6 #2
—Muy bien, con eso ya hemos cubierto a los empleados.
Luego tenemos a Fernando y a su hijo, Ramiro.
Don Armando y su hermano se llevaban muy bien.
Fernando es, como ya te había comentado, un buen tipo; espero que lo conozcas un poco más, te caerá bien.
Ramiro es otra cosa —dijo, y su rostro se ensombreció—.
Yo he tenido algunas discusiones con él, debido a su intento de intervenir en la gestión del patrimonio, cosa que don Armando nunca permitió.
La última fue unos días después del fallecimiento de don Armando; vino a mi despacho exigiendo una copia del testamento.
Estaba muy contrariado porque había estado en la notaría pidiendo lo mismo, pero le habían dicho que era un testamento cerrado.
Por supuesto, me negué, y se fue muy furioso.
No está acostumbrado a que le lleven la contraria, por lo visto.
Don Armando no confiaba en él, y tenía sus motivos.
Por lo que he podido escuchar por ahí, es muy torpe para los negocios, y ha fracasado en todos los que ha intentado llevar adelante.
Tú sacarás tus propias conclusiones, pero yo tendría cuidado.
—Lo tendré, puedes estar seguro.
—Y finalmente llegamos a Paula —continuó el abogado—.
Buena chica, muy directa, independiente, con mucho sentido del humor, como ya lo habrás notado.
Don Armando la estimaba mucho, la consideraba casi como una hija.
Creo que podrías confiar en ella, aunque con las personas nunca se puede estar seguro.
Matías asintió, sin decir nada.
—¿Alguna pregunta? —quiso saber Esparza.
—Pues no —dijo Matías—, es más o menos lo mismo que dice Serrano en su carta.
—Excelente. Pues… ya casi hemos terminado.
Solo una cosa más, respecto a los trámites: como eres un legatario, y no un heredero, es necesario formalizar la aceptación del legado.
Ya tenemos los documentos preparados para que los firmes, y solo estamos esperando la confirmación de la notaría acerca de la protocolización del testamento.
Ya te avisaré, pero quería que lo supieras.
Matías volvió a reacomodarse en su asiento, incómodo, y comentó:
—Eh… Bueno, la verdad es que… Me gustaría pensar un poco más lo que voy a hacer, Constantino. Se trata de mucho dinero, de una finca casi invendible, con muchos gastos, etcétera. ¿Me entiendes?
—Por supuesto que sí, lo entiendo perfectamente —se apresuró a responder el abogado, tranquilizador—. No te preocupes. El plazo para formalizar todo y pagar los impuestos es de seis meses, así que puedes pensarlo con calma. Nosotros necesitaríamos un mes para gestionar todo, así que hay tiempo.
Esparza dio entonces por terminada la reunión.
Ambos se levantaron de sus asientos, y el abogado mandó un mensaje al chófer para que tuviera el coche listo para llevar a Matías a su hotel.
También llamó al joven que había traído los documentos, y le dijo que le trajera «el encargo del señor Serrano».
—Todo listo —sonrió mientras levantaba el pulgar derecho—. Te enviaré por WhatsApp los números de teléfono de todos los involucrados; ellos ya tienen el tuyo, me tomé la libertad de dárselo para que se puedan comunicar directamente contigo y viceversa.
En ese momento entró al despacho el asistente, llevando un maletín que entregó a Esparza, para luego retirarse. El abogado colocó el maletín sobre la mesa, lo abrió y le mostró el contenido: era un ordenador portátil, un cargador y un ratón inalámbrico.
—Como veo que ya has leído la carta, cumplo con hacerte entrega del ordenador de don Armando —le indicó, señalando con la mirada el interior del maletín—.
Sus instrucciones eran que lo guardásemos en nuestra caja de seguridad y te lo entregáramos luego de que leyeras su carta. Ignoro si lleva una contraseña.
Matías cogió el maletín, lo cerró y, sonriendo, comentó:
—Muy previsor.
Al salir del edificio, el chófer ya estaba esperando en el A6.
Esparza se despidió de Matías diciendo que pasaría a buscarlo al hotel a las cuatro y media para llevarlo a la mansión, que tuviera su equipaje preparado y que se encontrarían en la recepción.
El chófer se bajó del vehículo y se apresuró a abrir la puerta a Matías.
Luis Alonso inspeccionaba su aspecto delante del espejo de su habitación.
Su rostro ovalado, de nariz aguileña, lucía pulcramente afeitado, y más pálido que nunca.
Sus ojos marrones, pequeños, observaron con detalle el estado del cuello de su camisa blanca, el nudo de su corbata gris claro, y cada centímetro cuadrado del traje negro, chaleco incluido, que había elegido para la ocasión.
Luego pasó revista a los zapatos, negros y relucientes, sin olvidar los calcetines, del mismo color.
Finalmente, volvió al espejo y comprobó que su cabello, escaso pero muy limpio y bien cortado, estuviera bien peinado.
Sonrió, satisfecho, y volvió a ajustar el nudo de su corbata.
«El problema son las palabras de bienvenida», pensó, con el ceño fruncido.