Otavia: La mansión y los buitres 6
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A la mañana siguiente, Matías llegaba al edificio donde se ubicaba el despacho de Esparza, en un barrio cercano al centro de la ciudad; era una zona tranquila y alejada del bullicio.

El local era amplio, ocupaba uno de los bajos de la finca, y constaba de una zona de recibo, una sala de espera, otra de reuniones, y varios despachos.

Era uno de esos típicos edificios de los ochenta, de diseño antiguo, pero muy elegante y en buen estado de conservación.

Esparza salió a recibirlo, y lo hizo pasar a su despacho.

Mientras llamaba a alguien por el teléfono de su escritorio, indicó por señas a Matías que tomara asiento frente a una mesa redonda que había a un costado; luego de dar unas breves indicaciones, el abogado también se sentó, al lado de Matías.

—¿Descansaste? —empezó diciendo—. ¿Diste el paseo por el centro?

—Sí, claro. Ambas cosas. Necesitaba despejarme un poco y caminar me ayudó.

—Excelente —se alegró Esparza—. Te diré lo que vamos a hacer: mi asistente va a traernos el último informe sobre el estado de tu patrimonio en unos momentos. Yo te haré un resumen, pero te sugiero que te lleves el documento y lo analices luego, en casa.

Matías asintió.

—Luego pasaremos al asunto de la mansión.

También te voy a contar a grandes rasgos de qué se trata, pero sería bueno que revises la ficha que te vamos a entregar.

—Esparza hizo una breve pausa, y continuó—: Por último, te comentaré lo que sé de las personas que viven en la casa.

Ya están avisados de tu inminente llegada.

Matías escuchaba en silencio, asintiendo luego de cada frase del abogado.

En ese momento ingresó al despacho un joven vestido igual que Esparza, de traje y corbata; saludó ceremonioso a Matías, entregó a su jefe varias carpetas, y se retiró, no sin antes despedirse igual que al inicio, muy ceremonioso.

El abogado cogió una de las carpetas, que llevaba una etiqueta que ponía «Fideicomiso Armando Serrano», revisó los documentos que contenía, cogió uno de ellos y se lo pasó a Matías.

—Te explico —le dijo Esparza, al ver que Matías ponía cara de no saber lo que estaba leyendo—: El patrimonio está formado por tres locales comerciales, una cartera de productos financieros, y varias cuentas corrientes. Todo eso suma seis millones de euros, redondeando.

Esparza aguardó unos segundos en silencio, y luego continuó:

—A esto le debemos agregar la mansión de Los Nogales, cuyo valor en el catastro es de ochocientos mil euros, también en cifras redondas.

En total, el patrimonio alcanza a día de hoy la suma que ves en la parte inferior del resumen: casi siete millones.

Y eso es todo en cuanto al patrimonio. ¿Preguntas?

Matías respiró hondo y se acomodó en el asiento antes de responder.

—Es muchísimo más de lo que pensé, una verdadera fortuna, es un alivio saber que no tendré que encargarme de la gestión —comentó, sonriendo ligeramente—. Tengo solo una pregunta, Constantino: ¿Cómo es eso de que la casa vale casi un millón? No conozco ninguna casa normal que valga tanto.

—Es que no es exactamente una casa… normal.

Y ya que me lo preguntas, pasemos a hablar  de la mansión Serrano.

En realidad, se trata de un palacete de principios del siglo veinte, que se encuentra en una de las zonas más exclusivas del centro de la ciudad, dentro de una finca de unos tres mil metros cuadrados, en esquina.

Tengo entendido que fue diseñada por un conocido arquitecto otaviano, es un inmueble catalogado, y una de las últimas grandes casonas privadas del centro de Otavia.

Y su valor de mercado es mucho mayor, tal vez el triple o el cuádruple, y lo mismo sucede con los locales comerciales —explicó el abogado, al tiempo que alcanzaba a Matías un documento y algunas fotografías de la mansión y los locales.

Matías leyó el documento, una ficha del Catálogo Urbanístico de Otavia, en el que se recogían los principales detalles del inmueble. Había mucha información técnica que no entendió, en especial la relacionada con la condición de «inmueble catalogado».

—¿Qué significa lo que pone aquí sobre «Protección Legal», «BIC», y «Grado de Protección P1»?

—Como te acabo de decir, se trata de un inmueble catalogado —comenzó a explicar el abogado—.

BIC es el acrónimo de «Bien de Interés Cultural», pero la mansión no tiene esa categoría.

Es un inmueble registrado en el catálogo por su valor arquitectónico, pero le han asignado el grado de protección P1, que tiene menos restricciones que las que se aplican, por ejemplo, a los inmuebles «BIC».

En los acápites dos, tres y cuatro se indica lo que se puede hacer con la propiedad y se prohíbe lo restante. ¿Me sigues hasta ahí?

—¿Es decir que luego de que transcurra el año, no podré vender la mansión? —preguntó Matías, preocupado.

—No, no —se apresuró en aclarar Esparza, negando con ambas manos—.

Las prohibiciones se refieren al uso, modificación y conservación de la propiedad.

Por ejemplo, si te fijas en las fotos, verás que la finca cuenta con un jardín enorme, de más de dos mil metros cuadrados.

Pues según la ficha, no se puede hacer ninguna edificación en él, ni se puede subdividir la parcela.

Tampoco se puede elevar la altura de la casa, ni derribarla, ni modificar la fachada.

En cuanto al uso, verás que solo se puede destinar a vivienda o a hotel, nada más.

La idea es que se conserve la finca, ¿me entiendes? —concluyó.

Matías lo pensó unos instantes.

—Pues sí, creo. Pero… si casi no se puede hacer nada con la finca, entonces no creo que haya mucha gente interesada en comprarla, ¿no?

Esparza sonrió.

—Efectivamente. Si estás pensando en venderla, no será fácil.

Don Armando nunca la puso en venta, pero sé de otras mansiones similares que están en venta desde hace varios años, sin éxito hasta el momento.

Es una mansión muy grande, con unos gastos considerables; salvo algún empresario hotelero, veo muy poco probable que alguien quiera pagar lo que realmente vale.

El caso de los locales alquilados es distinto, pero no es una buena idea venderlos: representan más de la mitad de los ingresos del patrimonio.

—¿Nunca estuvo en venta? Me refiero a la finca —se interesó Matías.

—No que yo sepa. Don Armando me comentó que el año pasado Ramiro estuvo tratando de convencerlo para venderla a un grupo inmobiliario, pero para él la mansión era su hogar familiar y deseaba conservarla, así que se negó.

Luego parece que la cosa se enfrió, porque Ramiro dejó de insistir y no se habló más del asunto.

Matías pensaba en sus tres opciones, las que había estado considerando la noche anterior.

Por lo visto, la opción de vender la finca ya no era tan atractiva, y la de rechazarla implicaba que la ahijada la aceptase, pero ya no estaba tan seguro de que eso  funcionara.

Volvió a revisar el informe del patrimonio, buscando la cifra de gastos de la mansión.

Cuando creyó haber hallado el dato, se volvió hacia Esparza, le señaló una cifra, e incrédulo, le preguntó:

—¿El gasto anual que ocasiona la finca es lo que dice aquí? ¿Cómo es posible?

—Matías —respondió el abogado, con la paciencia de un profesor explicando un tema nuevo a sus estudiantes—, esa cifra corresponde solo a gastos de mantenimiento y servicios.

Falta agregar los salarios del personal y el pago de impuestos.

Si sumas todo, verás que triplica lo que me has señalado.

Por eso te decía que es muy difícil que alguien compre esa finca.

En tu caso es diferente, porque cuentas con un patrimonio que genera ingresos más que suficientes para afrontar los gastos.

Matías se reacomodó en su asiento, tomó aire, e hizo un gesto de entendimiento con la cabeza. «Ni modo —pensó—, así están las cosas».

Esparza pasó al último tema de la reunión.

—Bueno, ahora me gustaría pasar al siguiente punto: las personas relacionadas de alguna forma con la mansión y contigo. Don Armando me pidió que te hiciera un pequeño resumen cuando llegara el momento.

Matías asintió.

—Luis Alonso es, como sabes, el mayordomo de la casa.

Es muy buena persona, aunque en mi opinión le falta carácter.

Se supone que todo el personal de servicio está bajo sus órdenes directas, aunque yo no estoy tan seguro de eso.

Es muy atento y servicial, eso sí, de modo que puedes contar con él para cualquier cosa que necesites.

»Fátima, como también sabes, es su mujer, y ama de llaves de la casa. Entre ella y María, su asistente, se encargan de todo: limpieza, cocina, compras, etcétera. Es muy competente, muy fuerte de físico y de genio —dijo, haciendo el gesto de los levantadores de pesas.

—Pero… —interrumpió Matías— si ella y su ayudante hacen todo, ¿de qué se encarga Luis?

—Verás, en realidad la mansión no requiere un mayordomo.

Don Armando ha conservado a ambos por razones puramente sentimentales.

Luis intenta supervisar las actividades fuera del ámbito de la casa, las que Ignacio, el guardés, realiza: jardinería, limpieza externa, mantenimiento, cosas así.

También se supone que coordina con Sebastián cosas relacionadas con el coche, aunque en ese sentido el chófer es bastante independiente.

Pero me parece que cuando hay algún asunto gordo que resolver, lo normal es que todos acudan a Fátima.

Matías escuchaba concentrado, tratando de entender, y asentía de vez en cuando. Esparza continuó: