Otavia: La mansión y los buitres 7
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Matías y Esparza subieron por la escalinata de piedra que separaba la acera de la puerta principal. El mayordomo se adelantó a saludar, mientras el chófer se hacía cargo de la maleta.

—Buenas tardes, señor —dijo Luis, muy formal, inclinando levemente la cabeza—. Soy Luis, el mayordomo. Bienvenido a la mansión Serrano. Adelante, por favor —añadió, señalando el interior con la mano.

La puerta daba acceso a un amplio y elegante vestíbulo.

El suelo era de mármol, igual que la amplia escalera que  llevaba a las plantas superiores; las paredes estaban pintadas de color beis, y decoradas con cuadros de temas diversos; también había varias vitrinas con objetos muy bellos, de porcelana y cristal.

Varias lámparas en forma de candelabro se encontraban adosadas a las paredes, mientras que del techo pendía una lámpara muy grande, también de cristal.

En el centro de la estancia se encontraba el personal de servicio.

Matías observó al pequeño grupo. Estaban alineados y muy formales, como soldados antes de la inspección del sargento.

Reconoció de inmediato a Fátima, que lo observaba, atenta.

A su lado había una chica, muy joven, con el rostro redondo y sonrosado, nariz pequeña y puntiaguda, y labios gruesos.

Tenía el cabello castaño recogido en un moño.

Miraba a Matías con ojos curiosos. Vestía, al igual que Fátima, chaqueta y pantalón gris claro, y zapatillas blancas.

Luego venía Ignacio, el guardés, de rostro oliváceo, anguloso, enjuto, con muchas líneas de expresión.

Matías le calculó unos cuarenta y pico; llevaba pantalón y zapatos negros, camisa blanca y corbata gris.

Cerraba el grupo Sebastián, que se había colocado junto a Ignacio.

Iba, como siempre, de traje negro y corbata.

Matías saludó a cada uno conforme Luis los iba presentando. Luego se dirigió a todos.

—Me alegra mucho conoceros. Os agradezco el recibimiento, aunque no era necesario —expresó con su mejor sonrisa—. Por favor, continuad con vuestras labores.

El grupo rompió filas. María e Ignacio se fueron por una puerta lateral, mientras Sebastián se dirigió a coger la maleta de Matías, que había dejado a un costado.

—Luis, acompaña al señor Matías a su habitación.

Estará deseando instalarse y descansar un poco.

Señor, la cena se servirá a las nueve, pero si desea comer o tomar algo antes, me avisa.

En las habitaciones hay un teléfono para comunicarse con las estancias principales de la casa, y además creo que tiene nuestros números de  móvil, ¿cierto?

—dijo Fátima, y miró al abogado, quien confirmó con la cabeza—. Luis le indicará el camino.

Matías asintió.

—Excelente entonces —intervino Esparza—. Matías, te dejo en buenas manos. Me retiro, llámame si necesitas algo. Yo te avisaré conforme tenga novedades sobre los trámites —se despidió el abogado, y se marchó.

Matías siguió a Luis, subiendo por las escaleras hacia la segunda planta.

El chófer venía detrás. La escalera daba a un salón que servía de hall de distribución, desde el que partían dos pasillos hacia los lados y un nuevo tramo de escaleras que conducía a la tercera planta.

Luis tomó el pasillo de la izquierda, y abrió la primera de las puertas.

La habitación se componía de tres ambientes.

El primero, nada más abrir la puerta, era el vestidor; una estancia de forma cuadrada, con armarios empotrados, una consola central, y un gran espejo de cuerpo entero.

Los otros dos ambientes, el dormitorio y el baño, se encontraban a ambos lados del vestidor, comunicados por sendas puertas interiores.

Luis indicó al chófer que dejara la maleta en el vestidor y se retirase.

Matías ingresó al dormitorio, que quedaba al lado izquierdo.

Era muy amplio, con un gran parecido a su habitación del hotel.

El techo estaba adornado con molduras de escayola, una mullida alfombra beis recubría el suelo, y las paredes portaban cuadros y algunas fotografías.

Frente a la cama había una consola de madera y mármol sobre la cual descansaba un televisor de pantalla plana.

Un ventanal a la izquierda de la cama daba a una pequeña terraza abierta hacia el jardín.

Al lado del ventanal había un sillón, y al otro lado una mesa pequeña con una lámpara.

En la pared opuesta, al otro lado de la cama, había un pequeño escritorio y una silla.

Todo el mobiliario se veía muy elegante, de buena factura.

El baño, al otro lado del vestidor, parecía recientemente reformado.

Era de diseño moderno y funcional, muy luminoso y con todas las comodidades.

Estaba dividido en tres zonas: la primera era la del lavabo; la segunda, separada por un panel de cristal opaco, albergaba un plato de ducha y una bañera; en la tercera, separada también por un panel de cristal opaco, se encontraban un inodoro y un bidé.

Antes de retirarse, Luis mostró a Matías el telefonillo para llamar a la zona de servicio.

—Espero que todo sea de su agrado, señor —le dijo—. Si necesita algo, estoy a su servicio. Volveré a buscarlo a las nueve.  —Luego,  inclinó la cabeza y se retiró.

Solo en su nueva habitación, Matías se acercó a la ventana y observó el jardín.

En verdad era muy grande. Al fondo, divisó una casa de dos plantas, que supuso sería la casa del guardés.

Tal como había pensado, el camino desde el portón exterior terminaba frente a la casa, y en la primera planta de ésta se veían dos anchas puertas, como para recibir coches tirados por caballos.

Probablemente el guardés viviría en la planta superior, pensó.

A ambos lados del camino de grava había árboles de diferentes tipos, muy frondosos.

También divisó la zona de aparcamiento de coches, más cercana a la mansión, y una pequeña terraza cubierta, al otro lado.

Había sillas, mesas, una cocina, un horno y una parrilla.

«Como para pasar un día de campo», imaginó.

De vuelta en el dormitorio, dedicó unos minutos a acomodar sus pocas pertenencias en uno de los armarios del vestidor, y en el baño.

El espacio era tan grande que cabría la ropa de tres personas.

Luego, ya que todavía faltaba algo más de dos horas para la cena, decidió que era el momento de ocuparse del ordenador.

Teniendo en cuenta que iba a pasar en la ciudad más tiempo del que había pensado, le pareció que sería una buena idea utilizarlo para sus cosas.

Guardaba todos sus archivos en «la nube», así que en realidad podía trabajar y ver sus datos desde cualquier ordenador, solo tendría que descargar los programas que utilizaba a diario, en caso el portátil no los tuviese instalados.

Matías se acomodó en el escritorio, encendió el ordenador e ingresó la contraseña que Serrano le había indicado en su carta.

Una vez desbloqueado el portátil, se sorprendió al ver que se trataba de un equipo de última generación, muy potente, y dotado no solo de las aplicaciones que él utilizaba, sino de muchas otras más.

Al acceder a «Documentos», observó que la información se encontraba muy ordenada, en carpetas divididas por temas.

Matías no deseaba  husmear en la información personal de Serrano, al menos no por el momento, así que se puso con la tarea de descargar parte de su propia información, desde la nube.

Todo lo fue ordenando en una nueva carpeta con su nombre, hasta que quedó satisfecho con el resultado.

Ya podía trabajar y acceder a su información como si estuviera utilizando su propio ordenador en Madrid.

—Bueno —dijo en voz alta—, tampoco es que tengas algo en qué trabajar. Estás desempleado, Matías, ¿recuerdas?

Como aún le quedaba tiempo libre, decidió llamar a Pedro.

Le había ido comentando muy brevemente los pasos que había dado, pero no habían hablado desde la noche del domingo.

Pensó en una videollamada, así le podría mostrar su habitación, así que le envió un mensaje por el móvil y al cabo de unos minutos vio aparecer su rostro en la pantalla del ordenador.

—¡Hombre, Matías! —le dio la bienvenida, y luego agregó, entornando los ojos mientras observaba la parte de la habitación que se podía ver a espaldas de Matías—: Pero… ¿Estás todavía en el hotel? ¿No dijiste que hoy te mudabas a la casa nueva?

Matías sonrió.

—Estoy en la mansión, Pedro. Lo que estás viendo es mi nueva habitación.

—¿Estás de coña? ¡Pero si parece la habitación del hotel!

—Y eso que aún no has visto nada —dijo Matías—. Vamos, te haré un recorrido virtual.

Utilizando el ordenador como cámara, le mostró a su amigo el vestidor, el baño y el dormitorio, incluyendo la terraza y el jardín. Matías iba describiendo lo mejor que podía los detalles, aunque las imágenes hablaban solas.

—¡Guau! —exclamó Pedro, al finalizar el recorrido virtual—. Oye, si así es tu habitación, ya me imagino cómo será el resto de la casa.

—Ya te digo. Por fuera parece la fachada de un museo, de un hotel o de un edificio público. Por dentro he visto poco, pero también es muy elegante. Te mandaré fotos en cuanto la recorra por completo.

—Te está gustando, ¿a que sí?

Justo cuando se disponía a contestar, llamaron a la puerta. Matías aprovechó la interrupción, y mirando su reloj, dijo:

—Pedro, hablamos mañana. Ya van a dar las nueve y han venido a buscarme para la cena.

Matías finalizó la llamada, cerró la tapa del ordenador y fue a abrir la puerta. Luis estaba parado como un poste, aguardando para guiarlo hacia el comedor.