias, Fátima. Aprecio mucho el detalle, de verdad —dijo Matías, abrumado.