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Estimado Matías,
Ante todo, quiero disculparme contigo por las molestias que, estoy seguro, te vengo causando desde que te avisaron de mi muerte.
Hubiera querido conocerte antes, pero tu madre, que sabes tú muy bien cómo se las gastaba, me hizo jurar, ya hace muchos años, que me mantendría alejado de ella y de su familia. No le faltaba razón, te lo aseguro.
Magdalena y yo nos conocimos trabajando ambos en la empresa de mi padre.
Éramos muy jóvenes, y creíamos que la vida era sencilla.
Solo te diré que yo me porté mal con tu madre, no estuve a la altura de los acontecimientos, y ella no me perdonó.
Por eso se fue a vivir a Madrid, donde no conocía a nadie, ya que su escasa familia, como debes de saber, vivía en Otavia.
No creas que no intenté arreglar las cosas entre ambos; de hecho, aproveché algunas ocasiones en las que Magdalena vino a la ciudad, para hablar con ella.
Pero no hubo forma. Tu madre era de esas personas que una vez que toman una decisión no vuelven atrás.
Cuando me enteré de tu nacimiento, y luego del fallecimiento de tu padre, lo volví a intentar, pero ella se negó rotundamente, y además me prohibió que intentara hacer algún contacto contigo.
Solo ahora que ella ya no está para reñirme es que me he atrevido a asistir a su funeral para decirle adiós, y me he limitado a darte el pésame porque no quería agobiarte con historias pasadas en un momento tan triste.
Solo te he visto una vez, pero debes saber que he seguido tu trayectoria desde tu nacimiento, así que creo conocerte un poco.
Eres una buena persona, y aunque aún no has dado un rumbo definitivo a tu vida, ni personal ni profesionalmente, estoy convencido de que tienes mucho potencial.
Solo te falta descubrir y desarrollar tu verdadera vocación, que creo que no es la escritura.
Te estarás preguntando por qué te he legado casi todo mi patrimonio.
Es muy simple. Mi hermano Fernando es muy bueno, transparente como el cristal, serio, honesto y un magnífico administrador, incapaz de algo incorrecto o injusto.
Sin embargo Ramiro, su hijo, es todo lo opuesto.
Salió a su madre, creo. Fernando está intentando que encuentre su lugar en la empresa, pero hasta el momento solo ha hecho disparates; y como persona, bueno, no dejaría que cuidara ni siquiera a mi mascota.
Como comprenderás, yo no quería que una persona así heredara mi patrimonio, y tampoco podía legárselo todo a Fernando, porque al final sería lo mismo, así que busqué una forma mejor.
La mansión Serrano, mi hogar desde que nací, es un lugar muy especial para mí.
Es una casona muy antigua, de principios del siglo pasado.
Mi padre se la compró en los años cuarenta a la familia de un conocido industrial de Otavia.
Pasé mi infancia, adolescencia y parte de mi juventud en ella, hasta que me casé y me fui con mi mujer a vivir a otra casa, más moderna y pequeña.
Aunque en ella viví algunos de los acontecimientos más duros de mi juventud, te confieso que en esa casa he sido muy feliz.
Por eso, apenas tuve la oportunidad, me convertí en su único propietario, regresé, y continúo viviendo en ella.
Ahora la mansión Serrano es tuya. Conócela, siéntela, recorre sus ambientes.
Te comento que los lugares donde paso la mayor parte del día son la biblioteca y especialmente mi despacho.
Es como mi refugio, el lugar donde paso horas escribiendo, y donde recibo a las pocas personas que vienen a verme.
Por cierto, puedes usar mi ordenador, tal vez encuentres cosas interesantes, fotos, algunas cosas que he escrito durante todos estos años.
La clave es «Magdalena@1960». Sé que la casona no es el lugar más apropiado para una familia moderna: es muy grande, de diseño anticuado, como para las familias de antes.
Sin embargo, aunque comprendería que finalmente decidas no vivir en ella luego del año obligatorio, confío en que la conserves, y le des el uso que merece.
Mi pequeño patrimonio también es tuyo. Yo había dispuesto que tu madre fuese mi heredera, y tú el sustituto si ella lo rechazaba, pero su repentina muerte ha acelerado un poco las cosas.
Espero que ahora, con la tranquilidad económica que te brinda lo que acabas de heredar, dediques tu tiempo y esfuerzos a encontrar tu lugar en la vida.
Es cierto que te he impuesto algunas condiciones, pero lo hago para evitar que tomes decisiones apresuradas, y también para darte la oportunidad de conocer mejor mi ciudad, la mansión, y a las personas relacionadas con ella, sin tener que ocuparte de asuntos financieros o administrativos.
Un año parece mucho tiempo, pero pasará antes de que te des cuenta.
En cuanto a los Alonso, son como mi segunda familia, especialmente Paula, que además es mi ahijada. Puedes confiar en ellos, sin reservas. Ya los irás conociendo, igual que a los demás miembros de mi reducido personal de servicio.
Constantino Esparza es un hombre íntegro y competente, como su padre; tu patrimonio está en buenas manos, te lo aseguro.
Una vez que el plazo de cinco años finalice, podrás tomar la decisión que quieras respecto a la administración del patrimonio; sin embargo me permito sugerirte que dejes el asunto en manos de Constantino, y te dediques a lo tuyo.
A menos, claro, que optes por formarte en gestión de negocios y luego tomes las riendas tú mismo. Es lo que yo haría.
Me he extendido más de la cuenta, así que ya termino. Tu madre me debe de estar esperando para regañarme por lo que acabo de hacer, y por presentarme en su funeral sin su permiso, así que por el momento lo dejamos aquí.
Buena suerte,
Armando
Matías terminó de leer la carta y se quedó pensativo, mirando hacia el patio interior del hotel, a través de la ventana de su habitación.
No tenía mucho apetito, ni ganas de comer rodeado de turistas bulliciosos, así que había ordenado que le subieran un bocadillo y una cerveza bien fría.
Dejó la carta sobre el escritorio, terminó el bocadillo y le dio un sorbo a su cerveza.
La carta le había servido para entender algunas cosas, pero había dejado otras sin explicación.
Su madre no había hablado jamás sobre su pasado en Otavia, al menos no con él.
Serrano decía que se había portado mal con ella, y que era la causa de su exilio madrileño.
Tendría que haber ocurrido algo muy serio para que Magdalena tomara una decisión tan radical. ¿Qué habría pasado?
Que lo eligiera a él como heredero tampoco parecía lógico.
Matías entendía la situación familiar, pero él era un completo desconocido, como había observado Paula, mientras que ella era su ahijada, casi familia.
Tendría más sentido que la heredera hubiese sido ella, directamente.
Además, Serrano estaba muy bien informado sobre su vida.
¿Por qué tanto interés? ¿Por qué lo trataba con tanta familiaridad?
Bebió de un trago lo que quedaba en el vaso, guardó la carta en el sobre y llamó a la recepción para que se llevaran la bandeja del almuerzo.
Al cabo de unos segundos un solícito camarero tocó la puerta de la habitación, y como una exhalación, cogió la bandeja con los restos y desapareció.
Solo con sus pensamientos, Matías recorrió la estancia un par de veces, de lado a lado, tratando de armar el puzle.
No lo consiguió. Faltaban demasiadas piezas.
«Suficiente por un día —decidió, mientras recorría la habitación por tercera vez—. Mejor mañana».
Cogió el móvil, marco al número de Esparza y le pidió postergar la reunión para la mañana siguiente.
—Por supuesto —dijo el abogado—, te entiendo perfectamente. Por lo visto, mi vehemencia para cumplir los encargos me ha hecho pecar de desconsiderado contigo. Disculpa mi torpeza, por favor.
—No te preocupes.
Matías dudó unos instantes. Una idea acababa de cruzar su mente.
—¿Sabes, Constantino?, creo que preferiría quedarme en la mansión en vez de estar aquí.
El hotel y la habitación están muy bien, pero me siento muy incómodo.
No estoy acostumbrado a los hoteles. Además, mi benefactor me ha pedido que conozca bien la finca antes de tomar decisiones, y…
bueno… pienso que sería una buena idea y un buen gesto de mi parte. ¿Es posible?
—Por supuesto que es posible, Matías, y me parece una excelente idea. A ver… ¿Qué tal si mañana por la tarde te paso a buscar al hotel y te llevo a la mansión? Te presento a todos, y te instalas allí. Avisaré a Luis para que tenga todo preparado.
—Gracias, Constantino. Ahora creo que descansaré un rato y luego quizá dé una vuelta por el centro.
—¡Excelente! Te espero a las once. Hasta mañana —se despidió Esparza, y colgó.
Paula llegó a su piso alrededor de las siete de la tarde, agotada.
Había tenido una tarde intensa, por la ausencia durante la mañana a causa de la lectura del testamento, y porque al día siguiente empezaban sus vacaciones de verano y había tenido que trasladar todas sus cuentas a su compañera de trabajo.
Ni siquiera había tenido tiempo de hablar con sus padres y comentar los sucesos recientes.
Se dio una ducha, y mientras se preparaba algo de cenar, llamó a Fátima.
—Hola, madre —saludó cantarina, como era su costumbre.
Fátima quería saber qué era eso de «sustituta», así que Paula le dijo lo que Esparza le había explicado.
Luego comentaron sobre los legados que Serrano había otorgado a cada uno.
Obviaron el incidente de Ramiro —conocían de sobra los arranques del joven—, y llegaron a Matías. Paula resumió para su madre: