Otavia: La mansión y los buitres
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Algunos creen que la vida es un sueño, otros dicen que es un regalo.
Magdalena López, en cambio, pensaba que la vida era solo un préstamo, cuya devolución sería requerida en el momento menos pensado.
Ella no tenía sueños en su vida, tan solo objetivos, de corto plazo; siempre decía que nadie tiene la vida comprada, y que debes estar preparado para cuando llegue el momento de partir.
Y el momento llegó, sin previo aviso.
Matías Aguirre se sentía completamente desorientado y abatido.
Dos días antes, mientras impartía clases en el instituto donde trabajaba, había recibido una llamada avisándole de que Magdalena había sufrido un desmayo y se encontraba en Urgencias, muy grave.
Se dirigió a toda prisa hacia el hospital, pero, cuando logró llegar, su madre ya había fallecido.
Esa mañana se encontraba en una de las salas de velación del tanatorio, acompañado por Pedro y Susana —su mejor amigo y la novia de este—, recibiendo las condolencias de las personas que durante dos días se habían acercado al lugar para decir adiós a Magdalena.
Al fondo de la sala, rodeado de arreglos florales, se encontraba el féretro con los restos de su madre.
Sobre la tapa cerrada del ataúd, una fotografía de Magdalena presidía la escena.
Los presentes en ese momento, alrededor de una veintena de personas, eran en su mayoría colegas de la librería y vecinos del barrio.
Su madre no tenía amigos cercanos ni parientes en Madrid, así que el grupo era más bien reducido.
Matías tenía la mirada fija en el féretro, tratando de encontrar una explicación.
Pero la muerte de un ser querido no tiene explicación: simplemente ocurre.
Lo que más le apenaba era no haber podido estar a su lado en el momento de su partida.
Faltaban algunos minutos para que trasladaran el ataúd a la capilla, para la ceremonia religiosa, cuando cruzó la puerta de la sala un hombre mayor, acompañado por quien parecía ser su asistente, ambos de traje negro.
El asistente permaneció al lado de la puerta, serio y erguido, como un soldado.
El hombre, de unos setenta y tantos años, muy alto y delgado, con el rostro demacrado y el cabello completamente blanco, atravesó la sala y se acercó, sin mirar a nadie, hasta donde estaba el ataúd.
Permaneció unos instantes junto al féretro, en silencio, mirando la fotografía.
Luego, como despidiéndose, rozó levemente la tapa con la mano derecha, se giró y se dirigió hacia donde Matías se encontraba.
—Siento mucho tu pérdida —dijo, dando la mano a Matías y fijando en él una mirada muy penetrante. Sus ojos azules estaban enrojecidos y húmedos, como los de Matías, y parecían confirmar lo que decían sus breves palabras.
Matías asintió con la cabeza. Luego, sin decir nada más, el hombre mayor se volvió por donde había entrado, y abandonó la sala, seguido por su acompañante. Algunas de las personas que habían observado la escena se miraban entre sí, y comentaban en voz baja.
—¿Quién es? —quiso saber Pedro, al tiempo que veía al hombre mayor alejarse por el pasillo del tanatorio—. ¿Amigo de tu madre?
—No que yo sepa, nunca lo había visto —respondió Matías.
—Se le ve muy afectado —comentó Susana, intrigada—. Cualquiera diría que era alguien muy cercano a tu madre.
—Pues sí, pero os digo que no lo he visto en mi vida —insistió Matías. Luego, olvidando el asunto, volvió a centrar su atención en el ataúd de su madre.
Unos instantes después se acercó el encargado del protocolo para informar a los presentes de que podían dirigirse a la capilla.
Matías y Pedro tomaban un café, luego de haber comido en la cafetería del cementerio, mientras esperaban la entrega de las cenizas de Magdalena. Susana había regresado a Madrid apenas finalizó la breve ceremonia religiosa.
— ¿Cómo va tu nuevo libro? —preguntó Pedro.
—No muy bien, la verdad. Hace semanas que no escribo una línea, no se me ocurre nada, no sé qué hacer con mis personajes, la trama principal me parece ahora muy pobre. Creo que no sirve —hizo una pausa y luego continuó—. Bueno, el primero tampoco sirvió mucho, ¿no?
—Optimismo total —comentó Pedro—, Matías Aguirre en estado puro. Espero que sea solo producto del momento.
—No tiene nada que ver con la muerte de mi madre.
Me ha afectado mucho, la verdad, porque no me lo esperaba.
Ni ahora, ni de esta forma. Ella era mi referente, tú lo sabes, mi figura paterna y materna a la vez, y mi única familia.
—Matías dio un último sorbo a su taza de café y continuó—.
No es por eso. Lo que trato de decir es que creo que no sirvo para escritor.
Pedro sabía que intentar discutir el asunto cuando su amigo se ponía en modo negativo era inútil. Además, y como era lógico en una situación como la que estaba viviendo, no estaba en las mejores condiciones para razonar.
—Hablando de otra cosa, ¿has pensado qué harás con el piso de tu madre?
—Pues sí. Creo que me mudaré allí. Así me ahorro el alquiler, que es muy caro para un profesor de instituto como yo. Además, hay muchas cosas de mi madre de las que me tengo que ocupar, ya sabes, libros, ropa, cosas así.
Justo en ese momento, un empleado del cementerio se acercó a la mesa que ambos compartían, y entregó a Matías una urna sellada, con las cenizas de su madre.
Luego de recabar la firma en algunos documentos, le entregó también un certificado y un documento con instrucciones sobre la disposición final de los restos.
—¿Qué vas a hacer con las cenizas? —preguntó Pedro, luego de que el empleado del cementerio se retiró—. Imagino que tu madre lo dejó indicado también.
—Pues sí. —Matías sonreía imaginando a su madre redactando, minuciosa, sus instrucciones—. Pero en este caso solo me ha dicho que las guarde en casa, y que, cuando encuentre mi lugar en la vida, decida su destino final.
A unos veinte kilómetros de allí, en una de las salas de embarque del aeropuerto, alguien daba indicaciones por teléfono.
—No, ya estoy en Barajas. Embarcamos en media hora.
—¿Todo bien con los billetes?
—Todo bien, hijo, gracias por la gestión. Ahora necesito que nos ocupemos de algo más.
—Por supuesto, señor.
—Si no tienes otro compromiso, te espero mañana por la tarde en casa. Quiero revisar el estado actual de mi patrimonio, y el testamento. Vamos a hacer algunos movimientos.
—Por supuesto, señor. Estaré ahí sobre las cinco con toda la documentación.