Otavia: La mansión y los buitres 5 #2
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—Es el heredero principal: Armando le entrega su casa y su patrimonio, salvo la parte que nos ha legado a nosotros tres, la bodega y la colección de armas.

Pero tiene que vivir un año en la casa, y durante ese tiempo no puede disponer de ella para nada.

Sobre el patrimonio, Constantino será el administrador por cinco años, así que tampoco puede tocar nada.

Después, podrá hacer con la casa y el patrimonio lo que le plazca.

Fátima pensó unos instantes y luego preguntó:

—¿Y qué pasa con nosotros, los empleados de la casa? ¿Hablaron algo al respecto? Porque Esparza ha llamado a tu padre para avisarle que mañana por la tarde vendrá con el joven heredero, y que debemos estar todos para darle la bienvenida. Se quedará aquí, no sé cuánto tiempo.

—Ni una palabra, aunque me da la impresión de que Matías no tomará ninguna decisión y todo seguirá como hasta ahora.

No sé, pero me ha parecido un poco indeciso, y bastante sorprendido y confundido además.

No se lo esperaba, sin duda —afirmó Paula, mientras acomodaba su cena en la mesa de la cocina.

—Oye, hija, ¿y qué dice la carta que te entregó Esparza?

Paula se acomodó en la silla, y miró con ojos codiciosos la ensalada que tenía delante. Antes de iniciar el ataque, respondió:

—No la he leído, la verdad. Lo haré mañana, ahora estoy cansadísima. ¡Ah! Me olvidaba de contarte: en el sobre había también un pequeño paquete, del tamaño de una caja de cerillas. Tampoco lo he abierto, en la carta pondrá qué es y para qué sirve.

Fátima emitió un gruñido por el móvil.

—¡Qué falta de curiosidad! En eso saliste a tu padre, sin duda. ¡Yo hubiera leído la carta de inmediato, y ya sabría el contenido de la dichosa caja!

—Hablando de papá —dijo, mientras daba cuenta de la ensalada—, ¿cómo lo ha tomado?

—Lo de la herencia, bien. La nuestra, digo —aclaró Fátima—.

Pero está muy preocupado por lo de la casa.

Igual que todos aquí, ¿sabes? Ahora mismo está planchando su mejor traje de mayordomo, quiere causar una buena impresión al nuevo propietario.

A propósito, además de indeciso, sorprendido y confundido, ¿qué te ha parecido el joven?

Paula dudó unos segundos antes de contestar. En realidad había pasado muy poco tiempo con Matías, así que no tenía muchos elementos para formarse un juicio sobre él como persona. Finalmente, aventuró un primer análisis:

—Pues… parece una buena persona, sin malicia. A pesar de venir de una ciudad como Madrid, da la impresión de que hubiera llegado a Marte: todo le sorprende. No sé muy bien cómo explicarlo, pero me cae bien.

—Mmm… Ya veremos —replicó Fátima, desconfiada—, ya veremos.

Matías salió a dar su paseo nocturno cerca de las ocho.

Claro que, teniendo en cuenta que eran los primeros días de julio, el atardecer tardaría todavía un par de horas en llegar.

Había consultado el mapa en su móvil, y luego había trazado una pequeña ruta sobre uno de papel, que había cogido de la recepción.

Avanzó unos doscientos metros por la misma calle del hotel, y llegó al bulevar San Germán, la  principal avenida de Otavia, muy elegante y llena de tiendas de marca, edificios de lujo y mucha gente.

La recorrió en toda su extensión, deteniéndose por momentos a mirar las vitrinas de las tiendas, disfrutando del ambiente animado del lugar.

Luego de unos minutos, llegó a la Plaza del Ayuntamiento, punto de partida del bulevar, que a partir de ese momento cambiaba de nombre.

Era un amplio espacio rectangular, rodeado por tres calles y el propio bulevar.

En las dos más largas se ubicaban los edificios del ayuntamiento, del gobierno, algunos edificios comerciales, empresas de seguros y alguna finca particular.

La calle más pequeña, opuesta al bulevar, albergaba edificios de viviendas.

Las tres calles tenían soportales, bajo los cuales había una gran cantidad de bares y restaurantes, llenos de gente tanto en el interior como en las terrazas.

El centro de la plaza estaba dominado por una gran fuente, rodeada de zonas ajardinadas y bancos para que cualquiera pudiera sentarse a leer, conversar o simplemente contemplar el paisaje.

Matías atravesó la plaza, ubicó un banco vacío y se sentó.

Habían pasado algo más de veinticuatro horas desde su llegada a la ciudad, pero le parecía que hubieran transcurrido ya varios días.

En unas pocas horas, su vida había vuelto a cambiar, y mucho.

Y probablemente le esperaban más sorpresas en la reunión que tendría al día siguiente en el despacho de Esparza.

No sabía qué hacer. Su madre habría analizado la situación de manera objetiva, sin apasionamientos, basándose solo en los hechos, y sin preocuparse por conocer las motivaciones del difunto. Así que trató de hacer lo mismo.

Una opción era aceptar todo el legado. Eso implicaba dar un giro total a su vida: tendría que mudarse a Otavia de manera permanente, vivir en la mansión —ya se estaba acostumbrando a llamarla «mansión» y aún no la conocía—, vivir de sus rentas y dedicarse a escribir.

Otra opción era rechazar el patrimonio pero conservar la mansión, y vivir en ella el año que Serrano había estipulado como condición.

Luego, la vendería y con lo que obtuviese podría seguir con su vida de siempre en Madrid.

Sonaba bien, excepto por el deseo de Serrano, expresado en su carta, de que conservara la finca.

La tercera alternativa era quedarse con el patrimonio, y rechazar la casa.

Esto le sonó mejor. Paula, la ahijada, heredaría la mansión y se encargaría de satisfacer las expectativas de su benefactor, y Matías disfrutaría del patrimonio, como en la primera opción, pero sin tener que moverse de Madrid, y sin preocuparse por gestionarlo.

«Sí, esa opción sería la mejor, creo», pensó.

Aún no tenía el panorama claro, pero al menos había logrado reducir el problema a solo tres opciones.

La reunión con el abogado terminaría de aportarle la información que necesitaba para decidir, seguro.

Mientras tanto, decidió relajarse, respirar el aire limpio de la ciudad, y tomarse una cerveza bien fría en alguno de los bares de la plaza.

Tan absorto estaba Matías en sus pensamientos, y en contemplar los bellos edificios de estilo francés del centro de la ciudad, que no se percató de la presencia de cierta persona que lo seguía, observando a la distancia sus movimientos.

El individuo lo siguió hasta que regresó a su hotel, y luego marcó un número en su móvil.

—Habla —ordenó su interlocutor.