10 #2
—Sinceramente, no sabía que fuera capaz hasta que el poder empezó a acumularse, y entonces os vi a todos esperando y me di cuenta de que pretendíais luchar mi batalla por mí y dejar que yo me fuera a salvo.
—Las palabras brotaban de golpe mientras se aferraba a la mano de Ace—.
No podía dejar que hicierais eso. Ni siquiera me conocíais.
Me refiero a que fue un gesto tan noble…
pero entonces sentí que toda esa energía se reunía y supe que tenía que liberarla.
Luego ya no hubo tiempo para pensar. Solo tuve que actuar.
Tenía que protegeros, ya que vosotros estabais dispuestos a protegerme a mí.
A una total desconocida. —Sintió que las lágrimas se le acumulaban en los ojos mientras sus palabras se detenían bruscamente.
No quería empezar a llorar delante de los hombres.
Zak detuvo el gran vehículo al otro extremo del pueblo tras entrar en un aparcamiento. Se giró en su asiento para mirarla con expresión solemne. A ella le dio la impresión de que no se ponía solemne muy a menudo.
—No estoy seguro de lo que Ace te habrá contado sobre nosotros, pero debes saber que el grupo central que fundó este pueblo —del cual formo parte— somos todos soldados de las Fuerzas Especiales retirados.
Proteger a gente que no conocemos de bastardos malvados que pretenden joder el mundo es algo así como nuestra raison d’être.
Puedo contar con los dedos de una mano las veces que nos han cambiado las tornas como hoy, siendo nosotros los protegidos en lugar de los protectores.
Nos ha causado una profunda impresión a cada uno de los que presenciamos lo que hiciste.
—Hizo una pausa un momento y luego continuó—.
Aún no he tenido oportunidad de hablar con los demás, pero por mi parte, he sentido en ti un espíritu guerrero afín.
Nuestro chamán, Gus, quizá pueda confirmar eso.
—Zak ladeó la cabeza, recuperando un poco el humor—. O no. Iré a registraros.
Zak salió del vehículo y se adelantó, dejando a Ace y a Sabrina un momento de intimidad.
—¿Estás bien? —le preguntó Ace con tono tierno.
Ella lo miró y sintió el impacto de su cálida mirada castaña. Era un hombre tan guapo… Tan compasivo y dulce bajo ese exterior rudo.
—Estoy de maravilla. Solo que tengo mucha hambre. Siento haberme quedado frita. No sé muy bien qué me ha pasado. —Se incorporó un poco más—. Gracias por cuidar de mí.
—Es un honor y un privilegio para mí —dijo él con tono serio. Ella sintió algo… y entonces el momento se rompió cuando el portón trasero del gigantesco todoterreno se abrió desde fuera.
—Lo siento, chicos. Tengo que poner estas armas a buen recaudo cuanto antes —les dijo Zak con una voz demasiado animada—.
Hay mucha gente esperando aquí fuera para verte, señora.
—Le guiñó un ojo otra vez, mientras ella se encontraba con su mirada por encima del respaldo del asiento—. A ti también, Ace.
—No tiene por qué llamarme señora. Me llamo Sabrina —le dijo ella, sonriendo ante su encanto desenfadado.
—Sí, señora. Sabrina. Anotado queda. —Zak agarró del maletero dos maletines que parecían pesar muchísimo.
Había unos cuantos más iguales. De alguna forma, habían metido las armas recuperadas en esos maletines, aunque ella no tenía ni idea de dónde habían salido.
Zak se alejó antes de que ella pudiera preguntar.
—No nos fuimos de inmediato de la rampa para camiones —le explicó Ace, intuyendo de algún modo sus preguntas—.
Algunos de los chicos se transformaron y siguieron los rastros de los vehículos entre los árboles solo para ver qué había sido de ellos.
Encontraron el Hummer ladera abajo y esos maletines estaban dentro, sujetos a lo que quedaba del camión.
Fabrican esas cosas para que sean resistentes —comentó, soltando un silbido bajo mientras abría la puerta y comenzaba el proceso de sacar su gran cuerpo del asiento trasero del todoterreno.
Ace le tendió una mano para ayudarla a bajar. Ella tropezó un poco cuando sus pies tocaron el suelo, con las rodillas más temblorosas de lo que esperaba.
—Lo siento —susurró, con las manos contra el pecho de él mientras los brazos de Ace la rodeaban, sosteniéndola—. Deja que me oriente.
—Tómate tu tiempo. Aquí estamos a salvo y me encanta tenerte en mis brazos. Como ya sabes. —Inclinó la cabeza y depositó un pequeño beso en la punta de su nariz. En público. Delante de todos los hombres que bajaban de sus vehículos o llegaban en motos por todas partes.
De hecho, el amigo de Ace, Ezra, detuvo su Harley justo al lado de ellos. Apagó el motor y les sonrió a ambos mientras desmontaba de la gran motocicleta.
—Un trabajo condenadamente bueno allá atrás, señora —le dijo Ezra a Sabrina antes incluso de saludar a Ace.
—Eh… —Sabrina no sabía muy bien qué decir. Siempre había sido alguien de un solo truco con apenas un poco de brujería climática, y a casi nadie le importaba lo que hiciera o dejara de hacer con las nubes.
Ace notaba que Sabrina no estaba cómoda con tanta atención.
Los hombres la observaban, hablando de su poder abiertamente de una forma a la que estaba seguro de que ella nunca se había visto sometida.
Probablemente todo aquello la incomodaba, a juzgar por el pánico en sus ojos y el pequeño temblor de sus extremidades.
Ace hizo lo único que se le ocurrió. La levantó en brazos y atravesó a zancadas la multitud, dirigiéndose al hotel. Ezra iba a su lado.
—¿Zak ha dicho algo de una habitación? —le preguntó Ace a su amigo.
—Claro que sí —respondió Ezra, abriendo la puerta exterior y sosteniéndola para que pasaran.
Los guió hasta una suite del hotel. Por suerte, la puerta ya estaba abierta y dentro había un trío de mujeres preparando un pequeño festín.
Cuando vieron a Sabrina en brazos de Ace, empezaron a dar órdenes de inmediato.
A Ace le dijeron, en términos muy claros, que pusiera a Sabrina en el sofá.
Entonces las mujeres —las hermanas— se pusieron manos a la obra.
Una preparó un plato para Sabrina y se lo llevó, mientras otra la ayudaba con la chaqueta.
La tercera le quitó las botas; las tres mujeres la mimaban y la ayudaban a ponerse cómoda.
Ace se quedó atrás observando, asombrado por el recibimiento.
Ezra se acercó a su lado. —Esas tres hermanas son las dueñas de la panadería del pueblo. La mayor es la pareja del sheriff. La mediana es la pareja del abogado del pueblo y la más joven es la pareja de Zak.
—¿Son mágicas? —preguntó Ace.
Ezra negó con la cabeza. —No. Pero todas son excelentes adiciones a la comunidad. Aportan un equilibrio muy necesario, creo yo.
Era una observación astuta para un cambiante de oso tan reflexivo.
Ezra siempre había sido un hombre de pocas palabras, pero finalmente se había asentado y Ace pensó que su oso interior rebosaba satisfacción.
La pareja de Ezra también era una cambiante, y se habían establecido aquí en la cala tras un serio enfrentamiento con unos tipos malos que habían intentado capturarla.
Eso le resultaba familiar.
—Por cierto, Zak ha quedado realmente impresionado con lo que Sabrina ha hecho ahí fuera —le dijo Ezra a Ace—.
Le está diciendo a todo el que quiera escuchar que nunca ha visto nada igual.
Y, eh, hay una pequeña peculiaridad que deberías saber sobre Zak.
Él ve la magia. Más que cualquiera de los otros tipos del pueblo, excepto quizá el chamán.
Era el ayudante del sheriff por aquí hasta que abrió su restaurante.
Cajún. Si te gusta el picante, no encontrarás nada mejor.