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Había decidido seguir utilizando su antigua habitación, y había transformado la de sus padres en un estudio, en el que pudiese preparar sus clases y escribir.
Ahí se encontraba aquella tarde, preparando las últimas actividades académicas previas al término del curso, cuando una llamada en su móvil lo interrumpió.
Dejó que el móvil timbrara tres veces, y luego contestó, a pesar de no reconocer el número.
—Dígame.
—Buenas tardes —respondió una voz pausada y amable—. ¿Hablo con Matías Aguirre?
—El mismo, buenas tardes —respondió Matías.
—Mi nombre es Constantino Esparza, soy abogado y le llamo desde Otavia. El motivo de mi llamada es informarle que mi cliente, don Armando Serrano, fallecido hace unos días, lo ha incluido a usted en su testamento, y dejó indicado que le avisáramos, llegado el momento —explicó.
Otavia era la ciudad del norte de donde era su madre, pero en la actualidad no quedaba ningún pariente vivo. No tenía sentido, pensó Matías, antes de responder.
—Disculpe, pero debe de haber un error. No conozco a nadie con ese nombre, y no tengo familiares en Otavia.
—Lo sabemos, señor Aguirre, pero le aseguro que no es un error. Es usted el señor Matías Aguirre López, hijo de Tomás Aguirre y Magdalena López, ambos fallecidos. Nació usted en Madrid, el 23 de marzo de 1994, y actualmente trabaja como profesor en un instituto. ¿Es correcta la información?
—Pues sí, es correcta —dijo Matías, sorprendido—, aunque insisto en que no conozco a nadie con ese nombre.
—Entiendo que le parezca raro, señor Aguirre, pero le sorprendería la cantidad de beneficiarios de un testamento que no han conocido jamás a su benefactor.
Nuestro cliente nos facilitó todos los datos para que lo pudiéramos ubicar llegado el momento.
La lectura del testamento se llevará a cabo aquí en Otavia, el día 8 de julio.
En unos días recibirá usted la notificación formal de la notaría encargada.
Mi cliente quería que estuviera usted al tanto cuando le notificaran.
—Pues… No sé qué decirle, la verdad. En todo caso… Gracias por la información.
—En realidad lo único que necesitamos saber es cuándo podría usted venir a Otavia.
Tal como dejó indicado nuestro cliente, nosotros nos encargaremos de todos los detalles relativos al traslado y estadía —dijo el abogado, y permaneció en silencio, dando a Matías espacio para que asimilara la información.
Luego de unos segundos, este finalmente dijo:
—Eh… Bueno, como todavía falta casi un mes para la lectura, creo que me tomaré unos días para pensarlo. Si le parece, esperaré la notificación formal del notario antes de tomar una decisión.
—Por supuesto. Espero su confirmación. Mi asistente le enviará un mensaje con nuestros datos de contacto. Buenas tardes —se despidió el abogado, aparentemente satisfecho con la respuesta.
—Gracias y buenas tardes —finalizó Matías, y colgó.
Esa misma noche, Matías realizaba una búsqueda en internet.
En la era de la información online , ubicar a una persona era sencillo si se disponía de datos suficientes.
En este caso, disponía del nombre, apellido, ciudad y la situación especial del reciente fallecimiento del individuo.
Los resultados de la búsqueda no tardaron en aparecer.
Armando Serrano había sido un prestigioso empresario, coleccionista de arte y mecenas de Otavia, se había retirado de los negocios en los años noventa, estaba jubilado y había fallecido dos días antes, el 8 de junio, a los setenta años de edad.
Era viudo, no tenía hijos, y vivía en su chalé del centro de la ciudad, acompañado de su personal de servicio.
La reseña que la prensa digital de Otavia había hecho del fallecido incluía una fotografía: el empresario inaugurando una exposición en el Museo de Bellas Artes de Otavia, fechada cinco años antes.
Matías amplió la foto para ver mejor el rostro del empresario.
Era el misterioso sujeto que se presentó en el funeral de su madre.
Junio llegaba a su fin. Habían transcurrido casi tres semanas desde la llamada del abogado, y Matías se dirigía a hablar con el director del instituto, luego de terminar su última jornada de trabajo antes de las vacaciones de verano.
Descendió por las amplias escaleras hacia la planta baja, cruzó el patio de soportales y se disponía a entrar al despacho del director, cuando Pedro apareció, sonriente como siempre.
—¡Vaya, si es el heredero misterioso! —dijo Pedro a modo de saludo.
—Muy gracioso —respondió Matías—. ¿Terminaste?
—Por completo. Soy hombre libre hasta después del verano. ¿Y tú?
—Acabo de terminar con lo último que tenía pendiente. Solo me queda una reunión con el director, y hasta septiembre.
—Oye, hablando de misterios, ¿has podido averiguar algo sobre la relación entre tu madre y Serrano?
Para todos era evidente que Serrano conocía a Magdalena: ambos eran de Otavia, él había acudido a su funeral y se había mostrado muy afectado, y unos meses después Matías había resultado incluido en su testamento.
Demasiadas coincidencias, según Susana. Sin embargo, Matías no recordaba haberlo oído nombrar, su madre jamás le habló de él, y su nombre no figuraba en ninguno de los documentos personales que ella guardaba en casa.
—Pues no —dijo Matías, haciendo un gesto negativo con la cabeza—.
He investigado durante varios días, pero no he encontrado ninguna relación.
Inclusive he preguntado a sus compañeras de trabajo, pero nadie sabe nada.
Una de ellas me sugirió que podría ser un antiguo novio, de la adolescencia tal vez, pero eso es imposible: mi madre pertenecía a una familia humilde, de la clase trabajadora, y no tendría amistades adineradas.
Menos un novio rico —afirmó, se rascó la coronilla y continuó—: En fin, que tendré que tratar de averiguar algo cuando llegue a Otavia. Alguien de allí sabrá algo, ¿no crees?
—Sí hombre, claro, allí lo descubrirás, seguro —lo animó Pedro, y se despidió—: Me voy a casa, ya me contarás cómo te fue con Martínez.
Matías entró al despacho, moderno y funcional, a pesar de que el instituto ocupaba un edificio clásico de principios del siglo veinte. El director le indicó una de las sillas frente a su escritorio.
—Seré breve, Matías. Estos asuntos me desagradan mucho así que prefiero darles trámite sin rodeos.
El comité ha decidido prescindir de los profesores contratados que tengan menos de tres años de antigüedad, y tú eres uno de ellos.
Lo siento mucho, pero tu contrato, que vence en dos días, no será renovado.
Recibirás una carta de recomendación, por supuesto, y cuenta conmigo para dar referencias tuyas cuando lo necesites.
Matías no salía de su asombro. Era lo que menos esperaba.
—Disculpe, pero no entiendo. De acuerdo a las encuestas, mis alumnos están muy satisfechos con mi labor. ¿Es que los inspectores han notado algo incorrecto? —dijo, tratando de buscar alguna razón lógica.
El director negó, con un movimiento de cabeza, y le dirigió una mirada benevolente, antes de responder.
—No, Matías, no es nada de lo que piensas. Es solo una decisión administrativa, nada más. Lo siento.
Unos minutos después, perplejo y apesadumbrado, Matías reflexionaba.
Pensaba que las cosas habían salido bien esta vez.
En los anteriores empleos, él reconocía que había estado desconcentrado, desenfocado, pero en este no.
Desde que lo contrataron como profesor de secundaria, se había sentido cómodo con el trabajo, y con los estudiantes.
Sus anteriores empleos habían sido en empresas editoriales —se había licenciado en Lengua y Literatura—, y no le gustaba el trabajo.
Pero luego decidió hacer un máster en educación y probar suerte en la docencia.
Había empezado en el instituto como profesor contratado, pero ya estaba pensando en presentarse a oposiciones para lograr una plaza fija.
Era un trabajo sencillo, enseñar se le daba bien —al menos eso suponía—, y le dejaba tiempo libre para tratar de escribir.
Aunque eso era otro cantar. Luego del fracaso de su primera novela, le costaba mucho seguir escribiendo.
Ahora se complicaban más las cosas. Tendría todo el tiempo del mundo, algunos ahorros como para seguir por unos meses, ya no tenía que pagar alquiler, pero estaba pasando por uno de sus frecuentes bloqueos creativos.
Su madre le habría dado algunos buenos consejos, pero ella ya no estaba…
En todo esto pensaba Matías mientras regresaba andando a su casa.
Quizá era el momento de considerar lo del testamento en Otavia.
Tal como le había adelantado el abogado, había recibido la notificación de la notaría dos o tres días después de la llamada, convocándole para la lectura del testamento de Armando Serrano.
A fin de cuentas, no tenía nada mejor que hacer, y tal vez le tocase algo de valor en el testamento, algo que pudiese luego vender.
Decidió llamar al abogado y confirmar su asistencia a la lectura.
Luego quedaría con Pedro para comentarle lo que había ocurrido.
—Debería hablar con Martínez —reaccionó Pedro, muy disgustado con la noticia del despido—, me parece una barbaridad y una falta de consideración. Además, decírtelo prácticamente el día anterior al vencimiento del contrato… Será capullo el tío.
Ambos se tomaban unas cervezas en el bar de siempre, cerca de la casa de Matías. Este le había relatado la breve conversación con el director, y también la llamada que había hecho al abogado.
—No quiero que hables con nadie, Pedro. Te agradezco que me recomendaras para el puesto, pero después de lo que ha pasado no podría volver al instituto, la verdad.
Lo mío era un contrato a plazo fijo, con fecha de término —reflexionó, tal vez tratando de convencerse a sí mismo—, así que no tengo nada que reclamar. Se acabó. Punto —sentenció.
—Como quieras, pero me sigue pareciendo una putada —refunfuñaba todavía Pedro—. Bueno, en fin, cambiando de tema: ¿Cuándo viajas a Otavia? ¿En qué hotel te quedarás? ¿Hasta cuándo?
—Viajo un día antes de la lectura, el 7 de julio, domingo.
El abogado me ha sugerido que disponga de una semana, por los trámites, ya sabes.
—Matías hizo una pausa para dar un sorbo a su cerveza, y continuó—: Los detalles del viaje no los conozco, porque Esparza se va a encargar de comprar los billetes de avión o tren, y de reservar una habitación en un hotel.
También me ha dicho que dispondré de un chófer que se ocupará de los traslados durante mi estadía en la ciudad.
Todo por cuenta de Serrano. Dice que sigue sus instrucciones.
—Qué extraño todo, ¿no? —comentó su amigo.
—Pues sí, muy extraño, ¿qué quieres que te diga?
Pedro lo observó con afecto y una pizca de lástima.
La repentina muerte de Magdalena había sido un golpe muy fuerte.
A pesar de que Matías era un hombre hecho y derecho, con frecuencia recurría a su madre en busca de comprensión y consejo.
Práctica, centrada y resolutiva, Magdalena era una de esas personas que deseas tener cerca cuando la vida se pone difícil.
Y como si aquello no fuera suficiente, lo echaban del trabajo, sin causa aparente ni previo aviso.
Además, estaba lo otro: Matías estaba intentando desarrollar una carrera como escritor, pero algo fallaba.
Había escrito solo una novela corta, una historia algo extraña sobre sociedades secretas o algo así, que había publicado una editorial pequeña y poco conocida.
Había sido la única editorial interesada en el libro; habían aceptado imprimir solo cuatrocientos ejemplares, de los cuales se había vendido algo más de la mitad.
Los comentarios de los escasos lectores habían sido muy desfavorables.
Después de todo —razonó Pedro—, la aventura otaviana era una oportunidad para que Matías se enfocara en algo concreto; le serviría de distracción, le daría algo en qué ocuparse.
Más animado, alzó su vaso e hizo un brindis.
—Por la aventura otaviana.
—Salud —respondió Matías, sin mucha convicción.
La decisión que había tomado era, sin duda, la más adecuada, dadas las circunstancias.
Sin embargo, no terminaba de gustarle el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.
Demasiados cambios y malas noticias, en muy corto tiempo.
Además, nada le garantizaba que en Otavia las cosas salieran bien.