Otavia: La mansión y los buitres 3
8%

3

Al acceder al salón principal de la estación, Matías observó un grupo de personas que esperaban a los pasajeros recién llegados.

Uno de ellos destacaba por encima de los demás: era muy alto, con la cabeza casi rapada, porte militar y cara de pocos amigos.

Vestía traje negro y portaba un letrero.

Matías lo reconoció: era el mismo que acompañaba a Armando Serrano el día del funeral. Fue directo hacia él.

—Buenas tardes —dijo, y señalando el letrero se presentó—: Soy Matías Aguirre.

—Buenas tardes —respondió lacónico e inexpresivo—, soy Sebastián. Acompáñeme, lo llevaré a su hotel.

Sin mencionar nada más, el chófer guió a Matías al aparcamiento de la estación, donde subieron a un coche negro, grande y elegante.

El conductor salió del aparcamiento, giró a la derecha y se incorporó al tráfico de la amplia avenida arbolada donde se encontraba la estación.

Apenas cinco minutos después, y luego de recorrer algo menos de un kilómetro, el vehículo se detuvo frente a la entrada de un precioso hotel de dos plantas, de estilo barroco, con arcos de medio punto en la primera planta y bellos balcones enrejados en la segunda.

—Este es su hotel —le dijo el chófer—. Está cerca de todo, podría ir caminando a casi cualquier sitio del centro de Otavia.

Sin decir nada más, descendió del vehículo y le abrió la puerta trasera para que hiciera lo propio.

Luego fue hacia el maletero, extrajo el pequeño maletín y se lo entregó.

Tenía un cierto parecido con un actor americano de películas de acción.

Matías no lograba recordar el nombre del actor, pero sin duda tenía las mismas dotes de simpatía y expresividad del chófer.

—El abogado me ha indicado que lo recoja mañana a las diez en punto —dijo, mientras se dirigía de vuelta al coche—. Buenas tardes.

Un tanto sorprendido por la extraña actitud del chófer, Matías se quedó unos segundos observando cómo este subía al A6 y se marchaba.

Quizá había tenido un mal día, o tal vez le molestaba que lo hicieran trabajar un domingo por la tarde, pensó.

Total, ese no era su problema; él no había pedido un chófer.

Dio media vuelta e ingresó a la elegante recepción del hotel, se acercó al mostrador y se registró.

El encargado de la recepción le confirmó los detalles de la reserva, dispuso que llevaran el equipaje a la habitación, y le hizo entrega de dos llaves magnéticas.

Luego lo invitó a dar una vuelta por la primera planta para mostrarle los ambientes que podría utilizar como huésped —salón, patios, comedores, etc.

—, mientras le indicaba los horarios del desayuno y de las zonas de esparcimiento.

Veinte minutos después, Matías por fin llegaba a su habitación, ubicada en la segunda planta del edificio.

Estaba agotado. Bajaría a cenar algo ligero, se daría una ducha, y se metería en la cama, pensó.

También tendría que llamar a Pedro para ponerlo al tanto, por supuesto.

—Tendría que haber ido yo, como tu representante —bromeaba Pedro, luego de recibir de su amigo un breve resumen de los eventos del día—. Imagino que tú no vas a aprovechar todas las comodidades: hotel de lujo, habitación de lujo, coche de lujo, chófer privado…

—No estoy acostumbrado, Pedro —lo interrumpió Matías—, y el lujo no me interesa.

Además, solo me pienso quedar el tiempo estrictamente necesario.

Y si lo que me toca en el testamento no es algo que pueda rentabilizar o vender, lo rechazaré.

Estoy desempleado, ¿recuerdas? No pienso pagar impuestos ni hacer gastos por cosas que no significan nada para mí.

—Caray, no te enfades, tío. Si es que… Vaya mal humor. Bueno, mañana será otro día, suerte con lo del testamento, ya me contarás. ¡Ah, saludos de Susana! —se despidió, y colgó antes de que Matías pudiera seguir refunfuñando.

A esa misma hora, dos personas hablaban por teléfono. Una de ellas recibía un informe sobre las actividades de Matías en la ciudad.

—Date prisa, que no tengo toda la noche —exigió una de las voces.

—Perdón. Lo resumiré: llegó pasadas las seis de la tarde, como estaba previsto. Ingresó al hotel antes de las siete. Mañana irá a la notaría donde lo estará esperando Esparza. Es todo, señor.

—No lo pierdas de vista. Mañana me harás un reporte al final del día —ordenó el otro, y finalizó la llamada.

Matías se levantó antes de las siete, se vistió y bajó a tomar el desayuno.

El comedor era muy largo, de paredes blancas adornadas con espejos y cuadros.

Había una treintena de mesas para dos o cuatro comensales, y una larga mesa lateral con los artículos típicos de los desayunos bufé: tostadas, panes de todo tipo, bollería, platos calientes, zumos, fruta, leche, infusiones, cosas así.

Todo en abundancia, y muy bien presentado.

Habría no más de veinte huéspedes desayunando en ese momento.

Escogió una de las mesas para dos, luego se acercó a la mesa del bufé y se preparó un café y dos tostadas: su desayuno habitual.

A las diez en punto pasó a recogerlo el chófer —con la misma expresión del día anterior—, y lo llevó a la notaría, en completo silencio.

En la puerta del edificio lo esperaba un sujeto delgado, de mediana estatura, de unos cuarenta y tantos años, de traje y corbata, con el cabello castaño muy bien recortado.

Llevaba gafas de carey y portaba una elegante cartera porta documentos de piel.

—Buenos días, señor Aguirre. Constantino Esparza, a sus órdenes —se presentó, al tiempo que le tendía una mano—. Espero que haya tenido un buen viaje y mejor descanso. Bienvenido a Otavia.

—Buenos días, un placer —respondió Matías, estrechando la mano del abogado—. Muchas gracias.

—Permítame un momento. Voy a decirle a Sebastián que no lo necesitaremos por un buen rato. Enseguida estoy con usted.

Esparza se acercó al automóvil donde el chófer esperaba, le dio indicaciones y volvió. Mientras el vehículo partía, Matías notó la mirada de pocos amigos del chófer, que los observaba de reojo mientras se alejaba. No pudo resistirse a comentarlo con Esparza.

—Algo extraño el chófer, ¿no?

—¿Sebastián? No le haga caso, es muy reservado y algo antisocial.

Además —explicó el abogado—, está enfadado porque no le hace ninguna gracia servir de chófer o recibir indicaciones de quienes no somos sus jefes.

Usted y yo, en este caso. Era el asistente y chófer del señor Serrano, ¿sabe?

Ahora está a disposición nuestra, como dejó dispuesto don Armando, y…

En fin, mi despacho paga su sueldo así que no tiene más remedio que aguantarse.

—Ya veo. Eso explica varias cosas —reflexionó Matías.

—¿Ha tenido algún contratiempo con Sebastián?

—No, no, ninguno, pero su actitud ha sido extraña, casi hostil diría yo. Incluso sugirió que debería ir andando a todas partes, dada la ubicación del hotel.

Esparza sonrió, e hizo un gesto con la mano derecha, señalando la puerta de la notaría.

—Como le he dicho, no le haga mucho caso. Entremos, tengo algunas cosas que comentarle antes de la lectura.

Ambos atravesaron el portal de la notaría, un bonito edificio clásico situado en la esquina de dos calles comerciales muy concurridas, y en cuya fachada se leía «Notaria Alejandra Balentín».

A diferencia del exterior, el interior del edificio era de estilo moderno, funcional y muy lujoso.

La zona de recibo era muy amplia, con sillones de piel y mesas bajas.

Al fondo se encontraban los mostradores, de mármol negro.

Esparza indicó a Matías que tomara asiento en uno de los sillones y le esperase.

Luego se aproximó a uno de los mostradores e intercambió algunas palabras con una empleada.

—Todo en orden —confirmó al volver—. Ahora vamos a pasar a una salita privada; ahí podremos conversar con más comodidad.

Como le adelanté, hay algunas cosas que debe usted conocer antes de la lectura, que será en unos treinta minutos.

Tenemos tiempo suficiente —dijo, e hizo un gesto invitando a Matías a seguirlo.

Una vez instalados en la sala privada, Esparza inició la conversación:

—Bien. ¿Puedo llamarte Matías?

—Por supuesto. Y qué bueno que lo mencionas. No estoy acostumbrado a tanta formalidad, la verdad.

—Excelente. Ante todo quisiera decirte, si me lo permites, que me satisface mucho que hayas decidido asistir a la lectura. Don Armando insistió en que tu presencia era muy necesaria —dijo el abogado a modo de introducción.

Matías asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Te explico: al acto de lectura han sido convocadas siete personas.

Dos son familiares: Fernando Serrano, hermano menor de mi cliente, y Ramiro Serrano-Meier, hijo de Fernando.

Los otros cinco convocados son: Luis Alonso, mayordomo de don Armando; Fátima Ibáñez, mujer de Luis Alonso y ama de llaves de la mansión Serrano; Paula Alonso, hija de ambos; tú y yo.

Todo de acuerdo a las instrucciones dejadas a la notaria por el  señor Serrano.

—Hizo una pausa, y continuó—: Otra cosa importante: como don Armando no tenía ascendientes ni descendientes directos, podía dejar sus bienes a quien quisiera.

Por ello, aunque dos de los convocados sean familiares, todos tienen los mismos derechos a heredar. ¿Me has entendido hasta aquí?

—Eh… Creo que sí: dos familiares, siete convocados en total, todos con los mismos derechos —confirmó Matías.

—Excelente. Prosigo: una vez que estemos todos reunidos en la sala, la de aquí al lado —observó, señalando con la mano hacia la derecha—, ingresará la notaria, Alejandra Balentín, portando el testamento, que ha permanecido en custodia aquí mismo.

El proceso será bastante sencillo, ya que además don Armando redactó el testamento asesorado por un abogado de esta notaría.

Bueno, primero comprobará la identidad de los presentes, luego abrirá el sobre lacrado que contiene el testamento, y dará lectura al mismo.

Y eso será todo —agregó, sonriendo—. Hay otros detalles técnicos, por supuesto, cosas legales, ya sabes, que no vienen al caso.

Finalizado el protocolo, yo me encargaré, como albacea, de que el testamento se ejecute. ¿Alguna duda?

—Pues sí. Es bastante formal, ¿no? —comentó Matías—. En el caso del testamento de mi madre fue mucho más simple. No hubo sobre lacrado, ni lectura, ni nada parecido a lo de hoy.

—Debe de haber sido un testamento abierto —dedujo Esparza—, como la mayoría.

En este caso, en cambio, se trata de un testamento cerrado, que tiene otro tratamiento.

El señor Serrano lo prefería de ese modo, ya que así nadie tiene conocimiento del contenido hasta después del fallecimiento y apertura del testamento.

—Vaya, no tenía idea.

—Bien, pues eso es lo principal, Matías. Como dije, luego de la lectura yo me encargaré de los trámites que correspondan. ¿Alguna otra pregunta?

Matías pensó antes de responder. No estaba seguro de hacer la pregunta. Tal vez ni siquiera era el momento de hacerla, o tal vez sí. Finalmente se decidió, inclinó el cuerpo hacia Esparza y  le dijo:

—Solo tengo una duda, Constantino: ¿De qué conocía Armando Serrano a mi madre? ¿Por qué estoy aquí? ¿Tú lo sabes?

Esparza le devolvió una mirada tranquila, se ajustó las gafas, y respondió:

—Desconozco la razón por la que has sido incluido en el testamento, Matías.

Don Armando me dijo que él y tu madre fueron, en su juventud, compañeros de trabajo en las empresas de la familia.

Lo comentó cuando me pidió que me encargase de organizar su viaje a Madrid, para el funeral de tu madre.

No sé nada más al respecto. —Miró hacia la pared del fondo por un momento, luego añadió—: Tal vez Fernando, el hermano de don Armando, pueda darte algo más de información.

Es una buena persona. —Esparza miró su reloj, y se levantó de su asiento—.

Ya es casi la hora, ¿te parece si entramos a la sala de reuniones?