29
En la terraza de la mansión, Pedro, Susana y Matías comentaban los acontecimientos, mientras desayunaban. La pareja había llegado de Madrid la noche anterior, llevando las cenizas de Magdalena, y algunas otras cosas que Matías les había pedido. Paula estaba al llegar.
—Así que ahora eres Matías Serrano, nada menos —comentó Pedro.
Matías sonrió.
—Aún no. Es todo un trámite, te lo aseguro. El abogado se está encargando; puede tomar varios meses, ya que se trata de un reconocimiento judicial. No corre prisa.
—Cierto —intervino Susana—. En la práctica, todo sigue siendo igual, ¿verdad?
—Así es —confirmó Matías.
—Hablando de otra cosa —dijo Pedro, luego de dar el último sorbo a su café—: ¿qué se sabe de Ignacio y Ramiro?
Matías también terminó su café, antes de responder.
—Según lo que nos ha contado Fernando, a Ramiro le esperan varios años de prisión. Está procesado por provocar el incendio, y por obligar a Ignacio a ejecutar su plan bajo coacción. Lo tiene bastante complicado.
—Pobre Fernando —se lamentó Susana—. Estará deshecho.
—Pues sí, está muy abatido, y decepcionado. Sus abogados están haciendo lo que pueden para que la pena que reciba Ramiro sea la menor posible —dijo Matías—. Pero no volverá a trabajar en los negocios de la familia. Fernando lo ha desvinculado de todo.
—¿Y qué pasará con Ignacio? —insistió Pedro.
—Los abogados de Fernando han asumido también su defensa —respondió Matías—.
Su caso no es tan grave: se entregó por voluntad propia, proporcionó las grabaciones que demuestran que actuó bajo presión y por orden de Ramiro, y colaboró con la policía para obtener su confesión.
Ni siquiera está detenido. Supongo que tendrá mejor suerte, aunque es posible que deba pasar algún tiempo en prisión. Ya veremos.
—Es una pena —dijo Susana—. En realidad, es una víctima, el pobre hombre.
En ese momento, Paula ingresó a la terraza, saludó con dos besos a los amigos, y luego se sentó muy cerca de Matías, a quien estampó un sonoro beso en los labios.
Pedro y Susana se miraron, asombrados.
—¡Pero bueno, menuda sorpresa! —exclamó Susana—. ¿Y eso?
Matías y Paula sonrieron, sonrojados, pero felices.
—Es que… Bueno… Con todo lo que hemos pasado… —trataba de explicarse Matías.
—Que lo vamos a intentar —interrumpió Paula, divertida.
—Ya era hora —dijo Pedro, aplaudiendo.
—¡Felicidades! —dijo Susana, mientras se levantaba para abrazarlos—. Os merecéis lo mejor, de verdad.
Al rato, Luis y María se acercaron a la terraza y recogieron todo, dejando cuatro nuevas tazas de café recién hecho. Pedro tenía curiosidad por saber por qué su amigo le había pedido que llevara las cenizas de Magdalena.
—Oye chaval, ¿has decidido ya qué harás con las cenizas?
Matías asintió.
—Pues sí. ¿Recuerdas lo que mi madre me indicó?
—Claro, hombre. Que lo decidieras cuando encontraras tu lugar en la vida.
Matías asintió nuevamente, y miró a Paula antes de responder.
—Pues eso. Ya lo he encontrado. Constantino está haciendo los trámites para que las cenizas de mi madre descansen aquí, en Otavia, junto a las de mi padre.
—Armando estaría muy feliz —comentó Paula, estrechando la mano de Matías.
—Ya lo creo —dijo Susana, disimulando una lagrimilla.
Paula levantó una mano, como pidiendo permiso para hablar.
—Tengo algo que contaros.
Todos volvieron sus rostros hacia ella.
—¿Recuerdas que te hablé de unas personas relacionadas con el mundo hotelero, que conocí en mi época de estudiante? —empezó Paula, dirigiéndose a Matías.
—Lo recuerdo. Me dijiste que les escribirías y me lo comentarías luego.
—Exacto. Se trata de un empresario que tiene varios hoteles boutique , muy lujosos, en lugares emblemáticos.
He hablado con él varias veces, y está muy interesado en formar parte del proyecto, como promotor experto.
Nos ha invitado a visitarlo para hablar del proyecto y conocer uno de sus hoteles. Es un palacete de época, en Sevilla.
Matías no podía ocultar su sorpresa.
—¿En serio, en Sevilla? ¿Y sería nuestro socio?
—Tal como lo has oído —confirmó Paula, guiñando un ojo a los amigos—. Así que parece que seremos tres socios.
—Esto merece un brindis, aunque sea con café —dijo Pedro, que levantó su taza, muy ceremonioso.
—Por el hotel —dijo Paula, levantando su taza.
—Por el hotel —respondieron al unísono los demás.
Paula miró a Matías, que parecía muy feliz con el giro que estaban tomando las cosas.
—¿Has pensado qué nombre le pondremos a nuestro hotel?
Matías lo pensó unos instantes. Dirigió la mirada al cielo limpio y azul de Otavia, como buscando en él la respuesta. Luego miró a Paula y a sus amigos.
—Sí. Me gustaría que lo llamáramos Villa Magdalena.