Otavia: La mansión y los buitres 6 #3
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Había revisado dos veces su Manual del mayordomo , una vieja edición británica que Paula le había traducido al español.

No encontró nada que dijera cómo dar la bienvenida a un nuevo jefe de familia.

Había ensayado tres frases: «Buenas tardes, don Matías, es un honor recibirlo en la mansión Serrano», «Bienvenido a la mansión Serrano, don Matías», y «Buenas tardes, señor, bienvenido».

Las dos primeras frases le gustaban, eran ceremoniosas, como corresponde a un mayordomo profesional y a una ocasión tan especial; el problema era que no sabía si a «don Matías» le gustaría el tratamiento.

En la notaría le había parecido un joven muy sencillo.

Tal vez sería mejor optar por la tercera fórmula, y quizá tendría que incluir su propio nombre, aunque ya los habían presentado.

En ese momento sonó su móvil, sacándolo de sus profundas cavilaciones profesionales.

—Dime, Fátima.

—Luis, ¿a qué esperas que no subes a comer? ¡Van a dar las tres! —reclamó el ama de llaves—. Te estamos esperando hace quince minutos. Hasta Sebastián está ya de vuelta, y tú ahí, ¡haciendo el tonto!

—No, no. Es decir… Sí, sí, ya voy… Estoy subiendo ahora mismo.

—Apúrate, que no tenemos toda la tarde —ordenó, y colgó.

En el salón de su casa, Paula disfrutaba de su primer día de vacaciones.

Se había despertado muy tarde, casi  al mediodía, y luego de limpiar y ordenar un poco su impecable piso de soltera, se había preparado y comido algo ligero.

Ahora estaba cómodamente arrellanada en su sofá, disfrutando de un enorme jarro de café, y se preparaba para leer la carta de su padrino.

Sobre el sofá había colocado también el pequeño paquete. Cogió la carta y empezó a leer.

Conforme avanzaba en la lectura, no pudo evitar que sus ojos se humedecieran. Sentía una gran nostalgia de aquel anciano sabio y protector, con quien había compartido tantas horas, oyendo sus historias, recorriendo cada rincón de la mansión, o debatiendo sobre cualquier tema.

«Bueno, no cualquier tema en realidad», pensó.

Serrano detestaba las conversaciones vacías, los temas banales.

Le gustaba debatir sobre asuntos de actualidad, no de prensa rosa.

Y al terminar, se aseguraba siempre de dos cosas: que Paula hubiese entendido lo que se había dicho; y de que decidiera si tenía sentido para ella, o no.

Lo primero era entender, por supuesto. Era absurdo, afirmaba, opinar o analizar algo que no se entiende.

Por eso siempre le preguntaba si había entendido todo lo que habían hablado. Luego venía lo otro:

«Las cosas siempre tienen un sentido», le decía Serrano. «Lo que ocurre es que a veces ese sentido está oculto. Si algo parece no tener sentido, debes buscárselo en otro lado, desde otra perspectiva».

Paula continuó leyendo hasta terminar la carta.

Luego la dobló y la dejó sobre la mesa de centro.

Pensando en lo que había leído, cogió el pequeño paquete y lo abrió.

Se trataba de un pequeño relicario, dentro del cual había algo que la enterneció.

Cerró el relicario y lo colocó al lado de la carta, sobre la mesa.

Se acomodó mejor en su sofá, bebió un sorbo de café, y se quedó en silencio, reflexionando sobre lo que acababa de leer y ver.

Al rato, hablando consigo misma, dijo, rotunda:

—Claro, ahora lo entiendo, Armando —afirmó—. Y tiene mucho sentido.

Cerca de las cinco de la tarde, Esparza salía del aparcamiento del hotel.

Matías iba a su lado. Conforme se alejaban, notó que seguían la misma ruta que él había hecho la noche anterior, andando.

Llegaron al bulevar, muy concurrido como la víspera, y luego de recorrerlo llegaron a la Plaza del Ayuntamiento, también muy concurrida.

Dejaron atrás la plaza, a la izquierda, y Matías observó el enorme parque que había a su derecha.

El abogado le dijo que era el Parque Central, y que se podía correr, caminar o hacer ejercicio en él.

—La mansión está muy cerca, a solo seis manzanas —explicó.

Se internaron entonces en una zona más residencial, con elegantes edificios.

Matías observó que tanto el bullicio como la cantidad de personas en las aceras disminuían conforme avanzaban.

Esparza continuó conduciendo, luego viró a la derecha e ingresó a una avenida amplia, arbolada, al final de la cual se divisaban una pequeña plaza y una iglesia.

El abogado detuvo el coche delante de un precioso palacete de tres plantas.

En la puerta principal, elevada casi dos metros sobre el nivel de la acera, debido al semisótano, se encontraban Luis y Sebastián.

Matías salió del vehículo y admiró la fachada de la mansión, absorto.

No fue capaz de identificar el estilo, tampoco era muy entendido en el asunto.

La puerta principal y las grandes ventanas de la primera planta estaban finamente decoradas, flanqueadas por columnas acanaladas, rematadas con capiteles muy ornamentados.

Las ventanas de los dos pisos superiores eran más pequeñas, de doble arco de medio punto, flanqueadas por el mismo tipo de columnas de la primera planta.

A un costado del edificio había un gran portón de madera, que daba acceso al jardín.

Probablemente en el pasado era la puerta por donde entraban y salían los coches tirados por caballos, dedujo.

Al otro costado había otra entrada, probablemente la que utilizaba el personal de servicio.

Un muro de piedra, muy alto, rodeaba la propiedad, que llegaba hasta la esquina de la calle.

Matías cerró la boca, se volvió y miró a Esparza como pidiendo su confirmación. El abogado sonrió y movió la cabeza afirmativamente, al tiempo que le decía:

—La mansión Serrano, tu nuevo hogar.