Otavia: La mansión y los buitres 4
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La sala de reuniones era muy amplia, de diseño moderno.

Al centro del recinto había una mesa rectangular de madera con doce sillones de cuero, cinco a cada lado y uno en cada extremo.

Las paredes estaban pintadas de un tono canela claro, decoradas con cuadros con motivos geométricos.

En una de las paredes de la sala había una consola y sobre ella, adosada a la pared, una pantalla muy grande, de esas que se utilizan para realizar videoconferencias.

Al entrar en la sala, Matías observó que ya se encontraban sentados a la mesa los otros cinco convocados.

En el lado izquierdo de la mesa, el más próximo a la puerta, había tres personas: un hombre de unos cincuenta años, delgado, de rostro pálido; una mujer como de la misma edad del hombre, de rostro colorado  e intensos ojos verdes, robusta, con el cabello ondulado, muy corto, rubio; y otra mujer, joven, delgada y atlética, de cabello castaño claro, ondulado, largo hasta los hombros.

La pareja parecía algo incómoda. La joven, por el contrario, parecía tranquila y relajada, y observaba con curiosidad los detalles de la decoración de la sala.

Al otro lado de la mesa se sentaban dos hombres, que debían de ser el hermano y el sobrino del fallecido.

Esparza y Matías pronunciaron un breve «Buenos días».

El abogado hizo las presentaciones del caso, y se sentaron.

Fernando Serrano aparentaba unos sesenta años.

De rostro cuadrado, afable y casi sin arrugas, con el cabello canoso, ligeramente ondulado y peinado hacia atrás, dirigió su mirada hacia Matías, al tiempo que realizaba un ligero movimiento de cabeza.

A su lado, y fingiendo total indiferencia, Ramiro Serrano-Meier dirigía su mirada, de un azul muy claro, casi transparente, hacia algún punto indeterminado de una de las paredes de la estancia, mientras sus dedos tamborileaban sobre la mesa.

Aparentaba unos treinta años; era  delgado, muy rubio, de rostro alargado, mentón prominente y labios muy finos.

Justo en ese momento ingresó la notaria, llevando en la mano una carpeta.

Saludó, ocupó el sillón del extremo más próximo a la pantalla y, tal como había dicho Esparza, pidió los documentos de identidad.

Terminada la comprobación, sacó de su carpeta un sobre lacrado, rompió los sellos, y retiró el folio que se encontraba dentro.

Y dio comienzo a la lectura del testamento.

El documento empezaba con la presentación del testador, quien daba sus datos generales y manifestaba que era viudo y sin descendencia.

En las dos cláusulas siguientes, el fallecido legaba un viñedo —«Bodegas Abea», decía el documento— a su hermano Fernando, y una colección de armas antiguas a su sobrino Ramiro.

Fernando Serrano sonrió al escuchar el legado.

Ramiro Serrano-Meier, en cambio, torció los labios en una mueca de fastidio muy evidente.

La notaria continuó con la lectura.

El testamento disponía que Luis Alonso y Fátima Ibáñez recibieran como legado la cantidad de doscientos mil euros cada uno, mientras que para su hija Paula otorgaba como legado la cantidad de cuatrocientos mil euros.

Paula se limitó a sonreír, tal como lo había hecho Fernando Serrano, pero sus padres abrieron los ojos como platos.

Serrano-Meier dirigió a los tres una mirada extraña, pero no dijo nada.

La notaria leyó la siguiente cláusula:

—«Lego mi finca ubicada en la calle Los Nogales 15, Otavia, a Don Matías Aguirre López, con la condición de que viva en ella al menos un año, contado a partir de la aceptación del legado, y con la prohibición expresa de enajenarla durante dicho plazo».

Matías también abrió los ojos como platos, igual que habían hecho los padres de Paula, pero por razones distintas.

Había previsto que tal vez le tocase alguna propiedad en el testamento, pero no que tendría que vivir en ella durante…

¡un año! Eso significaba mudarse a Otavia, cosa que no estaba en sus planes en absoluto.

Serrano-Meier también parecía sorprendido.

Primero miró a la notaria, como pidiéndole explicaciones, pero ésta ni se inmutó.

Luego giró la cabeza y miró a Matías. Tenía el rostro enrojecido, los labios apretados y el ceño fruncido.

No dijo nada, pero el tamborileo sobre la mesa se aceleró.

La notaria continuó leyendo:

—«Respecto al remanente de mi patrimonio, nombro heredero en calidad de fiduciario a mi albacea, abogado y administrador, Don Constantino Esparza Salcedo, con la obligación de conservación y administración, bajo la modalidad de fideicomiso a plazo, a quien sustituirá fideicomisariamente, en el plazo de cinco años, Don Matías Aguirre López».

Esta vez Serrano-Meier se levantó bruscamente, y sin decir media palabra abandonó la sala.

Su padre intentó retenerlo, pero fue inútil.

Matías no había entendido muy bien lo que acababa de escuchar, pero por lo visto también tendría que administrar el patrimonio del fallecido.

Y eso parecía haber molestado mucho al iracundo sobrino…

La notaria observó cómo se marchaba Ramiro Serrano-Meier como quien mira a un insecto antes de pisarlo. Luego retomó tranquilamente la lectura.

—El testador impone dos obligaciones al fideicomiso: «Solventar todos los gastos relativos a la finca indicada en la cláusula SEPTIMA, incluyendo los salarios del personal de servicio, por cinco años» —leyó—, y «Otorgar una pensión mensual de cinco mil euros a Don Matías Aguirre  López, durante cinco años».

El ama de llaves hizo un gesto de conformidad al escuchar la primera obligación. Matías iba de sorpresa en sorpresa. La notaria leyó entonces la última cláusula del testamento:

—«Dispongo que aquellos instituidos herederos y legatarios que no puedan o no quieran aceptar la herencia o legado sean sustituidos por Doña Paula Alonso Ibáñez».

Esta vez, Paula sí que se sorprendió. Miró a Fernando Serrano, como pidiendo una explicación, pero este se limitó a sonreír nuevamente, encogiéndose de hombros.

La lectura concluyó con las fórmulas técnicas de cierre de todos los testamentos. Al finalizar, la notaria dijo:

—Bien, pues eso es todo. El testamento cumple con los requisitos exigidos por la ley, de manera que procederemos a protocolizarlo —señaló.

Luego, dirigiéndose al abogado, continuó:

—Constantino, entiendo que usted, como albacea del señor Serrano, se hará cargo de los trámites correspondientes.

Nos pondremos en contacto con su despacho en cuanto terminemos con la protocolización.

Le sugiero también que le explique al señor Aguirre lo que significa el fideicomiso, y a la señorita Alonso, el alcance de la sustitución.

Los términos legales suelen ser confusos, ya sabe.

Pueden usar la salita privada si lo desean.

El abogado asintió.

—Buenos días a todos —se despidió la notaria, incorporándose, y abandonó la sala.

Solo Paula, Matías y Esparza ingresaron a la salita privada. Fernando Serrano y los padres de Paula ya se habían marchado. Al despedirse de Matías, Serrano se había disculpado por el comportamiento de su hijo, y le había dicho que le llamaría para conversar y conocerse mejor.

Los tres tomaron asiento alrededor de la mesa, mucho más pequeña que la de la sala de reuniones. Esparza abrió su maletín, sacó dos sobres cerrados, los colocó delante de él, y empezó la conversación dirigiéndose a Matías, que todavía parecía no saber dónde poner las manos.

—A ver, Matías, creo que deberíamos comenzar por la finca, ¿cierto?

—Pues…  Sí, claro.

—Verás, la casa es tuya, pero la condición es que deberás vivir en ella durante un año. Y durante ese plazo no puedes disponer de la misma, ni para venderla, ni para alquilarla, ni para nada que no sea tan solo vivir en ella.

Eso confirmaba los temores de Matías. No podría rentabilizar la herencia, no de momento al menos, y además tendría que vivir en Otavia durante todo un año.

«Tal vez podría rechazar la casa y quedarme con la renta —pensó—, cinco mil euros mensuales durante cinco años, es lo que me pagarían en el instituto en diez años».

—¿Y qué sucede si rechazo la casa? —quiso saber.

—Puedes rechazar cualquiera de los legados, Matías.

Y aprovecho tu pregunta para explicarle a Paula su rol como sustituta —respondió el abogado, y volvió su rostro hacia la joven—.

Si cualquiera de los beneficiados por don Armando rechazara algún legado, este pasará directamente a tus manos, Paula.

En este caso en concreto, si Matías rechaza la mansión, ésta pasaría a ser tuya.

—Qué astuto —reaccionó ella, sonriendo divertida, como si le hubiesen contado un chiste muy bueno—.

No me interesa heredar nada más, ¿eh? —aclaró, mirando a Matías—, lo que ocurre es que me hace mucha gracia.

Parece que Armando encontró la forma de dejar al detestable de Ramiro fuera de todo. ¿Lo pillas?

Matías no pillaba nada, pero asintió. Esparza ignoró el comentario y recondujo el diálogo.

—Bueno, bueno. A lo nuestro. Ya decidirás si aceptas o no la mansión, hay tiempo. El otro tema es el fideicomiso, que imagino es lo que menos claro te ha quedado.

—Pues sí —confirmó Matías—. Creo que se trata de administrar el patrimonio, tú los primeros cinco años y luego yo. Te adelanto que si es así, no me interesa. Ni quiero administrar patrimonios ni sé cómo se hace, además, ¿en beneficio de quién? —añadió.

—No lo has entendido en absoluto —dijo Esparza, negando con la cabeza—.

El fideicomiso es una figura hereditaria.

O sea, el heredero del patrimonio de don Armando eres tú, pero lo recibirás recién dentro de cinco años.

¿Me explico? Mientras tanto, yo lo conservaré y lo administraré.

En realidad no hay muchos cambios para mí, puesto que hace varios años que me encargo de administrar el patrimonio de don Armando, y antes que yo, lo hacía mi padre.

La única diferencia es que a partir de ahora trabajaré para ti —concluyó, levantando ambas manos y sonriendo.

—Y si no lo quiere, el patrimonio será mío, ¿cierto? —intervino Paula, muerta de la risa—. Es broma, ¿eh? —aclaró rápidamente, al ver la expresión de susto del madrileño.

—Vaya —dijo Matías, tratando de asimilar la noticia—. ¿Y puedo saber de qué o de cuánto estamos hablando?

—Don Armando ya no tenía relación con las empresas Serrano —explicó Esparza—.

Vendió sus acciones a su hermano hace años, cuando murió su padre y él se retiró de la presidencia de la organización.

Luego, al fallecer su madre, compró a su hermano su parte de la finca.

El dinero que obtuvo por la venta de las acciones y lo que recibió como herencia al morir su padre lo invirtió en inmuebles y productos financieros.

El viñedo, que fue herencia de su mujer, se lo ha legado a Fernando, como ya has oído.

En fin, recibirás un inventario detallado, por supuesto, pero te puedo adelantar que estamos hablando de varios millones de euros.

—Ahora entiendes la reacción de Ramiro, ¿cierto?

—intervino Paula—. Esperaba que Armando los hiciera herederos a él y a su padre, que vendría a ser lo mismo, puesto que es hijo único.

Ahora resulta que el heredero de casi todo eres tú, un completo desconocido.

Debe de estar sintiendo una enorme ternura hacia ti —concluyó, entornando suavemente los ojos.

Matías no sabía qué decir, así que guardó silencio mientras trataba de ordenar en su cabeza la información que acababa de recibir. Lo único que tenía claro era que cualquier cosa que decidiera hacer con lo que había heredado, si es que lo aceptaba, tendría que esperar.

El abogado cogió entonces los dos sobres que aguardaban sobre la mesa, y entregó uno a Matías y el otro a Paula.

—Don Armando me encargó que os entregara estas cartas luego de la lectura del testamento —expresó con cierta solemnidad—. Os pido que las leáis luego, en privado. Espero que en ellas encontréis respuesta a algunas interrogantes sobre las decisiones que él tomó respecto a sus bienes.

»Matías —continuó—, hay otros detalles sobre el fideicomiso y sobre la finca que debes conocer antes de tomar cualquier decisión.

Si te parece bien, podemos reunirnos en mi despacho por la tarde, a las cinco.

Sebastián te llevará, por supuesto. Paula, lo tuyo es más sencillo: prepararé algunos documentos que tendrás que firmar apenas Alejandra formalice la protocolización del testamento, y luego te haremos el ingreso del dinero en la cuenta que nos indiques. Yo te avisaré.

Ambos estuvieron de acuerdo. A la salida de la notaría, Paula se despidió de ambos y se dirigió a buscar su coche. Esparza se ofreció a acompañar a Matías hasta el hotel.

—Podemos ir caminando —le dijo el abogado mientras se alejaban de la notaría—, el hotel está tan solo a cinco manzanas de aquí. Sebastián tiene razón cuando dice que desde tu hotel se puede ir andando a casi cualquier lugar del centro de Otavia.

En ese mismo momento, Ramiro Serrano-Meier discutía por teléfono con una persona.

—Sé muy bien lo que habíamos quedado —dijo Ramiro—, pero las cosas han cambiado. ¿Es que no me estás escuchando? —gritó, nervioso.

—Te he escuchado perfectamente, Ramiro, tranquilízate —contestó el otro, calmado—. Lo que tienes que hacer es resolver el problema, no desesperarte.

—¿Y cómo se supone que lo voy a solucionar? La mansión ya no será mía, ¡no podré venderla!

Ramiro escuchó algo como un suspiro por el móvil, y luego oyó nuevamente la voz de su interlocutor.

—Yo te diré lo que tienes que hacer. Luego ya es cosa tuya convencer al madrileño. Escúchame bien y no interrumpas.